NO TODO ACEITE DA LUMBRE | JACQUELINE GOLDBERG


MALES TRANSVERSALES

Comienzo a padecer enfermedades en desuso.

Ando entre diagnósticos
que verticalizan un adentro.

Todo luce irrelevante,
pero sufro.

Ciertas lesiones oscuras
hablan de antracnosis.

Otras manchas,
rodeadas por aureolas amarillas concéntricas,
hacen suponer la presencia de alternariosis.

Verticilium sería la respuesta
a esa marchitez que suele comenzarme
en horas de calor y petulante transpiración.
Se han podrido ya vasos conductores de savia.

Un polvillo blanquecino me va cubriendo,
dicen que se trata de oidio.
Escucho «odio».
Escucho «oído».

Males de tipo respiratorio también me aquejan.
Algo hay en mis estomas y lenticelas.
No pretendo definiciones.
Mucho me aflige saber que llevo corteza muerta,
que las plagas me devastarán,
que mis raíces colapsan,
que la enfermedad se regará por el suelo.

Cuanto me aqueja parece imposible de erradicarse.
Las medidas han de ser drásticas:
mutilaciones, rotación,
otro aire,
sacrificios.

Anhelo desintegrarme,
descomponerme.

Dura es la ética de las mutaciones.
La ilusión de una viga no es concluyente.

Nos cuidamos,
escuchamos un Réquiem antes de la siembra,
admitimos un último manjar.

El declive ha de ser perfecto,
sin brújulas, lentillas o rosarios.
Sin fotosíntesis.
Suave, pleno, suave.

De Aguardar la claridad, inédito, 2018


LA PIEDAD DEL MUEBLECILLO

Acaso hay algo más importante
que reparar y lustrar un mueblecillo de madera.

La madera es importante,
el brillo es importante.

No todo aceite da lumbre.
No cualquier luminosa ficción
sirve al despropósito de alcanzar el miedo.

Están por acabar las vastas edades.
Dije covacha, no sutura.

Puede revertirse la saciedad,
incluso después de una cansina andanza.

Importan los duelos inclinados,
aquellos deberes grieta adentro.

Lijar, pintar, retroceder.
Admitir derribos y demoliciones.

Dicen que la madera recuperada
aleja hostilidades.

Lo rústico y lo sobrio
son ya parte de nuestra semblanza.

Deben observarse también
pisos, escaleras, barcos.
Todo alcanza en la jauría de las vetas.

El ruido nos ha hecho cautelosos.

La gracia acaece como antídoto
a la doble tristeza de los diluvios.

Es importante pues la madera, su brillo,
los pequeños muebles,
la pequeña piedad de las cosas.

De Aguardar la claridad, inédito, 2018


POÉTICA

De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.
Tanta es su levedad.

Hay que extraerlas una a una,
para que el poema revierta su cauce,
para la vorágine de las calmas heridas.

Han sido muchos los gritos acuclillados,
la índole curva de las exequias.

La frente queda en tierra.
La felicidad es una filiación no tan diurna.

Al enraizar el último fortunio,
habrá que talar el poema que obligue,
como diente, trance voraz.

El poema crecerá en su propio perdón.
Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta esclavitud.

¿Y el dolor?
¿Habrá que recuperarlo para que el libro crezca en el libro?
¿Para los tajos de la futura lágrima?

Volver a escribir es ser triste y pretérito,
abundante hasta el fin.

De Verbos predadores, 2007


OFICIO DE GUARDIÁN

El hijo regresará de un viaje por las marismas del sur.
Debo decirle que su tortuga ha muerto.

Juro que cambié a diario el agua,
que ofrecí lechuga y relumbrones de mis horas de fiebre.

Incluso hablé al solitario reptil
sobre la incapacidad humana de aferrarse a los equinoccios.

Produje olas en su mínima ensenada,
zambullí guijarros y soldados de plástico,
para que no extrañara el alboroto de las tres de la tarde.

Vano intento: la tortuga amaneció azotada.

Tardé pensando su dilución
—en mi infancia sepulté pájaros y perros,
aún me duele pisar su ausencia—.

Cómo explicar al hijo recién venido de los caudales
que la muerte es un músculo ejercido sin utensilios.

En secreto agradezco que el animal haya claudicado,
no sirvo para guardián de otro porvenir.
Nunca soporté su quietud, su albedrío mentiroso,
su coraje para durar en medio de la oscura artillería doméstica.

De Verbos predadores, 2007


SUBÍ AL MEDIODÍA
para ver la clavícula del año

olor a lentejas la casa
por si la prosperidad

después lluvia
voces
muchas voces

primera prisa
dije

Inédito, 2020


JACQUELINE GOLDBERG (Maracaibo, Venezuela, 1966). Escritora y editora. Autora de libros de poesía, narrativa, ensayo, testimonio y literatura infantil. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. En 2018 participó como escritora residente en el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Su poesía está recogida en Verbos predadores. Poesía reunida 2006-1986 (2007), Ruido de clavículas (2019) y El libro de lo salvado (2020). Es cofundadora y gerente editorial de Fundación La Poeteca. Twitter e Instagram: @JacGoldberg.


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