RUIDO | JORGE GALÁN

 


RUIDO

Oh américa, oh gran madrastra blanca,
casa enorme bajo un solo astro del tamaño de la verdad,
oh américa de todos nosotros, he visto a tus padres arrodillados
amenazados por perros de oro que ladran a toda hora,
por eso he venido hasta aquí para preguntarte por los niños
de la otra América, los niños en sus jaulas de hierro indestructible,
sometidos por besos que quieren ahogarlos, bocas de agua
que solo saben asesinar, hachas de piedra
sobre pequeñas cabezas inflamadas por el llanto, qué has hecho
con nuestros breves niños, dónde los enterraste,
bajo qué duna y a la sombra de cuál árbol en llamas,
de la mano de quién los llevaste por el pasillo de cemento
hasta un patio sin hierba para abandonarlos otra vez
y cantarles la canción de cuna más triste de la historia del mundo,
qué silueta les susurró una palabra que significa destrucción
y los bautizó en el agua infestada por la furia de la tormenta
y los abrigó con sábanas de frío, y les pintó una cruz, no de ceniza
sino de sangre sobre la frente del tamaño de una paloma.
Inmensidad inusitada encerrada en una breve caja de madera,
tornado que cabe en el suspiro del que solo sabe marcharse,
américa voluptuosa robusta y ataviada con coronas de humo
y pendientes de metal, eres más grande, sí,
pero no más enorme, oh américa del tamaño del instante
que pronuncio tu nombre hecho de docenas de nombres inventados,
leona hecha con la piel de millones de cachorros sombríos.
Eres un cuerpo repleto de fiebres y maldiciones.
Te crees única, pero no eres única, eres todos a la vez
y nosotros somos contigo como tú con nosotros,
pero no quieres escuchar y tapas tus oídos con águilas de niebla.
América indecente y hermosa como una chica violentada
por sus tíos y sus primos en una sola noche, y luego
dejada sola, a la intemperie, bajo las lechuzas de agosto.
Enorme américa de todos nosotros, no hay puentes
del tamaño del mar, no hay gritos del tamaño de tu demencia
y tu odio hacia todos tus otros hijos, hacia la otra América
a tu espalda, hacia esta nación de cordilleras que acaban en el mar
y en el hielo, gran américa nuestra y de nadie, piedra bendita
y maldita, ruido de cuerpos que se mueven sin encontrarse nunca,
ruido de trompetas que se quiebran en las altas paredes,
ruido de ríos tragados por lagartos indóciles y vueltos a escupir,
inmensa américa de nadie y de todos, tuve que mirar
y volver a mirar para convencerme de que lo que veía
era cierto, que era la verdad sobre todas las cosas,
que destruirnos era tu manera de amar a tus propios hijos.
Tuve que mirar el llanto y los brazos tendidos en el aire.
Tuve que mirar cien veces para convencerme
de que habías enterrado tu cabeza en el Apocalipsis del desierto,
que nos habías encerrado como a pequeños perros
o pequeños pájaros o pequeñas serpientes,
que habías escupido sobre tierra sagrada
y te habías negado a escuchar lo que el viento del sur tenía para decirte.
Tuve que convencerme de que lo habías olvidado todo,
la dignidad, el nombre del cielo. Hermosa madre oscura
que ya no sabes escuchar tus propios gritos súbitos, los gritos
de todos tus padres, esa alma más extensa que tus praderas,
oh madre y padre y madre del tamaño de todo lo perdido.
Oh américa sin vida como el cuerpo de un niño sobre un país de fango.


HABITANTE

Desolación es mi nombre y el nombre
de lo que me rodea.
Al inicio de la calle, casas abandonadas.
Puertas arrancadas de un tajo por el viento del norte.
Patios donde solo la nieve ha caminado durante años.
Huellas de escarcha sobre las tejas rotas.
Faroles rotos, tierra rota, tazas, palanganas,
cornisas, columnas, todo quebrado.
Y ese olor que no es tierra, que no es la decadencia
ni la muerte, sino ese hálito que emana
de lo que ha sido maldecido.
Plata cubierta de polvo
como un hermoso rostro amortajado.
Figuras de animales en las paredes.
Orificios de bala donde la serpiente
ha penetrado la oscuridad.
Un eco, voces, susurros casi oceánicos
en la madrugada, una mancha en el aire, el peso
de lo que debió ser liviano y volátil
pero ha adquirido corporeidad.
Desolación es el nombre de lo que me rodea.
Desolación es mi propio nombre santo.
La lluvia no abandona los campos muertos.
He venido hasta aquí para saber
que el viento tampoco abandona
el mármol negro de las tumbas, los labios negros
de los que desaparecieron a la intemperie, arrastrados
hasta las ciudades vecinas y el mar
como ecos que se alargan por un tiempo imposible.
Camino sobre la tierra muerta, entre mudas de pitón
y gusanos rojos, sobre el fango aún húmedo,
sin avanzar, sin distinguir el oriente del poniente,
silbando como si nada fuese importante,
llenando mi boca con hambre antigua y antiguas palabras,
sin estirar la mano pero tocándolo todo,
volviendo a nombrar lo que alguna vez tuvo un nombre.
Desolación es todo aquello que crece y me rodea,
desolación aquellos con quienes me baño en un estanque
donde no logro observar el fondo,
lo que habita en la oscuridad de las aguas
son los residuos de la cena de un animal gigantesco.
Podría gritar y no huiría el ratón blanco
ni el búho, cuya garra es escarcha.
Podría golpear un tambor y no se encendería una estufa
ni se escucharía un resoplido de alivio.
Podría decir una oración y una campana no sonaría.
La soledad no tiene fundamento, estoy conmigo,
es la última hora del día,
y soy todos los seres de la tierra.


EL REFLEJO

El cielo reflejado en un cubo de agua
me hace pensar en el mar de mi juventud.
Pelícanos como gotas de azúcar
regresan con la marea alta, mujeres
siempre ancianas ponen a secar el pescado
y el aire adquiere una densidad
semejante a la del humo que despiden los incensarios
en la hora cuando las oraciones
recuerdan a los muertos.
Promontorios de eternidad en las esquinas.
Humo petrificado sobre el labio inferior.
Y sé que cuando no exista nada que esperar,
ni un viaje, ni un susurro que nazca entre los arbustos,
ni una sombra que entre a la casa
debajo de la puerta, cuando la rama
oscile para nadie, cuando la inmensidad
no detenga la niebla vespertina,
meteré la cabeza en un cubo de agua
y gritaré para despertarme
en mitad de la muerte.



Jorge Galán (San Salvador, 1973). Ha publicado: La ruta de las abejas (Océano Gran Travesía, 2020); Ruido (Pre-Textos, 2019); Noviembre (Tusquets, 2016, Planeta MX, 2015); Medianoche del mundo (Visor, 2016); La habitación al fondo de la casa (Planeta MX, 2016); El círculo (Visor, 2014); El estanque colmado (Visor, 2012); La ciudad (Pre-Textos, 2011); Los otros mundos (Alfaguara infantil, 2010) El premio inesperado (Alfaguara infantil, 2008); entre otros.

Ha obtenido el Premio de la Real Academia Española en 2016, por la novela Noviembre. Obtuvo el Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid 2016; el Premio Iberoamericano para obra publicada Jaime Sabines en México, 2012; el Premio Internacional Antonio Machado, Madrid, 2009; el Premio Adonais, Madrid, 2006; y el premio nacional de su país tanto en poesía como en novela corta.

Sus novelas han sido traducidas a diversos idiomas y publicadas por editoriales como Penguin Randon House, Little Brown o Mondadori, entre otras.


Fotografía de Joaquín Puga

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