POEMAS | GERALDINE A. RUIZ

GERALDINE A. RUIZ

I

junto a un río turbio -sólo turbio para ojos mansos-
yacía un niño afiebrado y cientificista, obsesionado
con el hato de nubes
que obedecía el paso del río, decía

si pudiera mirar desde arriba a las nubes
irían tan rápido como el río
y cada garza que saliera a saludar
sonaría como el salto de una trucha
entre algodones

él sabía que sin las nubes no había lluvia
y sin la lluvia no había doctrina para las nubes
-placer que suena frío y húmedo- por eso nunca escuchó
dos veces
el mismo cielo


II

un vector recorre el bosque, una flecha voluntariosa
que se desplaza por amor a la búsqueda
precisa, indistinta de una ráfaga, una silueta
despierta en cada especie la canción de su follaje
hasta llegar al claro y decir

gozo, sin entusiasmo, en este claro
el silencio de los patrones, trago la luz

este cofre con llave que soy, es también mi casa
soy, sin entusiasmo, el misterio

esta mujer entiende, desde el comienzo, las dimensiones
el falso pianissimo de la marcha de las hormigas
la discreción mecánica de los cuerpos celestes
el rumor de una idea que busca llegar a la mano
precisa, indistinta de una ráfaga


III

el pueblo quiere ciencia porque la magia asusta
un método transparente, la disección de la memoria
así y todo
es silencioso el recuerdo que construye la boca, la lengua
descubre el sarro y lo lee en braille -hay que culpar al tiempo-
el recado es el siguiente

si pudiera juntar todos los golpes de un metrónomo
serían inútiles, pero al menos no estarían solos

nadie precisa esto tanto como él, una certeza hecha truco
lo que pasa siempre deja y se lleva por igual y la erosión
-el trabajo de las enzimas- fractura el lapso
y nace la forma, sagrada y torpe
como en un mosaico bizantino


IV

ven a mirar al zorzal pero cúbrete las orejas
ignora su agonía, ahí adentro
un violín pequeñísimo se esconde
pico, prensión de pinza, pizzicato Bartók
ignora su agonía, tiene hueco el vientre
lo he escuchado aletear en los recovecos
de la Música, los más hostiles y regresar
invicto a la canción de cuna
lo he visto escribir el barro para que lo sigan
con las palmas, pero se rindió y ahora
solo grita para reproducirse

antes de fracasar vino a contarme un sueño

yo era un halcón peregrino
anidando, techado de nubes
en la copa de un árbol de tilo

casi nunca pude reconciliar
lo que vi en el bosque con lo que escuché en el bosque

dios, el silencioso
no quiso revelarme nada


V

van los libros del piso al techo, columnatas de Bernini
el arquitrabe son las ideas que persisten sin ser escritas

cada dos viernes, cuando crece el río, lo que no sirve
se marcha, lomo arriba, flotando por la ventana

río abajo, un niño quiso cortar la flor del camalote
y encontró una hoja seca, escrita a dos manos

el sueño de Tchaikovsky era ser un proyectil
disparado desde el alma de un cañón napoleónico
hasta la campana más grande de Cristo Salvador
y lograr, con cada hueso, hacerle repicar el vientre

soy un hombre y al mismo tiempo todos antes de mí
y todas sus razones para inspeccionar la Tierra
son, en suma, también mías
cada curva de aflicción, cada miembro diezmado
tejen la coincidencia y me deslumbran
y así voy, tren de lumbres hacia el misterio
llamado por los íconos cantores
a recorrer, de las columnas
la distancia


VI

hay quienes para sumergirse en los cuerpos de agua
prefieren cubrirse las orejas y no restringir el curso natural
de la respiración -un fluido remplaza a otro fluido-

en los cuadernos tempranos de Casullo
aparece la siguiente idea

la primera gotera en el techo del útero
se presume
el primer contacto del feto con el ritmo

la gran masa de voces que no son la mía
me abraza y forma una crisálida, un castillo
y es como una nube cargada de sentido
y aunque siga intentando aislarme la cabeza
escucho por los pulmones

cuando el coro calla convierte al silencio
en el abrazo antes del abandono


Geraldine A. Ruiz (1993) nació en Barranquilla pero reside en Buenos Aires desde el 2014. Estudió composición en la Universidad Nacional de Quilmes. Es artista interdisciplinaria y docente. Publicó Arbolito (2018) y Matar al mensajero (2019), además de poemas sueltos en revistas y antologías.

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