ALCESTIS EN EL CIRCUITO POÉTICO | ERICA JONG


Los mandamientos

No querrás de veras ser poet(is)a. Primero,
si eres mujer, tienes que ser tres veces mejor
que cualquiera de los hombres. Segundo, tienes
que acostarte con todo el mundo. Y tercero,
tienes que haberte muerto.

Poeta masculino, en conversación.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe dormir cerca de la luna a cara abierta;
debe caminar a través de sí misma estudiando el paisaje;
no debe escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe correr hacia atrás en torno al volcán;
debe palpar el movimiento a lo largo de sus grietas;
no debe conseguir un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,
no debe acostarse con manuscritos incircuncisos;
no debe escribir odas a sus abortos;
no debe hacer caldos de vieja carne de unicornio.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe leer libros de cocina francesa y legumbres chinas;
debe chupar poetas franceses para refrescar su aliento;
no debe masturbarse en talleres de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe pelar los vellos de sus pupilas;
debe escuchar la respiración de hombres durmientes;
debe escuchar los espacios entre esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,
no debe escribir sus poemas con pene artificial;
debe rezar para que sus hijos sean mujeres;
debe perdonar a su padre su esperma más valiente.

 

Versión: Ylena Blanco

 


 

Parábola de los cuatro postes

Porque desea tocarlo
ella se aleja.
Porque desea hablarle
permanece callada.
Porque quiere besarlo
ella se da la vuelta
& besa a un hombre que no quiere besar.

Él observa
pensando que ella no lo desea.
Él azuza el oído
oyéndola callar.
Él se da la vuelta
creyéndola distante.
& besa a la chica que no quiere besar.

Las dos parejas se casan –
un error cuádruple.
Él se acuesta con su mujer
pensando en ella.
Ella se acuesta con su marido
pensando en él.
-& todo ello en una vetusta cama de cuatro postes-

¿Toda la vida fueron infelices?
Por supuesto.
¿Enmendaron sus errores?
Nunca.
¿Aquí quién es la víctima?
El amor es la víctima.
¿Quién es el villano?

el amor que nunca muere

Versión: Anabel Torres

 


 

Alcestis en el circuito poético

                        (In memóriam Marina Tsvetayeva, 
Anna Wickham, Sylvia Plath, 
la hermana de Shakespeare, etc., etc.)
 
 

La mejor esclava
no necesita ser golpeada.
Ella se golpea a sí misma.

No con látigo de cuero,
o un palo, o a varazos,
ni con tolete o una macana
o una maza, sino con el fino látigo
de su propia lengua
& el sutil latido
de su mente
contra su mente.
Por quién puede odiar a su mitad
tan bien como se odia sí misma.
& quién puede alcanzar la fineza
de su auto-abuso.
Años de entrenamiento
son requerido para ello.
Veinte años
de sutil auto-indulgencia,
autosacrificios;
hasta que la sumisa
piensa que es una reina
& además- una indigente
ambos al mismo tiempo.
Ella duda de sí misma
en todo, menos en el amor.
Ella debe elegir apasionadamente
& estúpidamente.
Ella debe sentirse como un perro
perdido sin su amo.
Ella debe consultar sus dudas morales
ante el espejo.
Ella debe enamorarse de un jinete eslavo
o un poeta.
Ella nunca debe salir de casa
a menos que lleve un velo en la cara.
Ella debe llevar zapatos que le torturen los pies,
para que siempre recuerde su esclavitud.
Ella nunca debe olvida
que pertenece al suelo.
Aunque ella es de rápido aprendizaje
& ciertamente es inteligente,
su persistente duda de sí misma
debe hacerla tan débil
que incursiona prometedoramente
en media docena de talentos
& así brilla
pero no cambia
nuestra vida.
Si ella es una artista
& y es casi genio,
por el hecho mismo de su sensibilidad
le causaría tanto sufrimiento
que se costaría su propia vida
mejor ella que nosotras.
& después de que muera, lloraremos
& la hacemos una santa.
Versión: Jorge Contreras

Envidia del pene

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.

Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.

Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.

Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes…

mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.

Versión: Maryum Vargueli


Mejores amigos

Los hicimos
con la imagen de nuestros miedos
para llorar en las puertas, en las despedidas-
aún las más breves.
A rogar por comida en la mesa
y para mirarnos con esos ojos
enormes dolorosos,
y para quedarse a nuestro lado
cuando nuestros hijos nos huyen,
y para dormir en nuestras camas
en las noches más oscuras,
y temblar cuando truena
como nosotros en nuestros
miedos infantiles.
Los hemos hecho de ojos tristes,
amorosos, leales, miedosos
de la vida sin nosotros.
Hemos cultivado su dependencia
y pena.
Los mantenemos como recordatorios de nuestro miedo.
Los amamos
como los anfitriones sin reconocimiento
de nuestro propio terror
de la tumba-y del abandono.
Sostén mi pata
que me estoy muriendo.
Duerme sobre mi ataúd,
espérame,
con ojos tristes
en medio del camino
que hace curva más allá de la pared del cementerio.
Te oigo ladrar,
yo escucho tu aullido luctuoso-
oh, que todos los perros que yo he amado
lleven mi ataúd,
aúllen al cielo sin luna,
y se acuesten conmigo durmiendo
cuando me haya muerto.

Versión: Elena Vizcaino

 


El fin del mundo

«Te escribo desde el fin del mundo»
Henri  Michaux

Aquí, en el fin del mundo,
las flores sangran
como si fueran corazones;
los corazones exudan una oscuridad
parecida a la tinta china
donde los poetas mojan sus plumas
y escriben.
«Aquí, en el fin del mundo»,
escriben,
sin saber lo que significa.
«Aquí, donde el cielo mama leche negra,
donde las chimeneas alimentan el cielo,
donde los árboles tiemblan aterrorizados
y la gente llega a parecérseles…»
Aquí, en el fin del mundo,
los poetas sangran.
Se supone que sangrar y escribir
son la misma cosa;
se supone que cantar y sangrar
son la misma cosa.
¡Escríbenos una carta!
¡Envíanos un paquete de comida!
Confórtanos con proverbios o fruta azucarada,
háblanos de un Dios.
Distráenos con teorías del arte
que nadie puede probar.
Aquí, en el fin del mundo,
tenemos las cabezas vacías,
y el viento las atraviesa
como fantasmas
en una casa encantada.

Versión: Elena Vizcaino


Autorretrato

No se trata de una mujer esbelta,
pero su piel era leche
mezclada con mermelada de fresa,
y entre sus piernas había nacido la palabra púrpura,
y su cabello era del color del trigo y la mantequilla.
Sus ojos eran oscuros como el Atlántico Norte.
Aprendió las intraducibles palabras del alba.
Estudió sus propios miedos y escribió sus versos.
Utilizó el hueco de su corazón para hacer música de viento.
Edificó casas de libros sobre su sótano vacío.
Primero se alimentó de su musa,
luego se transformó en su propia madre.

 

Versión: Ylena Blanco



Erica Jong (Nueva York, 1942) Escritora estadounidense de descendencia Judia de padres artistas padre músico y madre, pintora de profesión, le inculcó a ella y a sus hermanas el feminismo. Se graduó en el exclusivo Barnard College y posteriormente obtuvo el doctorado en Literatura inglesa del XVIII en la Universidad de Columbia (Nueva York). Fue miembro del Departamento de Inglés de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, en los períodos 1964-65 y 1969-70.

Cultivó todos los géneros, desde la poesía y el ensayo hasta novela. Entre los libros de poemas que ha publicado destacan Friuts and Vegetables ( 1971); Half-Lives (1973), At the Edge of the Body (1979) y Ordinary Miracles (1983).

Pero fue la novela Miedo a volar (1973) la que le dio la fama. En ella trata, en tono picaresco, una serie de experiencias y aventuras sexuales que causaron sensación y escándalo por lo explícito y escasamente convencional del tratamiento del tema. Erica Jong se convirtió en el símbolo de la liberación sexual femenina de los años 70. Traducida a 22 lenguas, la escritora norteamericana llegó a vender 10 millones de ejemplares de la novela.

Posteriormente publicó Loveroot (1975); How to Save Your Own Life (Cómo salvar su propia vida, 1977); Fanny (1980), libro que estuvo en la lista de los best-sellers durante más de un año; SereníssimaParacaídas y besos, y Canción triste de cualquier mujer (1990). En noviembre de 1995 publicó Miedo a los cincuenta. En este último libro, Jong realiza un amplio retrato de la mujer norteamericana cuando se acerca a los cincuenta, a través de su propia biografía. En 1999 salió a la calle Bendita memoria, una saga de cuatro mujeres, bisabuela, abuela, madre e hija, que abarca todo el siglo XX.

Jong, recorre en su poesia no solo su cuerpo, sino el de otras mujeres, lo erótico desde una lucidez abismal. La emancipación de una vida con sobresaltos que no evade ningun moralismo, por el contrario lo somete, lo observa y pasa por allí como un ave cuyas alas filosas nacieron para incendiar, dice Erica Jong:  “soy desobediente. Necesito sentirme libre” y asi se lee  y asi se vuela…

 

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