INÉDITOS DEL LIBRO: KING SIZE | JAVIER GUÉDEZ


3 Fragmentos


1

Puedes verme de empaquetador en un Carrefour, la empresa está a poca distancia en ingresos netos de la compañía alemana Schwarz Gruppe. Lavo tuberías corroídas con una esponja de alambre en la represa más grande de la región de la Savoie, soy capaz de ajustar tornillos en los avisos que señalan la dirección de los baños del museo de Guggengeim, alivio una válvula de escape en una fábrica de granadas, manejo un transporte de carga en un galpón administrado por una familia taiwanesa, que despacha pelucas en los salones de belleza de California. Me vería ridículo, bailando alrededor de una hoguera, con un cabello falso, quemando mi vestido de guerrero. Tendiendo ropa interior de ancianos en una casa de reposo, cerca de un rio y un viñedo abandonado, viendo sus nombres cocidos con hilo rojo en pequeñas etiquetas de cuero, adheridos a cada prenda. Apellidos como Moreau, Durand, Leroy, Dupont. Nombres como Antoine, Didier, Virginie. Interiores rotos y manchados de emperadores impotentes, sostenes de copas rotas y enmohecidas, corsés vencidos por la grasa, batas de dormir con barcos aéreos difuminados por el tiempo de lluvia. Ordenando los productos en la vitrina de una tienda de L’occitane; en Aix en Provence. Las vitrinas son un ecosistema hostil y perfumado, donde habitan minúsculos dioses sin raíces, ordenados como soldados frente a un muro de vergüenza. Tengo siempre la curiosidad de llevarme todo lo que hay dentro, porque mi esposa ama esos productos pero no tengo como pagarlos, sin embargo, no te voy a enseñar eso, hija. Soy temeroso y nunca robaría solo, además no sé pelear, ni siquiera cuando bajo a los recuerdos, todos mis nudillos sangrantes son a favor del olvido. Me ves sirviendo mesas en el restaurante de la calle Saint Ferreol de Marsella, el uniforme es azul y me confundo más con los atracaderos que con el mar de fondo. En el Barrio del Panier o en el café de la Universidad Pontificia de Salamanca, lavo con agua fría las tazas, no sin antes leer la borra en el fondo de los extraños narizudos que no dejan propina. Llevo grandes bandejas con platos sucios, he entrenado para eso sin saberlo toda la vida, mi circo del sol sale todos los días. Estacionar carros lujosos, romper sus faros de pescado para que la luz se agote en otros lugares, aumentar la dosis de los cocteles, envenenar la culpa de los hombres memoriosos. Cuidar perros ancianos, desdentados, darles de comer en la boca con cucharillas de plata, llevar cabezas de pollos sobresalientes de un envase diminuto, para las jaurías de los campos colombianos. Repartir comida en bicicleta, quitarle un trozo de salchichón antes de entregar el pedido, un camarón, no me gustan las anchoas, que no se note, quiero que alguien más huela mis manos, que sepan que estoy junto a ellos, sufriendo el mismo dolor. Barrer pisos ajedrezados en una embajada, quitar el sucio de las peceras, disfrazarme del conejo de una marca de cereales, convertirme en una bestia de felpa universal, una estatua viviente de Dorangel Vargas, para recordarles que el terror es el único encargado de enderezar al mundo. Quizás de esa manera, pueda más adelante escribir libros y optar a un cargo de profesor destacado en la Universidad de Lile. Te quería jurar que no tomaría nada hermoso, para arruinarlo, hija, pero como verás, es tarde. Uno decide hasta cuándo puede aguantar tanto ruido, hasta cuando hacer sonar la mandíbula.

2

Déjeme decirle que la palma de su mano es el vestigio de un barranco que a media luz parece una carretera estrecha, con atajos, desvíos y caminos verdes difusos que le harán perder la ruta en cualquier momento. Todo puede ayudarle a sobrevivir, a diferencia de recitar todos los poemas que conoce, un amigo suyo puede enseñarle a robar un pan del bolsillo de un moribundo. Está obligado a exhumar y acumular venturas, sus proyectos son entes espectrales, huesos muy blancos, leche, cráneos rapados, nieve derretida. La línea del sol persiste, de Mercurio y Saturno solo se sabe que eclosionan. El fuego aclara que nada puede salirle mal sí es capaz de quemar su propia mano con una línea inventada. Mírelas ahí, en cada transparencia, entre los dedos. Las líneas principales, sobre todo Cabeza y Corazón presentan desencuentros domésticos, son trayectorias presurosas, que lo sacan de su objetivo con facilidad, pero nada que mate, nada que robe mucha energía, lo importante es que no utilice los instrumentos de esta civilización para destruir. Manténgase quieto, no tema por el humo negro, los vecinos siempre queman basura. No me mueva tanto la mano, que pierdo el aire. Está sudando. La línea de Salomón es un combate histórico contra la figura de un anciano que habitaba en una cueva durante las guerras de los samuráis, donde ha caído usted abatido, pero escapa, muy golpeado, se va lejos con toda su familia, en bajo relieve, anunciando una aurora ¿Por qué decidieron ese país? ¿Hablan francés? Sus hijos no son una revancha, aprenda a desarrollar la capacidad de la inteligencia y la reflexión con el encierro, la visión del escondite. Transmita a su congéneres una historia y no un trauma, la situación no tiene salida, salvo intervención de un relámpago. Esta “Y” en medio de la mano es una ondulación de carne que no nos da una buena señal: ¿se llevó un golpe aquí? Es corrugada como si le hubieran tomado onces puntos en la infancia con un hilo nylon de pescar. Todo indica que estas raíces y protuberancias se cumplirán en automático, ni siquiera hay que pensar en cómo deshacerse o evitarlo, siempre se cumple. Debe hacer un cruce rápido, antes que su territorio de luz lo someta con un machete laser en medio de una decisión definitiva. Intempestivo, aniquilador es el destino. Rompedor de ataduras y destructor de placeres. Manténgase quieto, no sufra por eso. Ya le sequé el sudor de la mano. ¿Una fractura? Volátiles dedos de corno, amasijo de monos. No llore por eso, su mano ya lo hizo por usted. Aquí está clarito el viaje, no es uno, son varios. El vuelo embarcará dos horas después de lo que señala el boleto; se retrasa para darles tiempo a los contrabandistas metafísicos que siempre entran primero junto a los ancianos y niños. No veo ninguna enfermedad, más allá de su propia mano, señor ¿señor? ¿Qué fue lo que le pasó en este dedo, una pelea, un perro sordo? ¿Por qué fue que nadie pudo dispararle antes? Si la pongo sobre el mar, su mano es capaz de navegar sola ¿puede verla picada de aves, bajo el sol? No se frustre, es una mano suave, se ve que solo teclea sobre almohadones azules. Alégrese. Las cosas podrían estar peores.
¿Dónde está su otra mano?

3

Nunca llegas a ser un verdadero adulto. Nunca las personas lo valoran como forma de protesta o de venganza de todos los instantes. Pero la adultez es un engaño muy viejo. ¿Una enfermedad terminal nos obliga a pensar antes de actuar? ¿O, al fin y al cabo, se trata de la madurez? Llenarse de trajes y gorros como un cangrejo decorador oculto en la arena del océano, no es suficiente, hija. Nunca la noche cae, nadie te creería si la noche cayera o si tus padres murieran en un en accidente automovilístico. Nunca serás un verdadero adulto.
Lo importante es no tener cortinas en la habitación. Nunca hijos ni partes de guerra sellados con sangre te harán adulto. Nunca lavar ropa sucia, ni arreglar tu carro decrépito sin combustible, sin tanque ni carreteras. Ni ver mil coños bailando en el aire, ni vaciar testículos en el lavamanos, ni meter la mano en un equipaje como si se tratara de un intestino abierto y envenenado. Nunca entristecerse ni ir a la barbería para ver si por equivocación el barbero, mientras te afeita, logra herirte en la yugular, ni pedir perdón cuando en realidad solo sabes ultrajar y hacer daño. Nunca seremos verdaderos adultos, ni siquiera en las últimas palabras por las que la tierra te jala.

 


Javier Guédez Sánchez nace el mismo año en que aparecen los primeros teléfonos públicos con tarjeta, y cuando el joven Chapman disparó a Lennon cuatro veces fuera de su apartamento en Manhattan. No puede ocultar su adicción por la vieja serie de “Los dioses deben estar locos” y los juegos del Intelevisión. Es atacado diariamente por cantidades inimaginables de publicidad en YouTube, recibe solicitudes de amistad en las redes sociales de personas del norte de África con las que quisiera hablar, pero no sabe cómo, colecciona titulares del feed de google, como este: Tyson, las drogas, la orina de su mujer y un pene de plástico. Su vicio solitario de los últimos años es escribir una serie tipo mockumentary titulada: “Mi vida pública”. La mayoría de sus libros se encuentran inéditos. Entre ellos “La noche de la planta”, “La edad del búfalo”, “Recolecciones”, “King Size”, “Isla flotante”, donde suceden cosas como subastar en e-bay a Islandia o un episodio en la vida de Cliff Penrose, la única persona capaz de quitar el estrés a los conejos, mediante una sesión de trance hipnótico.


 

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