LA NOCHE DE LA PRIMERA VEZ | ALFREDO PÉREZ ALENCART


Volvemos siempre al silencio como una necesidad primordial, como un símbolo de descanso que absorbe del sonido apenas la vibración última y se apaga en esa expresión muda que contiene la carne. Así, como la poesía de Alfredo Pérez Alencart, que nos hace saborear la reposada preparación de la conciencia y, antes de que la palabra traiga su ruido de piedras, presentimos el umbral del templo, cuando el espíritu y la psique se anteponen a la visión del rito «como adivinando / el silencio del primer Adán».

Estos poemas construyen imágenes titánicas, versos poderosos de fuerza total, que nos exigen atención plena: su universo nos lleva al asombro. Antes de leer, debemos atender. Por eso es importante quedarnos en la sensación vital del silencio, como en el espacio previo a la creación, cuando el poeta se prepara para su oficio y acaricia la serenidad de la hoja en blanco. Y es que la palabra, como la música, demanda treguas, instantes, en que el aire se detiene y podemos inhalar sus signos. Porque en la mudez crece la raíz del lenguaje tan profundamente arraigada en la tierra que nos abre el ser mismo.

Y, así, absortos, entramos en las estrofas antes de pronunciarlas. El ritual invita apenas a un leve movimiento de labios, sin sonidos, como un rezo quedo, donde seremos testigos del milagro de la creación, porque estos poemas se convierten en columnas magnánimas, que nos llenan de su presencia absoluta, raptándonos, «Labio a labio», hacia la muerte o la vida, si acaso ambos no son el mismo instante de éxtasis que desconoce final y principio. En la ceremonia asistimos a la coronación de emociones diversas, todas nacidas en el cuerpo espiritual de la palabra, como la posesión vigorosa del amor en el poema “Amada Seas”:

En tus ojos relumbra la noche de la primera vez,
la noche del gozo constelado
por los flancos de la unánime ternura
y del ritmo fervoroso cual milagrosa revancha
atada a las goteras del cielo.

¿Quién podría emitir resonancia alguna, ante semejante trance fundacional? En esta estrofa estamos asistiendo a un acto iniciático, la creación misma de la noche primera: Nyx, la negra noche en la Teogonía de Hesíodo que junto a Érebo surgió del Caos. El simbolismo contenido en esta expresión consagra el principio y el tiempo de una fuerza monumental que «relumbra en los ojos amados». Nos adentramos, entonces, en el lugar sagrado que en lo más alto podemos aspirar: el cielo constelado, eje crucial de las transformaciones míticas.

Cada verso de estos poemas lleva impresa una imaginería exquisita y profunda que se erige en altar desde el silencio. Por eso, a la ofrenda poética de Alfredo, debemos asistir con los sentidos despiertos. Encontraremos allí raíces y signos vertebrales de trascendencia que cobijan el deseo humano y su devoción.

Amarú Vanegas


LABIO A LABIO HACIA LA VIDA

 A Miguel Hernández

Labio a labio hacia la muerte
mirando los pulidos lentes del espíritu,
como adivinando
el silencio del primer Adán
en cualquier punto recostado en su silla de azufre,
desterrado pero usufructuario del mundo,
sin paraíso, sin brújula, pero porfiando con veinte silbos
clamando por rayos o lunas
y por la ausencia de los profetas ciegos
que saben anunciar el salto increíble o el agua suave
de las noches desbordadas, Eros de profundidad
entrañable inundando el pecho de sangre
o los muslos aéreos de la mujer harta de afrentas
que son tarda espuma
bajo el aviso de las siete capas de sombra
y del pus del pulmón inmenso por cuyo hueco
va huyendo el sol.

Labio a labio hacia la muerte
y sólo llegan obscenos quejumbrosos con el corazón
unido al oro en aleación a las burguesas botas
y a los pavos reales bendiciendo
en templos cuya oscuridad es completa
tras la huida de Dios,
descreído por la podredumbre de los superpuestos.

Labio a labio hacia la muerte
y la angustia en el canto y el parpadeo
por el niño que desconoce la senda del pan,
muriéndose así, sin paludamentos
ni trajes de plata que son carcasa que no cambian
al hombre libre para decir
lo miserable que resultan los cruentos.

El muriente sabe que su espíritu va,
labio a labio, hacia la vida.

(Inédito)


AMADA SEAS

I

Amada seas
en el trigal maduro de mi edad.
En el principio fue la doma del desorden
al filo de las madrugadas,
cuando la oscuridad encendía otros neones
que no eran llamas ni adioses,
pero dibujaban tus labios apretados
junto a la cintura que ya no tengo.

Amada seas
porque tu amor es la verdad que toca mi hombro
acostumbrado a puertas
foráneas que nunca lograron disminuirme.

Y como al principio,
hoy no tengo más brújula que tu cuerpo,
sol y luna, quiebre y aullido
besado infinitamente en las corolas.
Desde mis ojos veo a la muchacha
cuyo cuerpo me traslada todas sus bondades.

Amada seas
hasta que enviudes
y conserves algo de mí
que sabrás esconder a los demás.

II

En tus ojos relumbra la noche de la primera vez,
la noche del gozo constelado
por los flancos de la unánime ternura
y del ritmo fervoroso cual milagrosa revancha
atada a las goteras del cielo.

¡Oh noche de bodas cuyo minutero enmudeció
ante la pupila de los mil colores!
¡Oh noche que se alarga sin desvelar su secreto
moldeado a fuego lento
por el mástil del viaje más íntimo!

Y luego, esa liturgia de la respiración cuando el alba
es un ir y regresar
confundiéndose dentro del cuerpo,
pertenencia que cae de rodillas y zigzaguea
para enseñar su intención profunda.

Te vuelves y me deshaces como quien draga
el río de la vida.
¡No ceses, no me dejes vestido de piel y de deseo!


CARNAVALEANDO

Miren cómo estoy en medio de la bulla gozosa,
gota a gota de sudor y fantasía floreciendo
desde mi júbilo, empapando los trajes de hombre,
de hombre que conoce la expansión de la carne
en la fiesta desembarazada donde la orquesta resulta
incansable para el triunfo de los pasos rápidos
y de lo que algunos llaman Derroche de Alegría.

Oh, señoras y señores, mi corazón es una serpentina
de carnaval que a todos abraza con un extraño
poder que convierte en chispa el entusiasmo.
Ah, compañeros en este baile que empieza con la señal
que libera al cuerpo de cualquier eclipse, sepan
que la orden del festejo no se acaba nunca, porque
el hombre no puede pasar de largo sin decir alguna vez:
“Sí, estoy de fiesta”. Y es que el festejo es perfecta
disciplina para el espíritu, llave maestra para echarse
a volar lejos del pregón de los cucufatos impuros.

Te veo de nuevo en las calles, carnaval de aquellos
días cuando las jóvenes bailaban conmigo goteando
sudor y risas embanderadas al viento. Llevo mi corazón
en ese aire que estropea inviernos. Soy ese muchacho
con el pecho lleno de musgo, con la voz nombrando cosas
para que no se pierdan viviendo la vida con su verde
latigazo. ¿En qué lugar de mí se arrima aquel carnaval
que se desboca en la noche de las cicatrices? ¿Me mira
todavía con sus pupilas de brindis y lloviznas? ¿Es
el reverso de la luz de entonces la que hoy ilumina mi
confianza en unos hechos resucitados? Tantas preguntas
sin respuestas, tanto arrear momentos imborrables
pues quedan ecos lejanos que dormitan latiendo
mientras su jugo lo bebe el picaflor del sentimiento.

A veces extraño mucho como ahora, que regresa brioso
el carnaval rebalsante de frutos. Y escribo letras
para frevos y sambas, letras que son la prueba del fervor
que alcanzo en esta tierra, el testimonio del libre deseo
que se amotina porque le hace falta. Mis letras asumen
músicas que encienden siempre los días hermosos
de carnaval. Aquí estoy esperando esas melodías
donde tiemblan los sueños y el pedazo de arcilla de todo
varón y hembra a quienes Dios concedió el Eros
para que no todo sean ventanas ciegas.

Mientras resuenan tambores y trompetas, ellos se están
probando los atavíos para la comparsa que terminará
pasada el alba: Sa-sa-sa-ri-gando… ¿Quién canta
esa soberbia samba? ¿De dónde sale esa voz que
despierta los cometas? Estoy en Olinda, estoy en Recife,
estoy en Caruarú: mi pecho se regala dócilmente
con el jolgorio de las bandas, de los desfiles, del guitarreo
y de los cantos con los bailes de afoxés, maracatus,
trocas y caboclinhos que nunca apaciguan su alegría.

Blusas de seda transparente y muñecos gigantes, mil
colores para pedir largo a la vida y que la savia
me alimente por dentro mientras estalla la niebla negra
y el carnaval se torna como una siempreviva que habla
a las entrañas de los hombres y a la ardorosa sal
de mi cuerpo rebelde, creyente en el amor que viene
del entorno de Cristo y del milagro de su vino.

Fundo nuevos entusiasmos, nuevas primicias: carnavaleando
voy en esta hora justa que organiza los sueños
en una corpulenta marejada de realidad. Y sobre la carne
viva tecleo la contraseña que otorga potestad al espíritu.
Carnavaleando voy en medio de tantos incrédulos
que simulan recato cuando idolatran maderas y bronces
o salen en procesión sin amar al prójimo. Carnavaleando
voy con mi desnudo corazón, sobrepasando noticias
raquíticas y mentirosas

Hasta pronto, carnaval. Ya volverás para completar
mi cuerpo en el calendario de mañana.
Y temblará de nuevo mi corazón cuando te brinde
otra bienvenida.


LA MESA ESTÁ SERVIDA

Ni pan ni vino en la pobreza de estas represalias
por inducir a que coma la multitud, sane el leproso,
camine el paralítico y vea el ciego de nacimiento
o aquellos que nunca quieren ver lo injusto.

Hermanos: siéntense conmigo por amor al Maestro
de quien tomamos ejemplo, aunque nos vaya la vida.
Tomen asiento en esta mesa servida sólo de amor
y no me olviden cuando comploten contra mí
por decir que la verdad nos hará libres, por pedir
de beber a una mujer que además es extranjera,
por responder con acierto a los nuevos Nicodemos,
por estar contra la lapidación de las descarriadas.

Hermanos: no olviden cuidar de mi familia
cuando me tilden de loco y me envíen al manicomio
por decir que el Maestro caminó sobre el mar,
por creer que convirtió el agua en vino
o por poner nombre a los seis resucitados.

Hasta el pan y el vino me han quitado, hermanos,
pero vengan a sentarse aquí conmigo, pues presiento
algo peor. He visto rabiar a los psiquiatras de la Bolsa
cuando dije que los ricos deben vender sus posesiones
y repartir lo obtenido entre los pobres.

Esto no me lo perdonarán, pues ya no sólo soy demente
sino comunista, delincuente peligroso, desadaptado,
infeliz revolucionario de pacotilla o poeta idiota
que no se ha dado cuenta que vive en el siglo veintiuno.

Renuentes a dar la cara por temor a represalias,
¿vendrá a sentarse conmigo algún hermano solidario
o deberé compartir en soledad todo el inmenso amor?

Barro del paraíso con espíritu del Gólgota soy
y perdono lo que me hacen, y perdono
lo que me harán.


VENEZUELA

Tierra escogida,
brisa respirada lejos del álgebra del fracaso
y de las bengalas malditas:
un río serpentea o galopa entre los Andes
y yo estoy arriba, por el páramo merideño, poniendo
piedras que faltan a la capilla de Mucuchíes, Juan Félix
abrazado del doctor Contramaestre, en alma
los dos bajando de otros firmamentos en un diáfano arcoíris,
serafines que luego la niebla no desvanece en mi retina,
tahúres celestiales como el librero Caupolicán
que muere y se agiganta en Salamanca
donde antes hablamos de ronquidos presidenciales,
enfermo ya, como doliéndole su nascencia en la negra boina
junto al tanatorio: cháchara gustosa que ungimos
con grasa de ballena y vino tinto de viejas tabernas.
Pero estoy por Maracaibo, en casa de los Crespo
o al habla con César David, mientras corporalmente
me criogenizo y sensible bulle mi corazón
la madrugada que transito al encuentro de Ramón, del Viejo Lobo,
del Capitán que lagrimea, como yo, por aquel
cuyo fantasma fue avistado en una esquina de Tovar.

Voy con mis muertos venezolanos, inquilinos
del sentimiento incandescente: atrás de todo, su tierra
y sus zapatos negros, las uñas que siguen
creciendo, la cicatriz del abrazo de sus historias inverosímiles
que suceden allá por La Hechicera, otra vez en Mérida
igual a sí misma donde bebo unas cervezas con Pepe Barroeta
y Salvador Garmendia una noche que se abre a la muerte,
como uno más de los misterios.

Entonces alguien llama: “¡Alfredo, Alfredo”, y yo
reconozco a Jesús Serra en cuya casa pernocté
antes de subir al páramo. Y luego otra voz:
“Ayúdame, hermano”, y llego a vislumbrar cómo disparan
contra Giandomenico, allá por la Pedregosa Alta.

Pero voy por Caracas con el viejo Adriano exacerbado,
acompañándolo porque no soporta la soledad
de sus huesos portátiles; pero voy con Domingo Miliani
para que me cuente sus historias; pero voy con Eugenio,
tan magno en la anunciación de su terredad,
hermano que al centro de la palabra había llegado.

Voy por ahí sabiendo que hay nieblas y tinieblas,
que hay señales furiosas. Pero sigo adelante,
vendándome la cabeza.
Sigo la pista de mis amigos muertos, pálidos diamantes
que desentumezco para la resurrección. Ellos están conmigo
porque vuelven desde la garganta del infinito y porque
yo sé darles un ánimo salvaje.

Venezuela,
¡préstame un poco de tus muertos
y deja que los frote adentro de mi corazón!


ALFREDO PÉREZ ALENCART (Puerto Maldonado, Perú, 1962). Poeta peruano-español y profesor de la Universidad de Salamanca. Es director, desde 1998, de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos. Tiene 16 libros publicados y poesía ha sido parcialmente traducida a 50 idiomas. Se le ha concedido varios premios y reconocimientos por su trayectoria poética.


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