BARCOS Y CATEDRALES | INÉS ARÁOZ

 

BARCOS Y CATEDRALES (ORACIÓN POR UN CABALLO EN EL CERRO DE LOS LINDEROS)
 
 
                                          a Lucía Páez de la Torre, que no se contentó
                                          con llevarme al Cerro de los Linderos sino que
                                          aún me ayudó a cargar esta piedra que estoy
                                          mirando, llena de resonancias
 
 
Hozadura en el paisaje, desde lejos; mucho más que eso, al llegar, eras más que un vestigio, eras la misma estirpe de lo rojo, fuego en ese instante quedo de silencio. No hablaré de ti –te dije. Estás aquí conmigo, Yo pequeña, para ti hablaré, espíritu de un caballo de pelaje colorado.
 
No es sangre la que no se ve. Te hablaré de sangre derramada, la de aquellos que con su sangre empavonaron –sangre accidental– los pavimentos de esta tierra (en los perros estoy pensando) y te hablaré también de aquellos que inervaron con sus propios huesos los bellos muros de casi todas las ciudades (en los hombres estoy pensando).
 
Barcos y Catedrales
 
(Patitas apuradas del amor, cunden por las piedras las voces sibilantes de las hormigas)
 
Y te hablaré de ellos porque me conmueve verte aquí, honrado por las piedras y un silencio (y un silencio), aún subiendo hacia los linderos, tu pelaje casi intacto restallando locamente en el espacio claro, apenas un verdor de pastos ralos entre las piedras
 
Y esas aguas encharcadas, lechosas, acenizadas en la planicie suave y de bordes azulejos
 
(Bien cerca de él, aguas de hielo, estáticas las aguas, sin onditas, a pesar del viento y de los grandes tábanos que zumbaban. De piedad las aguas, lo diré por una vez.)
 
Barcos y Catedrales
 
Un sueño tuve yo contigo. Los dioses arrojaban los cuerpos a un profundo pozo asimismo lujoso umbral. No era cruel el acto. Las partes del cuerpo que se rompieran eran las partes a reparar. De eternidad lo llamé a ese sueño, donde lo que nos parece ser efímero, es efímero.
 
En ese sueño una línea negra te cruzaba el lomo. Solo era un sueño, y tu vasadura negra, de lo mejor. Lo sé, un sueño, cómo imaginar el mundo laboratorio de genética.
 
Barcos y Catedrales.
 
(Locamente restallaba desde lejos. Me acerqué a mirarlo. Colorado su pelaje, descansada la actitud. Echado a un costado del camino, a unos 3000 metros de altitud. Los cascos blandamente curvados hacia adentro, laxos, tiernos)
 
Vibra la roca para ti en un paisaje de roca gris, de piedras blancas y señales de sol en las micas claras y en las negras, acodada vermiculita de la piedra. Arriba, muy arriba en el más alto peñasco, en su filo, oteando quizás el vuelo, hay tres cóndores, quietos y alineados. De qué música, el reflejo. De qué cielo. Que mis ojos te vieran, que a la cámara de mis ojos te entraras (lo que la piedra esconde, el paso de lo efímero, las altas torres)
 
Barcos y Catedrales
 
Los dioses en mi sueño articulaban así la guerra ¿Babel primero? ¡No! Ya los centauros, el Minotauro, ya fue ese punto en que se cruzaban barcos y catedrales, simbiosis de lo alto y de lo extenso, agujas del cielo ondeando en el mar
 
(En ascenso hacia los linderos)
 
No lo repitas, ya te oí: No son dos, una sola cosa hay y es el amor
 
(Y yo me estaba allí en silencio y como chicotes de otras eras pasaban ante mí los pavimentos de los perros y los bellos muros de los hombres y en los vestigios de ese cuerpo que fue un caballo vislumbré otra vez el orden prístino del universo.)
 
Barcos y Catedrales –pensé.
 
Los cielos están cerca
Los cielos están cerca
 
¡Ah! Por fin sé que el mundo me ha herido
 
El llanto del mundo…
 
Que alguien se abrazara al azote de un caballo

 


POEMA

He cazado a la muerte
como si fuera una palabra nueva
La he rodeado, inquirido y bientratado
Hasta he escrito sobre ella
–vida es la palabra que he usado–
Y me ufano
de contemplar a cada instante
su aleteo furioso
                 en mi corazón.

 


HF
 
I
 
                                            a Hugo Foguet
 
Es un amor que no puede ser contado.
Es el amado en el centro del poema quizás, y su poder extraño,
      ni siquiera sol, ni siquiera Ulises.
Extranjero canto, meridiana y noche, distante y claro,
      convocando.
Y yo nada, mis cabos sueltos, mi fuerte mirada ya solo en el
      amado, en él disuelta,
      yo nada.
No es un amor de pequeñas algarabías. Es una luna en llamas
     –y tan sin peso yo en ella– y su cielo un serpentino mar
     impío que la refleja.
Es un amor que empezó oscuro como un presagio, el pico
     curvado del cazador en los sueños de los amantes y la voz
     oracular e íntima de las cosas sin nombre calcinándolos.
 
El amor de dos poetas, solos, en el centro del poema.
 
II
 
Por sobre todo estabas vivo cuando morías
                        y yo te amaba.
Amé tu pecho seco y la avidez
                        de tu boca y de tus palmas.
Recordé el coraje del volatinero
                        al tensar la cuerda.
¿Qué es la muerte del amado?
Es el árbol
                       la ceniza
                                           el gesto tierno
                de lo cotidiano.
El capullo de la rosa china
           entre las aspas de un molino.
Radiación traviesa del poema
          en la piedra azul que lo refleja.
Alternancia de la luz y de las nubes.
                                                                 Es aquello
           que no debe ser nombrado.
                                                               La voz
            sin pronunciarse.
                                            El tajo
            en el corazón.
                                      El mío.
Soy yo la muerte del amado.

 


IRUYA
 
Qué puedo decir del paisaje
Si todo lo olvido al segundo
Salvo la imagen de mi cuerpo osado
Mirando en lontananza
Es esto lo que queda: un inmenso
Cuerpo de puro espacio
De puro espacio
Y silencio
Pero sobre todo un muro
La mía frente
Resistiendo ese fraseo del viento
Como un movimiento suave del paisaje
De puro viento
En la mía frente
Y además, alcanzo a recordar
Esta piedra en punta
Que me he traído
Esta piedra que entonces vi
Torneada por el viento –vi y pensé
Y mis manos hasta ella se llegaron
Y con todo su peso me la traje
Como puede un paisaje, una madre
Llevar a su niño en brazos
Sin más pensar oteando
El espacio profundo
Profundo
Azul
¿Sería azul?

RIELES DE FUEGO
 
                                     a Tata Páez de la Torre
 
Rodando están los cielos
En rieles de fuego
El tren no aminora la marcha
¿Se oye un silbato?
Al parecer ha muerto, no lo sé
Mi pequeño hermano
Me han dicho, sí, que en las estrellas
Y en los cuerpos
Está todo escrito
Y que no debo conjeturar
–¿Es eso todo?
Un niño dice Me asustan
Las mariposas amarillas
Oh bellas mariposas sombras
Las palabras (todas ellas)
Que están, que no están
Solo viajeras
De la luz
Y así es la eternidad
–¿Es eso todo?
Lo es. Pero también es menester
Que esté la lámpara encendida

 

Extraídos de Inés Aráoz, Barcos y Catedrales, Antología Poética (1971-2011), Hilos Editora, Buenos Aires, Argentina, 2012.

 


 

Inés Aráoz nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 9 de enero de 1945. Realizó estudios de lengua y literatura inglesa y de música en la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado: La ecuación y la gracia, 1971; Ciudades, 1981 (mención del jurado del Premio Ricardo Jaimes Freyre, 1981); Mikrokosmos, 1985; Los intersticiales, 1986 (mención especial del jurado del Premio Nacional de Poesía 1984-1987); Ría, 1988 (tercer premio de la Fundación Argentina para la Poesía); Viaje de invierno, 1990; Las historias de Ría, 1993; Balada para Román Schechaj, 1997; La comunidad. Cuadernos de navegación, 2007; Echazón, 2008; Pero la piedra es piedra, 2009; Agüita, 2010; Notas, bocetos y fotogramas, 2011; Rojo torrente de fresas (traducciones del ruso de Anna Ajmátova y Marina Tsvjetáieva), 2012; Barcos y catedrales, 2012 y Haré del silencio mi corona, 2013. Todo estaba diseñado para que el caballo rozase apenas la montaña con su cola, 2018.  Otras lenguas, 2019 (Premio Literario de la Academia Argentina de Letras).

 

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