ME VESTIRÁN CON CENIZAS (SELECCIÓN) | ANA MARTÍNEZ CASTILLO


ABSURDO

Mira, el niño venía mal.
Era una mentira, un absurdo entre mil. Un caso anómalo. Era una pulcra masa deforme, un amoroso quiste invertebrado.
Uno entre mil.
Casualidades.
Me lo sacaron una tarde. Tiraron de sus cabellos dormidos hacia fuera, lo bañaron con una luz provisional, lo guardaron en una bolsa.
Es que mira, venía mal.
Son cosas que pasan. Cosas que se tuercen, que se asfixian, que se deforman, que te sacan del cuerpo una tarde, cosas invertebradas que laten, que respiran, que se detienen, cosas que envuelven en plástico, que tiran a un contenedor una tarde, cosas que se manipulan con guantes, brillantes anomalías de carne que una, sin embargo, nunca deja de querer.


LOCURA

Vine aquí con todas mis promesas, con todas mis promiscuas variaciones, con el beso de la locura en la frente. Y es la locura un animal peludo. Es la locura un regalo que predice el valor del trueno.
Revelaciones.
Edificación paranoica que hace grumos la lengua, cimentación blanda de lamparones inversos. La frente deshecha.
Vine aquí a sentarme en la mesa del tiempo, vine en las horas raras, cerca de la vastedad del medio día, cerca de la no luz, cuando es patente la ausencia de farolas, cuando es patente la ausencia de caminos y callejones y no hay bares donde parar, gasolineras. Y la locura está ahí, tosiendo. Y la locura está ahí, siendo un regalo, siendo una hermana más, glamurosa nota de suicidio, alabastro.
Yo, tímidamente sola, sin atreverme, sin querer mirar, sin otoño, ni momento, ni paciencia para andar desmintiendo estaciones, bocas de metro, alcantarillas que rezuman serenos madrigales. Vine aquí para estar a salvo, completa, impaciente por la brisa y sus perfumes, vine a sabiendas del exceso de aristas taciturnas, de bodegones inútiles en las noches tristes.
Vine y me contengo para no ser más locura en la piel del ciervo.


SEDIMENTOS

Encontré la certeza y aquello que reposa, que se enturbia dentro del velo, la savia órfica que avejenta la tarde y enfría estos versos.
La fábula intuida encontré y tuve que esforzarme, tuve —despacio— que reducirla a cenizas, a humareda, a nimia traza de lo sagrado.
Cuando me haya ido, quedará la tierra, reposada, incólume;
quedará el huérfano recuerdo del asfalto, inocente reminiscencia de lo quieto.
La retina del sapo quedará cuando me haya marchado,
la palabra anfibia y todos sus misterios, sarros de lo que fui y que dejo entero, residuos de piel,
estratos.


LÍMITES

Estaban claros los límites del cielo y vinieron juntas todas las desgracias. Vinieron a morir los animales con las tripas y las bocas, con los ojos vueltos hacia los cazadores, con la estupidez del cielo raso.
Caía la baba, caía la piel y la pregunta, trajo el viento un olor a podredumbre que tiñó de azul nuestras pupilas.


ETERNIDAD DOS

Podría sustantivar la eternidad, sustantivar la nieve que cubre mi plumaje. Decir
ventisca irritante,

brote del alba bisturí,

sucedáneo de vida en la bruma que empaña mis cristales.

Solo soy un recuerdo hiriente.
Solo soy esquirla de algo que caduca.
Y podría declamar el día entero, llamar a gritos a las cosas inservibles, a las preguntas inservibles, a la espera quieta de los parques. Pero así están las cosas. Así es la eternidad que se llena de sed la lengua, que llena de hambrienta sed el alba, que me imagina recorriendo los jardines, que recubre de tul y espejos el otro lado de los párpados.
La eternidad que nos sobreviene.


HAMBRE

Tuve hambre de voz parásito curvo, hambre cenicero. Y vino después el silencio rítmico de la sierpe, la certeza de que muchos bichitos rumiaban el gris.
Yo también puedo hacerlo.
Puedo ser indiferente al sonido, resonancia sin huestes ni vergüenza. Puedo languidecer convertida en obtusa presencia/ausencia, convertida en retina de luz inútil. Puedo. Lo dijo la tierra rasposa aquella tarde. Lo dijo la vena mediana, el cielo que mastiqué para ser otra. Y era mentira desigual, era timbre polifónico, era el andamiaje de la tarde triste.
Crees que no me doy cuenta, pero sí. Conozco bien la blanca hipotenusa de las aves, la desteñida flor de la luz-insecto, la luz-larva, la luz-lineal en la curva del ojo. Pero estate tranquilo, no voy a decir nada.


LLANURA

Cielo de tormenta en la piel del perro.
Razón simétrica.
Retal ozónico los días ocres.
Tú, llanura, eres el viento que mastica la voz de los animales.


ETERNIDAD SEIS

Lo que fuiste da igual, prevalece el frío.
Prevalece la orina, el goteo, la baba.
Prevalece el rechinar y da igual lo que fuiste.
Solo queda el hielo.
Solo queda el frío que invierte cartílagos, que pone del revés el tuétano.
Queda la luz estancada en todos los quicios, la luz cóncava en los párpados, la luz amnésica y rojiza, la luz fecal que rellena las grietas.
Y da igual lo que fuiste. Da igual.
Ya nadie lo recuerda.

 


Selección del libro Me vestirán con cenizas, realizada por el poeta Luis Eduardo Barraza


Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978) ha publicado poemas y relatos en diversas antologías y revistas literarias, así como reseñas y artículos en diferentes webs. Entre sus publicaciones destacan los poemarios Bajo la sombra del árbol en llamas (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016), La danza de la vieja (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017), Me vestirán con cenizas (Versátiles Editorial, 2019) y De lo terrible (Chamán Ediciones, 2020). En el terreno de la narrativa, ha publicado la colección de relatos Reliquias (Eolas Ediciones, 2019). Es coordinadora editorial en InLimbo Ediciones. Más información en su web: http://anamartinezcastillo.com/

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