NADIE MURIÓ A LAS 9:04 P.M. | DANIEL ARAYA


CRONÓMETRO

Solo necesito un milisegundo para decir esto

Ya, se acabó:

Alguien ha muerto;
el silencio repentino
le recordó a mi vecino
que no ha pagado la electricidad.

Una pareja acaba de coger otra vez
sin amarse.
Posiblemente, una bacteria acaba de dar
un paso clave para nuestra destrucción masiva.

Vos lo has perdido leyendo esto
y yo, sigo sin entender cómo frenar más tarde
en las palabras, los kilómetros y la vida
sin pasarme.


PURGA

Pensar a veces es plantarse en la esquina y encender un cigarrillo con el fuego de la presencia propia (a veces somos suficiente incendio). Callarnos al mismo tiempo que los gatos, pensar que la muerte es meter el dedo en la llaga, que el reloj ha pasado en vano y seguimos heridos y temerosos.

En el plan de dios no estaba ponernos en este plano de la existencia. Nos quería poner al lado de los árboles y de las galaxias que no nos dará tiempo de hallar; pero él no pone ahí sus bocetos fallidos. Nos dejó en el lugar donde un día se clavó una piedra en su pie descalzo. Al final, somos un poco de polvo y sombra que se volvió un dibujo mal hecho. Su grave error fue darnos la consciencia, ya no somos dibujos sino pies con piernas, huesos con huéspedes. Él no quería que sus trazos anduvieran, hicieran el amor, pensaran y dudaran. Su gran castigo no fue el pecado, fue la herida.

Quizás somos heridas con cuerpo, al fin y al cabo.

Sigue el silencio y un grito en la hora donde se espera a la nada me llega como un papel arrugado que lanzaron sobre la cama, no entendí lo que decía en medio del ruido. El silencio aparece en la necesidad y es estúpido buscarlo, es necesario como el violín y el canto, el único estado donde se oye la mente en un registro medianamente comprensible y podemos hacer recuento de los daños. Hay un hueco en el tiempo donde las cigarras, la luz y los humanos nos metemos el dedo en el cuerpo; buscamos las heridas nuevas y sentimos, al fin, el dolor de esa pequeña cortada que nos hicimos y no nos importó antes.

Despreciar una herida vieja puede ser peor que partirnos el brazo.

A veces no basta el dedo, hay que hundir la mano. Purgar con fuerza, dejar que los gatos caminen sobre nuestro techo y que gritemos todos al mismo tiempo; arrancar la pus, los silencios, las lágrimas y el pánico. Embriagarnos mil veces en el dolor viejo y sentir el vacío de un balazo en la nuca mientras el aliento huye y no nos queda más que vapor en cada orificio del cuerpo y un bucle continuo nos posee hasta que la respuesta es un desafío, es la nueva pregunta de cómo pasamos de un boceto a heridos a heridas y si habrá más allá, pues la sanación aún es un estado desconocido.

Purgar es darnos el saludo de paz
mientras nos apuñalamos el miedo
para comulgar el cuerpo nuevo, el alma libre.


NADIE

En una parada de tren
—una noche sin trenes,
a la espera de nadie—.
Un hijo sin padres
aún se pregunta qué hizo
mal esa tarde del 2007.
Sigue creyéndose culpable
el más inocente de los seres,
como si hubiese parido
ese tren que lo dejó huérfano.

La posición fetal y el llanto son
los sellos que lo marcan entre los transeúntes.
“El Nadie”, lo llaman. Ya es figura del panorama.

Sin cédula, sin apellidos, sin apoyo, ni siquiera
patria o sílabas con las cuales ser llamado.
“El Nadie” ha sido el único nombre de su vida.

Nada entre las fatalidades le ha privado
de una zancada de atleta olímpico.
En una parada de tren, una noche sin trenes,
a las 8:44 p.m. Nadie corre.
El humo de un cigarrillo fantasmal fue su
línea de partida.
Cien, doscientos… quinientos metros.
Los prejuiciosos le creyeron caribeño
u africano cuando lo vieron correr.
Nadie es imparable, ni siquiera Nadie.
El destino tomó forma de tren para él.
El tren de un paro cardíaco.

Nadie murió a las 9:04 p.m.
Sin quién lo vele, le llore, le reconozca
o entierre su cuerpo.
Nadie es ahora un fantasma que corre
sobre las alas de los desafortunados.


DOMINÓ DE LÁPIDAS

En Pejibaye, la muerte
es un dominó.
Cuando muere alguien,
todos compran ataúd,
alistan el pan, el aguadulce
y los abrazos falsos necesarios.

Hay fosas que parieron selvas;
Nunca entran veinte ladrillos exactos
y tiran cemento para que las almas
permanezcan fugitivas y las mentiras sigan.
Verán niños correteando sobre los nichos,
bajando las gradas y
gritándonos que el llanto es monosílabo
e igual necesita cesuras.

Veinte ladrillos pueden cubrir un
nicho en el cementerio de Pejibaye;
una sola muerte basta para saber
que vendrá pronto el alud de cadáveres.
La gente cierra las ventanas,
abraza a sus enfermos,
cuida los fósforos de encenderse
demasiado pronto, demasiado tarde.
Cuando abren un ataúd, el recuerdo
se viste del viento que ondea las banderas
y los temores.

La muerte aquí tiene el pelo rugoso
y las manos de adolescente.
Camina con cinco mil identidades
y un nombre tibio, cotidiano:
Juana, Mario, Eduardo.
Poco importa su rostro, su andar
o la estúpida idea de temerle.
En Pejibaye, la muerte
es un dominó y huir de ella
es tan inútil como dudar más
de la navaja, de la casa propia
que del grito de los niños.


REMODELAR EN MALA HORA

Amanecí en la sala;
no… bueno, sí, sobre la cama.
Había que desalojar la habitación.
Desnudo, pero debo empezar.
Desde el desabrigo se nace,
se muere y se renace.

Hay que correr la basura:
mesas, cajas, escritorio, muebles;
la cama estuvo fuera desde siempre.
Sobra el polvo, hay que barrer una hora,
sacudir los relojes para que haya tiempo.
Atrapo monedas; una alergia, dos alergias;
poemas en llamas y cenizas en blanco.
Un muñeco mal vestido y el gato de la infancia.

Veo un rodapié tan estorboso como una planta.
Urge arrancarlo. Duermo con comején entre los dientes.
Saco barrenillo, más polvo, otras cinco alergias.
Donde estuvo una cama encuentro lágrimas
Para las noches en que sean necesarias.
Hay paredes rotas, un juguete con frío;
Libros desechados y cartas de febrero sin destinatario.

Caras para ocasiones imposibles,
un hoyo que llega a otras diez habitaciones
y silencios que se filtraron hasta la prensa.
Aquí todo está roto.

¿Y con la habitación?
No, aún no empezado.
Sigo desnudo en la cama.


DANIEL ARAYA TORTÓS, nació en Pejibaye, Costa Rica, el 22 de agosto de 1998. Estudiante de Filología Española en la Universidad de Costa Rica. Integrante actual de Otro Taller Literario en Costa Rica. Varios de sus textos han sido publicados en revistas como Altazor, Norte/Sur, Campos de plumas y La libélula vaga. Además de aparecer en las antologías Y2K (Editorial Estudiantil de la Universidad de Costa Rica, 2019), Nueva Poesía Costarricense (Ministerio de Cultura y Juventud, 2020) y el fanzine de Otro Taller Literario (2020). En 2019 publicó Reposo entre agujas, su ópera prima.


 

Leave a Comment

Categorías