TODA LA MAÑANA HA HABLADO EL VIENTO │ ENRIQUETA ARVELO LARRIVA


EL CRISTAL NERVIOSO

Es clara e inquieta.
Es clara e inquieta
y ahueco hoy las manos para brindarla.
¡Cuánta contienen mis manos
de esta dulce agua!
La cojo cuando ágil y naciente salta
-plena de fragancia, de frescor, de iris-
mojando el follaje de mis ansias.

Vértice de mi alma, en ti nace el agua.

Tomad cada uno prolongado sorbo,
los que váis sedientos de un cristal nervioso.

Impaciencia lucen mis manos delgadas,
vaso que palpita sintiéndose colmo.
Bebed, que se apagan las burbujas pronto
y será agua muerta
el agua bullente que en las manos porto.

El agua está viva. ¿Tenéis sed de alma?
Bebed, que casi oigo
música, si acerco las manos al rostro.

El agua está viva, y es para vosotros,
los que váis sedientos de un cristal nervioso.


TODA LA MAÑANA HA HABLADO
EL VIENTO

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.

Antes -¿recuerdas?-
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.


INSTANCIA FRENTE A UNA SABANA
AMANECIDA

Sin compartimientos la sabana.

Unela un azul esponjoso, medio dormido.
El azul borró los pajonales y los árboles
y los desnudos trechos de suelo barroso
y los espejos falseadores
y el ensamble con el cielo.

Está sin compartimientos la sabana.

Háblame ahora, llano.
Llegará a mi raíz tu voz sin grietas.
Siento mis oídos más míos cuando escuchan tu mundo.
Dime, Llano, lo que en ti vaya más tierno.
Amanecí ansiosa de tu “última hora”.
Llevas el alma desangrada y viva.
Estás derrotado y vivo.

Quiero oírte en tu azul englobante.
Háblame.
Sabré responder a la voz de todas tus voces en la hora inocente.
Respetaré –tanteando- tus pájaros y tus ingenuas flores
y haré en tu anchura conscientes trazados de augurios.

Háblame, Llano.
Húndeme tu acento.


LLANO

Cuando a ti vuelva, llano, con la vida en el ala,
aterrice en tu pulpa y me siembre en tu base,
seré la que disfruta tu hondura
prefiriéndola a tu mundo verde y tu aire.

Acógeme como una sangre ardiente.
Celebre mi retorno tu tempestuoso rito.
Con ese viento tuyo que no sabe de estorbos
arráncate unos árboles por saludar mi arribo.

Haz que suban los ríos en un hondo segundo.
Y que tu sol sin fugas rescate mis arterias.
Escóndame tu noche en boscaje medroso
y dormido acompáñame con la pasión en vela.

Que en su única pausa, alzada res me lama.
Que un denso olor a tigre los nervios me repase.
Que me sigan armados los ojos de culebra
cuando garras oscuras desencajen la tarde.

De arisca valentía dame el repuesto justo.
El palpitar sacúdeme de briznas.
Vuelve a llenar mi mente de mariposas claras.
Renuévame la libérrima fibra.

Mientras tu tolvanera me da su polvo honrado,
haz, llano, que mi vida profunda en ti se ampare.
Agíteme tu abrazo hasta sentirlo adentro.
Hiera, por invadirme, tu integridad salvaje.

Tu soledad me aturda de holgada geografía.
Tus brisas me introduzcan en los incendios libres.
Tu fuerza me sature sobre crujientes pastos.

Y al fin, lánzame, llano, más fuerte y más sensible.


NO FUIMOS TODO EL ÁRBOL

No fuimos todo el árbol. Sólo gráciles
ramas, corteza en musgo, flores húmedas,
raíces liberadas del abismo.

No fuimos siempre el árbol.
No soportamos lluvia helada y terca
ni velamos en noche de fantasmas.

Y fuimos guarecidos encantados
en su propicio hueco, no su hueco.

Si quemaban los ceños del estío,
con risas nos lanzábamos al pozo.

Si se alzaban los brazos de las hachas,
nos ganaban las coplas leñadoras.

Si avanzaban las filas del incendio,
boga y caballo nos rimaban fuga.

Si subían hormigas devorantes,
éramos sólo espejo del destrozo.

Si la tarde lastrábale de sombras,
íbamos hacia el centro del poniente
a jugar con el sol enfriado y tinto.

Y cuando el viento amenazó gigante,
presintiendo el descuaje nos salvamos.

No fuimos todo el árbol.
No fuimos siempre el árbol.
Mas el milagro se prolonga lleno:
de tu impulso se nutre mi ramaje,
vapora mi inquietud en tu resina.


ENRIQUETA ARVELO LARRIVA (Barinitas, 1886 – Caracas, 1962)

Poeta venezolana. Sus libros de poesía publicados, Voz aislada (1939), El cristal nervioso (1941), Poemas de una pena (1942), Canto de recuento (1949), Mandato del canto (1957), Poemas perseverantes (1963). Fue premiada en el Concurso Femenino Venezolano, de la Asociación Cultural Interamericana, en 1941, por su libro, El cristal nervioso. En 1959, obtuvo el Premio Municipal de Poesía, con el libro, Mandato del canto. El poeta y ensayista, Alfredo Silva Estrada, afirmó sobre su obra, “Enriqueta Arvelo Larriva es creadora de una música. Entre nosotros, fue ella quizás la primera, el primer poeta en romper con las formas convencionales, “la música cercada”, la continuidad del discurso regido por métrica y tiránicas rimas…”

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