EN TIERRA CALIENTE │ JAIME JARAMILLO ESCOBAR

Jaime Jaramillo Escobar

RUEGO A NZAMÉ

 

Dame una palabra antigua para ir a Angbala,

con mi atado de ideas sobre la cabeza.

Quiero echarlas a ahogar al agua.

 

Una palabra que me sirva para volverme negro,

quedarme el día entero debajo de una palma,

y olvidarme de todo a la orilla del agua.

 

Dame una palabra antigua para volver a Angbala,

la más vieja de todas, la palabra más sabia.

Una que sea tan honda como el pez en el agua.

 

¡Quiero volver a Angbala!


 

MAMÁ NEGRA

 

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

 

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

 

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa.

 

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

 

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.


 

EL DESEO

 

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las cosas pequeñas de la vida,

a recordar de cuando tú fuiste soldado,

o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos

la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos

a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.

Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente y nos estábamos callados.

Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre en la misma esquina

hasta el día siguiente,

con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la vida,

pero que sólo se da en la juventud,

cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan entre el bolsillo,

y se tienen creencias y confianzas

así en el mundo como en uno mismo.

Y quiero además aún hablarte,

pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta noche con cerveza y música,

y después yo seguir viviendo como si nada…

o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,

mientras la Muerte me espera en el guardarropa para ponerme mi abrigo negro

a la salida,

yo buscando la puerta de emergencia,

la escalera de incendios que conduce al infierno,

todas las salidas custodiadas por desconocidos.

Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.

Mientras la tarde transcurre

evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos

a decir las últimas palabras cada noche,

o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir comprendí que te amaba,

y en fin, tantas otras cosas que suceden…

 

(De POEMAS DE LA OFENSA)


 

 

PERORATA

 

¡Señoras y señores, oh, señores!

Mirad esta caja roja. ¿La véis? En ella traigo mi poema, que se irá desenrollando ante vosotros, aquí frente a vuestras miradas, haciendo sonar sus crótalos de colores y estirando la cabeza para veros mejor y de vez en cuando lanzaros un picotazo.

Ya la voy a abrir, la estoy abriendo, ya se mueve, poned atención, el poema empezará a salir pronto de esta hermosa caja roja con música incorporada, esta caja de sorpresas tan liviana y tan bella.

Mientras muevo mi mano en su interior para amansar el poema, os voy diciendo, oh señores: no leáis poemas pesados, ni ásperos. El poema tiene que ser flexible, escurridizo, ondulante, con un cuerpo frío que os estremezca y en la cabeza una boca capaz de haceros cualquier cosa.

Atención, señores, ya empieza a salir el poema. Mientras sale, os voy diciendo, oh señores: no comáis poemas calientes; el buen poema se come frío.

Yo no os traigo la serpiente más larga, extensa, dilatada o interminable del Amazonas; ni he cazado la flor viva de la victoria regia; ni este animal tiene pico de tucán.

Señores, oh señores, en el aeropuerto de Medellín conversaban dos señores: –Mi hijo mayor, ingeniero, se casó, tienen un niño; Inés Clara, su esposa, un encanto, de la mejor familia. Pero Luis Carlos, el menor, qué desgracia, su madre está desconsolada. Hemos hecho todo lo posible, no tiene remedio, ¡qué desgracia tan grande! Se dedica a la lectura de poemas, ¿comprende usted, querido amigo? ¡Y yo que lo creía tan inteligente!

¡Señores, oh señores! Esta caja ha viajado conmigo medio mundo. No siempre he puesto en ella ágiles y rebeldes poemas. A veces también mi muda de ropa. Pero es la caja del poema, de todos modos. Consideradla si queréis como una jaula. En ella he llevado el pájaro que no existe.

Los de más cerca, apártense un poco. Los de más allá, acérquense más. Hagan un círculo perfecto, tómense de las manos, aquí está saliendo esta cosa verde que es el poema. A ver, caballero, ¿cuánto cree usted que tiene en su bolsillo? Deme la mitad y verá el monstruo completo. No es para mí, es para comprarle la leche a él.

Señoras y señores, en cierta ocasión, andando por un lejano país, trabé amistad con un poeta local, uno de su provincia, que no conocía del mundo más que unas cuantas estrellas. Con una que hubiera conocido bastaba, porque todas son iguales, pero la cantidad era importante para él. El mundo es mundo por ser innumerable, me dijo. ¿Qué sería de nosotros si tuviéramos un solo dios?

Aquí donde me véis, he sido muy recorrido desde niño. Estuve en el Brasil, donde toda la tierra se llena de sapos después de los inmensos aguaceros. Del Brasil es esta mano roja con uñas de oro para la suerte, la suerte buena, porque la mala me la curaron en Bahía.

Sí señores, caballeros: no temáis. Este verso es un endecasílabo, bueno para el insomnio; y éstos son tercetos, contra las quemaduras. Y una décima para el dolor de cabeza. Dije una décima; no una pócima.

¡Señores, caballeros! He aquí los seres del bosque, pálidos y mojados entre la lluvia torrencial. En sus cuevas se esconden, en los troncos vacíos, debajo de las hojas grandes se esconden, pero el aguacero implacable crece. Fabricad una casa para el tapir, un palacio para el tigre. Los seres alados con sus alas se cubren, pero el Padre y el Hijo sólo tienen un delgado manto, todo ensopado.

Os voy a decir, señores, sí, os lo voy a decir, qué es lo que hace el poeta:

Poner una veleta en la ventana para desorientar a los pájaros.

Labrar peces de hielo para cambiárselos al Mar por peces verdaderos.

Guardar granizo en la bodega para comer en verano delante de los amigos.

Descubrirse ante el ventarrón y entregarle su paraguas al revés.

Borrar con la manga las manchas de sombra en los cristales.

Subirse en una silla de tijeras para pintarle bigotes a la luna.

Escudriñar el horizonte para ver si en el viento hay un señor con cabeza de pájaro.

Decirle a la Aurora dónde vive un malvado para que no pase por el patio de su casa.

Cuando el arco iris aparece, ir y amarrarlo de pies y manos para ver cómo brilla de noche.

Pescar antenas de televisión y rajarles el buche para sacarles todas las imágenes de mujeres que se han tragado.

Colocar faros de espejo en la alcoba para los grandes bacalaos de ojos de reina.

Ir a contemplar los negritos en la playa, que le arrancan mechones a una nube de verano para hacer ovejas con cara de cera negra. Para hacer palomas con pico negro. Para que sus mamás les regañen por haber dañado el cielo.

Si se encuentra un cocodrilo cantar himnos con él, y en general cantar con todos los seres, hasta con una máquina que es tan fiera, o con un ángel supersónico.

Hacer al jardín la visita de cortesía.

Manejar el agua con el dedo chiquito y decir todo lo que le dé la gana, que para eso es poeta.

No dejar nunca de pensar en lo que está oculto, a fin de descubrirlo. El poeta es el que saca un sombrero del buche de un conejo.

Y muchísimos otros trabajos que no revelo para que vosotros no aprendáis el oficio de poeta.

Os han dicho, sí, yo sé, os lo han dicho, lo que es la poesía. La poesía es todo eso que os han dicho, y también esta cajita roja vacía en la que, como podéis verlo, no hay nada, absolutamente nada, sino ella misma sola por dentro.

Adiós, señores, ya me voy. Viene la policía. Os dejo mi sombra.


 

 

SARTA DEL RÍO CAUCA

 

Bajábamos –mi caballo y yo– dos veces al año hacia el río Cauca.

De las altas montañas bajábamos, y al amanecer divisábamos el río entre piedras negras y palmeras, y era una gran alegría ver este río.

Viajábamos de noche con la luna de agosto y con las lluvias de enero en enero,

Pero mi caballo se sabía el camino de memoria o lo inventaba,

El que veía –porque yo no veía nada–.

Yo tenía trece años, mi caballo tenía cinco; éramos muy jóvenes para andar solos por ahí.

Qué amigazo era mi caballo, más inteligente y más instruido que yo,

Y sin embargo era yo el que llevaba las riendas del freno,

Sólo por ser el hijo del dueño del caballo, como siempre sucede.

Pero yo le ofrecía pedazos de panela en mi mano, mirándolo de frente,

Y nunca cometí la torpeza de vaciarle una botella de cerveza en la testa coronada por sus dos nerviosas orejas.

Yo lo llamaba por su nombre y apellido y él venía a mí con un suave trote amoroso,

Subiendo desde el fondo de la cañada donde la bruma no se levantaba aún, dormida sobre los pastizales de yaraguá, grises y constelados de rocío a las seis de la mañana.

Durante el viaje, yo le recitaba a mi caballo todos los poemas de Porfirio Barba-Jacob, los cuales se esparcían por las desiertas montañas.

No recuerdo ningún comentario de mi caballo acerca de los poemas, pero si yo dejaba de recitar, él se detenía.

Por supuesto que antes de salir yo había bañado mi caballo,

Lo había tenido conmigo en el patio de atrás de la casa, dándole de comer dulce caña picada, aguamiel con salvado, bananos partidos,

Y lo había peinado, acariciado, dádole palmadas en las ancas,

Con cepillos de raíz le había alisado el pelo y con un peine de cacho le había peinado cuidadosamente la crin y la cola,

Y había revisado los aperos: la alfombra roja para el lomo, el freno limpio, la cincha suave pero firme, la montura adornada con grabados y bollones, los estribos de cobre labrado, los zamarros de piel, mi sombrero de fieltro. Mientras no me calara aquel sombrero, el caballo no entendía que pudiésemos partir.

Mi padre miraba todo muy despacio y muy serio,

Y si no había ninguna falla aprobaba con la cabeza.

Yo sé que ese caballo dejó de existir hace mucho tiempo, y que yo le sobrevivo injustamente.

Era un caballo de larga crin, llamado don Palomo Jaramillo.

El río Cauca no sabía nada de eso porque venía de muy lejos, de las tierras llanas,

Tan sereno, tan colmado de grandes peces –entonces–.

El río que había pasado por sus orillas donde negros bebían en quioscos de palmiche,

Vivían en chozas, trabajaban, no trabajaban, peleaban entre sí con larguísimas peinillas de acero inoxidable, marca Corneta,

Negros que habían vertido su sangre en el río, su sudor, sus lágrimas,

Que celebraban el sábado en los puertos, cada puerto con su estación del ferrocarril y esas botellas verdes de Pilsen para la sed, para las ganas de beber, para el coraje de pelear.

A la altura de Anzá las turbias aguas del río se cruzaban en canoa, llevando de la brida a mi caballo para que no se ahogara.

Nadaba pesadamente el caballo, pero tenía mucha resistencia a las aguas impetuosas.

Mi caballo me vio tomar aguardiente; no dijo nada.

Me llevó borracho a casa, me acarició con el belfo, con el lado de su cabeza.

Se paraba muy firme, me miraba fijo, me decía –¡Vamos!

Al galope corría con sus crines al viento para darme alegría,

O me llevaba con toda seguridad por los malos caminos, en aquellos inviernos.

Desde que no tengo caballo y me veo obligado a rodar en auto, vivo completamente extraviado dentro de mi auto.

Los paisajes a cien kilómetros por hora no tienen pies ni cabeza, y no pueden decir nada porque se marean,

Pero mi caballo sí que sabía de paisajes; era un caballo paisajista,

Un caballo de un solo caballo, pero más majestuoso que el Rolls Royce de la Reina.

El río más bello del mundo es el primer río, donde nos bañamos desnudos,

Y los demás son los otros ríos, así como las otras mujeres, y los otros amigos.

Si el río Magdalena no me dijo nada cuando yo estaba muchacho, ya para qué me habla; que no me hable.

Yo tuve una larga conversación con el río Cauca y me lo dijo todo,

Todo lo mismo que hubiera podido decirme el río Magdalena,

Pero el río Cauca me puso la mano en el hombro y me habló al oído,

Y el río Magdalena no me gusta porque habla a gritos.

Yo fui con mis amigos al río Cauca y lo atravesamos a nado, en Anzá, en Cangrejo, Tulio Ospina, La Pintada, Cali,

Pero yo no he atravesado a nado ningún río Magdalena.

El río Magdalena me quiere ahogar, quiere hacer olas y taparme, si me pone un brazo encima me aplasta. Temo mucho del río Magdalena.

Por las orillas del río Cauca me paseaba como un rey en su baraja.

En el puente de Bolombolo me atuve a conversar con gentes que pasaban, con un amigo, con la noche solitaria.

El puente de Bolombolo desaparecerá bajo las aguas de una presa,

Y con él todas las casas y las grandes bodegas de techo de Zinc.

Sólo el nombre de Bolombolo perdurará en los poemas de León de Greiff,

Quien tuvo el privilegio de ver nacer el puerto, cuando se construía el ferrocarril.

El olor de la hulla desapareció con los trenes, sólo quedan las putas,

Que desaparecerán bajo las aguas de la presa, con los billares patas arriba, los restaurantes de caliente sopa, y mi revólver de inspector de policía.

Por el puente de Bolombolo perseguí a un bandido una noche, el bandido se arrojó al río, hice un disparo al aire para poder ir a tomar cerveza con el teniente y conversar del asunto.

 

Agua del río Cauca,

En lindos vasos de cristal te bebo ahora, un poco amarillenta, seguramente no muy bien purificada.

Si mi caballo te bebiera se moriría de repente.


 

CIRO DE MEDELLÍN

 

Cuando le conocí,

El maestro Ciro Mendía estaba completamente ciego,

Y se veía obligado a depender de personas que le robaban a cambio de la más mínima caridad.

El maestro Ciro Mendía, que había escrito tan jocundos versos,

Estaba en ese año de 1978 sin un plato en qué comer,

Pero tampoco tenía qué comer ni comía.

Tomaba aguardiente a pico de botella con cáscaras blancas de limón,

Y se arrastraba hasta el andén para rogar a algún transeúnte apresurado

Que le tomara al dictado los versos que había compuesto durante el día de insomnio,

Pero nadie tenía tiempo para ocuparse de semejante cosa,

Y el poeta repetía sus versos hasta que se le olvidaban.

Le habían hecho completamente a un lado por sus ideas “de izquierda”,

Que nunca supo lo que hacía su derecha,

Porque la mano izquierda es analfabeta.

En ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: “¿Cuánto vale?”

Y una sola respuesta: “¿Cuánto me rebaja?”,

Ciro Mendía tenía el orgullo y la dignidad y la nobleza de la vieja raza,

Y en la práctica había dejado de ser antioqueño, pues nunca me preguntó “¿Cuánto le debo por su abrazo?”, “¿Cuánto me paga por el mío?”

–“Aquí tiene un abrazo gratis, le deseo suerte, caballero, y le encimo esta mano huesuda que ya no me sirve para nada”.

Cuando le dieron el “Hacha de Antioquia”,

(esa hachita dorada, un bibelot),

Él la recibió y permaneció en silencio.

Cuando todos los visitantes se fueron me dijo:

–“¡Tantos rayos que caen, y no caerme uno a mí!”

Ya estaba muy triste y muy flaco el maestro Ciro Mendía cuando le conocí.

El gobierno local le había retirado la modesta pensión que le permitía sobrevivir, porque también estaba muy viejo,

Y sólo la fábrica de licores le mandaba botellas de aguardiente.

No se resignaba el altivo maestro Ciro Mendía, no se resignaba sin embargo,

Y en la nobleza de su rostro, en sus finas manos, en el ademán caballeroso, en sus elegantes palabras,

El poeta trataba de alzarse de sus cenizas, y en un esfuerzo sobrehumano trataba a cada rato de volar.

Pero ya sus huesos estaban muy tristes y todos quebrados desde la muerte de Vladimiro,

Y no era cuestión de buena voluntad ni de fuerza de ánimo,

Sino un simple problema de gravedad.

Con Vladimiro su hijo y con el Espíritu Santo, “esa paloma estúpida”,

Que sin embargo representa la inteligencia como propiedad de la materia,

Se encuentra en el reino de las chicharras y el cagajón,

Que los mulos ponen gratis, pero los antioqueños lo recogen para venderlo por libras de 400 gramos.

El maestro Ciro Mendía, honor de su raza y de su pueblo,

Me habla desde sus versos con entereza, con amor, con ternura y con ese humor a la antioqueña que tanto hace reír al diablo.

No me habla desde su estatua, porque en Medellín no hay ninguna estatua de Ciro Mendía, ni maldita la falta que hace.

Si hubiera sido un poeta antiguo, hubiese tenido su estatua de mármol,

Del epicúreo mármol de Paros.

Pero a pesar de ser antioqueño no tenía depósito de ahorros, ni propiedad raíz, ni era socio de nada, ni estaba autorizado a portar tarjeta de crédito,

Es decir, no era nadie,

Pues en esta tierra donde cada poeta se considera el mejor del mundo,

Él apenas se atrevía a ser el mejor de su calle.

Quedó con la fama de no ser un poeta serio, porque no creía en nada,

Pero de todos modos nos dejó esa risa maliciosa, socarrona, comprensiva,

Que desborda inteligencia, bondad, aceptación y perdón.


 

PORFIRIO BARBA-JACOB

 

A José Alvarez Patiño

 

Porfirio Barba-Jacob dando alaridos por toda América,

Primitivos alaridos desesperados, gritos de parturienta,

Que horrorizarían a Mr. Eliot tan educado, un verdadero gentleman.

Porfirio desmelenado, como las furias, sin ninguna consideración por mi barrio,

Porfirio avolcanado, echando lava y humo por toda América,

Desgreñado, peludo, moviendo las aspas como un molino;

No creo que haya sido recibido en el cielo con esos modales.

Y sin embargo también era un solitario entre llamas y azufres,

Sufriendo de desmesura terrenal, arrebatado, acosado, energúmeno,

Viniendo hacia mí con grandes berridos atemorizantes,

Yendo de aquí para allá como si fuera el viento

Que a veces amaina y se vuelve tierno entre las cosas débiles

Y luego otra vez tumultuoso y desordenado como río salido de madre.

Exaltado, turbulento, tempestuoso,

Para qué tanto afán, esos gritos me alteran los nervios.

Pero él creía que tenía qué gritar, un americano rústico,

Bramando como un poseso, balando, todo el tiempo clamando,

Arrastrando un dolor demasiado grande,

Dando puños a todo,

Arbitrario, desaforado, devastado, palidísimo,

Al trote y al galope,

Para qué tanta agitación, fatigarse con imprecaciones.

Más vale quedarse en silencio delante del Té.

Demasiadas preguntas para la única respuesta disponible,

Y esa retórica ampulosa de la época, que complicaba las cosas.

Después de asustarnos desconsideradamente con la máxima alarma,

Habiendo dado a nuestra puerta, tan respetable, unos golpes tremendos,

Se quedaba de pronto tranquilo, mirando el campo,

El árbol que sombrea la llanura, el cordero que pace la grama, el son del viento en la arcada.

Y sin embargo necesitó de toda esa fuerza para revelarnos su existencia y la nuestra.

Sin su grito estentóreo, en aquellos años apacibles entre las dos guerras, es posible de que no nos hubiésemos enterado de nada.

Pero, ¿Por qué nos apura en el peor momento,

Cuando llegamos al punto en donde se borra el camino?


 

 

 

JOTAMARIO DE CALI

 

“… y continúa muy puñaletero el maldito…”

Gonzalo Arango

 

“Barbilindo poeta” se describió a sí mismo con sorna, con amor, encabritado en esa “pirueta bufa” con que el crítico lo define.

La autocrítica y el auto elogio van parejos en su vida desvergonzada.

Es más: en un escrito afirmó ser la verga más vergaja de Colombia, para estupor de tantos lectores castísimos de Bogotá,

Y no hay duda de que él lo decía con sus segundas intenciones, como todo lo que hace y lo que ha hecho desde un principio,

Cuando aseguraba públicamente, con el cinismo de su escuela,

Que una obra no es de quien la escribe sino del primero que la publica.

En su juventud se daba fama de cuchillero en su barrio,

Pero todos sus amigos lo queríamos cuando lo íbamos a visitar bajo algodones y gasas,

Suspirando en la tarde soñolienta por una venganza incompleta,

Levantándose antes de tiempo y quitándose los vendajes con desprecio,

Pero volviéndoselos a poner cuando los visitantes se alejaban.

Entre los nadaístas, Jotamario es el cuento de nunca acabar.

Gonzalo Arango lo quería más que a Rosa Girasol y a Angelita

Y mucho más que a sí mismo, pues varias veces arriesgó su vida por la de él,

Y pasó muchas noches escribiéndole sus mejores cartas

Con ese amor que Gonzalo tuvo por sus amigos, por lo cual ellos le amaron asimismo

Más que a sus mujeres y a sus amantes y que a su patria,

Porque la patria son nuestros amigos –no son unas piedras–.

También Jotamario ha sabido ser un señor de sólido corazón para con sus amigos,

Jodido como él mismo pero dispuesto a hacer valer su derecho

De amar –y de odiar– si el amor no le bastaba.

Con un sombrero de Judío Errante y unas botas largas de mujer

Atravesó los peores inviernos de la capital y con los mismos el verano

Pero siempre él mismo en verano y en invierno.

Violento hasta el delito y tierno hasta las lágrimas,

Sobrio o borracho está siempre ebrio de todo

Y gira a la velocidad de los planetas

Que parecen dormidos como un trompo hasta que de pronto cabecean.

Ingenioso y brillante, inteligente y ruidoso, siempre en contravía,

También la Tierra ha chocado con él como cuando le arrebató a María de las Estrellas,

Pero Jotamario: “Esa puta Tierra me las pagará,

Yo soy Jotamario”.

Aunque despedazado

Siguió siendo Jotamario

Y se le veía muy compuesto por las calles de Bogotá

Pero tenía los huesos pegados con esparadrapo.

Me quito el sombrero y le digo: –Señor Jotamario,

Yo lo quiero mucho y todos sus amigos lo quieren,

Especialmente la poesía lo quiere

Y está dispuesta a irse con usted para aquella isla

Donde tanto soñó con ella en aquellos malos tiempos pero con buenos paisajes,

Donde se forja la decisión de un hombre criado en un barrio pobre,

Desde niño acostumbrado a defenderse con la navaja y a escabullirse de la policía,

Que sin embargo varias veces le rajó la cabeza y por eso tuvimos que ir al hospital,

Pero siempre tan contento de parecerse a Apollinaire,

Con su fama de bandido bien cimentada en los periódicos,

Aprovechando la convalecencia para revisar sus poemas con la calma de los enfermos

Y esperando que le dieran de alta para volver a los mismos lugares.

Toda la vida lo he conocido como un cabeciduro,

Lo cual no le quita lo inteligente sino que le agrega lo tenaz,

Siempre sin importarle el mañana o el qué dirán,

Siempre haciendo todo lo que le ha dado la gana

Y negándose a hacer lo que por nada del mundo haría.

Enemigo del campo, su meta es la sociedad post-industrial, el whisky con hielo, la vida      leve,

Pero si le pones un obstáculo se te vuelve una fiera.

Por eso sus poemas son dulcísimos cuando está enamorado

Y cuando la vida lo acosa sus poemas son pendencieros y bastardos.

En el pleno ejercicio de su arte lo saludo y en el pleno disfrute de la vida,

Sabio en poesía y sabio en las cosas del mundo.

Podemos confiar en él porque tiene un palo atravesado en el corazón.

Su poesía nos es necesaria para el esclarecimiento y el goce.

En él tenemos a quién aplaudir y con quién llorar y reír.

Inscrito está como Nijinsky entre los “payasos de Dios”.

 

(De SOMBRERO DE AHOGADO)


 

 

EN LA LUNA

 

Suelen decirme –a manera de crítica– que vivo en la Luna.

¿Les he dicho yo –a manera de crítica– que viven en Tierra?

Cada uno tiene que vivir en algún astro, a no ser que él mismo sea un asteroide.

Si ustedes viven en la Tierra y yo vivo en la Luna, quiere decir que somos vecinos.

Vecinos míos: vuestra Tierra se ve amenazadora allá en lo alto. ¿Qué nueva guerra estáis tramando?

Prestadme una ramita de culantro para adornar mi sopa. Comeré a vuestro nombre pero a mi buen provecho.

 

“FELICITACIONES FELIZ CUMPLEAÑOS STOP RECUERDA CUANTO TE GUSTABA EL CULANTRO CUANDO ESTABAS EN CASA STOP ENRIQUE Y YO TE ECHAMOS MUCHO DE MENOS STOP BENDIGOTE AMALIA”

 

Aquí en la Luna se vive supremamente bien. Os veo rodar a mi alrededor en esa bola de tierra que va dando tumbos por el universo sin sentido y sin seso.

Y yo estoy aquí confortablemente iluminado meciéndome en el espacio sideral como en una hamaca de oro,

Vuestra pobre Tierra trastabillando en el infinito y pidiendo limosna entre los astros.

 

El Señor Jehová viene a hacerme la visita en la Luna nueva,

Y se queda toda la tarde aspirando el incienso que le ofrezco en un potecito,

Porque desde que se jubiló quedó eternamente enviciado con el humo del incienso.

Las conversaciones del Señor Jehová exceden todo límite de hermosura,

Y luego se despide majestuosa y cortésmente, porque tiene la piel tan delicada que no puede dormir sobre el esponjoso polvillo de la Luna.

El Señor Jehová me trajo un pastel de chocolate que quién sabe de dónde lo tomaría.

Debió haber sido de la Casa Blanca, porque estaba adornado con el signo U$A.

¡El Señor Jehová hace unas cosas!

Aquí en mi Luna me paso los días cantando,

Los felices días del Universo en el coro de las estrellas.

El Señor Jehová no me cobra el arrendamiento ni me manda la factura de la luz.

Me dice que está muy disgustado con los que venden el agua, el aire y la luz en esa Tierra desgraciada –y la señala repetidamente con el dedo.

Si yo no me hubiera venido a vivir en la Luna ya me habría muerto en vuestra Tierra inhóspita y cicatera,

A la que el Señor Jehová le tiene tanta lástima como a un hijo deforme.

Yo no le pregunto nada al Señor Jehová porque Él se maravillaría de que le preguntase algo.

El Señor Jehová, amablemente, me anuncia su visita con tres días de anticipación,

Y yo salgo a recibirlo radiante y alborozado.

Cuando lo veo venir, parecido a Walt Whitman, le lanzo gritos jubilosos para que sepa que lo espero con gusto,

Y cuando llega y me abraza me siento tan contento como un cohete que estalla.

 

Le he quitado a la Luna las banderillas que le clavaron rusos y norteamericanos,

Y le he puesto un poco de tintura de yodo en las heridas, para que cicatrice.

La Luna es un torito virgen que muge por el cielo; el hocico le huele a leche de nube.

Yo no voy a permitir que los gringos y los rusos me lo toreen.

 

La Tierra lleva a la Luna de la mano a dar un paseo por el Universo, la Luna que es su hija pequeñita.

La Tierra le da de mamar a la Luna, el seno cubierto con sus chales de nubes.

 

Como dicen que la Luna anda desnuda, yo le pido a mi mujer que se enlune, que se alune, que se deslune, que me enlunice.

 

Lo que más falta me hace en la Luna son las noches de Luna,

Cuando la Luna perfuma las noches de la Tierra.

La Tierra que adivina el porvenir en la bola de la Luna.

La Tierra que se mira en el espejo de la Luna.

La Luna recubierta con espato de Islandia.

 

Vecinos míos: el hijo de la Tierra en la Luna se marea,

La Luna se tambalea, se bambolea, se menea.

Yo no puedo sentirme como en mi casa en esta Luna.

Si no mandáis por mí, me arrojaré de cabeza.


 

 

ALHEÑA Y AZÚMBAR

 

¡Ya no más –por favor– las aburridas descripciones de semillas tropicales!

Gabriel Jaime Franco

 

La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches. Ni mucho, ni poco.

Al plátano hartón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco.

Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco.

La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú.

La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha.

La pepita de la granada no es como la de la granadilla. La pepita de la guayaba no es como la de la granada. Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. Es como la de la papayuela, pero más dulce.

Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada.

La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya.

Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, quiero decir que se utilizan como pendientes, o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan de las orejas.

Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. Si no se entiende que no se entienda.

La ciruela se lava, pero no se pela; el madroño se pela, pero no se lava. Para saber si una fruta se lava o se pela hay que consultar el diccionario. El diccionario tiene la palabra. Pero si no la tiene será que le falta una página.

La pulpa de la algarroba se ataruga y se atraganta. Si tomas agua se forma una pasta y se te pega en la garganta. Con la garganta atragantada tratas de ver si resuellas o si no resuellas nada. Si no resuellas mortus est.

El hicaco es una fruta especial para diabéticos: no tiene azúcar, ni tiene harina, ni tiene hicaco ni nada.

El que come patilla oxidada seguro estira la pata. Para no correr el riesgo es mejor comer sandía. La sandía es una fruta sandia.

El tamarindo es la fruta que más me gusta porque es de negros y de tierra caliente. Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo. Con el sabor áspero del tamarindo se forman bolas ácidas recubiertas de azúcar que sirven para vender en las calles de Cartagena, y se hace una miel espesa de tamarindo para lamer sobre hojas de plátano. También se hacen sorbetes para el arzobispo, y además el árbol de tamarindo produce una sombra verde y fresca para construir un banquito y sentarse alrededor del tronco. El tamarindo es un tronco de árbol copudo completamente lleno de tamarindos. Sólo los negros lo pueden coger porque no es fruta de blancos. Si los blancos tuvieran tamarindo entonces los negros serían blancos. Pero no puede ser.

Hay muchas frutas que son de negros. Dios les dio a los negros la tierra caliente y las frutas porque Dios tiene predilección por los negros, eso es evidente. A los blancos los puso en tierras frías para que se resfríen, pero ellos inventaron la aspirina y las cobijas de lana. El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse la comida de los negros. Y la música de los negros. Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros.

 

Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña,

Con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil,

Con lavanda, con canela, con loción y con anís.

Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle,

Mueve el tacón y la punta del zapato y ese baile

Derrama tantas fragancias que no caben en el aire.

Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada,

Su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire.

El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte.

Mi negra tiene ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos,

Calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas…

Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados.

Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda,

No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto. Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, y por lo tanto no se puede vestir completamente porque mientras más se viste más desnuda queda.

Mi negra se aceita el codo, se pule el pelo, acicala,

Se emperimbomba, se tiñe, se sahúma, se apercala,

Se va de rumba y regresa cuando está la noche alta.

Yo no sufro por mi negra. ¡Cómo me alegra mirarla!

Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas,

Su habla es un canto largo, con las palabras cortadas.

Mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada.

Por dentro mi negra tiene alguna cosa guardada.

 

Agüita de manzanilla,

Tisana de ron y eneldo,

La raíz del limoncillo

Y un manojito de espliego.

El aire huele a linaza

Con astillas de canela.

Con alheña y con azúmbar

Viene pintada mi negra.

Pintada no es la palabra,

Viene más azul que negra,

Como esculpida en el aire

Durísimo de la piedra!


 

EVANGELIO DE EVANGELINA

 

Para quitar manchas lo mejor es la sangre de Cristo.

Dios mío, ayúdame a lavar esta olla que ya viene la patrona.

El otro día me dijo que me iba a dar carne envenenada, porque todos los sirvientes somos ratas.

Dios mío: por qué me hiciste a mí sirvienta y a ella señora, en vez de haber hecho lo contrario.

No lo pensaste a tiempo, lo comprendo; debes estar arrepentido. Te perdono.

Yo no hubiera sido capaz de amenazarla a ella con darle veneno; se lo hubiera dado sin anunciarle nada.

Tu doctrina “Amaos los unos a los otros”, nunca se podrá poner en práctica por ser contraria a la naturaleza humana.

En mi tempestuoso vaso de agua se levantan nuevas preguntas. Espero de tus respuestas la consolación para mí, ya que has consolado bastante a la señora. Y Tú eres el Consolador.

Mi señora tiene un consolador, pero no me lo deja ver.

Si quieres consolarme, oh Señor, prepárales un lugar en el Infierno a los señores. Si no haces eso, no me sentiré consolada.

Soy de la clase de los sirvientes, pero me dirijo a Ti porque Tú dijiste “Ayúdate que yo te ayudaré”,

Y quiero ayudarte a ser justo, ¡Oh Señor!

Yo soy Evangelina, tu sierva. Desde pequeña me llevaron a trabajar en casas de señores. He fregado los pisos, limpiado los baños, lavado y planchado la ropa, verificado los calzoncillos del señor. De todo doy testimonio en esta casa. Arrojaron los leños de tu cruz al infernillo de la chimenea.

Mi primo trabaja en un taller. Trabajaba, porque lo echaron por no pagarle las prestaciones sociales.

Mi tía trabajaba en un hotel, pero se murió en el Seguro Social, porque la operaron de la vesícula en vez de hacerle la apendicectomía.

A mi papá lo mataron en un café, por haberlo confundido con otro.

A mi único hermano se lo llevaron para el cuartel, y él mismo se fusiló.

De modo que he venido a quedar sola en tus manos, Señor, pero no sé si estoy segura. Dicen que Dios se burla de los hombres. Oh Dios, ¿por qué te burlas?

Aquél que dijo “No matarás”, perdió su santo tiempo en vano, pues Él fue el primero que pereció por causa de sus palabras.

Si uno quiere saber para dónde va, no debe olvidar de dónde viene. Yo vengo de una casita pobre y humilde, pero si me lo permites, oh Señor, podría ayudar a hacer el aseo en el Cielo. También podría dar de comer el maíz a las estrellas.

Sé que Herodes hizo ahogar miles de niños metiéndoles la cabeza en bolsas de plástico, pero Tú te salvaste porque lo uno y lo otro así estaban programados.

Yo voy viviendo y olvidando, porque si no olvidara me volvería resentida y podría ahogar niños en la alberca. Claro que Herodes no lo hizo por sí mismo, sino que lo mandó hacer. Los señores dicen: no hagas por ti mismo lo que puedan hacer los demás.

He leído libros, Señor, a escondidas, y por eso sé que hay lo que se llama Estética, que consiste en decir las cosas como les gusta a los patrones. Y todo lo que provenga de los pobres es antiestético, por ejemplo el hambre y la poesía revolucionaria.

Yo podría ser graduada en Ética y en Estética, Señor, pero los patrones dicen que la Dietética es más importante.

La señora está estudiando Dietética y yo he rebajado cinco kilos. Gracias a Ti que a la señora no le ha dado por estudiar osteología.

Yo sé muchas cosas, Señor, pero no me está permitido decirlas.

En mi vigésimo primer cumpleaños, siendo alcalde mayor de Bogotá Augusto Ramírez Ocampo, he aquí que se abrieron las escuelas nocturnas y una gran luz iluminó mi esperanza. Pero después vinieron el racionamiento y las huelgas, y la vida se puso tan cara que tuvimos que economizar.

En aquellos tiempos, te acuerdas, Señor, a los esclavos se les llamaba esclavos y sus dueños tenían la obligación de responder por ellos, incluso la obligación de responder por sus almas ante Ti.

Pero ahora a los esclavos se les llama “libres”, y de ese modo se agregó a su trabajo la responsabilidad de sí mismos. O mejor dicho, Señor, para que me entiendas, estratagema fue de los señores para librarse de sus esclavos, mas conservando su trabajo y aumentando el rendimiento.

Ahora todos somos señores, Señor, y así se dice: tal señor descansó en el Señor, y por ese aviso sabemos que se trata de algún predestinado, acerca del cual los periódicos no tienen ninguna duda.

Entre los mercaderes del Templo había sacerdotes, ciertamente, y los ha habido siempre. Y ellos han vendido hasta palcos en tu Gloria.

Qué palabra tan chocante, la gloria. Hoy en día ni los astronautas tienen gloria. Simplemente tienen trabajo. No creo que Tú puedas disfrutar de Gloria, puesto que es de tu esencia el ser indiferente.

Sólo el hombre es apasionado, pero lo que más apasiona a los hombres no existe: la justicia, la libertad, el amor.

Sé que hablo, Señor. Mi ama me dice “Salomona”. Otras veces me dice “Acémila”, para que no le entienda, pero le entiendo y le contesto con mi sonrisa de burra. Y ella cree que le agradezco el cumplido.

Siento mucho que no haya Cielo, Señor, porque algunas personas mereceríamos ir allá. Pero siento mucho más que no haya Infierno, porque tenía esta lista para darte.

El cielo apuesta sus estrellas en el sombrero de la noche: el cielo una metáfora; Tú, Señor, metáfora. Yo metáfora de carne y hueso. Dolida metáfora. ¿Dónde pongo esta estrella que me está quemando los dedos?

Soy Evangelina. Ya te dije. Cuido los niños, preparo la comida, saco al perro, riego el jardín, contesto al teléfono. Desgraciadamente soy feliz.

El jardín, como todos comprenden, es muy delicado porque en él habitan las mariposas y los tulipanes.

El Señor en su televisor está viendo las escenas de la guerra con una copa de brandy, pero yo en el televisor de la cocina tengo sintonizado un encuentro deportivo. No me gusta la guerra. Podrían caer bombas en el jardín.

Esto nos lleva a hablar de la paz. En la paz el afán del trabajo, las revoluciones artísticas, las discusiones interminables acerca de La Función Social de los Pobres en la Economía de Postguerra. El problema de los pobres y los ricos ha sido siempre un gran problema. Y tan fácil que se podría solucionar: bastaría con que no hubiese pobres ni ricos.

Por respuestas así es que mi ama me llama “Salomona”, pero como yo no pude estudiar, tuve que dedicarme a la ciencia infusa.

Y ésta la conclusión: el arte puede esperar. Los pobres no pueden esperar.

He dicho.


 

LEVEDAD DEL VISITANTE

 

Conoces a aquél que viaja y siempre llega a su destino,

Y la razón de ello es porque no le importa el cuándo ni el dónde.

En el transcurso de las cosas él espera pacientemente

Por aquella sola persona que parecería estar aguardando.

Y no llega antes de la hora y si llega se oculta delante de sus ojos en espera de la hora; y esto lo sé por experiencia.

Si viene del Irán tardará años en llegar a mi casa en Suramérica, habrá cambiado de traje en el camino, hablará conmigo sentado sobre la alfombra sólo el tiempo necesario, y después saldrá para México, en donde ya le están esperando.

O bien, si creció en Recife, dará la vuelta por el Cabo de Hornos para llegar a Bogotá, porque esa es su manera de ganar tiempo mientras me debe ser presentado en una vieja casa de La Candelaria,

El amigo a quien sin saberlo esperaba.

Y nadie sino la tierra misma le había reservado entronque y albergue.

Este viajero no se extravía, pasa a través de los continentes y los siglos y llega a las Islas Marquesas exactamente la mañana que le esperan en un bote de turismo.

Déjale partir, a ese amigo fiel y ubicuo, tan discreto e impalpable, que se presenta con toda sencillez y te da lo que trae,

La esencia de poesía que estabas necesitando para reencontrar los motivos de tu vida.


 

ENTRADA POR SALIDA

 

“A los pobres siempre los tendréis con vosotros.

Pero a mí no me volveréis a ver”.

Ministro de Salud

 

En mi país, cuando algún pobre sale del hospital –si es que consigue ingresar a uno y si es que sale-

Debe pedir limosnas por la calle para regresar a su casa en su pueblo, aunque lo más probable es que no tenga ninguna casa,

Y el pobre está tan agotado y tan esquelético que más parece pidiendo para su propio entierro.

Los pobres y los niños mendigos de mi país son los “seres sorprendentes” que los gringos fotografían para el Zoo de Miami.

Cuando fui a Chambucú me detuve en el corral de una casa para tratar de identificar entre una piara cuáles eran los niños y cuáles los cerdos, y aún no había podido hacer la operación cuando llegaron los propietarios a invitarme a salir a empellones de mi perplejidad.

Y Diego León Giraldo fotografió en una cárcel de Bogotá a algunos de estos seres, ya crecidos, que se alimentan con los excrementos de los presos del segundo piso, disputándoselos sobre las escaleras cuando bajan impulsados por la manguera del aseo.

Que no es apropiado para un poema, me decís.

Tampoco es apropiado para seres humanos, a pesar vuestro.

Sabed que ya no contáis con la complicidad del poema.

Se acabó la hipocresía.

¡Tan graciosos aquellos sonetos a Teresa y a la doncella de agua, pero tan falsos!

Se acabó la poesía de las rosas. Venid a oler esta mierda.

Vosotros hicisteis este país y lo administráis por herencia, de generación en generación.

Cuando los poetas salían de vuestro perfumado seno, el mundo se veía muy lindo a través de sus versos medidos y contados y repulidos y reeditados.

Pero ahora, “Ay querido, ¡cómo ha cambiado el mundo!” ¡Cuán bonito os quejáis!

Me reprocháis que tenga rabia. ¿Qué queríais? ¿Qué sonriera con disimulo y mirase para otro lado?

Siempre me habéis ordenado que rebusque formas bellas y elegantes para hablar a vuestra señoría. ¿Y hasta cuándo me váis a joder?

¿Por qué el ministro de justicia necesita un palacio, si Salomón se sentaba debajo de un árbol?

¿Por qué el ministro de salud necesita mullidos tapetes y finísimas lámparas, si los pobres se mueren a las puertas de los hospitales de caridad?

¿Por qué el ministro de educación requiere lujosas oficinas, demasiado privadas para un cargo público, mientras los niños de la escuela rural no tienen un banquito en qué sentarse?

¿Por qué las loterías de beneficencia mantienen soberbios edificios y presuntuosos ejecutivos para administrar un presupuesto que se esfuma en burocracia y en gastos improcedentes y dudosos, mientras el necesitado ruega y sueña inútilmente ante puertas cerradas o si acaso ante las caras agrías y evasivas de los engreídos funcionarios que se devoran “las partidas”, que no hay duda que partieron?

Decís que no es poesía. No. Para vosotros sólo es poesía la que os elogia y lambisquea. ¡Pero preguntad a los pobres! Son ellos quienes me  han pedido que os venga a cantar en ditirambo.

No os dejaré ir. Os perseguiré. Y si es que os dormís, me meteré en vuestras pesadillas, porque ya estoy cansado de ver esto y no lo soporto más.

La clase media, la más voraz, es el verdadero enemigo de los pobres, no sólo por ser numerosa y tener contacto con ellos, sino porque incluye a los burócratas mañosos y ladrones, y como está compuesta por aspirantes en ascenso, pisan despiadadamente sobre los que se rezagan, ya que no tienen visión de conjunto, sino solamente su propio y mezquino interés personal. El poema lo repite para siempre.

Mientras ellos devoran el presupuesto y prosperan, en el manicomio los locos comen sapos vivos,

Los habitantes de las barriadas entierran a la abuelita en el tarro de la basura,

Los niños atroces amputados y perforados afrentan las calles de las  ciudades,

Y los leprosos miran el año dos mil desde las esquinas en espera de la caridad pública.

Un domingo, frente al Banco de la República, un hombre arrodillado oraba con los brazos abiertos, pero era el día del Señor y la puerta estaba cerrada.

En la tarde de ese mismo día al pasar de nuevo por allí vi a otro hombre que con ojos muy abiertos y brillantes de esperanza sostenía un hueso gastado delante de sí; le hablaba, le sonreía, le suplicaba, lo acariciaba, trataba de convencerlo.

En este país que todavía huele a virrey, ese olorcito penetrante, los pobres deambulan y duermen por las calles, y finalmente mueren a la puerta de los hospitales porque no son seres útiles para concederles un cupo, ni parientes de nadie, sino solamente los vagabundos hijos de Dios.

 

(De POEMAS DE TIERRA CALIENTE)


 

 

JAIME JARAMILLO ESCOBAR (Pueblorrico, Antioquia, Colombia, 25/05/1932)

Poeta, ensayista, traductor, editor, coordinador de talleres de creación literaria, y publicista colombiano. Sus libros de poesía, Los poemas de la ofensa (1968), Sombrero de ahogado (1984), Poemas de tierra caliente (1985), Poesía de uso (2014). Fue fundador, con Gonzalo Arango y otros escritores, del Nadaísmo, movimiento vanguardista que irrumpió con un tono contestatario e irreverente, en el panorama literario y artístico colombiano, a finales de los años 50. Junto a Arango, creó la revista Nadaísmo, que llegó a 8 números. En estos comienzos literarios, encubrió su verdadero nombre, bajo el seudónimo X-504. En su juventud, fue técnico de la primera generación de computadoras, y también trabajó como publicista. Por mucho tiempo ha ejercido como maestro tallerista de jóvenes poetas, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Además, se ha desempeñado como editor, ha compilado textos de prosa y ensayo, y ha sido un excelente traductor de los mejores poetas brasileños, a la lengua española. Recibió las distinciones, Premio Nadaísta de poesía Cassius Clay (1967), Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus (1983), Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1983). Su obra ha sido ampliamente antologada, estudiada y difundida en distintos libros, revistas, periódicos y medios audiovisuales. Jaramillo Escobar es considerado como el mayor poeta colombiano vivo, y una de las voces más singulares de la poesía hispanoamericana contemporánea. Darío Jaramillo Agudelo, escritor colombiano, dijo al referirse a su poesía, “…Esa es la voz del yo colectivo que sale a través de Jaime Jaramillo Escobar. Una voz rabiosa, iracunda, una voz reivindicativa y dura. Pero también una voz alegre, llena de colores, de frutas, de paisajes, de historias. Una voz épica, pero también una voz de fiesta …En suma, a lo que aspira Jaime Jaramillo es a devolverle su canto al pueblo…”   


 

 

 

 

 

 

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