CON LOS PIES NOS VAMOS | HÉCTOR MIGUEL ANGELI


CON LOS PIES NOS VAMOS

No quiero que me levanten los pies para morirme.
Que me alcen las manos, eso sí,
hasta la desembocadura de los astros.
Pero no quiero que me levanten los pies para morirme.
Con las manos hacemos la ternura y la nostalgia,
Con los pies nos vamos.
Y cuando me vaya,
quiero ser toda mi despedida.
Porque estoy traspasado de materia,
de materia inflamable y aleatoria
que no me deja en paz, que me persigue
y que no quiero olvidar cuando me vaya.
Las cosas están altas y en la altura se arrastran.
Todas las cosas son, se me parecen:
el sueño intestinal del ave,
la orquídea en el vientre de los muertos.
Debo irme con ellas,
transportadas por esta permanencia.
Tan grande es el dolor de nuestra marcha,
tan grande y tan amigo,
que no quiero que me levanten los pies para morirme.
Quiero ser todo el que fui cuando me vaya.


SENTADO A LA MESA DEL LOBO

Sentado a la mesa del lobo
no hay fruto que me arroje al destierro.
El lobo es un prócer especial.
Cada uno de sus gestos
me abre la puerta del bosque.
Y me daría también la llave
si yo se la pidiese.
No es necesario ser bueno o ser malo
para sentarse a la mesa del lobo.
Sólo se requiere
saludar como todos los días
a nuestros propios asesinos.
Y tal vez algo más:
cavar un pozo en las colinas
para esconder nuestros amores.
Sentado a la mesa del lobo
a veces sueño que he dormido,
pero a veces me consume la dicha
de haber sido una pasión.


ESTACIÓN BANFIELD

Quisiera creer
que este camino entre paredes,
este siniestro túnel,
tan siniestro
que hasta deja caer la canción de un ciego,
es un paso perverso
hacia la liberación
hacia salidas
que sean por lo menos postales
de árboles con cielos,
de estrellas con flores.
Pero no, en la patética cueva
cruzada por el paso de los trenes
la difusa trama del delito y la miseria
asume la perseverancia de los rieles.
Estas manos que no llegan,
estos pies que no conducen
se multiplican en la sombría muchedumbre
y condenan
el café que tomo en el bar vecino
con azúcar blanca, muy blanca
y masitas muy, muy deliciosas.



HÉCTOR MIGUEL ANGELI. Buenos Aires 1930-2018. Fue docente y guionista de T.V. Educativa. Entre otros premios recibió el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, el de la Academia Argentina de Letras y el primer Premio Municipal.

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