ME CRECEN RAÍCES VIOLÁCEAS | JESSICA ANAID HERNÁNDEZ JIMÉNEZ


I.
Han apagado ya las luces
entro al quirófano, escucho su llanto escapar de otras bocas infantiles
–madres llevándose el eco de otros niños que no son sus hijos–
las tijeras imitan el primer sollozo de un muerto estancado en el vientre
siento entrar el frío acero como una luna partida en dos mitades
cortando la carne negra en luto.
Unas tijeras rasgan el alma de mi hijo
como un viento sesgando los hilos de una madrugada
presagio de niebla aún sin forma
apenas soplo
ápeiron difuso en la palabra exhalada desde el seno materno:
– aborto–.
Me lo entregan en pedazos invisibles de remordimiento
en una vasija fría sustituyendo un cunero
etiquetado con una palabra:
“legrado”.
Mezo la cuna
rechina la palabra nacimiento en el pasillo
en las puertas que cierran las madres para no despertar a sus recién nacidos
en las puertas cerrando una lápida, la de mi hijo
rechina el llanto infantil que creí escuchar aquella noche
cuando me cubría con el manto de una sombra reflejada en la pared:
círculo deforme
repitiéndose ahora en mis manos
no hay manera de llevarlo a la pared de mi útero:
En el quirófano han apagado ya las luces.


II.

Tu latido se prolonga en una estrella
enjambre de luz verde en el corazón
que cae
hacia un tórax infantil
sostenido en mis ojos.
Desgarramiento.
Alguien miró a mis pupilas cuando tenía cinco años
y contempló tu rostro muriendo en mi vientre a veinticinco años luz,
el hilo de un papalote que rozó mi mano hasta confundirse con el hilo de una nube
desapareciendo en el celaje,
alguien miró a una niña llorar al borde de una banqueta y nadie la abrazó
la madre gritó por la ventana
la pelota rodó ausente por las calles, botando en ese eco olor a chicle
a hule
a soledad que se recrimina de una pérdida.


III.
Escucho el llanto de una mujer
en el hilo delgado del viento atravesando el cristal de la ventana
en un pueblo que se ha encargado de cortar el cordón umbilical del hijo
de aquél que se alimenta de la corriente del río
hundo mis manos en mi propia corriente y el vientre expulsa el cuerpo de un niño
desconocido
tiene el cuello morado de asfixia
lo hundo de nuevo en mi sangre
y un llanto ajeno,
un llanto grisáceo de gotas que reflejan el relámpago de un corte en el estómago
me escurre en el rostro.
– ¡Ay, este hijo no es mío! – grito
y en el quirófano las mujeres ahogan a sus hijos en mi propia sangre
y graban sus llantos en mi garganta, y en el ser que apenas sostengo entre las manos
el río se está desbordando, escucho el agua salir y levantar la tierra.
La tierra forma franjas y ataúdes
en el pueblo llevan a mi hijo de boca en boca hasta su sepultura.
De niña escuché a una mujer llorando por sus hijos
de niña grabé su llanto en mi garganta
díganme hasta cuándo terminará dicho sollozo en mi voz
hasta cuándo seguirá raspándome el cuello para salvarse del remordimiento.


IV.

Del vientre me crecen raíces violáceas
amarradas a la corriente de un río que a borbotones expulsa el sollozo de un niño respirando
a través de mi seno
se me hinchan las estrías de mi vientre, dicen que ya me va a explotar la corriente
dicen que ya me va a explotar el llanto de una mujer que me contempla al borde
del estómago
siento la contracción de un niño removiendo la espuma que le ha atravesado la garganta
el niño escupe el remordimiento de su madre
y a mí se me escapa por la boca gangrenada
llevo su pena en el lenguaje de la asfixia
ella me ha atravesado la carne en el corte de su cuerpo lanzándose a las aguas de un parto
interrumpido
hunde sus manos
y recoge el coágulo de un remolino
el coágulo del agua rebotando muerte
rebotando el niño en otros niños despedazados
¡Ay llorona! llevamos a todos los niños ahogados
en río
en llanto
lamentación
ficción
mito y aborto
tú a la orilla del río
yo a la orilla de una camilla
a la luz del quirófano:
transportadas a la orilla de la carretera
alguien nos observa con la bata manchada de sangre.


V.

Tu hijo se ha perdido en el desierto
como el zapato al que borraste el súper héroe por arrastrarte entre la arena
mientras te escondías de la “migra”
tu madre prometió no llevarte de nuevo al lugar donde naciste
y borró los ojos negros de tu padre en una lata grisácea
a la que rompió de un golpe para sacarle el interior y alimentarte gota a gota
con el jugo aceitoso que creó la noche bajo los restos que no bebiste
tu madre te dijo que te sostuvieras de su cuerpo para evitar que la corriente te jalara a sus
brazos
intentó soltarte para evadir el peso de un hijo al que se le tornaban los ojos verdes
recordándole la lama flotando sobre aguas que nunca quiso beber, pero que sorbió para
evitar morir con el reflejo del sol en su boca.
Te cruzó por el río bravo y tú retornaste en la corriente
Dios extrajo peces y te los dio muertos
clavándote las escamas en la palma de las manos
comí de la carne putrefacta
para revivir el aleteo
y evitar nuestra hambruna
el río bravo arroja borbotones de agua
el río tiene forma de placenta
yo nado en posición fetal
tú escapas a mejor vida
de un golpe le borro la imagen de tus ojos a mi hijo
y lo alimento con la dosis de un desierto que envenena la serpiente al arrastrarse y marcar
una ruta sobre el estómago en sequía:
– aborto –


Caín corta el cordón umbilical
Eva acaba de abortar a su hijo Abel
ella es la asesina.
El cordón umbilical se arrastra como una
serpiente
enroscándose en el ombligo del cadáver.
La civilización se fermenta en espiral
sobre la piel y la lengua envenenada.
Eva muda de piel
y nos construye una placenta.
Mudo la piel de un Ser que se enrosca en mi
vientre y me lanza mordidas
para alcanzar el fruto del que aún no ha
comido – la asesina–
En la mano de Adán sangra un fruto
bebo la infusión de todos los árboles del
conocimiento para desterrar al Ser del paraíso
vivo su muerte en mi carne y sangro
repetimos el epígrafe en cada contracción al igual que un antiguo testamento
Dios repite el mandato:
– No matarás–
Y aprieto las piernas para no convertirme en la
asesina
ardo en el infierno
se me contraen las llamas
– No quiero expulsar la ceniza–
Se me hincha el rescoldo de su carne en el
vientre
lo expulso calcinado en miércoles
para recibir
en la frente:
La cruz
de sus restos.


JESSICA ANAID HERNÁNDEZ JIMÉNEZ – Estudió la licenciatura en humanidades en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y cursó un diplomado en creación literaria en el Instituto Agustín Palacios Escudero. Obtuvo segundo lugar en el II certamen de poesía femenina Eylo Alfónsez, Valladolid, España. Fue beneficiaria de la beca literaria Interfaz del ISSSTE – CULTURA 2014, en el área de poesía. Autora del libro Los orgasmos de la tierra, Tintanueva Ediciones. Ganó el segundo lugar en el Certamen de cuento Ferrocarril a la Redonda. Fue beneficiaria de la beca del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo artístico David Alfaro Siqueiros, en la categoría de novela. Obtuvo mención honorífica en el Premio Estatal de Poesía Rogelio Treviño 2019.


 

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