MELODÍAS │ FINA GARCÍA MARRUZ


CANCIÓN DE OTOÑO

 

¿Conoces tú el país? …

GOETHE

 

Repitamos con tono de balada muy vieja:

“Cómo volver allí, cómo volver.”

Puedo volver, amigo, al país más lejano.

Fácil sería ver la nieve y los ciruelos.

Pero enséñame, dime el intacto camino

que me llevó al lugar de nuestro encuentro.

Llévame a los hondos pasillos de la casa

en que estuvimos con frío aire de otoño.

¿Cómo volver allí, cómo volver?

Podemos caminar la tierra entera.

Cansados de buscar, preguntaríamos

“¿Cómo volver allí, cómo volver

al lugar que está sólo a unos pasos

de aquí, conoces tú el camino?”

Allí nosotros solos, los fugaces,

entre el muro real, la tarde eterna,

estuvimos hablando de los libros

preferidos, oyéndonos las voces.

Cómo volver allí, cómo volver,

si ya el pasillo está lleno de polvo,

y he visto ya mi alma totalmente

y no entro en mí como en un parque oculto.

Más que un amor que no es correspondido

o el futuro que mira un moribundo,

lo imposible es la casa en que estuvimos,

y cómo a mí me sonaban tus palabras.

Cómo volver allí, cómo volver,

a imaginar siquiera lo que fuimos,

la extraña adolescencia, los encuentros,

y los juegos más graves que la frívola vida.

Oh y los muros estaban como un hecho

irrefutable, más allá del deseo

de mis ojos fugaces y distintos!

La casa, sí, sólo un amargo engaño,

era frágil, mortal como los sueños.

Nosotros, los fugaces, los despiertos,

¿cómo podemos, di, volver allí?

Puedo volver, amigo, al país más lejano,

al país de la nieve y los ciruelos.

¿Mas adónde quedó tu traje oscuro,

tus palabras y el ruido del otoño?

Puedo mirar a la verdad, los ángeles.

¿Mas aquella mentira en que creímos,

con ácida pureza, en los días secretos?

Puedo soñar el sueño más distante.

¿Qué quedará más lejos que la tarde

que acaba de pasar, parque encantado?

¿Conoces tú el país en que se vuelve?

Y sin embargo escribo sobre su polvo “siempre”.

Yo digo siempre como el que dice adiós.


 

CANCIÓN PARA LA EXTRAÑA FLOR

 

Hoy he visto a la tierra, severa de fuerza y fantasía,

fiel nodriza del tiempo;

 

hoy he visto a la tierra sin castidad, más santa de

tan humilde, tan recia y verdadera;

 

hoy he visto un puñado de tierra como el juicio

corto y justo de un tosco hombre de pueblo,

 

de la que tú has surgido con una serenidad distinta,

con una ironía distinta, extraña, extraña

flor.

 

Ay, que sólo podemos engendrar lo que nos es

desconocido y toda perfección es solitaria.

 

He aquí que de la tierra parda como el tacto del

pobre te yergues como una suerte de contemplación,

 

y en tanto que ella espera oscuramente, tú, clara,

recibes, cual visión te detienes, no buscas

continuar,

 

y nada te separa del deseo que Dios tuvo de ti, y

resides todavía en el día de tu dicha.

 

¿Quién te podrá tocar sin espanto? Lejana es tu

presencia como el cuerpo de la nieve.

 

He aquí que estás entre mis dedos prestándoles

una suerte de atenta delicadeza,

 

he aquí que te toco y siento esa velada distancia

que no podremos nunca atravesar

 

y en la que toda angustia se ha sosegado en una

forma tan sencilla,

 

he aquí que estás frente a mis ojos y sin embargo

tan misteriosamente fuera de la

vida.

 

Ah, explica a qué has venido a tornarte mortal

en la fugaz mansión de esta mirada mendicante,

 

breve es mi vida, extraña, extraña flor, breve es

mi vida junto a tu forma que sólo solicita

una hora necesaria,

 

que sólo habita el espacio que puede llenar de

gloria real y de sentido.

 

Ah, que no conozcas la brevedad de los días

sino la joya virgen de un tiempo que no

vuelve,

 

pues qué es para mí este día sino la piedra

puesta en el rodar ajeno de una ladera oscura,

 

qué es para mí este día que se pega a tu cuerpo

como la luz al diamante y que en el mío

sólo se desliza,

 

qué es para mí este día si no puede ser cual

para ti la extensión de mi Cuerpo en la

intemperie eterna?

 

De: LAS MIRADAS PERDIDAS.


 

YA YO TAMBIÉN ESTOY ENTRE LOS OTROS

 

Ya yo también estoy entre los otros

que decían mirándonos, con aire

de tan fina tristeza “Vamos, jueguen”

para apartarnos. Y en la penumbra bella

de los bancos del parque atardecidos

¿De qué hablaban, oh di, y quiénes eran?

Superiores, cual dioses, daban pena.

Se parecían muchísimo si lentos

nos miraban distantes, como un grupo

de árboles que une un día de otoño.

Ya yo también estoy entre los otros

de quienes nos burlábamos a veces,

allí como unos tontos, tan cansados.

Nosotros, los pequeños, los que nada

teníamos, mirábamos, sin verlos,

aquel su modo de estar todos de acuerdo.

 

Y ahora

que he caminado lenta hasta sus bancos

a reunirme con ellos para siempre,

ya yo también estoy entre los otros,

los mayores de edad, los melancólicos,

y qué extraño parece ¿no es verdad?


 

EL HUÉSPED

 

Qué raro es el amor, qué raro

aun entre amantes

que se aman, aun en el seno

de la casa materna,

la entrañable,

qué instante

tan raro aquel en que él irrumpe

de otro modo,

súbito como un golpe,

el amor dentro del amor,

qué raro ese minuto

de compasión total, pura,

sin causa,

sin posible respuesta

ni duración

posible, qué raro

que a nadie hayamos

amado, acaso, más,

que a ese niño ajeno, en México,

que a ese que pasó hablando

consigo mismo,

que a aquella odiada mujer,

porque de pronto,

su bata de casa nos miró desolada,

un fragmento de su espalda

nos hizo llorar

como la más arrebatadora música,

qué extraña

crecida sin palabras.

Hemos corrompido

de mentira y de uso

la palabra

amor,

y ya no sabemos

cómo entendernos: habría

que decirlo de otro modo,

o callarlo, mejor,

no sea cosa

que se vaya, el insólito

Huésped.


 

HOMENAJE A KEATS

 

5

 

Como aquel que camina entre herbazales

y juncos, por nocturno bosquecillo

muy lejos de enredarse en lo sombrío

halla de pronto un claro que conduce

al hogar de los encendidos leños,

así tu ardiente y dolorosa vida

no alcanzó entre sus lianas atraparte.

Cual la ágil ardilla en el ligero

cuerpo encuentra el escape, la salida

de la persecución feroz, tu alada

naturaleza no pudo quedarse

en la región de luto, sin alzar

el vuelo hacia los reinos de la luz,

guiado por la aguda voz del ave

cuyo rastro rescata el bosque oscuro

y lo lleva al secreto del diamante.

 

7

 

Tú viste en el color cómo las cosas

tienen en la sustancia el paraíso,

la blanca margarita bordeada de rojo,

el sauce ámbar y el espino blanco,

el jaspeado matiz del tierno laberinto.

Viste al ser en la dicha palpitando,

las yemas tiernas, el cordero alzado,

las colinas balando hacia lo azul.

Tú viste que el inmenso sufrimiento

abarcándolo todo no es la última

semilla. Y del fondo del bosque

tremendo, salir viste a un ruiseñor,

el secreto final, el ser alado

cantando al fondo del morir, y unido

con él ya para siempre, arrebatado

de las colinas verdes del idilio

eterno, dijiste para consolarnos

de la perdida luz: Tierna es la noche.


 

UNA PUCHA DE FLORES

 

Para Mamá

 

Una pucha de flores

siempre se nos ofrece

con impetuoso ademán,

con frescura indecible.

 

Son ellas, las flores,

en la cima del pétalo,

tan única visión

que toca, que sorprende,

 

que, expulsados de súbito

de su ofrecerse inerme

a nuestro reino oscuro,

quedamos confundidos

 

por su golpe de blanco

sin reserva ni fin,

—por su sedoso blanco—

rosa de valva abierta:

 

ya no sabemos más,

no oímos la alba puerta,

y, quedando cegados

en el umbral oscuro

 

que sus manos tan cándidas

cierran sin darse cuenta,

sólo, desconociéndolas,

decimos ya: las flores…

 

De: VISITACIONES.


 

16

 

melancholy baby…

 

La cantante entrada en años

en el viejo cafetín de Broadway

se subía en el mostrador, como en el cine,

para cantar viejas melodías.

 

El joven de la cara roja, ajadamente

enciende lentos cigarros. Y allí está

ese viejecillo de cara estirada

al que tampoco acompaña nadie.

 

Y en la mesa individual, de individuales brillos,

como aislados planetas que ningún sol imanta,

fugazmente se dejan llevar por la tonada

unos dedos que marcan el ritmo con nostalgia.

 

Por huir de la lluvia fue que entramos

en el café de vitrinas dulcemente empañadas,

a la hora en que las tiendas y las señoras nievan

y se ven ilusos paquetes, impermeables cálidos.

 

Pero llueve también dentro de la melodía.

La luz de afuera se hunde en sus cabellos pintados.

El raso de su traje barriendo el mostrador

nos trae otra vez la calle algo mojada.

 

Pienso en la patria humana del rumor

de estos vasos sobre la madera cepillada:

lo oyeron las primeras familias holandesas

que acaso aquí llegaron, y también en Ostende.

 

Entre los bárbaros usos, tan sólo fueron fieles

al resplandor del fuego, una cálida mesa.

Y acompaña, en este recinto de encontradas soledades,

ese pelo extranjero que, igual que el nuestro,

encanece.

 

De: ANTIGUAS MELODÍAS.


 

8

 

TODA LA POESÍA, ALLÍ

 

(El chicuelo)

 

Desde cuándo,

cálido, tierno,

a la luz de hogar

del quicio de una calle,

Jackie Coogan está

sentado siempre

para nunca

irse.

 

Desde cuándo

toda la poesía

allí, en aquel quedarle

tan dulcemente grande

la gorra ladeada.


 

22

 

EL MOMENTO QUE MÁS AMO

 

(fin de Luces de la ciudad)

 

El momento que más amo

es esa escena final en que te quedas

sonriendo, sin rencor,

ante la dicha inalcanzable.

 

El momento que más amo

es cuando la joven ciega descubre

al mendigo, detrás del caballero,

en su benefactor desconocido.

 

De pronto, es como si te quisieras

ir, pero al cabo, no te vas,

y ella te pide como perdón

con los ojos, y tú le devuelves

 

la mirada, aceptándote en tu real

miseria, los dos retirándose y quedándose

a la vez, cristalinamente mirándose,

en una breve, interminable, doble piedad,

 

ese increíble dúo de amor,

esa pena de no amarte que tú

—el infeliz—, tan delicadamente

sonriendo, consuelas.

 

De: CRÉDITOS DE CHARLOT.


 

EL DÍA, EN APARIENCIA

 

El día

en apariencia quieto,

sereno,

inmóvil,

ha hecho abrir el grano,

caer el pétalo,

crecer el pensamiento,

madurar el amor

o la guerra,

y, en un mismo

instante, nacer

y morir.

 

El día, en majestad,

el serenísimo.

 

De: SEGUNDAS PARTES.


 

LOS ÁRBOLES

 

Cabecean,

mira cómo cabecean,

los árboles.

 

Las lenguas de las hojas

no murmuran

de nadie.

 

Dicen tan sólo

sí, no, sí,

a la paz

del mediodía,

 

al viento airado

de cuaresma

que las despoja.

 

Cabecean,

como niños con sueño

—qué sueñan?—

cabecean

los árboles.


 

UNA TAN RARA MELODÍA

 

¿A dónde vas,

hijo mío pequeño,

sombrerito

pegado así a las sienes

del sudor

del juego, a dónde

vas, ya sin corona

de candor,

y todavía soñando

una gloria, una batalla,

un principal destino

que se escapa,

dejándote sólo oír

entre su huida

sin fin, por toda huella,

una tan rara melodía?

 

De: DE LOS HUMILDES; DE LOS HÉROES.


Poemas tomados de: POESÍAS ESCOGIDAS, Fina García Marruz (Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1984.)


 

 

FINA GARCÍA MARRUZ (La Habana, Cuba, 1923)

Poeta, ensayista, editora, investigadora y crítica literaria. Su obra poética comprende los libros, Poemas (1942), Transfiguración de Jesús en el Monte (1947), Las miradas perdidas (1951), Visitaciones (1970), Poesías escogidas (1984), Viaje a Nicaragua (en colaboración con Cintio Vitier, 1987), Créditos de Charlot (1990), Los Rembrandt del Hermitage (1992), Viejas melodías (1993), Nociones elementales y algunas elegías (1994), Habana del Centro (1997), Antología poética (2003), El peso de las cosas en la luz (2007), El instante raro (2010), ¿De qué silencio, eres tú silencio? (2011), Sitio. Antología poética (2015). Fue miembro del Consejo de Redacción de la revista Clavileño (1942). Formó parte, junto a su esposo Cintio Vitier, de los poetas del Grupo y de la revista Orígenes, creados por José Lezama Lima (1944-1956). Se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana (1961). Desde 1962, trabajó como investigadora literaria en la Biblioteca Nacional José Martí. Perteneció al Centro de Estudios Martianos, desde su fundación en 1977, hasta 1987, integrada al equipo realizador de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí. Entre sus distinciones se encuentran, el Premio Nacional de Literatura de Cuba (1990), el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en Chile (2007), el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca (2011) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2011), en España. En su memorable libro de ensayos, Hablar de la poesía (1986), ella escribió algunas frases sublimes, sobre la concepción del oficio poético, “…La poesía no estaba para mí en lo nuevo desconocido, sino en una dimensión nueva de lo conocido, o acaso, en una dimensión desconocida de lo evidente… Todo poeta siente, al trabajar, que sus palabras son moldeadas por un vacío que las esculpe, por un silencio que se retira y a la vez conduce el hilo del canto… Denme el conocimiento de un límite y la más simple frase melódica me puede llevar de la mano a lo insondable…”


 

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