RECAMAR | DIEGO ROMERO

RECAMAR


De verlos a lo lejos, se diría que yacen inmóviles. Sin embargo, se puede ver que allá, en lo tibio, algo se mueve. Sus bocas.
– Así que escribes.
– Así es. Yo escribo.
– Una cosa muy fácil, ¿no?
– No. No es tan fácil como usted cree.
Ella cambia el tono de su mirada, ha vuelto en sí. Él dice:
– ¿Me enseñarías a escribir?
Ella lo mira desde la lentitud de una caída. El frío inicia su invasión.
– Eso no se enseña. ¿Acaso aprendió usted a hacer el amor porque alguien se lo enseñó?
– Pues… sí. Eso es algo que se aprende, ¿no?
– De ser así, como usted lo dice, es muy poco lo que ha aprendido.
Ella se levanta, la habitación se vacía en un profundo púrpura. Recostado aún, él dice:
– Déjeme ser su estudiante, su discípulo. Es más, sería su esclavo.
– Deje de ser tan básico. Sobre lo que procuro hablarle es de lo mismo que sucede con las palabras. Pero usted no sabe de eso. Se le nota en su aciago desempeño, en la falta de crúor de su actuar.
– ¿De mi aciqué?, ¿en mi croar?
– Siento que en sus palabras permanece un sentido que solo usted mismo está obligado a decir, porque su vida ha sido así, porque usted no ha deseado prolongarse. Haciendo el amor, usted se remite a repetir unos protocolos: es usted un autómata, un simple alfanje. Ahora yo me pregunto: qué hago acá con usted, ¿cómo fue posible?
Pensativa, ella permanece de pie junto a la cama. Contrae los músculos de su espalda, el cabello baja, con cadencia, sobre la columna. Ella no sabe qué hora es. Ya no le importa. Dice:
– El hecho es que en esta habitación el tiempo está abolido y, de paso, la magia.
– ¿Aboqué? Vamos, dime qué es eso de lo que hablas. ¿Cómo es eso que soy un autómata, una falange?, ¿por qué me hablas de esa manera? Acaso, ¿no te gustó lo que hicimos?
-Sí, debo admitir que gocé de ello, aunque careciera de toda magia. Como sus palabras. Alguna vez un escritor dijo: “las palabras hacen el amor”. No le diré quién es, porque sé que eso a usted no le importa, así como sé que usted quiere hacerme el amor nuevamente, ahora mismo. Pero si realmente lo desea, debe hacerme desearlo. Para hacerme el amor debe usted hacerlo antes con las palabras. De lo contrario, como lo dijo otra escritora que a usted tampoco creo que le importe, sus palabras no harán el amor, harán la ausencia.
Paralizado, él la ve a ella como una figura sin rostro que, progresivamente, se aleja de él. Ella se sienta en la única silla que se encuentra en la habitación, en aquel rincón donde el ambiente ya no es púrpura. El silencio los invade. El silencio es la piel.
Pasan varios minutos. Él es arrebatado por el sueño, siente el peso de la oscuridad que lo hunde en la tibia superficie. Ausente, piensa en ella, la observa allá sentada, como una figura ahogada en un negro mar de incertidumbre, de silencio. Él balbucea:
– Emmm…
La figura de aquel rincón se mueve, pero él no lo sabe, no lo alcanza a ver, es demasiado oscuro, algo se escucha. Ella, sin girar, musita:
– Eso, convierta ese fonema en algo más. Desee ese fonema, deséelo porque usted lo necesita, me necesita ahí con usted, y ese fonema es la única oportunidad que tiene de hacerme desear.
– Ven, ven conmigo a recamar. Dice la voz de él, imbuida por un letargo; su voz es ambigua, devorada por el cansancio y la angustia. Ella gira un poco la cabeza, su cabello se mueve con la negra masa de la noche. Él continúa: recama conmigo, que nos remojemos en este reseñar el redejón.
Ella pregunta con un hervor en la sangre: ¿Y qué sucede con los lustros?
– Los lustros solo se dan en Alemania. Allá es donde se recrudece aquella límbica enfermedad.
Ella pregunta con un súbito color que la separa, poco a poco, del espesor de lo oscuro y del silencio: Dígame usted, ¿quién es?, ¿qué hace aquí?
– ¿Yo? tan solo soy un califa o un alfajor, una falla golosa del faisán cuyas etimologías despiadadas solo permiten afligir su vil encliticismo. Un califa misérrimo que desea, que no sabe aún en su saber.
– Y ¿yo? Dice la voz de ella, cada vez más próxima. Voz que él oye como a través de un precario gramófono, de la fuerza de un rio en el que se ahoga.
– Tú eres la tautología por la que estos huesos se desmoronan, la purpurina lira en la que apremio ser abandonado antes de partir…

Las palabras se hicieron en la noche, luego el silencio hizo la noche. Luego estuvo lo tibio, la sutil coyuntura de los fonemas.


Febrero – marzo 2012


DIEGO GERMÁN ROMERO BONILLA (Bogotá, 1986) Estudió Licenciatura en educación artística en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Bogotá) y Maestría en estudios de género de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Paralelo al oficio de la docencia, ha venido desarrollando un trabajo de escritura creativa enfocada en la autoficción, que lo ha llevado a impartir un curso en 17, Instituto y participar como ponente o en el I y II Congreso de Avatares en 2019 y 2020. Trabaja con la Editorial Benkos como formador, autor y editor de la colección de libros EnCuentos. Ha publicado relatos especialmente autoficcionales en 7 Escritos (cuento y poesía) (2011) con un fragmento de Purgatorio de los artistas y el fragmento de novela gráfica Slide Blues en el libro Talleres de poesía, crónica, dramaturgia y novela gráfica. Ojo en la tinta 2013, la revista Sinestesia, Papeles de la Mancuspia de Monterrey y la revista Reexistiendo de Bogotá. Actualmente trabaja como docente en la licenciatura en artes visuales de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia, en donde es docente de Semiótica de la Imagen e Investigación, también coordina el semillero Anamorfosis enfocado en los estudios de género y la escritura creativa.


 

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