ASTUCIA ES QUEDARSE QUIETO COMO GATO | ENRIQUE PIMENTEL


ABRIL

Abro el libro en la página débil de tus brazos.
Subrayo el ritmo del tórax que respira
y leo en la delgada cintura que te yergue hacia los hombros
el vuelo de dos canarios amarillos.

Y mientras pienso en la respuesta del momento,
navego en la sangre que surca tu garganta,
mastico las mimosas de tus ojos,
y me descubro a punto de ultrajarte
sobre “La toilette de M. Vincent”.

Los automóviles del estío relinchan en la plaza
y una lánguida atmósfera de siempreviva
arrulla la escarpada senda de las seis de la tarde.
Hinco entonces mis tímidos intentos,
instigado por no sé qué maligna escolaridad asiática,
y ladro como un bárbaro las dulces palabras

francesas que me enseñan.

¡Oh, escolar de la miel!
Daría cualquier cosa por llegar a ser un abogado inculto
y adorarte con este corazón sin navidades.

De: La vida de entonces, 1994.


Es la codicia de la virgen
la que hace de la noche un túnel enemigo,
un horno que a sombras nos consume.
Cierro los ojos y veo el martirio de su carne,
el trabajo de líquidos feroces que invaden su retina,
para que ella tampoco pueda verse
la de antes y con los mismos ojos.

Y si el infierno me diera una de sus noches,
yo le diría:
“¿Y qué es soñar con vírgenes cristianas?”
Otra vez el goce es un asunto de derecho
y la primicia, cáliz consagrado,
un arrebato de músculos caninos
que destazan a su presa, la carnada sangrienta e indefensa.

¿Quién reclamará por ti, oh, virgen?
¿Qué inquisición
habrá de dedicarte sus oficios?
Mi rencor es un tigre que se aleja
y si vuelvo los ojos y te busco,
quiero ver tu corazón apuñalado,
tu cuerpo enflaquecido,
no el desagravio de tu carne
que en oscuros salones me persigue,
para mostrarme el hálito,
la concupiscente carroña de tus nalgas.

COMO GATO

El que apaga un fósforo en lo oscuro
está inventando el sueño.
El que corre la sábana y se acuesta
es un niño en busca de su madre.
El que abre el sarcófago prohibido
es buscado en Europa con urgencia.
El que cae vencido por el brandy
es un joven profeta desoído.

Cien muchachos rodaron sin figura
en la tarde temprana de las balas;
José Jacinto Sánchez de la Laja
pensó gritarle a su hermana y ya no pudo.
Hoy la ceniza que cubre el universo
llueve a mi izquierda inexorable.

Astucia es quedarse quieto como gato.
Siempre la mala suerte.
El amor de las hembras me fue entregado
cuando no quería. Hoy he muerto.
Ha caído la desolación
en los ojos de Carolina Sánchez;
su desnudez romana
fue la perdición de Augusto
que vivió soportando sus excesos.
Yo rodé con su cuerpo delgadísimo
y constato que era fiel como perro envenenado
y más bella que su voz de querubín corrupto.

Era junio cuando le invité la copa
que nos llevó a las flores tropicales de Jalisco,
a la pródiga sonrisa de su sombra
que aún reparte a los extraños
aunque he muerto y era viernes.
Rimbaud dispara en París y cae la noche.

De: Catacumbas, 1984.


2 (DAD Y SE OS DARÁ) 

La plegaria del místico
yace en la encarnadura
del fruto que muerde

y que es su ofrenda y salario.

Su generosidad espiga para él
y crece desde el fondo
para armonizar placer y beatitud.
Y no la vemos porque acaso
es más esplendorosa que el ayuno
y más larga que las expectativas
de los que ya cumplieron con su diezmo.

30 (ADDENDA DIRIGIDA A OTRA CRIATURA)

Quieres atravesar el océano y olvidar el dolor.
Quieres hacer pedazos mi piel morena
para forrar el libro de tus malos recuerdos
y la bitácora de nuestros desatinos.

Y no es que sueñes sacrificios ni extrañes zarandeos.
Cultivas un nervio engastado en el cristal de tus azúcares.
Tienes un metal que ahoga sus estribos en el aceite

del Santísimo.

Ajos de sal y tierra negra
junto a las veladoras rojas prendidas por mi ausencia

De: Criatura tú, 2000.


EL PAÍS FUGITIVO

La peregrinación nos disemina.
Bajo la lluvia insomne, la luna hecha retales
se eclipsa en los charcos que pisamos;
se quiebra, aún más, como si en su ardiente redondez
abrevaran los heridos, los pactados,
los imaginadores pesarosos
y los exaltados que meritoriamente se alcoholizan,
reordenan el paisaje y hacen brillar la caminata.

Una centella parda es el sendero y su destino.
Una ráfaga que va buscando el sol que nacerá en la cumbre,
que chapalea errabunda, engendrada en la solidaridad

del episodio,

que demuele los andenes solitarios y los convierte en plazas

del bullicio.

Los penitentes caminan desprendiéndose del niño

que se aferra dentro de ellos.

Avanzan en la noche, respirando el vendaval
con el jadeo de los enlaces estragados,
con la fatiga de los espacios arrebatados a la tierra;
bordean herbazales, cañadas, espesuras.
Maduran en la falange manumisa, sin edades,
cubren su frío con el pellejo impúber de su historia.
Una historia que es el costado adverso

del territorio original,

del edén sellado por el arcángel después de la expulsión

que los lanzó al camino.

Todo es nuevo otra vez, y es el retorno

lo que le da confianza

al que no sabe que regresa,
que vuelve, atropelladamente, al umbral desde el cual

fue despeñado.

¡Oh, Dios! ¡Oh, mujer!
Divinidad que se desgrana en los rediles,
que nos reconoces desde la aridez del nombre

que nos hizo a su propia semejanza:

Luis, Enrique, Pedro, Federico,
José, Manuel, Javier, Guillermo, Marco Antonio,
sustantivos de una pasmosa fidelidad cuando se arrojan
sobre la triste persona a quien designan.

Y a ese nombre que nunca poseímos,
del que fuimos sirvientes y no dueños,
oscuramente progresamos como fluye el aceite

en el fulgor del gozne,

como fluyen las gladiolas ofrecidas

por blancos comulgantes

en el compás piadoso del rosario,
como fluirán las atronadoras trompetas celestiales
sobre los cánticos y rezos de un ángelus perpetuo.

Todo es fluir. Todo es historia. Profecía.
Y no es misterio la extinción de los patios escolares,
de nuestras mañanas ceñidas por el fárrago pueril

de aquellas estaciones,

llenas de una felicidad que entonces era luz,
luz solar como el temblor que nos llevaba detrás

de aquella cabellera rubia,

acariciada, en el estupor de la vigilia,
con el atrevimiento incombustible de la mano subrepticia.
Dantes que terminamos en boleristas de la vida antigua.
Beatrices que se transfiguraron en damas sin camelias.

No hubo entonces una palabra
que se quedara ahí para vivir en ella,
que la escogiera para abrirle la puerta
de su nombre esdrújulo.
Privilegio del placer
que se funda

en el silencio de su instante;

extensa zona en la que, secretamente,
el alma de cada uno
conmemora el eslabón perdido
que explica los pasos autistas del fantasma.

 

De: Alondra un día, 2000.


EL MÉTODO

En una noche así, como se ha visto,
en las riveras del arroyo se levantará un sordo bisbiseo:
bocas atragantándose con las sílabas de charcas,
restregándose en la clandestinidad de los guarismos,
mientras una figura breve se desliza con gran suavidad
al lecho rugoso que navega en los siglos
y encalla en el drenaje.

En la vega donde habrá de fincarse el pilastre del puente,
otra cabeza enmarañada se confunde con la orilla

y ante la ausencia de la luz,
sus ojos buscan la sonrisa débil del cuerpo,

las intenciones transparentes, las cicatrices de los viajes,
las cenizas de la estirpe que aferra sin desmayo
el cuenco de la furia y la vesania.

Descubre su posesión,

su ciénaga aturdida,
el aire inquieto que se alía
con la fugaz espuma,

el lento movimiento que la arquea,
sube de intensidad y la libera.

De: Corpus City, 2010.

 


Los poemas seleccionados se encuentran en los siguientes libros:

Catacumbas, Editorial UAP, Colección Asteriscos, 1984.
La vida de entonces, Ed. Lunarena, 1994.
Criatura tú, Editorial BUAP, Colección Asteriscos, 2000.
Alondra un día , UNAM, Col. Ala del Tigre, México, 2000.
Corpus City, Ediciones de Educación y Cultura, 2010.

Otros texto del autor:
El juego de las adivinanzas, en coautoría con B. Meyer, Ediciones de Educación y Cultura, 2005.
Tajín 365 (novela), en coautoría con B. Meyer, Ediciones de Educación y Cultura, 2007.
El guardián de la Reina Roja (novela), en coautoría con B. Meyer, Ediciones de Educación y Cultura, 2011.


Enrique Pimentel. Estudió Derecho así como Literatura y Lingüística Hispánica en la BUAP. Fue director de la Escuela de Escritores Sogem-Puebla y de la Casa del Escritor.  Es autor de siguientes libros de poesía: Catacumbas, La vida de entonces, Criatura tú, Alondra un día  y Corpus City.  Publicó, en coautoría con Beatriz Meyer, El juego de las adivinanzas, y las novelas para jóvenes Tajín 365  y El guardián de la Reina Roja. Ha sido becario de IMCINE y del PECDA; tallerista de Poesía, Cuento y Redacción en el IMACP, así como en diversas facultades de la BUAP.

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