HAY EN LAS ROCAS UNA SED DE TORMENTA | HENRY ALEXANDER GÓMEZ


MEMORIAL DEL ÁRBOL

Nos susurra el viento su nostalgia de nieves
y el copetón tañe su silabario de alas.

Qué silencio es mi corteza,
y mis raíces
tejiendo la sangre de un sueño.

Hay en las rocas una sed de tormenta.

De mis brazos cayó la hoja
con la que un hombre descalzo
cubrió su sombra.
Se ha roto las muñecas golpeando mi silencio.
Mi inconmovible reposo le ha dejado
una herida imposible abierta al crepúsculo.

Ráfagas de orquídeas a las orillas del lago
expanden la soledad del abejorro.

Dos niños olfatean una bolsa de huesos.

Un bramido,
es una piedra que expira en el agua.


EL ÁNGEL NEGRO DE LA ISLA DE KAMPA

Nadie lo vio entrar en su casa. Era una fría noche de Praga, era un poema tirado en la alacena.
Al principio, con el orgullo herido y las polillas sacudiéndole los trajes, se acostumbró a vivir con la noche colgando de su espalda.
Decidió el encierro porque los hombres sencillos mueren solos.
Con la pupila altamente dilatada, Vladimír Holan, entendió que las sombras viajan empedradas de palabras. La piedra oscura había regresado cargada de frutos.
En aquella casa había tanto ruido, tanta miga de pan en las esquinas.
Se dice que la luz de la ventana duraba encendida toda la noche, en el resplandor de la vela se diseminaba el diálogo del mundo.
La claridad no se hacía esperar. Nadie y todo había en él. La campana detenida por el lápiz, Hamlet conversando con las ruinas del espejo, la muerte escondida en las catedrales.
Pero los años no pasan en vano. En la pesada puerta crecía un caballo atado con alambres.
En el instante en que la voz del ángel deshizo los colores de las cosas, cuando la tierra de los cementerios colmó de cicatrices las estancias, pronunció estas palabras:
“Kateřina ha muerto. Hoy no ha venido nadie a preguntar. La casa ha ocultado, al fin, todos sus ruidos.”


LOS HUESOS DE LA BISABUELA FELISA

Aparecieron de repente,
estaban metidos en un cajón de madera negra
y cargaban el aire roto de la noche.

Andaban por el camino de los años
apretados a cualquier rincón de la casa.
Prima Betty los descubrió por error,
buscando en el cuarto de trastes algún juguete perdido.

Susto de perros esos huesos ladrando la muerte.
Sortilegio. Oscura brujería. Asesinato en el balcón del silencio.

Fue abuela quién recordó que eran los huesos olvidados
de la bisabuela Felisa. Habían llegado décadas atrás
y buscaban ser un puñado de viento,
una flor soñolienta.

Al fondo de la caja, la extraña carta del abuelo
confirmaba la noticia y reclamaba un lugar junto a su tumba.

Insólitos los ríos
que cruza la piedra después que la lluvia se extingue.
Años de errar debajo de las camas,
rechinando entre sombras, auscultando la tierra,
los huesos,
la vida,
como un planeta cansado,
gritan su parte del mundo, justo ahora que exhumamos
los restos del abuelo.

Allí descansan,
                          los dos,
en una bóveda sin fondo,
en un osario celeste, examinando la luz.

El corazón se busca más allá de la carne.


MOSCAS

Llenaron la casa
con su ruido de humo,
golpearon ventanas, se colaron por las cerraduras
y planearon los hilos de mi infancia,
presas de una voracidad más antigua que el fuego.

Tía Blanca colgaba en el techo
bolsas transparentes de polietileno
y así las moscas
se espantaban con el vértigo de su mirada múltiple.

Nos hicimos artistas de la crueldad,
tratantes de alas,
felices asistentes al espectáculo
de verlas borrachas al final de la tarde
con tanta fina estocada del matamoscas.

Santas y piadosas moscas,
llevan siempre una corona sin reino,
una aureola torcida,
                                       negra,
para ser exhibida bajo el polvo,
                                       en los estantes olvidados del vacío.


CAÍDA

Estos pasos huyen
           como piedra lanzada al precipicio.

Me he derrumbado muchas veces,

               pero sólo me existo
                                                   contemplando la luz
                                                                                 de mis heridas.


ARQUEOLOGÍA

Enterrar una palabra,
                esconder su tumba entre las piedras.

Desenterrarla después de muchos años,
quitarle la tierra endurecida,
los restos de polvo,
                                     el óxido,

hasta que brille como una antigua reliquia.

Colocarla en medio de la página en blanco
y estudiar su antigüedad, interpretar su pasado,
descifrar el color original,
establecer su importante papel en la historia.

Incluso admirar su dignidad de estrella olvidada.


ARENGA DEL HOGAR

I
Él siempre permanece anclado
a un lebrillo de granizo.
Ella ha decidido perpetuarse
sobre las arenas movedizas
                                                   a orillas del sexo.

Pero también es él quien ríe más alto,
quien lleva entre la jaula una mosca de humo.

Ella sólo sobrevive
en la multiplicación de las cosas,
como la honda de una piedra
                               arrojada en aguas distintas.

II
Dejar atrás los viejos rincones,
la ropa sucia,
                          la música
                          apresada en hilos de tiniebla.

Cada acto que hacemos
es un barco hundido
                                      por la mano de un niño.

Pero todo,
                          hasta lo que no conocemos,
                          lo circunda la soledad del árbol.

E.E. CUMMINGS

a(
     p
     ája
     ro
     qu
     e
     e
     l viento
                     b
                     orra
       ().
       Lluvia de sol
       .
         )m
             or


CARLOS OBREGÓN

Desde adentro de la vida
miro llover.

Miro como quien encuentra la esperanza
sin haberla buscado,
como quien hunde sus manos en la ceniza
de una hoguera nunca encendida.

Llueve sobre la orilla de tus pasos.

Porque tu hondura es la lejanía
de ver el cielo sin poder tocarlo,
el temblor de una oración
sin alfabeto, la vigilia de dormir
sobre una música olvidada.

El leve polvo de tierra
que levanta la llovizna
                                           deletrea tu silencio.


ROBERTO JUARROZ

He abierto la palabra amor
y, adentro, encuentro otras palabras
que no dejan de mirarme fijamente.
Escojo una de ellas,
le hago también un orificio,
para ver más adentro en el lenguaje,
y allí encuentro una palabra
que se parece al corazón del mundo.

En medio de las dos mitades del lenguaje,
sobre la línea que separa el comienzo y el final,
comprendo que un vocablo,
más profundo
que el abismo de Dios, nos sostiene.

Todo lenguaje se contiene a sí mismo,
como toda palabra que decimos o callamos,
lleva adentro la soledad del hombre.


HENRY ALEXANDER GÓMEZ (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival “Ojo en la tinta”. Dirigió el Taller Distrital de Poesía Ciudad de Bogotá (2018 y 2019). Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio de Poesía Universidad Externado, el Premio Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón de España por el libro Tratado del alba (2016). Otros libros publicados: Memorial del árbol (2013); Diabolus in música (2014), Premio de Poesía Ciro Mendía; Georg Trakl en el ocaso (2018); La noche apenas respiraba (2018) Mención Honorífica Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz y Finalista del Premio de Poesía del Ministerio de Cultura. Es cofundador de la Revista de Poesía La Raíz Invertida.


 

Leave a Comment

Categorías