EMBORÉ | MIGUEL A. SILVA



EMBORÉ

Supe de la existencia de Emboré cuando tenía nueve años de edad, y fue unos meses antes de viajar, por obra de la casualidad o la causalidad, a Misiones, la misma provincia en donde se encontraba aquella mítica ciudad. Había caído en mis manos un pequeño libro sobre leyendas del norte argentino que nunca supe con exactitud cómo había llegado hasta mí. Al parecer la memoria tiene sus propios códigos selectivos. Lo que sí recuerdo es que uno de sus cuentos me había provocado una gran turbación a tal punto que logró que me aprendiese de memoria las cinco páginas que narraban su historia; la historia de una expedición a Emboré, la ciudad secreta; la ciudad fantasma que se escondía en medio de la selva. Algo hubo en ese relato que me había hechizado por completo.

La niebla se expandía en la penumbra de la selva apagando el rojo chillón de la tierra misionera.

Así empezaba el primer capítulo de ese relato breve. Cada vez que lo leía, me recorría un escalofrío al imaginarme en esa selva espectral, con enredaderas que trepaban por los troncos musgosos en su desesperada búsqueda  por llegar al sol y atiborrado de fieras agazapadas olfateando el olor a carne fresca y húmeda. Esa misma selva diezmada por innumerables hombres en busca de la riqueza escondida en la ciudad que, se decía, sobrepasaba el valor al que referían los cuentos de Las Mil y Una Noches. Una ciudad construida por los jesuitas que habían escondido en sus entrañas los tesoros donados por las tribus autóctonas durante sus trabajos en las misiones de frontera para que no cayeran en manos de la Corona Española que los había expulsado del continente. Un tesoro escondido, y maldito.

Antes de irme de vacaciones a Misiones yo ya había estado allí, a través de mi imaginación, acompañando a esas legiones ávidas por desenterrar las montañas de oro que según las leyendas se hallaban detrás de los muros de la ciudad.

Toda la selva parece estremecerse ante las pupilas dilatadas de los hombres que buscan la riqueza. Está oculta entre las entrañas mismas de la vegetación y, sin embargo, se evidencia a este puñado de hombres que, más allá del deseo, ya no pueden discernir y así caminan inmutables hacia ella.

Al leer la historia yo caminaba con ellos como un cronista, alejado de sus ambiciones, pero arrobado por el escenario atrapante y seductor de sus senderos abiertos a golpe de machete. La historia continuaba diciendo que luego de días de infructuosa búsqueda, la expedición llegaba, por fin, a la ciudad anhelada; la blanca ciudad de Emboré.

Al llegar los expedicionarios encontraron una plaza a la izquierda de un convento abandonado, un pozo de agua en el centro, y un balde, balanceándose solitario y vacío, chocando cada tanto en medio de un silencio espeluznante sobre el brocal del aljibe. Lo que les llamó la atención fue la falta absoluta de puertas y ventanas, pero la leyenda también decía que los jesuitas se comunicaban por medio de pasadizos y túneles secretos. Sólo tenían que encontrarlos. Fue entonces cuando uno de ellos golpeó fuertemente con el mango de la espada la pared más cercana. El sonido a hueco traspasó los oídos de todos aquellos febriles conquistadores que  se abalanzaron con las últimas fuerzas que le quedaban a derribar aquellas paredes blancas luego de semanas de calor, hambre y locuras diversas.  

Trataron de desmoronarla, de hacerla escombros para  poner al descubierto lo que imaginaban iba a ser la antesala a un mundo de riquezas.

Luego del primer golpe, la selva entera se inundó con un silencio ominoso; un presagio de muerte que provocó que hasta los pájaros callaran. La tierra tembló como un animal herido y se abrió bajo sus pies. Todos cayeron devorados por una grieta que a modo de fauces gigantes los tragó en medio de espantosos chillidos de asombro que se perdieron sin eco en la espesura de la selva. Luego de eso, la trampa de Emboré volvió a cerrarse para siempre. La ciudad quedó nuevamente intacta, silenciosa y siniestra. El único sonido vivo era el ruido metálico del balde al golpear rítmicamente contra el brocal del pozo de agua. Nunca me pregunté cómo se puede relatar un infortunio de tal magnitud sin testigos, pero yo, a mis nueve años, no reflexioné en ello y vi a decenas de hombres de armaduras brillantes desaparecer en las gargantas de la tierra colorada; una imagen que logró helarme la espalda.

Cuando llegó el día de viajar a Misiones, me sentía como uno de los personajes de esa historia leída una y mil veces. La lujuria de la selva y el hechizo de las piedras preciosas me esperaban con su paciencia infinita. También el temor de correr la misma suerte.

A los dos días de llegar al hotel, mis padres me dijeron que iríamos a conocer Emboré. Mi corazón dio un vuelco y se me puso la piel de gallina. A decir verdad nunca había imaginado que tal lugar existía y que encima podía visitarse. Nunca supieron que acababan de darme la noticia más importante de mi vida. Lo único que recuerdo haber llevado como equipaje fue el libro sobre las leyendas del norte argentino y una carga infinita de expectación.

Después de dos horas de nervioso recorrido,  la ciudad embrujada me recibió con un gran cartel de luces de colores. No resultó ser la tierra misteriosa tapizada con oro y sangre. Emboré resultó ser el nombre de un gran parque de diversiones por el que deambulé, ajeno a todo, como un fantasma en una tarde desangelada.

Caminé por sus calles deseando ver una pista, una señal de tantos siglos de búsqueda, una casa sin ventanas, una armadura semienterrada, un machete oxidado… algo… pero lo que logré en esa frustrada expedición fue –a instancias de mi madre– un peluche de premio que gané en un juego estúpido de tiro al blanco, un helado de vainilla que comí con desgano y una vuelta en el tren fantasma en dónde busqué en cada curva oscura algún resabio de la leyenda, ésa que decía que la ciudad estaba habitada por los espíritus de los jesuitas que habían puesto trampas infernales para aquellos que la profanaran.

Nunca más volví a ver ese pequeño libro de tapas verdes, quizás lo olvidé en esa ciudad de marquesinas de colores, arriba de algún mostrador de feria, mientras con la vista perdida buscaba en las cicatrices del asfalto la trampa mortal por la que habían caído mis ilusiones de aventuras.



Miguel A Silva, egresado del Insttuto Superior de Letras Eduardo Mallea de Buenos Aires, República Argentina, es columnista y editor de la Sección Poesía de la Revista Qu. También realiza colaboraciones en el portal de periodismo cultural Leedor.com, en el periódico español Irreverentes y en la revista digital Kundra. Como cuentista participó en diferentes antologías como Libro Blanco (Ediciones Mallea, 2012) Poetas Reptantes (Textos Intrusos, 2016), Obras Colectivas Le Croupier Volumen Dos (2015) y Volumen Ocho (2016) ambas publicadas por Ediciones Croupier. Administra el blog En una tierra de colores claros.

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