AL MENOS LA TERNURA | RUBÉN REYES RAMÍREZ

AL MENOS LA TERNURA

Al menos la ternura con la tarde se preserve,
logre abrir su túnica sobre la colina
sin presagio de derrumbes:
sombras murmurando por la lejanía,
ni abluciones de algún cisne en el espejo
desistiéndose del rumor de marzo,
abdicando de la curva
en lo azul para el ritmo de sus alas.

Al menos no rompa el aire su frescura
bajo el cerco oblicuo del hastío
en un erial de desamparo,
y la campana del preludio permanezca
en su estatura rumorosa,
pequeña corola de majestad ilesa
resistiendo el griterío de los pájaros
blindada con el indulto de la transparencia
en su propio ser de alumbramientos.

Al menos el resplandor imposible del barrunto
crezca sin límites
en la comarca que media al sur del arco iris
como semilla entre los ojos taciturnos
germinando a salvo
en el puerto clandestino de la vida.


POBRES LAS PALABRAS

Es éste el sitio de las horas en que el grito se me insubordina y revienta,
donde la mancha del hastío bajo las cejas sube
como una erupción de lava antigua que se derrama en vapor sobre el estero
–ceniza que vendrá del sueño mutilado,
anegando en el vidrio el rumor matutino del bosque
para hundirlo en un vacío sin tregua por la raíz del aliento,
hasta el musgo
en la desnudez del tiempo y sus naufragios.

¿Dónde irá el cordero entre las hojas de las nubes pastando?,
¿dónde la liebre entre los arbustos?,
¿dónde la mariposa de la migración en el huerto?.

Afuera todos hablan,
un eco ferroviario de sombras ronda sobre el mantel de los asuntos
“importantes y urgentes”, ¡cuán absurdos!.
andén desnudo de un polvo que cae sobre palomas asfixiadas.
¡Pobres, las palabras!
En este riel galopan niebla los discursos,
vienen por las astillas con la lluvia,
cruzan luna tras luna los páramos y claros en la selva,
giran por la colina sobre un cráter,
se hunden en lo amargo del silencio,
se desangran.

No es posible guarecerse en los cobertizos del recuerdo,
ni subir por la enredadera a las violetas en un jardín bajo los astros.

–Hablará usted de la empresa
y de nuestro método de trabajo.
Proceda, sin demora.

¡La máscara! ¡Tráiganme pronto la máscara!
se me derrite entre las costras y el musgo esta cara.

Es por la espiga en la punta del aire en la mañana;
no por mí, señores; por la vida.

Soy al fin un hijo de la mesa y de los zapatos.
mutilado del aliento en la impotencia,
me dispongo a la ceniza.

Desde abajo,
la sierpe de la sombra me ha roído las rodillas.



Rubén Reyes Ramírez, Nació en Mérida (Yucatán, México) en 1953, poeta, ensayista e investigador cultural. Ha publicado los poemarios Pequeño brindis por el día (1987), Ocupación del aire (1922), Centinela del espejo (1993), Conjugación de hojas para un crepúsculo (1995), Estrategia para tomar la flor  (2003), Carrusel de arena (2005), Crónica del relámpago (2009) y Memorial de la piedra (2011). 

Al lado de Fidencio Briceño Chel, coordinó Póopol Wuuj, edición bilingüe maya yucateco-español, Universidad de los Andes (Ediciones El otro el mismo, Venezuela, 2012). Recibió en 2013 la Condecoración Doctor Caracciolo Parra y Olmedo, «Rector Heroico», Universidad de los Andes, Venezuela.

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