FUIMOS COMO LA IMAGEN TRAS LA VENTANA │ GRACIELA BONNET


 

Aunque no podría asegurarlo, me parece que hay una persona al final de esta calle.                                        Esa persona tiene en las manos algo como un trombón, pero quizás sea una escoba, o sólo un palo. Tiene también un sombrero de copa con algunas plumas de adorno.
Está amaneciendo y hay un resplandor rojizo que me encandila y me hace pensar que veo cosas que no están allí. Por la calle va cruzando, de una acera a otra, un gato gris, pequeño y ágil. Las casas lucen lavadas, como si acabara de llover y siento la misma inquietud que cuando era pequeña y llegaba la primavera. Todo estaba perfumado por las flores de los paraísos, un sol brillante ponía fin a la tristeza y a las enfermedades, al cansancio y a la muerte.
En este momento se acaba la noche, se me cierran los párpados y tengo frío. A pesar de todo, estoy sonriendo y saludo al hombre del trombón.

– Disculpe, ¿no llevaba usted una corbata verde ayer?
– No sería yo.
– Sin duda lo era, lo reconozco por las plumas en el sombrero.
– De estas palomas las hay por miles en los techos de las iglesias.
– ¿Vive usted en la iglesia? ¿Será un santo? ¿Puede hacer que las cosas sean
diferentes?
– Las cosas ya son diferentes a cada momento.
– Bueno. Entonces, podemos empezar.
– Empecemos, pues.

 


YA LLEGARON LOS CUERVOS

Ya llegaron los cuervos. Se lanzan en picada sobre los tendidos eléctricos y allí se quedan un rato, mirando el paisaje helado de mi calle.
Mientras camino y veo el cielo altísimo y limpio, nada se mueve en la desolación del invierno.
La tierra ha girado otra vez y completa su ciclo interminable. Ahora sol, ahora noche.
Nos toca ver el tiempo del recogimiento, la tregua. Muchos pequeños animales morirán con la estación de las heladas. Otros, los que tengan alas, se irán lejos.

Nosotros hemos reunido algunas ramas secas para calentar una fogata. Como acostumbramos hacer desde hace siglos, nos sentaremos en círculo y esperaremos. Cantaremos una canción que hable de lo hermosa que es la vida.

Realmente lo es. El fuego aviva el recuerdo y nos ayuda a imaginar que vendrá el sol otra vez y que mientras tanto debemos alimentar nuestra esperanza, tejer coloridas cobijas, hacer nudos de buenos augurios entrelazados, crear sueños fantásticos, ahora luz, ahora oscuridad.

¿Recuerdas el invierno anterior? Subimos al puente y desde allí vimos el río congelado. Nada podía ser más sublime ni más conmovedor que la vida detenida en apariencia.

Ven, pon en esta cazuela las nueces que encontraste al pie del árbol. Yo añadiré miel y avena, olorosas especias que guardé a la sombra durante el verano. Celebraremos la espera como lo hemos hecho desde siempre, desde que éramos otros, cobijados por la bendición de estar vivos.

 


GATO Y YO

Gato y yo fuimos hermanos en el pasado,
Y más que hermanos
Fuimos como la imagen tras la ventana
La fotografía que nos devuelve
Algo que parece ser, o que tal vez fue en algún momento
En otra parte.
Gato solía acompañarme en mi cabeza,
Detrás de los ojos,
En mis recorridos artesanales
Por fingidas calles parisinas
Que no eran en París
Y ni siquiera en Europa
Pero igual nos deleitaba ese mareo incierto
La incertidumbre, diré mejor
De brincar elegantemente como si tuvieras sombrero
Aunque solo de pelambre gris se tratase.

Ya se fue ese tiempo.
Cerré la puerta de mi casa y me quedé del lado de adentro.
Ahora, aunque nada de eso exista, nadie podrá decirme que no hubo gato o que no Estuvimos rondándonos
En otro lugar, hace muchísimo tiempo.

 


LOS TESOROS

Ya para qué. Así llaves, billetes de otros países, hasta un magnífico chandal que nunca estrenaste. Quién sabe dónde estarías ahora si hubieses cambiado un ápice algunas de las cosas que hiciste, que soñaste, que deseaste hacer y dejaste que pasara el momento. En un tiempo sí, tenías que salir de tu casa a como diera lugar y caminar por cualquier parte, buscando nunca supiste qué. Y cómo te ayudó Dios. Nunca tuviste una experiencia mala, y si la tuviste ya no lo recuerdas, lo que es igual. 
Ahora andas igualmente tanteando como una ciega. Te metes por calles desconocidas, que pronto adquieren un color, un aroma, algo que está justo detrás de ti y percibes como remoto; en algún lugar del pasado estuviste ciertamente en esta acera, sobre estos adoquines, tal vez eras muy niña, siempre con ganas de encontrar esa cosa que nunca supiste qué era, lo que sí sabías es que era magnífica, única, sólo para ti. Si acaso era pequeña la meterías en un bolsillo sin que nadie lo notase, y al llegar a tu casa, o por lo menos debajo de unas tablas, bajo techo, la sacarías del bolsillo para revisar su brillo, su textura, su color. Seguramente era algo perdurable. Y si era algo muy grande, lo arrastrarías haciéndote la distraída, hasta algún escondite seguro. Luego, de noche, a lo mejor en sueños, volverías a detallar su perfil, sus valores únicos, y volverías a taparlo de la vista de otros, no sea que te lo roben. Algo realmente valioso.
¿Por qué no compartirlo? ¿Que es solo para ti? Bueno, si es tuyo puedes decidir que otros también se beneficien de su valor. Unos minutos regalados de sonrisa y gusto valen la pena, ver una cara, mejor si es querida, iluminada por los rayos preciosos de algo secreto, tal vez eso sea más valioso que cualquier cosa que esté bajo tierra. 
Los tesoros. Esos eran materia de guardar cuando no habías aprendido, luego quisiste que todos tuvieran una parte, porque cuanto más dabas, más grande era lo que te llegaba, no lo hacías por avaricia, es decir, no es la avaricia de antes, la de las cosas, es la avaricia de los sentidos, de los recuerdos, de soñar, de imaginar cosas, pensar en cosas, mientras vas caminando por esa calle ciega, que a alguna parte tendrá que ir.

 


NUBES

Nos acostamos de espaldas en el piso de cemento. Era una tarde de verano, casi inmóvil, no se escuchaba un solo rumor. Las hojas de los árboles se batían suavemente, en armonía perfecta.
Durante horas estuvimos viendo el cielo altísimo y las nubes que corrían una tras otra con la brisa leve.
Pensé otra vez que el cielo era el océano, y las nubes, las olas que se repetían idénticas una tras la otra, como el tiempo que no importa si existe o es una invención.
El vértigo me atrapó y lo recibí con gozo. Era agradable sentirse caer hacia arriba, hacia lo insondable. Estaba por fin en esa playa serena, donde nada ocurría. No podía haber nada mejor o peor, sólo estar en ese lugar, caminando en la arena, hundiendo apenas los pies en la orilla húmeda, dibujando mis huellas.
De vez en cuando una sirena me llamaba desde lo lejos y yo le respondía, alegre como una niña.

 

(El primer poema, pertenece al libro LIBRETAS DORADAS, LÁPICES DE CARBÓN; los restantes, son inéditos)

 


GRACIELA BONNET (Córdoba, Argentina, 1958)
Poeta, correctora, redactora, productora editorial y dibujante argentinovenezolana. Sus libros publicados, En caso de que todo falle (Grupo Editorial Eclepsidra, 1997), Libretas doradas, lápices de carbón (Editorial Lector Cómplice, 2013). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984), ha trabajado como correctora de pruebas y supervisora de ediciones para editoriales de Venezuela, Biblioteca Nacional y Consejo Nacional de la Cultura, de ese país. Escritora fantasma, realizó investigaciones en áreas humanísticas para crear libros, tesis y monografías por encargo. Trabaja como asistente de artista y encargada de galerías en el Centro Afroamericano August Wilson en Pittsburgh, Pennsylvania. En el año 2000, participó del encuentro de Mujeres Poetas, en Cereté, Colombia. En este 2020, compiló junto a Les Quintero, los textos de las autoras del libro Pasajeras, Antología del cautiverio (Editorial Lector Cómplice). Nacida en Córdoba, Argentina, donde vivió por 18 años, se mudó a Venezuela en 1980 y vivió en Caracas durante 33 años. Actualmente, reside en la ciudad de Pittsburgh, Pennsylvania, desde hace 10 años. La escritora Eleonora Requena, ha dicho sobre su poesía, “Para leer los textos de Graciela Bonnet, deberemos adecuar la escucha a una frecuencia particular, diríase interna, arbitraria, lúdica; suerte de transcripción del pensamiento, del murmullo de palabras que van desplegándose en un decir tan íntimo, que nos hace cómplices de una revelación insospechada… Ajenos a tipificaciones, los textos de Graciela transitan en una línea de fuga, así, prosa, verso, ensayo breve, toda su escritura se desmarca de los rigores de la clasificación.”

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