CREO EN LA POESÍA │ AQUILES NAZOA


                 BALADA DE HANS Y JENNY
                                                                                                                                                         A María Teresa Castillo

Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando
Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de
Suecia.

Hans y Jenny eran soñadores y hermosos, y su amor compar-
tían como dos colegiales comparten sus almendras.

Amar a Jenny era como ir comiéndose una manzana bajo la
lluvia. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecie-
ron maduras las cerezas.

Hans solía contarle fantásticas historias del tiempo en que
los témpanos eran los grandes osos del mar. Y cuando ve-
nía la primavera, él la cubría con silvestres tusilagos las
trenzas.

La mirada de Jenny poblaba de dominicales colores el pai-
saje. Bien pudo Jenny Lind haber nacido en una caja de
acuarelas.

Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de
espuma de mar, que Jenny le diera.

A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero
seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas
de la tierra.

Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la trans-
parencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en
las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los men-
digos, y en el perfume de pan tierno y en las más humildes
monedas.

Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el
primer día de invierno en la escuela.

Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita
tristeza.

Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por
la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de
Suecia.

Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que
cantaba en ella.

Una vez hizo Hans un largo viaje y a los cinco años estuvo de
vuelta.

Y fue a ver a su Jenny y la encontró sentada, juntas las ma-
nos, en la actitud tranquila de una muchacha ciega.

Jenny estaba casada y tenía dos niños sencillamente her-
mosos como ella.

Pero Hans siguió amándola hasta la muerte, en su pipa de
espuma y en la llegada del otoño y en el color de las fram-
buesas.

Y siguió Jenny amando a Hans en los ojos de los mendigos
y en las más humildes monedas.

Porque, verdaderamente, nunca fue tan claro el amor
como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind,
el Ruiseñor de Suecia.

 


                 UNOS NIÑOS

A ver el tren que llega
jadeante, fatigado
de andar dando silbidos
para alegrar los campos,
o colocando nubes
sobre los cielos mansos;
el tren de los viajeros
jubilosos de mayo,
en cuyas ventanillas
va el corazón viajando;
el tren que las colinas
remonta cabizbajo
por ir paciendo flores
-¡oh lírico caballo!-;
el tren que escupe estrellas
y respira relámpagos,
a ver el tren dos niños
a la estación llegaron.

Por el andén pasean
cogidos de la mano
y luego, como absortos,
se sientan en un banco.
El menor lleva una
varita de durazno,
y a medida que al otro
le va todo explicando,
en el aire con ella
va como dibujándolo:
“La máquina es oscura”
“Los vagones son largos”
“El hombre que maneja
se metió por debajo…”.
“¡Mira, tiene una gorra
de capitán de barco!”.

¡Oh lección inocente!
¡Tonto Libro Primario!
Todo lo escucha el otro,
pero sigue callado,
los ojos en el cielo
y en las piernas las manos.
Es un ciego. Es un ciego,
¡un ciego de once años!,
que del tren sólo entiende
lo que dice el silbato
y la plática simple
que le dicta su hermano
y que siempre es la misma
sobre aquel mismo banco:
él con los mismos ojos
al cielo levantados,
y el otro con la misma
varita de durazno,
como un arcángel pobre
gestionando un milagro.

Cargado de alegría
se marcha el tren de mayo,
el tren que escupe estrellas
y respira relámpagos.
A su paso florecen
los pañuelitos blancos,
y por el niño ciego
que en silencio ha quedado,
va la locomotora
gimiendo por los campos.

 


                 REZO EL CREDO
                                                               O CREDO DE AQUILES NAZOA

Creo en Pablo Picasso, todopoderoso, creador del cielo y
de la tierra; creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y
de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado
por el tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de
los hombres; creo en el amor y en el arte como vías hacia
el disfrute de la vida perdurable; creo en los grillos que
pueblan la noche de mágicos cristales; creo en el amo-
lador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda
maravillosa; creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatién-
dose como una purísima paloma herida bajo el cielo del
Mediterráneo; creo en las monedas de chocolate que
atesoro secretamente debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la
música, yo que en las horas de mi angustia vi, al conjuro
de la Pavana de Fauré, salir liberada y radiante a la dulce
Eurídice del infierno de mi alma; creo en Rainer María
Rilke, héroe de la lucha del hombre por la belleza, que
sacrificó su vida al acto de cortar una rosa para una
mujer; creo en las flores que brotaron del cádaver adoles-
cente de Ofelia; creo en el llanto silencioso de Aquiles
frente al mar, creo en un barco esbelto y distantísimo que
salió hace un siglo al encuentro de la aurora; su capitán
Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles, y junto a
sus sienes un resplandor de estrellas; creo en el perro de
Ulises, en el gato risueño de Alicia en el País de Las
Maravillas, en el loro de Robinson Crusoe, en los ratonci-
tos que tiraron del coche de la Cenicienta, en Beralfiro el
caballo de Rolando, y en las abejas que labraron su
colmena dentro del corazón de Martín Tinajero; creo en
la amistad como el invento más bello del hombre; creo en
los poderes creadores del pueblo, creo en la poesía y, en
fin, creo en mí mismo, puesto que sé que hay alguien que
me ama.

 


                 MI MADRE EN UN PUEBLITO
                                                                                           DE RECUERDOS

Mi madre vive en un pueblito de recuerdos;
yo algunos domingos me subo en el elefante del Libro
Mantilla para ir a visitarla.
Allí vive mi madre entre las cuentas de colores que
con los años se le han ido cayendo como hermosas gotas
de sangre de su corazón.
Allí está ella pensativa, allí está ella muy joven y
elegantemente triste, a tono su tristeza con la melancolía de
la hora en que atardece en su pueblito de recuerdos.
Yo, que amé siempre la tarde, pienso que a la envejeci-
da luz de esa hora mi madre es el alma misma de la tarde; y
cuando en esa actitud la he encontrado, me vuelvo de
puntillas y llego a casa contando que en el pueblito de
recuerdos donde vive mi madre, la tarde permaneció hoy
largo rato con la mano en la mejilla.
Allí, como entre vestigios de jardín, vive mi madre entre
sus últimos ovillos de sedalina, entre los irisados témpa-
nos de cristal de la lámpara que nunca se compuso, junto
a la cruz de palma bendita que en otros años poníamos en
el patio dentro de un plato de agua cuando había tor-
menta.
Hay algo allí de primavera archivada, serán las flores
secas que también hay, o bien aquella mota que aunque
ya sin polvera conserva su ampulosidad de bailarina que
ha engordado; en todo caso será de tanto vivir entre esas
cosas por lo que la mirada de mi madre es lejanamente
dulce y vagamente apagada, como sería, si uno pudiera
verlo, el nostálgico aroma de las galleticas Palmer’s. A
veces mi madre y yo nos vamos pueblo adentro, oyendo
bajo nuestras pisadas el crujir de oro de las hojas secas,
nos vamos a lo largo de ese territorio de oro, a veces ella y
yo nos vamos, mirando yo caer las hojas secas que a lo
largo de años y años de vivir en su pueblito de recuerdos,
se le han ido desprendiendo de su anticuado vestido de
flores a mi madre.
Vamos en un tranvía bajo la lluvia, pasajeros los dos
de un puente que ella le dijo a papá que parecía un barco, mi
madre quiere que nos detengamos donde está el vendedor
de granizado para que yo me coma las estrellas. Ahora
me sube a su hombro para que yo contemple por la
primera vez un río. Pero el fulgor de sus cabellos me
resultó más fascinante, pues como era ya la noche y era
marzo, y apareció la luna bajísima e inmensa, yo por la
primera vez vi el mar, lo vi dormido de mi madre en los
líquidos cabellos.
Ahora llegamos al momento en que yo no he nacido.
Ahora mi madre está tendida sobre el mundo, y el amor la
agasaja de perfumes como a la tierra un río de duraznos;
dócil, pluvial, arbórea, taza de leche enamorada, está
ahora tendida allí mi madre, cuna de flores el dulce
cuenco de su vientre para tornear –suavísima alfarera-
la sustancia de siglos que cantando la nombra en la
palabra de mi padre.
Madre, pequeña fábrica de amor, mansa esposa del
Tiempo, milagro de tu carne fue darle forma humana a
las tinieblas y recoger la noche en tus entrañas para
levantarla como una espiga hacia la aurora.
Yo lo sé, yo lo sé, porque mis ojos, yo lo sé, no han
conocido estrellas más suntuosas, ni mañanas más claras,
ni flores más augustas, ni en fin nubes, que las que aprendí
desde tu cuerpo a mirar a través de tu mirada.

 


                 PASA MI PADRE

Ahí va mi padre pedaleando su bicicleta de jardinero
Él lleva sin saberlo la poesía como una violeta en el sombrero
Y a mi niñez le gustan entusiastamente sus zapatos
que son como unos caballos viejos y cariñosos

En aquellos tiempos estaban muy baratas las cosas
Teníamos una casa de flores que sólo nos había costado a razón de
un sufrimiento insignificante el metro cuadrado

Figúrense cómo estarían las cosas de tan baratísimas entonces,
que yo tenía una hermana llamada Lilia
a la que no llegué a conocer porque se murió aprovechando lo
barata que se había puesto la muerte por aquellos días
Mi padre pagó en cómodas cuotas la muerte de aquella niña:
Todos los días al llegar del trabajo, lloraba un poquito sobre
el hombro de mi madre
Y en cosa de cinco meses estuvo saldada la deuda con la muerte,
cosa que no se puede hacer hoy día. ¡Todo está ahora tan caro!
¡Con decir que las lágrimas están reguladas por el departamento
de control de precios!

Teniendo yo nueve años y él me imagino treinta,
me pidió delicadamente esa mañana que me volviera de espaldas,
mientras él se bañaba con sus inocentes calzoncillos, porque
el mar le gustaba mucho y estaba amaneciendo

No sé cómo aquel hombre se las arreglaba para que yo y
mi hermana Elba recorrriéramos el mundo
pasajeros los tres en su bicicleta de flores;
lo cierto es que el buen hombre tenía un exquisito olfato comercial,
y los domingos nos llevaba (él puesto su bellísimo sombrero de
violetas y sus conmovedores zapatos, y nosotros sus hijos la niñez
como un vestido de estreno) a mágicos mercados donde los campos
con sus correspondientes ríos y colinas se vendían a dos paisajes
por centavo
Y en aquellos lugares mi padre cumplía plenamente su vocación
de ladrón irredento,
pues regresábamos los tres a casa con un insólito botín de aromas
Y todos nos queríamos mucho por eso
Una vez nos sorprendió un inmenso aguacero durante uno de
aquellos paseos
Como teníamos miedo Elba y yo, pues había muchos relámpagos y
el río iba creciendo bastante,
mi dulce padre nos acogió a su pecho, un hijo a cada lado, y
estábamos como debajo de un pan, bien que me acuerdo
Nos besaba con las violetas de su sombrero para consolarnos de
nuestro miedo, y parece que lloraba también, no estoy seguro
Y desde luego porque en esa ocasión y lugar oímos mi hermana y
yo latir el corazón de nuestro padre Rafael Nazoa bajo la
tempestad,
es por lo que desde entonces nos sentimos a ratos tan desdichados
en esta vida
Y sin embargo, si ahora mismo nos fuera dado elegir:
entre aquella hora y el destino a que fuimos implacablemente
condenados,
yo y Elba elegiríamos el que nos señaló nuestro indefenso padre
aquella tarde que no olvidaremos, pasajeros los tres en su poética
bicicleta de jardinero

Textos tomados de POEMAS POPULARES (Antología); Monte Ávila Editores, Caracas, 1995.

 


AQUILES NAZOA (Caracas, 1920 – Maracay, 1976)
Poeta, ensayista, cronista, periodista, guionista de cine y televisión, humorista y dramaturgo venezolano. Su obra poética comprende los libros, Aniversario del color (1943), Método práctico para aprender a leer en VII lecturas musicales con acompañamiento de gotas de agua (1943), El transeúnte sonreído (1945), El ruiseñor de Catuche (1950, 1958, 1960), El silbador de iguanas (1955), Caperucita criolla (1955), Arte de los niños (1957), Poesía cotidiana (1958), El burro flautista (1958, 1959), Poesía para colorear (1958), Caballo de manteca (1960, 1972), Los poemas (1961), Mientras el palo va y viene (1962, 1963), Poesías costumbristas, humorísticas y festivas (1963), Pan y circo (1965), Humor y amor de Aquiles Nazoa (1970, 1971, 1975, 1976), Amigos, jardines y recuerdos – Los últimos poemas de Aquiles Nazoa (1978), Papeles líricos (Obra completa, vol. II, 1979), Poemas populares (1987), El libro de los animales (1991, 1999), El libro de los cochinitos (1997), Viaje de poesía y color por la navidad (2001, co-autor). Desde los doce años de edad, ejerció diversos oficios, entre ellos, aprendiz en una carpintería, telefonista y botones de un hotel, domiciliero de una bodega, mandadero y barrendero del diario El Universal, cicerone de turistas, profesor de inglés, director de El verbo Democrático, diario de Puerto Cabello. Su labor periodística, estuvo compartida entre las redacciones de Últimas Noticias, El Morrocoy Azul, El Nacional, Elite y Fantoches, ejerciendo como director en éste último. Escribió guiones cinematográficos, si bien en las fichas filmográficas de esas producciones, solía decirse “Adaptación y diálogos”; también, hizo libretos para televisión. Realizó charlas televisivas muy recordadas, en el programa Las cosas más sencillas, concebido, hecho y presentado por él, transmitido por la Televisora Nacional. Entre las distinciones recibidas, Premio Día del Periodista, del diario El Universal (1945), Premio Nacional de Periodismo Juan Vicente González, correspondiente a escritos humorísticos y costumbristas (1948), Premio Municipal de Prosa (1967). Mariano Picón Salas, en 1945 le dedicó un soneto, en cuyos versos lo describe como “Sombrero de metáforas bullente/en el que vive un mago capturado… inventor de mariposas;/de estrellas nuevas en la madrugada.”, y Alarico Gómez, en el poema Viaje de Aquiles Nazoa (1947), escribió un retrato del poeta, en el que decía “Aquiles es un niño fugado del libro primario./Son sus amigas la nube, la hierba,/la rosa, la fuente.”

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