IMPASSE DE LA BALLENA | ROXANA PÁEZ

IMPASSE DE LA BALLENA
 
Como el costillar metálico
en la carne se incrustaba presionando
la base de las mujeres pomo
desbordadas y cubiertas debajo como un altar.
 
               Vaivenes
multiétnicos. El nombre de la calle de los bares
fue un nombre que fabricaba telas pintadas.
 
Sedán, un empresario textil,
 
se volvió la vía por la que mi vecino giró
para llegar
en moto a la plaza León Bloom
que preferí llamar “Leopold…”.
 
Era el mismo camino
que Saer recorría
por el bulevar Voltaire.
 
Antes de mudarse al sur,
y escribir La pesquisa
en homenaje al Barrio.
 
La última vieja fue asesinada
en la calle Saint Maur, donde todos
alguna vez vivieron (a la vuelta):
el hombre de la Corte Internacional de la Haya
que mi madre recordó, la veneciana
que redactó una tesis sobre Luzi,
el crítico de música
cuando fue estudiante,
además de Soraya, la peluquera berebere,
Jams Scylla que da cursos
de danza de Guinea, pero le cuesta embocar
los números para poder abrir su propia puerta.
 
Antes del bar de la esquina,
la librería que no exhibe los valores de la rentrée.
 
 
 
 
Debajo de la que fue mi casa
quesos redondos ahumados
atados como boleadoras,
en la cooperativa italiana.
Cada mañana su llegada en furgón provocaba
un embotellamiento y bocinazos
que me despertaban alegremente.
 
O entrabas en la boutique africana,
y yo te esperaba mirando la vitrina,
las pulseras de rafia
los anillos y gargantillas de plata.
 
No es el crisol de razas,
ni el exotismo entre vecinos,
ni el París que tal vez existió.
Ni la Boca cuando
Europa se mandaba desde Génova
al sueño, con fundamento y trabajo manual.
 

 
LÓGICA DE MERCADO
Somos una posibilidad de experimentación
en la ciudad usina.
 
El campo se volvió la periferia
y vemos los vínculos hacerse y deshacerse.
 
¿Transformar la ciudad
puede transformar el mundo?
 
Los intersticios le dan mayor intensidad.
 
Si no son otros puestos de venta.
 
El trabajo inmaterial es apenas visible.
Las esquirlas de disparos a riesgo.
 
Hay producciones con un valor
de cambio “incalculable”.
 
Estamos aquí, en la ciudad,
 
oyendo con atención flotante
los ruidos de los gestos, la forma de tomar
aire y del chasquido de la lengua del otro.
 
El barrio sigue creciendo.
Lo vemos del interior. Y no tenemos la culpa.

“NO TE OLVIDES DE ESTAR EN VARIAS PARTES A LA VEZ”
 
Lo vimos enseguida
en la vereda.
 
La gente vacila,
a un punto tal, que se vuelve difícil
pasarla en el trayecto
al mercado, la sinagoga,
la mesquita, el bazar, el bar.
 
Un balanceo.
 
A cierta edad o tal vez por el peso,
una oscilación general. Pero
también las mujeres asiáticas
que vinieron para ejercer
en la vereda
                                    basculan.
Como nosotros, un pie aquí
un pie allá.
Una danza del genio
del Lugar        a miles de leguas,
du Lieu                    à milles lieues.
 
Derecha         izquierda
claqué sin ruido que dibuja la vacilación
como mínimo
                           entre dos lenguas.
 

 
1871
 
Eran las cuatro de la tarde, el 28 de mayo.
 
Aquí sigue vivo el espíritu de la comuna.
A muy pocos metros, en la calle de la paella
estuvo la última barricada,
¿arcaísmo sutil de un pensamiento?
 
Fue donde concluyó la semana sangrienta,
en la colina donde se pertrecharon los cañones.
La resistencia más fuerte fue
diezmada, Mac Mahon anunció la victoria.
 
Los nombres fueron a las calles, a las paredes
que sostienen las placas. La gente se muda
a un nombre, se muda y deambula por la historia
que sostuvo tal o cual hombre. No es igual
vivir al este que al oeste. Los nombres hacen
los barrios diferentes.
 
¿Cómo podían ser felices en la vía del rebelde
si habían venido de la calle del mariscal vencedor?
 
Los comuneros en caijtas, fusilados de a diez.
Los campos de concentración de Versailles.
También las “petroleras” dejaron la huella
de la bala que pasó por ellas, en el muro.
O sin ellas, cuando fueron deportadas
a Nueva Caledonia, por piquetes, por
petroleras, por haber perdido fuego
para impedir el avance de los enanos entecos
 
que siguieron creciendo —en número.
 

 
Extraídos de Roxana PÁEZ, Impasse de la Ballena, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2018.
 

Roxana Páez, poeta, ensayista y traductora nacida en La Plata (Argentina). Publicó los libros de poesía Gran distracción animada (1994), Las vegas del porvenir (1995), La indecisión (1999), Fogata de ramitas y huesos (2002, 2009 y 2012 -en francés), Lettera rarísima, antología bilingüe (Marsella, 2017), Madre Ciruelo (2007), Serie de banda rumorosa (2011), El diario de la china, Donde el diablo perdió el poncho y el zorro y la liebre se dan las buenas noches (edición bilingüe de Fidel Anthèlme X y La Sofía Cartonera, 2012), Crying Body (antología virtual, 2015), Impasse de la Ballena (2018). Además de Manuel Puig: del pop a la extrañeza (1995) y Poéticas del espacio argentino (2013), sus ensayos más recientes figuran semiocultos en Contradegüellos, la edición que realizó entre 2013 y 2016 con notas, artículos y comentarios, de la obra reunida de Francisco Madariaga (Paraná, Eduner, 2016). Poemas y ensayos han recibido numerosos premios. Suele trabajar en colaboración con pintores, compositores, actores y músicos. Vive en París.

 

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