CANCIÓN DE AMOR DE LA JOVEN LOCA | SYLVIA PLATH

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de Satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
Pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).

 


 

A la luz de una vela

Es invierno, es de noche, mi pequeño amor:
Una suerte de crin negra,
Una tosca y taciturna materia agreste,
Acerada con el fulgor
Que las estrellas verdes provocan en nuestra verja.
Te cojo en brazos.
Es muy tarde.
Las campanas tediosas bardean su hora.
El poder de una vela nos hace flotar en el espejo.

Es aquí. en este fluido, donde tú y yo nos conocemos,
En este halo radiante que parece respirar
Y deja que nuestras sombras se apaguen
Tan sólo para avivarlas
Y agrandarlas de nuevo: gigantes inmpetuosos en la pared.
Prendo un fósforo y, de repente, vuelves a ser real.
Al principio la vela se niega a mantenerse:
Recorta su llama hasta reducirla
a casi nada, a una penosa decepción azul.

Contengo el aliento hasta que estallas a la vida,
Mi pequeño y furioso
Erizo ovillado. El cuchillo amarillo
Crece a lo alto. Tú te aferras a tus barrotes.
Mi canción te hace gritar.
Te acuno como una barca, yendo de un lado a otro
Sobre la alfombra india, sobre el suelo helado,
Mientras el hombre de latón
Se arrodilla, encorvado, todo cuanto puede,

Alzando su pilar blanco con esa luz
Que mantiene a raya el cielo, ¡el ataque de la negrura
Que está por todos lados, acercándose, acercándose!
Ese pequeño atlas marrón te pertenece:
Es todo lo que tienes, tu pobre herencia. Ese titán de juguete,
Sin esposa ni hijos, con cinco balas de cañón apiladas a sus pies.
¡Cinco balas! ¡Cinco brillantes balas de latón!
Para que tú hagas malabarismos con ellas, cariño,
Cuando el cielo se derrumbe.

 


 

Segunda voz

No estoy fea. Estoy incluso bonita.
El espejo me devuelve una mujer sin deformaciones.
Las enfermeras me devuelven mis vestidos y una identidad.
“Estas cosas pasan”, me dicen.
Es algo normal, en mi vida, y en la de los demás.
Soy una de cada cinco, más o menos. Aún tengo esperanza.
Soy hermosa como una estadística. Acá está mi lápiz de labios.

Me pinto la vieja boca de siempre.
La roja boca que guardé junto a mi identidad
Hace un día o dos, o tres: un viernes.
Ni siquiera necesito descansar; puedo ir a trabajar hoy mismo.
Puedo amar a mi marido, que lo va a entender.
Que me amará a través de mi confusa deformidad
como si hubiese perdido un ojo, una pierna, la lengua.

Y aquí estoy, un poco ciega pero erguida. Marchándome
sobre ruedas en lugar de con las piernas, pero tanto da.
Aprendiendo a hablar con los dedos, no con la lengua.
Porque el cuerpo está lleno de recursos.
El cuerpo de una estrella de mar puede regenerar sus tentáculos,
y los tritones son pródigos en piernas. Que yo también
pueda ser tan pródiga en aquello que carezco.

 

 

Versión al español  Xoán Abeleira



 

Sylvia Plath, nace en Boston el 27 de octubre de 1932.  Poeta, novelista y cuentista estadounidense. Se le considera una de las cultivadoras del género de la poesía confesional y es mejor conocida por dos de sus poemarios: El coloso y Ariel. Así como por La campana de cristal; una novela semi-autobiográfica publicada bajo el seudónimo de «Victoria Lucas» poco antes de su muerte. Sylvia cuenta que descubrió el hechizo de la poesía mientras su madre le leía un poema de Mathew Arnold: “Vi que se me ponía la carne de gallina. No sabía por qué. No tenía frío. ¿Habría pasado un fantasma? No, era la poesía. Estuvo casada con el también escritor Ted Hughes, quien tras su muerte  el 11 de febrero de 1963 en la ciudad de Londres, se encargó de la edición de su poesía completa. Tras lo cual, en 1982, ganó un Premio Pulitzer póstumo por sus Poemas completos. 

 

 

 

 

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