EN LA JAULA DE MI CRÁNEO | PETER WORTSMAN

 


BELIEVE NOT IN THE INNOCENCE OF INK
Poets have no respect for the private life of metaphor. You dress and undress us like little girls’ dolls. You make us come off crude. Me, I’d much rather have remained unsung than to have to exhibit myself like a stripper. Hey, d’ya hear me! This doll ain’t done with you yet. And when you think you’ve pinned me to the page, drained me and dropped me, I’ll give you a taste of your own bitter medicine. Feel it now? The joke’s not on Jocasta, Mister. Don’t play Russian roulette with me. Illusions always win.


DESCONFÍA DE LA INOCENCIA DE LA TINTA
Los poetas no respetan la intimidad de la metáfora. Me visten y desnudan como a muñecas. Me hacen ver rudimentarias. Habría preferido el olvido a ser exhibida como una estríper. ¡Oye, me escuchas! Esta barbi aún no termina contigo. Y cuando me creas inmovilizada en la página, que me has acabado y dejado caer, te daré una cucharada de tu propia medicina. ¿Lo sientes ahora? El Guasón no aparece en Yocasta, señor. No juegues a la ruleta rusa conmigo. Las ilusiones siempre ganan.


A NEW FORM OF SKY WRITING

New York, September 11, 2001

From our window we watched in disbelief as they devised a new form of sky writing, disintegrating form and content, subject and object, ecstasy and terror, showering the streets with what some close to the scene thought at first was the shredded white confetti of a ticker tape parade and others mistook for early snow, but was, in fact, the ledger sheets of books no more to be balanced, agenda pages of appointments never to be kept — save one (the mind is numb but needs to keep spinning its elusive yarn): a couple clasped hands and leapt into the void. Reader, you are their child. Nothing left now but a gaping hole in the sky. Still, the absence is telling.


UNA NUEVA FORMA DE ESCRIBIR CIELO

Nueva York, 11 de septiembre del 2001

Desde nuestra ventana observamos, incrédulos, cómo idearon una nueva forma de escribir cielo, o sea, desintegrando hechura y contenido, sujeto y objeto, éxtasis y horror. Bañando las calles con lo que, algunos espectadores de la escena, creyeron, al inicio, que era el blanco confeti en una marcha de cinta perforada y, otros, confundieron con la pronta nieve. Sin embargo, eran, de hecho, las hojas del libro mayor que ya no debe ser balanceado, las páginas de las citas que nunca se cumplirán, excepto una (la mente se entumeció, pero necesita continuar girando en su hilo esquivo): una pareja entrelaza las manos y saltan al vacío. Lector, eres su hijo. Ahora, sólo queda un agujero en el cielo. Aún así, la ausencia es reveladora.


LONESOME CEILINGS
The aloofness of ceilings is merely a pose. Don’t be fooled by the way they coolly hang above it all, unsullied by the messy scuffle. Scions of privilege, wainscoted or girdled in virginal white, ceilings look on and long to get down. Certain notable exceptions notwithstanding (the Sistine Chapel, Altamira, Grand Central Station, the sky itself), no one ever takes notice but to find fault. Think of the awful burden they must bear without wincing! Is it possible, despite the Herculean show of strength, that the plafond secretly dreams of changing places with the floor? Take a late November 6 O’clock ceiling. Have you never noticed the crude tattoos, the suspicious streaks that break out overhead at twilight! Shadows perhaps. Or perhaps a desperate fantasy played out while the world is busy elsewhere — a pantomime of plastered timbers aching to be trampled underfoot and ravished by gravity.


TECHOS SOLITARIOS
Es una pose la actitud distante de los techos. No se dejen engañar por la forma en que penden con frialdad por encima de todo, limpios de la barahúnda y la pelea. Vástagos de privilegio, revestidos o ceñidos en el blanco virginal, los techos miran y anhelan bajar. Con algunas notables excepciones (La Capilla Sixtina, Altamira, La Gran Estación Central, el firmamento mismo), nadie lo nota, ¡pero imaginen tan sólo la terrible carga que soportan sin hacer una mueca! ¿Es posible, con todo y la hercúlea demostración de fuerza, que el plafón sueñe, en secreto, con cambiar de lugar con el suelo? Tomemos, como ejemplo, un techo al final del 6 en noviembre. ¿Nunca has notado los ordinarios tatuajes, las sospechosas rayas que surgen, en lo alto, al anochecer? Sombras, quizás. O, tal vez, una fantasía desesperada avanza mientras el mundo está ocupado allí abajo: una pantomima de vigas enlucidas que ansían ser pisoteadas y arrobadas por la gravedad.


MID-MOON
The early hours belong neither to yesterday nor to tomorrow. As there is midday and midnight, so should there also be a stretch of time — call it mid-moon — between the indigo breakdown and the powdery blue busyness of dawn, the timeless refuge of insomniacs.

My neck is creaking. The nail on my right thumb, the one holding down the pen, has split open, staining the pen shaft red.

Oh, sleep, what have I ever done to displease you?

True, I stole a couple of dreams and pawned them off as poems, but where’s the harm in that? I just wanted to broadcast your brilliance, to needle the night. Forgive me, sleep, my precious!

I flee the living room and seek refuge in the kitchen. Why are kitchen tabletops always sticky? Ledgers of domesticity, they reveal more about the viscous love of family than all the fabricated grins in photo albums.

The tick of the kitchen clock drives me mad. It’s time getting to me, that fiction I always denied, that wilting thing that bleaches hair and illusions. Time is a tyrant. Time is a trap. If only it flew, as the saying goes. But it strangles. As if each little parcel of our passing were really equal in duration and intensity. As if eternity were divisible and we could measure its shrinking in dead seconds frozen in flight.

Why does the refrigerator sing at night?

In a sleepless state not far removed from madness all is metaphor, like the loose screws on the frame of my glasses and the cracks in the ceiling. The unidentified street sounds strike like auditory shrapnel hurled by a roving militia. The boxed destinies of cars and trucks deliver somebody else’s tomorrow.

No choice in the eternal tick-tock that stretches, sleepless, till dawn, no choice, after the rage of helplessness breaks, but to sit back and watch, like on a long train ride, when life is a landscape rushing by, a succession of trees, homes, shrubs, depots, ducks and cows — and people scattered about, mostly in clusters, but sometimes solitary. No choice but to watch and love it for what it is, the ringside seat at a non-stop hundred-ring circus, the wildest beast being me in the cage of my skull put through the motions by the great lion tamer. Nothing to do but admire it all, the décor framed by the window, the concert of waking birds, the percussion of the trucks — an endless opera.

The first yawn breaks like an avalanche. It clouds your glasses, drawing tears, as if the eyes were sponges that drain when they’ve seen too much.

In the symphony of the waking family, the toilets play percussion, the radio alarm hits a high note, stomachs grumble arpeggios to the piccolo of hungry sparrows. I am the reluctant conductor by default, because I don’t play an instrument. The creaking floorboards and opened doors applaud.


MEDIA LUNA
Las primeras horas no pertenecen al ayer ni al mañana. Así como hay mediodía y medianoche, debería haber un lapso de tiempo, llamémoslo media luna, entre la ruptura del índigo y el ajetreo polvoriento y azul del amanecer. Ese refugio atemporal de los insomnes.

Cruje mi cuello y la uña de mi dedo pulgar derecho, la que sostiene el bolígrafo, se rompió y manchó el bolígrafo de rojo.

Oh, duerme, ¿qué hice para disgustarte?

Es verdad que robé un par de sueños y los empeñé como poemas, pero ¿qué hay de malo en eso? Sólo quise transmitir tu brillantez, pinchar la noche ¡Perdóname, duerme, preciosa!

Huyo del salón, busco refugio en la cocina ¿Por qué las mesas de la cocina siempre están pegajosas? Más que todas las sonrisas prefabricadas en los álbumes, libros mayores de la cotidianidad revelan el viscoso amor de la familia.

El tic-tac de la cocina me turba. Es hora de volver a mí, a esa ficción que siempre negué, a esa cosa marchita que decolora el cabello y las ilusiones. El tiempo es un tirano. El tiempo una trampa. Si tan sólo pudiera volar, como dice el refrán. Pero estrangula. Como si cada pequeño lío de nuestro paso fuera igual en duración e intensidad. Como si la eternidad fuera divisible y pudiéramos medir su contracción en segundos muertos, congelados en el vuelo.

¿Por qué la nevera canta por la noche?

Es un estado de insomnio no muy lejano de la demencia, todo es metáfora. Como los tornillos sueltos en la montura de mis gafas y las grietas en el techo. Los sonidos callejeros no identificados golpean como una metralleta auditiva que dispara la milicia errante. Los destinos embalados, dentro de automóviles y camiones, entregan el mañana de otra persona.

No hay elección en el infinito tic-tac que se extiende, insomne, hasta el amanecer. No hay elección, luego de que se rompe la rabia de la frustración, sólo queda tomar asiento y mirar. Como en un largo viaje en tren donde la vida es un paisaje que pasa corriendo, una sucesión de árboles, casas, arbustos, depósitos, patos y vacas, y personas diseminadas; la mayoría en grupos, pero, a veces, solitarias. No tengo más remedio que mirar todo y amarlo por lo que es. El asiento junto al ring en un circo de cien pistas sin parar, siendo la bestia más salvaje, yo, en la jaula de mi cráneo, sometida a los ademanes del gran domador de leones. Sólo queda admirarlo todo: la decoración enmarcada por la ventana, el concierto de los pájaros recién despiertos, la percusión de los camiones. Una ópera sinfín.

El primer bostezo rompe como una avalancha, te nubla las gafas, te hace llorar, como si los ojos fueran esponjas que se escurren luego de ver demasiado.

En la sinfonía de la familia despierta, los baños tocan su percusión, la alarma de radio canta su nota aguda, los estómagos gruñen arpegios al son del flautín de los hambrientos gorriones. Soy el director reacio, por defecto. No toco un instrumento. El suelo de madera cruje y las puertas aplauden.

Traducción: María Del Castillo Sucerquia
Fotografía: Jean- Luc Fievet


PETER WORTSMAN es un escritor trilingüe (inglés, alemán y francés) en múltiples modos. Es autor de tres libros que combinan ficción corta y prosa (A Modern Way to Die, Footprints in Wet Cement y Stimme und Atem / Out of Breath, Out of Mind); una novela (Cold Earth Wanders); dos obras de teatro producidas en Estados Unidos y en Alemania (Burning Words, The Tattooed Man Tells All); un libro de memorias de viajes (Ghost Dance in Berlin, que ganó un premio de libro de editores independientes); un libro de perfiles de médicos (The Caring Heirs of Doctor Samuel Bard); y una antología, Tales of the German Imagination, que compiló, tradujo y editó). Fue apodado “Un hermano Grimm del siglo XX” (por Bloomsbury Review) y “Un delincuente Hans Christian Andersen” (por el dramaturgo Mark O’Donnell). Su poesía en prosa ha aparecido en revistas literarias y antologías en los Estados Unidos y en el extranjero. También es traductor del alemán al inglés de libros de Peter Altenberg, Los hermanos Grimm, Heinrich Heine, Franz Kafka, Heinrich von Kleist y Robert Musil, entre otros. Fue ganador de los premios Beard’s Fund Short Story Award, Wortsman fue Fulbright Fellow en 1973, Thomas J. Watson Foundation Fellow en 1974 y Holtzbrinck Fellow por la Academia Estadounidense de Berlín en 2010. 


 

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