SÍ ROBÉ UNA FLOR | CAROLINA ZAMUDIO

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LETANÍA DEL SAUCE

Aquí vive un sauce llorón
que ha inventado un río,
el jardín quiere renacer
a las seis de la tarde
cuando los habitantes
pisan la casa vacía.

Aquí abunda el abrigo de un vergel
rosas, madreselvas y un tero
que inaugura en paso y duda
nuevo comienzo.
Partido en tres colores
vibrante late el cielo,
aroma de abuelos evoca el jazmín,
estoicas las tunas rompen
la perfección del agua.

Aquí el mundo es inmenso,
tiene la dulzura curva
de las pestañas de una niña,
la enredadera ya no vive
enamorada del muro,
la quietud y el silencio
bailan melodía antigua,
las almas temblorosas
de las plantas secas
recuerdan caricias de agua,
la huerta otras manos
sueñan y esperan.

Aquí algo tenue baja
marejada y redil,
es de tarde lo saben
los relojes, las ramas.
Los recién llegados salen
Renacidos, podría decirse
en ronda, a celebrar
la caída del día.
Van camino de la corriente
ellos mismos son el río.


BOCETO DE UNA MAÑANA

Por la ventana cae el universo
de un poeta gota a gota,
ese otro mundo podría arcillarse
hoy también ante mis ojos.

No es que el hornero sepa
de nuestras coincidencias
de la pequeñez, del esfuerzo
—laboriosa la tarea de re amanecer.

No es que yo sea quien traiga la suerte,
pero armo el nido como quien dice
amasar el pan. La menta del frente esparce
el aroma que es ahora la mañana.

Le hemos ganado al sol que es
adelantarse. Él nos mira,
tanto como se muestra,
y el hornero y yo sentimos
estéril el remolino del triunfo.


EL PROPIO RÍO

La niña entre juncos y camalotes
no sabe que es observada,
la luz sobre toda ella
nítida amplifica
anchura de parto.

En su centro el mundo
espolea en sus rayos
lo que espía la infancia,
un beso de largo aliento y retorno.

La niña de los camalotales
es árbol de agua,
espejos sus raíces,
todo un cosmos surge:
su mirada lo siembra.

La niña entre los juncos va sin lastre,
pisa fuerte, su magia lo muestra:
la libertad que le otorgan los colores
tiene un brillo antiguo
de muy sencillo linaje;
no lo sabe hoy —quizá nunca—
en ella el río
se arremolina,
renace.


RETRATO DE FAMILIA

Punto ciego, nadie nos ve
ni sale a nuestro auxilio
a detener el tiempo;
ella en la punta de la mesa,
mi mirada fija sobre sus manos
y el viejo mantel.

Me mira,
tiene los ojos insondables,
los de un regreso.
Su voz con igual determinación
baja la guardia y conoce
nueva ternura: «Con esa horquilla puesta así
del lado izquierdo
me recuerdas a la primera
vez que te peiné».


OBRADOR DE MADRES

Desciende,
es la rama, el tronco,
la semilla del árbol,
la tierra se purifica.
Intensa sale desde si, mamá
y dice: «Nos volvemos niños».

Yo siento que llevo a dios
sobre las espaldas
con un silencio intacto
venido desde antes de nacer,
que percibo en el cuerpo
cuando ella ahora exclama
ser una niña y yo
no quiero, lo juro, no puedo
ser la madre de dios.


EN TIEMPOS DE SEQUÍA

Yo, que prefiero absorber luna
a tomar el sol. regar la noche
de recuerdos y enhebrarlos
en farolas de una calle cualquiera.
Destender el mantel con los restos
y buscar los símbolos en las migas,
subir las escaleras cuantas veces sea
a temer desandar los pasos dados.
Ser vampiro en la niebla, merodear
la casa mientras todos duermen,
ser ama de la noche, esculpir
los deseos en las nubes pálidas.
Que soy pez en tiempos de sequía,
flor insólita en invierno,
búho que descree de su suerte,
señora a merced del viento.
No sé adónde vamos ni porqué
y cada mañana me ahogo
hondo en una página en blanco.


EN ESTA CASA QUE HAY EN MÍ

En esta casa que hay en mí
a menudo música se oye,
junto a la orilla de este puente
que es mi cuerpo
habitan seres ciertos
—a veces se quedan—,
las paredes no precisan
cubrirse casi de lluvia,
no de sol, no de rocío.
Se está plácido a veces aquí.
Solo debes saber, querida,
una sombra
se refleja a ciertas horas
y somos así únicas, completas.


EL VIENTO RECONOCE SUS CONTORNOS

Una mujer camina al borde de un río,
pisa cada piedra a su paso,
siente lo rugoso del mineral
dentro de sí misma,
el viento reconoce sus contornos
y se despoja de las fuerzas para mostrarle
a la mujer en el río su sombra,
que muta junto al camino
y la aridez de la piedra.

Intercambios son viento y río,
luz, mujer y piedra;
el uno sabe de la propia existencia
por la vida en el otro,
ante el único: el tiempo.

Sin el viento el río es espejo,
sin las piedras la mujer sería
cuerpo sin caminos.


MÍAS LAS SOMBRAS DE LOS PÁJAROS

Nunca robé mandarinas
—debería—, ni he trepado a todos
los árboles que hubiera querido.
Soy quizá raíz, ya sabes, el destino,
querida, no se elige.
Es un cuento que nos aprendemos
de tarde al mirar las ramas
del sauce y creernos ellas.

No sembré un árbol ni lo haré.
Sí robé una flor; salí corriendo
y la mujer me miró tras la ventana
de su casa nueva.
Debería ser ahora ladrona de cosas simples,
hojas de álamos, ramas de espinillos.

El destino está trazado,
escribo y bailo, no encajo con mi suerte,
lo he dejado dicho:
abonaré un trozo de tierra y serán
mías las sombras de los pájaros,
el viento y las caricias de los enamorados,
el amanecer y la caída del día.

Selección de El propio río, Perú 2020 y Vértice, Italia 2020.


CAROLINA ZAMUDIO. Argentina, 1973. Poeta y ensayista. Magíster en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos (UADE). Periodista (UCA). Ganó en Argentina el Premio Universitarios Siglo XXI del Diario La Nación, y la Corona del Poeta y el Premio Senado de la Nación. Creó y dirige la Fundación Esteros, y la revista del mismo nombre. Vivió en Emiratos Árabes Unidos, Suiza y Colombia. Reside en Uruguay. Publicó Seguir al viento (Argentina); La oscuridad de lo que brilla (Estados Unidos, bilingüe inglés); Antología Doble fondo XII (Colombia); Rituales del azar (Francia, bilingüe francés); las plaquettes Teoría sobre la belleza y Las certezas son del sol (Argentina); La timidez de los árboles (Colombia), El otro río, Perú, y Vértice (Italia, bilingüe italiano).


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