DE ANGELACIONES │ ALFREDO ARMAS ALFONZO

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HABÍA TAMBIÉN UNA LIBERTAD

 

Uno memora la navidad de Sabanauchire y una herida de la que mana la aguamiel, se le abre en

el costado. Uno sigue contando el cuento de ese tiempo del agua de Chacual, de esa visita ya

tan lejana, y Uchire abre su camino de juajua, de estrella de pólvora del cohete, de mortero que

abre una estela de humo en el cielo, de sonrisa de pastora de pesebre –las Tarache que se en-

floran, las Guzmán que se adornan con la flor de reseda, las Arveláiz que inventan la inocencia

del jazmín, las Santamaría que se ponen los colores del treyolí, Maura Tonito que inventa la

diamela-, de la alegría tierna de diciembre.

 

El Niño Jesús de Uchire, al que el tallista de Flandes no dejó sin la encarnadura de hombre,

animaba el entusiasmo colectivo expresado en los coros de aguinalderos y en el trajín de la

hallaca cuya importancia se medía en la cantidad de encurtido y el tamaño de la aceituna,

condimentos venidos de la península en unos frascos verdes y largos de vidrio adornado. La

gente estrenaba ropa nueva y los caminos de la montaña traían hasta la plaza campesinos con

facha de cuadros de Goya, ya no para el pincel sino para el retrato que se extraía de un largo

brazo de tela negra. Los pobres acababan en un mar de risas. Ya para el 24 Salvador Marichales

tenía concluida la imagen a creyón de la doble fiesta de pascua y entrada de año, esta vez para

variar mostrando un rechoncho recién nacido medio insolente, que no se sabría si colocar entre

la iconografía primera de Jesús o el año nuevo, amenazando a un anciano de carnes caídas que

huye sobre sus cuatro patas. Un cayado caído muestra un adorno como de figura de pájaro de

la noche y el año que se va 1934. Salvador Marichales, que poseía mano buena para el lápiz y

la acuarela, iluminaba con tiernos rosados el cuerpo del infante y de un amarillo de la tierra el

conjunto de ruinas del viejo ofendido. La gente se ponía a ver la cartulina de la alegoría y

terminaba en la carcajada.

 

La casa de Luisa Tarache la India daba hacia la sabana, que era chaparral de flores entonces,

unos grandes gajos amarillos, de fragancia de miel donde se convocaba la abeja susurrante y la

avispa como de vidrio viejo; chaparral y mastrantal. Más allá, donde descendía la meseta,

empezaba el juajuillal, que le dice Ángel Gabriel Armas, que no bambual, como si las dos

palabras identificaran especies distintas y opuestas. Empezaba el reino del agua. Uchire

entonces poseía toda la abundancia que ofrecían el río Limón, el río Uchire, Chacual, la laguna

de La Malpica, El Cielo, El Rincón, el pozo de la Tonitera, Manarito, que era como una crecida

que no se acababa.

 

Ir de la casa de Luisa Tarache, que era ella la prolongación de la madre de uno, hasta el sitio de

Buenos Aires, donde María Tarache pastoreaba pavitos de tela de medioluto y gallinas que

ponían la ñema sin que hubiera gallo entre el piñal, presuponía recorrer un amplio pedazo del

mundo donde sólo habitaba una culebra pequeña, necia y curiosa, sin veneno entre los

dientes, que se asomaba entre el monte al paso del niño. Allí entre esa libertad, el mastranto

erigía miles de banderas de orégano, que era todo lo otro que existía, además del cielo de añil,

sin nubes por este tiempo de diciembre. Uno caminaba esta huella de la culebra, este aire del

pájaro, y descubría que había una libertad sobre la tierra, que uno podía andar sin hallarse la

alambrada, el paso cortado por la ambición de los demás, por la avariciosa hambre de

ambición de los que lo quieren todo para sí. Ahora uno sabe que fue libre cuando vivió en

Uchire un lejano tiempo de hace ya cuarenta años.


 

DEL VIENTO

 

Un ángel de bondad, una criatura del cielo, una de esas predestinaciones que sólo los santos

deparan, indujo a Mercedes Alfonso a esa armonía contenida en sus manos para las artes de la

guitarra o el requinto, para el regalo de su voz, para el cultivo de la rosa, el amor al prójimo, a

esa habilidad suya para bordar la letra inicial de Rafael Armas Chacín el hombre que la desposa,

la ele de Luciíta Rojas la madre y de Lourdes la hija, la seña inicial de Sixto, del abuelo Ricardo,

del poeta Tomás Ignacio Potentini, del reverendísimo obispo Miguel Antonio Mejía, de aquel

tachirense conspicuo su compadre, que prometió darle la agencia de la línea costanera en

Cumaná al esposo entonces expuesto a un afán sin recompensa entre los rastrojos que el

verano desolaba en el camino de Píritu.

 

Con aguja y sedalina Mercedes Alfonso repuntaba la tela de seda y le recreaba aquellos signos

del amor o de la lealtad, con la facilidad con que la nube rehace rebaños de corderos o vergeles

de blancolirio en los cielos de mayo. Erre de ruiseñor y de rosa y de la ternura de que no

carecieron los hombres que estuvieron a su lado, sustentándola. Ele de la mujer que no dejó de

asirla de la mano, para que no se perdiera entre la noche, y ele de jazminero y de luz encendida

entre los vientos. A de alma y de amor y de azálea, de azucena y de amaranto. Habrá que ver

cómo de un ovillo comprado al turco Mustafá depende tanta felicidad y esa belleza que sólo

tienen los viejos libros ilustrados con escenas del viejo testamento o historias de los indios

caribes, del relato de Ramón López Borreguero.

 

Mercedita Alfonso borda la flor silvestre que le dicen la pascua y nadie dudaría de que sobre los

montes de Paraguayaco no han caído las primeras aguas del año, haciendo reverdecer el yermo.

Borda el tulipán rojo, la isora de sol y de presagios, la diamela, la cuarentadías, el pensamiento

de los álbumes donde una niña enamorada manuscribe poemas de Paul Geraldi, de Alfredo de

Musset, de Verlaine y de Rimbaud. Mercedita Alfonso detesta a Espronceda y a Fernández

García.

 

Mercedita Alfonso borda la primavera, los otoños lentísimos y nostálgicos, los veranos hechos

de vidrio roto, de los ruidos de las hojas donde se esconde la lagartija sutil que le dicen

niñabonita. Mercedes Alfonso borda con la armonía de sus manos con que le arranca sus

canciones a las tablas de antiguo olor de resina de su guitarra o su requinto, borda la hoja del

catuche, la que le amaneció a la rama junto al botón; los sarmientos de una vida como de oro,

como de viejos metales orinosos; borda las espinas con que hirieron los sayones de estos

pueblos de indios topocuares o tumuzas la frente del Cristo. De la paciencia purísima de sus

manos reaparecen las azucenas que amanecieron abiertas en el acto ritual del casto San José,

en esas deslumbrantes galanuras de pródigo jardín monjil que escapan de entre los dedos de

Santa Rosa de Lima, como la dulce sustancia del costado de San Francisco que amansa al

lobo sañudo.

 

Mercedes Alfonso no ha terminado de recoser el botón de la flor de la pascua cuando ya el

viento de febrero pone a remecer la rama de tiamo bajo esa claridad salobre sobre los barros

donde en vano busca el aliento el peje humilde que el habitante del paricatar extraía de la raíz

de la bora desde las últimas humedades de una tierra que desde entonces no ha dejado de

estar junto a su muerte.

 

Y fíjese, niña Mercedes, de qué le han de valer sus artes, cuando a un año antes del terremoto

de Cumaná, usted, que no había conocido otro dolor que el de la tristeza, debe buscar en

mostradores de Puerto Sucre o de la calle Larga quien convenga en aceptar esos primores de

sus manos (el pañuelo bordado, niñabonita, el centro de mesa, niña Mercedes, la pañoletica,

niña Mercedes) donde el capullo sólo carece de su fragancia inolvidable. Usted asciende y

desciende Pan de Azúcar con su inútil carga de sedas y de estambres cuidadosamente pro-

tegidos con papeles tiernos. Qué va, niña bonita, a encontrar quien entienda que tras una letra

tejida a veces con llanto se esconde algo más que la necesidad de sobrevivir a la noche y a la

soledad.


 

 

 INOCENCIA

 

Para Edda Eligia

 

Tú, hija, le echas ceniza a este aire de agosto y tienes de nuevo el cielo de Uchire. Le pones el

lirio morado, que echa la flor en una lanza, de la que escapa un vaho de severísimas tristezas,

no ves que esa flor es propia de los sepulcros; y no sangra el costado del soldado, no se hiere

el guaricongo al que hubo que quitarle cierta noche de entre las uñas con costra de sangre a la

niña Mercedes Alfonso. Venía la joven que era la niña de los ojos de don Ricardo Alfonso a

atender la salud del padre, desde su casa de familia a la del comercio, en cuya habitación del

fondo se movía silenciosamente la hamaca del paciente y una persistente fragancia de alcanfor

cuando se removía la cortina de coleta. La luz del querosén le daba ese parecido de santo de

iglesia y el guaricongo le detuvo el paso.

– “¿Esa bella doncella de qué milagro se aparece?” -jadeaba el hombre. A los gritos vinieron los

hijos de don Ricardo armados y corrió Juan Cabeza con una bácula y dominaron al guerrillero.

Luis Velázquez lo amarró al alatrique de un solar y allí la mañana le reveló la desnudez y la falta

de instintos. Había defeccionado de su partido y actuaba por su cuenta en el pillaje, por entre

estos caminos secretos de Uchire a Cúpira, entre cuyas sombras entonces se aposentaba bajo

la rosa de montaña la danta lenta y el mono aullador araguato.

 

No cuesta trabajo bordar con sedalina el paisaje de las tardes de Uchire con rojo o con carmín

haces el cielo y con el negro los lejanos árboles que mató la candela. A la serranía la simulas con

azul marino. Así se acostumbraron a la desesperanza las mujeres de aquí, de nombre Rosario,

Victoria, Eleonora u Ofelia. Ninguna tumba de Uchire guarda ya despojos de enamorados.

Frente a la lápida rota del comandante Ricardo Alfonso uno tiene la conciencia de que la espada

de Ezequiel Zamora ya no libra batallas por sus muertos ni por sus pobres.

 

Para llegar más allá de la puerta de la casa abierta del familiar que el hombre dejó en Uchire, tú,

hija, tienes que caminar sobre esta arena con una rosa blanca en la mano hasta que alguien

diga que ahí va Mercedes Alfonso, que se viene a quedar en la sabana, porque tú eres lo más

parecido al amor. Inocencia Cacharuco te saldrá a saludarte con esa alegría de ella que es lo

más próximo al viento que mueve los palos de su patio, cuando canta la paraulata montañera

y se madura el café. Te dirá Inocencia que Jesús, mija, si eres el vivo retrato, y a continuación te

mandará a pasar para dentro, donde juegan las lagartijas niñabonitas persiguiéndose, donde las

piedras las arropa el musgo, donde persiste todavía cierto pedazo del paraíso; en esa casa, a la

vuelta de El Calvario, que ya no tiene las cruces que los Alfonso colocaron y que fueron, según,

las mismas en que estuvieron expuestos los cuerpos de Jesús y los otros dos ajusticiados.

 

Te contará entonces la nieta de don Ricardo de cómo era esto antes aquí, de cómo la gente

tenía patios de malabares, de reseda, de alhelí, y las muchachas se iban a las fiestas del trapiche

cuando cortaban caña y entonces no era agua la que corría por esas cañadas del río Uchire o de

la quebrada Manarito o el Urape, sino aguamiel. El curucujul recogía toda esa dulzura y existía

la alegría en el pecho de la multitud. Una vez Inocencia tropezó un brillo entre las ramas de la

flor azul que le dicen pascua bejuquilla, y no era ningún vidrio roto ni ninguna piedra singular,

sino una estrella que se cayó del firmamento. Ella se estuvo alumbrando su niñez con ella, hasta

que se le perdió, o alguien se la cogió. Eso, hija, sólo pasa aquí, en Uchire, donde el abuelo

quiso quedarse para siempre eterno jamás.

 

De: ANGELACIONES (Ediciones Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, Caracas, 1979)


 

 

ALFREDO ARMAS ALFONZO (Clarines, Anzoátegui, 1921 – Caracas, 1990)

Narrador, cronista, historiador, ensayista, periodista, articulista, editor, gerente y promotor

cultural venezolano. Entre sus libros de narrativa, destacan, Los cielos de la muerte (1949), La

cresta del cangrejo (1951), Los lamederos del diablo (1956), La parada de Maimos (1968), El

Osario de Dios (1969), Los cielos de la muerte (1970), Agosto y otros difuntos (1972), Cien

maúseres, ninguna muerte y una sola amapola (1975), Angelaciones (1979), Con el corazón en

la boca (1981), Este resto de llanto que me queda (1987), Cada espina: tres historias de amor

(1989), Los desiertos del ángel (1990). En 1943, en Barcelona, Anzoátegui, inició su labor como

editor, con la revista Jagüey. También comenzó, en 1944, su incursión en el periodismo, cuando

asistió al primer curso de la Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela, y al

colaborar con los diarios El Heraldo y El Nacional, y con la revista Elite, de la cual llegó a ser su

jefe de redacción, un tiempo después. En 1946 fundó la revista Figuras e ingresó en la Creole

Petroleum Corporation como encargado de publicaciones y director de las revistas Nosotros y

El Farol. Obtuvo el Premio del Concurso de Cuentos de El Nacional, en 1954, con El único ojo de

la noche. Viajó a Italia en 1956, donde estudió Artes Gráficas. Desempeñó el cargo de Director

de Cultura de la Universidad de Oriente, de 1962 hasta 1968. Publicó en 1969, uno de sus libros

más importantes, El Osario de Dios, con el que recibió el Premio Nacional de Literatura, ese

mismo año. Entre 1970 y 1971, ejerció la Vicepresidencia del Instituto de Cultura y Bellas Artes.

De 1975 a 1976, dirigió los talleres de narrativa del CELARG. Entre 1977 y 1979, llevó la

dirección de la página de Arte de El Nacional. Dirigió la Editorial Equinoccio de la Universidad

Simón Bolívar, en 1980. Recibió en 1986, el Doctorado Honoris Causa en Humanidades, por la

Universidad de Oriente. Desde 1988 y hasta su muerte en 1990, fue Coordinador de

publicaciones del CELARG. Armas Alfonzo ha sido considerado como uno de los precursores en

América, de lo que luego se llamaría “realismo mágico”. Su obra se ha traducido a diversos idio-

mas, entre ellos, el ruso, checo, francés, italiano e inglés. El escritor Efraín Subero, al referirse a

la obra de Armas Alfonzo, dijo, “La Venezuela de adentro -de adentro del corazón y de adentro

de la geografía- es el camino para entender el por qué y el cuándo y el por dónde de los cuentos

de Armas Alfonzo. Se diría que esa Venezuela -la de allá- está en el contenido y la de acá está

en los recursos expresivos: contar con modernidad, con inteligencia; a veces, con deliberado

mal gusto. Porque ese mal gusto que nos causa disgusto es también de la tierra. Le pertenece

como sus amaneceres, como su fauna, como su flora, que tan admirablemente maneja Armas

Alfonzo …Ratifico y rectifico. Ya es tiempo de decir, que aun entre los grandes, Alfredo Armas

Alfonzo es un gran escritor.”


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