POR LOS EXTRAÑOS PUEBLOS │ ELISEO DIEGO


VOY A NOMBRAR LAS COSAS

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales.

Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.

Ni tu estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.

Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.


LOS PORTALES

Entre la tarde caldeados, desiertos fijamente, a solas
esparcían su ociosa figuración de la penumbra
los portales profundos, que nunca fueron el umbral venturoso de la siesta,
la que rocía con dedos suaves los sonidos y ahonda las estancias,
sino que arden hacia dentro como los ojos blancos de los ángeles
en sus nichos de piedra que la lluvia rural va desgastando.
También la lluvia los oprime, también roe sus columnas como vejez la lluvia
rodando sordamente por los aleros, son del tiempo, vasta como el canto.
Y el sol, el rojo sol como garganta que un alarido raspa.
Es allí que alterna la majestad sombría de las bestias ocultas en el húmedo patio
con la redonda gracia del almacén ungido por el sabroso humo y el alimento
espeso de la luz.
Melancólicamente las ventanas dormidas añoran la provincia,
las memorables fiestas de la brisa y el mundo,
en tanto las barandas de hierro, carcomidas por el aciago fervor del polvo
lento,
entre los aires tuercen alucinantes sueños y esperanzas.
También el aire, su demencia tranquila los recorre.
Y acumulaban polvo, eran lujosos en polvo como los majestuosos pobres
cuando pasean los caminos cubriéndose de polvo desde los anchos pechos
como si el polvo de la Creación fuese la ropa familiar de un hombre,
con parecida simplicidad temible colmábanse los portales
de aquel polvo tan hondo, tan espeso, alucinante agobio de los ojos,
desde la fuente de Agua Dulce al nacimiento sombrío del silencio.
Es allí donde alterna la vejez de las tablas oscurecidas blandamente
con la piedra rugosa, nevada y pontificia que coronan las nubes con su
purpúrea hiedra.
Y el tumultuoso viento henchido de voces como río que surca el
escándalo bermejo de los peces.
La piel áspera y tensa del polvo nunca supo el alivio del árbol ni la grácil
ternura de las danzantes hierbas.
Corredores profundos atraviesan la tarde con un fervor de soledad demente.
Ah de las puertas petrificadas bajo la canosa locura de su nieve
cuando la brisa solitaria canta y las criollas tablas dulcísimas y pobres se
contestan.
Y aquel oro tan suave, que ilumina el arrugado rostro de los muros
como un fuego lejano que dibuja en el cristal las amorosas nuevas del pan
y la familia,
su pensamiento secreto nos ofrece como el oculto corazón de Dios.

(De EN LA CALZADA DE JESÚS DEL MONTE)


LA CAÑADA

Entramos en el cerco de la cañada oculta, que no penetra el sol y la
lluvia despacio,
cuando afuera deslumbra el mediodía como una muerte demasiado
brillante, casi pública, reverberando al sol los pulcros huesos de
los trillos
como en la hirviente arena de un espectáculo excesivo, mirado por
el sol con un poco de tedio.
Te cansas del caballo, de la sed y del mundo, proponiendo que la
frialdad del agua
y el rumor de la tierra y el descanso bastan para el domingo (pero
en tus ojos cae la tiniebla suavísima del año, amiga mía).
Recordemos las casas grises, manchadas por el humo, que se resignan
al aciago fulgor de los espinos,
ahora que sólo cantan las hojas en el huraño corazón del monte, en
la cerrada lejanía.
Mientras los húmedos caballos abrevan entre las silenciosas piedras
oscuras desde los orígenes,
el viejo mayoral muy limpiamente dobla su cuerpo escueto y puro.
Y abriendo las rugosas palmas de sus manos antiguas va despacio
diciéndonos
la entrañable costumbre de la guerra: “Pues aquel año funesto (pero
la sombra del arbusto salvaje se acomoda en su pupila)
el horror y la seca pulían los pies densos, suntuosos con el brillo de
la sangre y el pardo de la tierra”.
En tanto el viejo va olvidándonos vuelve a crecer la sequedad
insoportable como la fiebre más fina.
Ellos quisieron resguardar en la cañada, en la dura tiniebla del país,
la pobreza radiante de la guerra.
Los inocentes animales estaban mirándolos entre la sombra del mundo.
Tú oyes caer las hojas en la cerrada espesura que nos ciega,
oyes llover la tarde sobre las obstinadas piedras oscuras desde los
orígenes.
(Los caballos no cuentan: están atados al minucioso cerco maternal
de la llama).
El silencio del campo como la noche va creciéndonos, como una
muerte inaudita va creciéndonos,
y es preciso marcharnos, dejar este sitio al silencio que sólo soportan
los inocentes animales que están siempre mirándonos desde la sombra
del mundo.


LA ORILLA DE LA CALMA

Vamos a conversar un poco en el patio más hondo, que refresca el
añil con su antigua memoria de las aguas.
Trae el viejo sillón de mimbre, trae el viejo sillón, trae la mesita oscura.
Dignamente las ascuas del tabaco glorioso, en la penumbra rojas, y
el verde niño del cocuyo, y el sagrado amarillo de las Pléyades,
dignamente las ascuas. La brisa entre las palmas nos descubre, viniendo
alta, como noticia buena.
Dime del mar y de los resonantes caracoles, cuéntame del cercano
abismo, dime del mar y de las islas claras.
Dime más bien la minuciosa gloria de tus años, el admirable can de
triste boca, las fábulas nocturnas del vidriero.
En la radiante costa de mi pueblo rompe la paz de la llanura prodigiosa,
en la radiante costa de mi pueblo, en la pared salvaje.
Dime del mar y de los resonantes caracoles, en tanto pienso en la
llanura vastamente, y miro la profunda noche, y escucho su
resaca suavísima en las tejas.
Yo vi las lentas auras navegantes, y yo las altas guardarrayas militares,
y yo el esplendor espeso de la calma.
Cruje el viejo sillón en el silencio, le responden las crujidas pencas,
el alto viento de las islas,
y el verde niño del cocuyo responde al amarillo de las Pléyades y al
naranja cordial del ascua.
Dime más bien la minuciosa gloria de tus años, el perdido reloj con
las bestias heráldicas, la radiante vidriera que nos ama.
Pero vamos entonces siempre, vamos entonces siempre a conversar
un poco en las extrañas islas de la noche a la orilla más pura
de la calma.


BAJO LOS ASTROS

Es así que la casa deshabitada, por la tarde, suena de pronto como el
cordaje de un barco.
Vibran a solas los cristales vacíos, la penumbra quisiera conmovernos,
y el animal pequeño, el de lustrosa piel en los rincones, trémulo huye,
como siempre, a los altos distantes.
Es aquí donde decíamos: qué tiempo maldito hace debajo de los
álamos, suerte que vino usted a tiempo, buenas tardes, oh padre,
qué mala noche, qué buen día siempre.
Aquí en el umbral que los nortes menudos de las puertas asuelan de
gris y leve polvo,
alguno de nosotros, los de casa, debe vestir los pesarosos, los oscuros
ropajes del sacrificio para decir: aquí esperaba, y aquí cosía mamá sus
misteriosas telas blancas,
y aquí entró aquel día el tímido lagarto, y aquí la mosca extraña que
zumbaba, y aquí la sombra y los cubiertos, y aquí el fuego, y
aquí el agua.
Porque llega una hora en que todas las casas se despueblan de sus ruidos
mortales
y las vidrieras son frías como esos invernaderos desolados, lisos ojos
de muerto, que nadie supo nunca donde quedan,
es preciso que alguien, alguno de nosotros, venga y diga: los cubiertos
de casa, qué se hicieron, alguien sin duda los ha robado.
Grave silencio, sobre mi hombro descansas como el peso conmovedor
de una muchacha sollozante.
Es así que ahora todo nos falta. Si alguien nos ofreciera un poco de
café nos salvábamos
porque la casa deshabitada es adusta como la justicia del fin
y el viento que pasea por los altos no es sino el viento, las estancias
no son más que las estancias de la casa vacía
y es como si no hubiese venido nadie, como si nadie mirase los recintos
del hombre, bajo los astros.

(De LOS EXTRAÑOS PUEBLOS)


LA CASA DEL PAN

“Entra en la nave blanca: mira la mesa donde está la harina –la harina
blanca.
“Fuera del pueblo, apenas tuerce el camino a la intemperie, allí está
la casa del pan –la nave blanca.
“Donde un negro de sonrisa vaga saca del horno las palas con el pan
crujiente. Saca del horno inmenso, quieto, las palas con el pan
crujiente.
“¿Desde cuándo estás tú aquí –se le pregunta-, desde cuándo estás
entre la harina?
“Responde con veloces zumbas: desde las ceremonias y las máscaras,
desde el velamen y las fugas, desde las candelillas y las máquinas,
desde los circos y las flautas.
“Desde que se encendió el fuego en el horno”.

(De VERSIONES)


LAS HERRAMIENTAS TODAS DEL HOMBRE

Estas son todas las herramientas de este mundo.
Las herramientas todas que el hombre hizo
para afianzarse bien en este mundo.
Estas son las navajas de filo exacto con que se afeita al tiempo.
Y estas las tijeras para cortar los paños,
para cortar los hipogrifos y las flores
y cortar las máscaras y todas las tramas y, en fin,
para cortar la vida misma del hombre, que es un hilo.
Estas son las sierras y serruchos –también cuchillos, sin duda, pero
imaginados
de tal modo que los propios defectos del borde sirvan al propósito.
Y esta es una cuchara que alude a los principios y a las postrimerías
y en resumen
al incalificable desvalimiento del hombre.
Este es un fuelle para atizar el fuego
que sirve para animar al hierro
que sirve para hacer el hacha
con que se ciega la generosa testa del hombre.
Este es un compás que mide la belleza justa
para que no rebose y quiebre y le deshaga el humilde corazón al
hombre.
Y esta es una paleta de albañil con que se allegan los materiales
necesarios
para que sea feliz y se resguarde de todo daño.
Estas son unas pesas, llaves, cortaplumas y anteojos
(si es que lo son, que no se sabe)
que en realidad no sirven para nada sino para establecer
de una vez para siempre la sólida posición del hombre.
Estas son unas gafas que se han de usar para mirar
si se ha hecho ya lo imaginable, lo previsible, simple e imposible
para tratar de asegurar las herramientas todas del hombre.
Y este, en fin, es el mortero al que fiamos el menjurje
con que uniremos los pedazos, trizas, minucias y despojos
si es que a las últimas y a tiempo, si es que a las tontas y a las locas,
si es que a ciegas y al fin
no aprendemos a usar, amansar, dulcificar y manejar
las herramientas todas del hombre.

(De MUESTRARIO DEL MUNDO O LIBRO DE LAS MARAVILLAS DE BOLOÑA)


COMIENZA UN LUNES

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.

Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.

La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.

Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.

Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.

(De CUATRO DE OROS)


ELISEO DIEGO (La Habana, Cuba, 1920 – Ciudad de México, México, 1994)

Poeta, ensayista, docente, editor, traductor y narrador cubano. Sus libros de poesía, En la Calzada de Jesús del Monte (Ediciones Orígenes, La Habana, 1949), Por los extraños pueblos (Ediciones Orígenes, La Habana, 1958), El oscuro esplendor (Ediciones Belic, La Habana, 1966), Muestrario del Mundo o Libro de las Maravillas de Boloña (Instituto Cubano del libro, La Habana, 1967), Versiones, prosa poética (Ediciones Unión, La Habana, 1970), Nombrar las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1973), Los días de tu vida (Ediciones Unión, La Habana, 1977), A través de mi espejo (Ediciones Unión, La Habana, 1981), Inventario de asombros (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982), Veintiséis poemas recientes (Ediciones del Equilibrista, México, 1986), Soñar despierto (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1988), Cuatro de oros (Siglo Veintiuno Editores, México, 1990). Participó en la fundación de Revistas Literarias, tales como, Luz (1936), Clavileño (1942), Orígenes (1944), y fue redactor de Unión (1970). Formó parte del mítico Grupo Orígenes, surgido desde la Revista del mismo nombre, junto a José Lezama Lima, Cintio Vitier, Gastón Baquero, entre otros. Trabajó como Inspector de Inglés del Ministerio de Educación (1947-1959). Realizó estudios de Pedagogía en la Universidad de La Habana, culminados en 1959. Impartió clases de Literatura inglesa y norteamericana, en cursos realizados en la Casa de las Américas (1959). A inicios de la década del 60, se hizo responsable del Departamento de literatura y narraciones infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí, hasta 1970. Fue miembro de la comisión de publicaciones de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), a partir de 1970. Entre los reconocimientos recibidos destacan, Premio Máximo Gorki (Moscú, 1979), Premio Nacional de Literatura (1986), Premio de la Crítica (1988 y 1989), Doctorado Honoris Causa de la Universidad del Valle (Cali, Colombia, 1992), Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (México, 1993). El escritor chileno Jorge Teillier, dijo sobre él, “Es un espíritu sabio y silencioso: un poeta excepcional. En su voz resucita la infancia de todos… Eliseo es… la visión más íntima, la épica de la niñez prodigiosa, la voz y la imagen sensible de los mundos interiores…”


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