BOSTON Y BEIJING: CREATIVIDAD Y CURACIÓN EN LOS EXTREMOS DEL MUNDO |FLORENTINO DÍAZ AHUMADA


Boston y Beijing: creatividad y curación en los extremos del mundo

Un viaje es siempre una posibilidad de conexión con otras formas de ver la vida, otros espacios para lo creativo, otras dimensiones del pensamiento, prácticas culturales y costumbres que renuevan nuestros ideales o nos invitan a una veloz o pausada reconsideración de nuestros propios presupuestos sobre la vida, el mundo y la humanidad. Un viaje también es un acercamiento a tecnologías distintas, a planes urbanos, recorridos por las ciudades, conversaciones, gestualidades que, con el tiempo, van despertando en nuestro ser nuevas posturas al hablar, otras formas en las que usualmente contemplamos nuestras palabras. Si cultivas la sensibilidad del espíritu, es decir, aquella cualidad por la que todo puede dialogar con tu ser, entonces también viajar es una forma de entrar a otros lenguajes.

Antes de la pandemia y la declaración de cuarentena en por lo menos la mitad de  la población del planeta (con los respectivos cierre de fronteras,  medidas de distanciamiento y de emergencia en muchísimos países) realicé dos viajes que me permitieron algunos recursos de reflexión para lo que ahora vivimos. El primero de ellos fue a la ciudad de Beijing, la capital política e institucional de China; el segundo, a la ciudad de Boston, quizá la capital intelectual de los Estados Unidos de Norteamérica. Dos recorridos para contemplar conexiones, dos tránsitos cuyas experiencias habré de contar, a modo de testimonio y de propuestas, en las siguientes líneas.

El motivo de mi visita a Beijing  fue una invitación, como Regidor Metropolitano, para realizar el curso (de casi cuatro semanas) llamado: “Seminario de la Gestión de la Administración Pública de América Latina Fase II”. El curso se daba cerca a la estación de Chang Chunqiao, en la residencia de estudiantes de la Academia Nacional de Gobernación de China: un hermoso conjunto de edificios de moderno estilo monumental, rodeado de parques y de las grandes estatuas de Marx y Engels, un imponente Mao Tse Tung caminando, en marcha, dispuesto a la creación de la República Popular, y un Deng Xiaoping sentado, como escuchando las posibilidades de otras adaptaciones, en la compleja y vasta historia política del país de la Gran Muralla.

Llegué en la plenitud del otoño, en los inicios del mes de noviembre del año pasado.  Los sauces expectantes aún mostraban sus hojas, como filamentos de ríos sutiles, asimismo los cipreses, las coníferas: una extraña tranquilidad se entregaba en ese frío creciente, o en los vientos  que -a veces- arreciaban provenientes de regiones muy alejadas, contando historias a oídos atentos, escudriñando el corazón de los hombres, en medio de una civilización tan antigua como escrupulosamente moderna.

Había viajado al otro lado del mundo para encontrarme con la más diversa comunidad humana que hasta entonces había conocido: ciudadanos de Panamá, Honduras, Salvador, Costa Rica, República Dominicana, México, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Argentina y, por supuesto, Perú, convivimos junto a otros viajeros estudiantes de Mongolia, África e India. Los horarios de estudio y conferencias eran estrictos. Nuestra jornada empezaba a las 5: 30 a.m.. Desayunábamos en medio de muchas conversaciones, mientras poco a poco nos íbamos reconociendo en ese tercer piso del complejo de la Academia, en el inmenso comedor de mesas redondas y de buffet con toda clase de platos de origen chino, pero también algunas particularidades de occidente, como las papas fritas y las cremas para un fried chicken. Si en el Perú tenemos el hábito de comer pan, en Beijing, podrán encontrarse con la sandía que siempre abunda, al menos en los recintos estudiantiles,  en toda comida diaria.  A ella me acostumbré casi de inmediato.

La estética y el pensamiento chino se articulan en torno a la posibilidad de sugerir lo inexpresable. Al contrario de la arquitectura de otras ciudades en Occidente, como Berlín, Amsterdam o Nueva York, en China existen también construcciones de enorme dimensión y de una factura impresionante, sin embargo  producen esa sensación de no estar presentes ellas por sí mismas o para sí mismas, sino que hay algo detrás o en los contornos que es lo que verdaderamente se visiona o se pretende tocar, un atisbo de aquello invisible en las manifestaciones de sus formas o en la extensión de sus estructuras.

De alguna manera esta condición contemplativa y a la vez pragmática nace de la propia forma de ser de los ciudadanos chinos: En Beijing los podrás encontrar sumergidos en sus rutas del metro, en las calles, con los smartphones, pero apenas contactas con ellos para una consulta, su temperamento se muestra afable, mesurado, gentil. En Boston, la expresividad es mayor, pero también existe otra sintonía en el hablar, una agudeza en la mirada, una cercanía de mundos que produce la familiaridad del idioma inglés, la cultura globalizada de los norteamericanos. En China, la familiaridad se sostiene en otras raíces. Para un  peruano, no es tan difícil, compartimos comidas, por la gran inmigración del siglo XIX, formas de ser, milenarias tradiciones que tienen puntos de contacto.  

Las calles son amplias en Beijing, al menos en los barrios más institucionales e industriales. Mientras caminas puedes percibir una matriz que integra forma y orientación en la distribución de avenidas, puentes y callejuelas: una particular energía en cómo el espacio se abre ante los ojos de los paseantes. Existe mucho cuidado con la naturaleza en la ciudad: los jardines son abundantes. Debido a un cambio en la política interna de la República Popular China, a inicios de 2015, con Xi Jinping, se ha venido dando un impulso a la arborización y al mantenimiento y fomento de los espacios verdes en las zonas urbanas. Cada árbol y arbusto interactúa, en su base, con cuatro barras de madera distribuidos de forma piramidal que aparentemente sostienen y enderezan sus respectivos troncos, no obstante, también constituyen una forma milenaria de estimulación energética para su crecimiento y fortaleza. 

El impacto de esa antigua tecnología -combinada con los principios metafísicos de una civilización de cinco mil años de historia ininterrumpida- se hace de una sublime intensidad cuando te internas en el Palacio de Verano. Este lugar es un bellísimo complejo de casi 300 hectáreas construído durante el siglo XVIII  por el Emperador Qianlong, dispuesto entre lagunas y puentes, sauces y bambús; y una diversidad de flores, cuya contemplación producen en el espíritu humano una suerte de armonización plena con todo lo existente. La experiencia de su recorrido es una de las más extraordinarias posibilidades, en el presente. de comprender la poderosa sabiduría del agua, cuando en proporciones adecuadas, y bordeada por la vegetación indicada, logran crear sutiles vibraciones que revitalizan, apaciguan y disponen a cada persona a una visión más profunda de nuestra vida en la tierra.

El Palacio de Verano, también conocido como el “Jardín de la Salud y la Armonía”,  es la culminación de esa preciosa mixtura entre ciencia empírica y ciencia sutil. Quien haya tenido la fortuna de atravesar sus caminos, de sentarse durante varias horas frente a esos espejos de agua,  diáfanos e inmensos, podrá llegar a la conclusión de que la naturaleza, cuando nos hacemos receptivos a sus ritmos y energías, se encuentra siempre dispuesta a despertar en nosotros las cualidades más sensibles de nuestra percepción y consciencia.

Transitar en esa armonía nos permite evocar ahora, en medio de la crisis de la pandemia,  las cualidades de una futura sociedad donde, en lugar de imponernos a la tierra y adaptarla a nuestras aisladas dimensiones, la descubrimos para integramos a sus complejos y misteriosos caminos. Si se tiene el espíritu abierto a esos signos, realmente seremos nosotros quienes nos transformemos bendecidos por una íntima comunión  aún no alcanzada por nuestra violenta y deshumanizada época.

Dejo para  otra ocasión mis reflexiones en torno a la Gran Muralla, El Templo del Cielo, el Barrio de los Calígrafos o la cotidianeidad convivencial con los ciudadanos de China,  los días en Cantón, sus escuelas, sus centros de investigación en medicina, su arte, el cultivo de la danza en las calles. Son muchas experiencias, enriquecedoras y de muy amplia y humana dimensión. El tiempo ahora es breve y he de iniciar mi relato sobre Boston.

Al país de Whitman y de Dickinson arrivé el día 26 de febrero de este año, gracias a una invitación recibida por parte de la Universidad de Maine, a través de su Departamento de Lenguas Clásicas y Modernas, para realizar una charla “Sobre las relaciones culturales entre China y Latinoamérica”. Aquel encuentro lo viví como quien medita en torno a los vasos comunicantes de la experiencia poética. Era mi primera visita a los Estados Unidos y sabía, por un sentir permanente, que aquella travesía me mostraría otros descubrimientos, nuevos planteamientos para las formas y los caminos que constituyen la acción creativa. Ya el tema al que había sido  convocado para la charla me  planteaba relaciones entre ambas experiencias de viaje.

Diez semanas después de mi retorno de  China, llegaba en un vuelo a Boston, Massachussets, para luego, al día siguiente, durante cuatro horas en bus, dirigirme más al norte hacia la ciudad de Bangor, en el estado de Maine. Ahí me encontraría con mi amigo, el poeta e investigador Carlos Villacorta, docente y gestor de mi estancia en la Maine University. Aquel desplazamiento me impresionó sobremanera. Quien haya realizado un recorrido a lo largo de las autopistas y carreteras en Norteamérica habrá percibido esa grandeza del paisaje natural que todo lo teje con su proyección única y vibrante. Pinos, Secoyas, una muy variada vegetación arbórea se exhibe en los bordes de muchos caminos, a la vista de quienes viajan, cubiertos por la nieve o el hielo si es invierno, también horizontes que no parecen tener fin, cielos transparentes con sus estrellas recordando otros sonidos y, llegado el momento, la brillante luna, invitándonos a la ensoñación o al ritual. 

El frío de Beijing (de hasta menos ochos grados centígrados) me preparó para Bangor, Portland y Boston. Pero fue Boston, con su atmósfera  intelectual y  sosegada, quien me dispuso para los días de confinamiento y el reencuentro con lo más valioso de nuestro ser: la expresión de las palabras, los ideales de la belleza, la libertad y la búsqueda del saber. Aquellos ideales encarnaron de forma culminante en dos eventos en los que tuve el privilegio de participar: Una visita junto al poeta, Enrique Bernales, a la histórica Biblioteca Pública de Boston, complejo hermosísimo de estancias profusamente diseñadas para la absorción de los anhelos y hallazgos del mundo clásico grecolatino, celta y del medio oriente.  A lo largo de los pasajes de esta biblioteca, podías encontrarte con diversidad de esculturas, pinturas y vitrales que aluden a un simbolismo, a un tiempo luminoso y oculto. Un lenguaje cuya presencia va incorporándose en todos los estudiantes que ahí se dirigen, provenientes de los distintos colleges o institutos de investigación de la ciudad o del mundo.  El otro acontecimiento, organizado por el mismo Enrique, en su siempre inquieta búsqueda como activador cultural y generador de espacios para la poesía, fue mi participación junto a otros escritores -de gran trayectoria en las letras no sólo Latinoamericanas sino también en Norteamérica- de un recital en la legendaria Grolier Poetry Book Shop. Una librería de aspecto antiguo, casi al frente de la entrada principal de la Universidad de Harvard, cuya cualidad  de espacio permite al alma presentir el nacimiento de una historia íntima y maravillosa. En ese lugar, con sus paredes llenas de estantes con libros de poesía de todos los lugares del planeta, palpitaba un corazón invisible, por completo dispuesto a la esperanza sanadora de la creación artística. Un corazón que te toca con su pulso silencioso, apenas entras por la puerta. 

Aquel recital,  sábado  7 de marzo, fue un momento muy hermoso. Todos los presentes, de alguna manera, ya vivíamos el cambio que se daría en el mundo con el advenimiento inminente del COVID 19. Inclusive, algunos poemas le hicieron referencia. Para mí fue como mi último encuentro público con la poesía.

Si Beijing significó un vínculo con seres con quienes luego conformaría algo así como una comunidad, una gran familia con quienes caminábamos por las calles inmensas de la Ciudad Prohibida o visitábamos los refugios nocturnos de Sanlitun, mientras un Mc Donald o un KFC anunciaban luminosos  el menú global de todas las ciudades, así también, Boston, significó el reencuentro con mi familia paterna. Mi prima Giuliana Pareja y su esposo Mark Lobo, mis sobrinas Ayesha e Isabel, me acogieron generosamente en su casa en Ashland (a cuarenta minutos en tren de South Station y del downtown de Boston)   benévolo espacio cercado de un bosque donde los pinos rodeaban un amplio lago de preciosa serenidad. Ahí pude volver a la pintura, también escribí poesía y me dediqué a la contemplación. Luego de un misterioso sueño en la madrugada del 9 de marzo, realice una acción mágica o performance con una Tarka o flauta tradicional de las comunidades aymaras: Vestido de blanco, en la orilla del lago, acompañado por Giuliana quien registraba la acción con su cámara, dispuse algunos papeles para pintar los ideogramas que más habían captado mi atención en Beijing. Estos ideogramas eran los siguientes: Zhong, Ren, Tien, Xin; “El centro”, “El Humano”, “El Cielo”, “El Corazón”.  De alguna manera sentía que debía expresar un mensaje, un tributo poético a esta otra tierra con los signos de una tierra más distante, pero cercana quizá por esa espiritualidad de sus bosques. Por una razón que luego expresaré, ambas ciudades encontraban en mi ser una profunda conexión. 

Cuando inicié la improvisación musical con la Tarka algo maravilloso aconteció. El viento se hizo intenso como lo había percibido en Tian An Meng, antes de entrar a la Ciudad Prohibida, un viento frío, potente, pero también poseído de una paz que penetraba en los poros, una suerte de presencia numinosa que deshacía todos los pensamientos y despertaba el centro más recóndito de mi ser. ¿Era acaso la misma presencia? ¿La misma manifestación de una fuerza que interpela nuestro corazón para disponerlo a la visión de dimensiones más hermosas, más elevadas? ¿Se  disponía el viento así también como voz silenciosa de la tierra para hablarnos la magnífica vida que siempre nos custodia y nos conduce?

Al sentir aquella fuerza mi mente al fin se despojó de dudas, mi corazón había encontrado una paradójica quietud: en medio de ese movimiento, un centro; en medio de esa fuerza, la cálida suavidad de la atención.

Boston se configuraba ante mi espíritu como una ciudad con una especial intimidad.  Había llegado al lugar donde los árboles tenían una presencia más acentuada, en el sentido de estar “más hacia adelante ” que las otras formas del espacio.  Y esa presencia, con el tiempo, fui comprendiendo que era una forma de voz, un pronunciar la lengua de la tierra, un rimac o “decir” que nos interpelaba a cada instante desde las ramas, el viento, las aguas y la hojarasca de las superficies sin cemento.  Sí, sentía como si los árboles pulsaran las palabras ahora desconocidas de la voz de este mundo. Una noche reciente, en las meditaciones propias de estos tiempos de confinamiento, tuve la siguiente reflexión: Si Beijing era, etimológicamente, “La Ciudad del Norte” y para mí  significó “La Ciudad de la Confianza y la Camaradería”,  Boston se convertía así, en “La Ciudad de la Voz”, la de sus árboles y flores, la de sus cielos y aguas. Boston, cuyo nombre históricamente viene de Saint Botolph Stone o Saint Botolph Town; “la Piedra de San Botolf” o “el pueblo de San Botolf”, se transformaba en mi consciencia como una epifanía de la síntesis de aquel viejo abad inglés del siglo siete, muy reverenciado por su espíritu afable y por su inclinación al estudio. San Botulf también era conocido por ser el patrón de los viajeros y caminantes. Y es verdad, para viajar, que mejor orientación que la voz misma de la tierra.

Así,  mis experiencias en Boston se hacen ahora una orientación para lo que puede llegar. Es decir, no olvidarnos nunca de esa escucha de los signos, de aquellas  intuiciones inspiradas por la naturaleza que cada día, en nuestras urbes, sobre todo en Latinoamérica, dejamos de percibir por una desfasada imitación de la actitud o del dogma del progreso exclusivamente material y competitivo.   

Y Beijing me muestra el gran valor de la solidaridad, de cómo nuestro ser se acrecienta en el descubrimiento, la escucha y la valoración respetuosa de los demás. De cómo debemos hacernos receptivos a las cualidades sutiles de la naturaleza, a su magia regenerativa, pero también a su poder creador y de inspiración para nuestros sueños.

Volví a Lima tres días antes del cierre de fronteras de mi país y ocho días antes del cierre de las fronteras y la suspensión de los vuelos en la mitad de la tierra. Cuando el miedo parecía invadirme por completo ante las imágenes y los conteos aterradores por parte de los medios de comunicación de muertos e infectados, recordaba algunos momentos de esta sabiduría que se enlaza aún más allá de cualquier sistema político o modalidad económica de gobierno. Esa sabiduría que es el corazón de todo los caminos de los seres humanos, esa sabiduría que nos permite vivir, escoger siempre vivir, a pesar de las dificultades y de las pesadillas de muertes masivas o de totalitarismos futuros o de planes de control mundial. Y esa sabiduría está en cada momento, cuando andamos y apreciamos, sin temor, lo que nos brinda la luz o la noche, una flor o el sonido del viento, una sonrisa, una voz, la compañía de quienes amamos o su insondable memoria, para siempre, en nuestro indomable y siempre libre corazón.

Entonces comprendo que ese lenguaje posible a donde uno se interna al viajar, ya sea física o imaginativamente,  es el lenguaje de la confianza. Y  este confinamiento se convierte entonces en un confiar, al fin, en lo que cada uno puede llegar a soñar y a sentir.

Boston y Beijing se tejieron para siempre en mi alma como entidades que aparecen cada cierto tiempo para recordarme que en las hondas fuentes de nuestra creatividad se encuentran también esa posibilidades de curación, y es nuestra curación una manera de ejercer los futuros posibles de nuestro humano crear.  

En Lima,  Jesús María, mayo, día de la madre de 2020.


Florentino Díaz Ahumada.  Lima, Perú, 1976. Estudió literatura y medicina tradicional oriental.  Ha publicado los poemarios Inmanencia (1998); Transmutación de la ciudad (2002) La Revolución de los peces (2007);  28:versión 1.0 (2013) y Danza para las calles que tiemblan (2016) y Ciudad Poética (2020) entre otros libros, performances e instalaciones visuales. Actualmente su trabajo está orientado a la búsqueda de conexiones entre la actividad de gestión para la ciudad y la dimensión poética.

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