ANTOLOGÍA POÉTICA | EDUARDO GARCÍA AGUILAR

 
Pena del extranjero
 
Ciertos caminos conducen a las ciudades iluminadas.
Después de viajar y viajar sin rumbo preciso

encuentras un recodo y observas destellos

de mil focos, el ajetreo de una actividad desconocida para ti.
Es más fácil entonces sortear precipicios,
vadear ríos caudalosos,

selvas húmedas en donde te acechan fieras y zancudos.
Cada día que pasa ves más cerca la ciudad de las luces.
Algunos de sus templos se perfilan en el horizonte

y puedes escuchar la música que se interpreta en sus plazas.
Vienes de otro mundo y llegas a uno nuevo.

Mil brazos salen a recibirte en triunfo

y las trompetas resuenan para el extranjero.
 
Quien llega no podrá volver al sitio de partida.
 
 
 
Poética I
 
Poetas de toda latitud
Poetas de toda longitud
Os invoco en la piedra
 
¿Tenéis de comer al menos?
¿Tenéis empleo acaso?
 
Os invoco poetas? deja el poema
Lo peor del poema: el poeta
 
 
 
Nada perpetua
 
Eneas: no llegaste aún del largo viaje
no fundaste ciudad alguna

ni amada tuya se incineró en la playa
 
Observa a las gaviotas volar tras la nao

a los peces juguetear sobre las espumas

o escucha el silbido inteligente de los delfines
 
Nada quedará de tu aventura: sólo cenizas a tu
alrededor

vuelve entonces a tus orígenes aunque sea tarde
y chilla en la aldea o en tu proa de vanidad
 
 
 
Hielo de la Place Dauphine
 
Escenografía de lo que fue hace siglos

Pero carente de vida, maquillada al extremo,
Deslavada, inerte, fría, espectral,

Como un cadáver recién embalsamado.

Así la place Dauphine a donde vine

En busca del soplo bohemio de Julio Cortázar
relatado en su cuento Las babas del diablo.
Nada. Hasta la arena falsa.

Y todo ahí congelado

En una asfixiante tarde invernal de febrero
 
                                                                                                                            26-02-2012
 
 
 
Poetas tristes
 
Los espíritus pesados
Llevan siempre un ancla
Herumbrosa como corazón,
Pues la poesía
No es una variante del discurso
Ni una forma menor de la arenga.
Los poetas tristes se alumbran
Con cirios para escribir versos
Sobre ataúdes de cedro.
Como una corbata de plomo,
El incienso se colgó de sus
Versos para ahogarlos
 
 
 
El misterio de Berchtesgaden
 
“Ah soudain
La peur d’être deux
Dans la beauté”.
Edouard Glissant
 
En la oscuridad total por senderos puentes y muelles de madera
humedad lacustre y vuelo fugaz de aves nocturnas

Pequeños monstruos de glaciares remontando a la superficie
Emitiendo chasquidos de dragones alados sobre el magma
Y en la superficie de las aguas luna y estrellas reflejadas
Ondeantes luminosidades en la vibración del instante

Nítidas en el espejo donde narcisos flotan a veces y se hunden

Y el silencio el miedo el silencio de percibirse en el precipicio
Frente a espacios siderales espectrales en la efervescencia acuática
Y en el bosque los enormes hongos carnosos sobre troncos caídos
Cada uno original y único sin copia ni clon entre líquenes
Musgos como manchas efervescentes sobre pilares húmedos

Gotas de estalactita líquida deslizándose sobre las hojas y el viento
Entre los ramajes cayendo sobre blandas techumbres de carne
Mística elocuencia de un organismo vivo de colores extraños

Y abajo el río escondido con sus playas abandonadas

En la profundidad del espacio boscoso donde su olor guía

La tarde transcurre por senderos de cuentos de hadas y gnomos
Tiempo agua viento ola deseo milagro en el bosque de su cuerpo
Subiendo por carreteras y senderos cubiertos de nieve

Ascendentes en círculos concéntricos ante la inmensidad del bosque
Pasos firmes con el aliento al aire y la risa florecida

Respiración tránsfuga circulando en la tarde luminosa

Y en sus muslos brazos cuello la enredadera verde y fucsia
Ramajes de vegetación enrollándose en su cuerpo abarcándola toda
Única en su excitante presencia entre brumas de misterio siempre

Y bajo las estalactitas del cañón secreto subir hacia la cumbre

Gota a gota las aguas del río chocando furiosas contra rocas
Ecos detrás de los ecos en el estruendo cóncavo de los glaciares
Voces milenarias de aserradores ahogados o viajeros perdidos
El misterio siempre el misterio de inventar fósiles en silencio

Y descubrir las nervaduras del tiempo atrapadas en yacimientos.

Extraídos de Eduardo GARCÍA AGUILAR, La música del juicio final – Poesía Completa (1974-2016), Uniediciones, Bogotá, 2017. Presentación y selección de Mariano Rolando Andrade.

 


Narrador, poeta, ensayista, Eduardo García Aguilar (Manizales, Colombia, 1953) forma parte de una cofradía de reconocidos escritores latinoamericanos que recorre las calles de París a toda hora desde hace ya varios años. Viajero incansable, estudió en la Universidad de Vincennes a fines de la década de 1970 para luego irse a vivir a Estados Unidos y México y un día regresar a la capital francesa. Ha publicado las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993),  Tequila Coxis (2003) y Las rutas de Ifigenia (2019), así como el libro de relatos Urbes luminosas (1991), los poemarios Llanto de la espada (1992) y Animal sin tiempo (2006), y el ensayo Celebraciones y otros fantasmas: una biografía intelectual de Álvaro Mutis (1993), entre otros. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés y bengalí. “Eduardo García Aguilar escribe para que el universo deletree sus huellas, lo identifique con el paisaje y sienta su permanencia a través de las palabras”, dice el escritor Fernando Denis en el prólogo de La música del juicio final (2017), que reúne la poesía completa de su compatriota desde 1974 y 2016.

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