RECUERDOS │ JOSÉ HIERRO


 

TIERRA SIN NOSOTROS

¡Qué dolorosamente
palpita el mundo en torno!
Parece que despierta
del sueño más hermoso
que nunca.

Hoy la piedra
es más piedra, más sordo
mineral. Hoy la nube
es menos de nosotros,
más extraña, más vaga,
más hecha de remotos
humos tenues de hoguera.

Galopa el viento, el ronco,
el salvaje, el desnudo
viento del Sur, el potro
enloquecido, y mueven
sus cascos olorosos
toda la creación
abierta ante mis ojos.

La luz va con la luz,
el chopo con el chopo,
el ave con el ave:
únicamente yo me encuentro solo.

El agua aquí, estancada.
Y yo al agua me asomo.
Me veo, como siempre,
reflejado en el fondo.
Me pregunta por ellos
y yo no le respondo.
(No quiero que se sepa
cómo ha acabado todo.)

¡Qué desoladamente
palpita el mundo en torno!

En cada muro, en cada
reflejo, en cada rojo
corazón del estío,
una pregunta, un sordo
reproche. No es mi tiempo
quien viene a mí. El retorno
lo emprendo yo, con esa
desesperanza de ojos
cansados que pretenden
llegar a herir el fondo
de las cosas, mirarse
dos veces en el torso
claro en un mismo río.

¡La tierra sin nosotros!
¡Qué cansado parece
mi pie! ¡Qué doloroso
fluir del tiempo vivo
desangrándose a chorros!
Parecen hoy las cosas
más irreales, como
formas de otro planeta
que vive sin nosotros:
agua que me refleja
inmóvil en su fondo;
urna que me contiene,
espejo que no toco,
no sea que yo mismo
tenga que verme roto,
y entonces, ¡sí, Dios mío,
qué iba a sentirme solo!

De: TIERRA SIN NOSOTROS (1947)


DESPUÉS DE LA LLUVIA DE OTOÑO

He mirado la mar, olvidándose allá, convirtiéndose
en cielo.
He escuchado el sonido del viento paciendo la hierba
mojada.
He dejado caído mi cuerpo entre flores azules,
cerrados los ojos
y he soltado las riendas al alma.

(Pienso en un llano de tierras resecas y duras,
en un negro avanzar por los siglos, la noche, la
piedra abrasada.
Pienso en ciudades, en hombres que viven cubiertos
de sombra,
en tristes mujeres que cierran las puertas al alba.
Y siento, en el fondo del río que mueve mis sueños,
la vida apagada.)

He abierto de nuevo los ojos. El sol da a las cosas
una lumbre irreal y dorada.
Otra vez son los montes de plata y de verde sereno.
Tiene la tierra el olor virginal de la fruta en la rama.

Repito los nombres que ofrecen un nido,
una bahía de paz a la infancia tronchada.
(El Faro, la Isla de Santa Marina,
pienso en la mole maciza de Peña Cabarga.)

He sentido el rozar de unos pies a mi lado.
Tenía la frente perdida en las nubes más altas.
“Hermosa la tierra”, me ha dicho. Y ha vuelto al
misterio.
Yo me he puesto a llorar de hermosura, pegada la
boca a la tierra mojada.


EL MUERTO

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar
la alegría
no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder
comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca
verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que
pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no
recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo querría poner primavera en sus manos.)
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar
la alegría
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.


RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un
álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de
darte.
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que
tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol
invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de
darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me
envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote
el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te
quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la
muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por
ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy
verde…

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el
claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando
una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente…

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la
luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras
como tú me entendieses.


RECUERDOS

Aquello era hermoso. ¿Te acuerdas de cómo las flores
nacían?
¿De cómo traía el ocaso su rojo clavel en la boca?
¿De un hombre que todas las tardes tocaba el violín
a la puerta?
¿Del soñar cotidiano que daba sus llamas al alma en
la sombra?

¿Te acuerdas de aquello? Aquello era hermoso.
Yo no sé si tú vuelves conmigo y conmigo lo evocas.
¡Tan alegre pasar, desgarrando el eterno momento,
pisoteando, sin verlas, las rosas!

Hay un instante que todo lo puede, que salta los días
y vive presente en el cielo dorado de nuestra memoria.
¿Por qué no ha de ser ese instante
el que ya para siempre te colme las horas?

¿Te acuerdas de aquello? Aquello era hermoso.
Todas las cosas que son, son hermosas
aunque sepamos de fijo que acaban y mueren un día,
que pasan rozando las vidas y nunca retornan.

¿Te acuerdas de aquello?
La juventud nos cantaba, nos canta, su canto de
gloria.
Aquello era hermoso: pasar sin pensar, y soñar sin
llegar,
aceptar sin jamás preguntar por la mano que dio la
limosna.

Y yo te pregunto. Y acaso está brisa que mueve la
hierba
me da tu respuesta, me dice la oscura palabra que
nunca se nombra.

De: ALEGRÍA (1947)


PARA UN ESTETA

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte—agua y fuego—hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces (“Mi obra”, dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
“que es el morir”, dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.

Tu fin no está en ti mismo (“Mi obra, dices”), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.


EPITAFIO PARA LA TUMBA DE UN POETA

Toqué la creación con mi frente.
Sentí la creación en mi alma.
Las olas me llamaron a lo hondo.
Y luego se cerraron las aguas.


EJEMPLO

Acuérdate que tenías
voz de fuego.

No eras árbol que se arranca
junco que desmaya, eco
de una voz desconocida:
eras voz de fuego.
Tú mismo eras fuego.

La muerte no remataba
nada: desataba el viento.
Y qué mejor camaradas
que el viento y el fuego.

Y por qué llorar, llorarte
por los muertos, en tus muertos,
si ellos eran viento loco
y tú eras el fuego,
voz de fuego.

Y por qué llorar un día,
si ya no eras fuego.
Por qué llorar, si las llamas
se desvanecieron.

Llorar y sólo llorar,
voz de fuego.

Acuérdate que tenías
voz de fuego.

Tu destino era incendiar
el leño reseco.
Pero no hay leño sin hacha,
hacha sin hachero.
Voz de fuego, entiéndelo,
voz de fuego.


VUELTA

Vienes hacia mí. De lejos
te conozco. No has cambiado
nada. Te conocería
siempre. Me traes en los labios
viejas palabras, recuerdos
que no mueren. No has cambiado
nada. Cuando llames, yo
te abriré la puerta. Cuando
me veas, me besarás,
te sentarás a mi lado
como otras veces. “Los años
—dirás—no nos han herido”.
Pero todo habrá cambiado,
querido,
pero todo habrá cambiado.

Te conocería siempre.
Esperándote han pasado
los días. Ni un pensamiento
mío dejó de ser tuyo,
amado,
ni un pensamiento dejó
de ser tuyo. No has cambiado
nada. Te veo venir
hacia mí. Los viejos ramos
están verdes. Soy la misma
y eres el mismo. Parado
ha estado para nosotros
el tiempo tres años largos,
querido,
parado el tiempo. “Los años
—dirás—no nos han herido”.
Pero todo habrá cambiado,
querido,
pero todo habrá cambiado…

“Una eternidad—dirás—.
Y nadie ha de separarnos”.
Pero tú sabes, querido,
tú sabes que se han quemado
horas que no nos tuvieron,
unidos, entre sus brazos,
querido,
dormidos entre sus brazos.

“Una eternidad”, dirás.
Qué eternidad puede darnos
nuestro instante roto. Cómo
ganarlo y recuperarlo.
Y cómo amarnos vencidos,
cómo amarnos sin buscarnos
en nuestras sombras, en nuestras
estelas, en el pasado
feliz, en la vieja música
muerta. Cómo contemplarnos
sin amarguras, sin lágrimas,
amado,
cómo mirarnos vencidos,
derrumbados.
Y qué fuerza ha de poder
restituirnos los años,
devolvernos nuestra joya.

Ahora todo habrá cambiado,
querido,
ahora todo habrá cambiado.

De: QUINTA DEL 42 (1953)


LOS ANDALUCES

Decían: “Ojú, qué frío”;
no “Qué espantoso, tremendo,
injusto, inhumano frío”.
Resignadamente: “Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

En dónde habrían dejado
sus jacas; en dónde habrían
dejado su sol, su vino,
sus olivos, sus salinas.
En dónde habrían dejado
su odio… Parecían hechos
de indiferencia, pobreza,
latigazo… “Ojú, qué frío”.

Tiritaban bajo ropas
delgadas, telas tejidas
para cantar y morir
siempre al sol. Y las llevaban
para callar y vivir
al frío de Ocaña y Burgos,
al viento helado del mar
del Dueso… Los andaluces…

Estos que están esperando,
desde Huelva hasta Jaén,
desde Jaén a Almería,
junto a las plazas de cal
y noche, deben de ser
hijos de aquéllos. Esperan
que alguno venga a encerrarlos
entre rejas. Como aquéllos,
no preguntarán por qué.
No se quejarán de nada.
Ni uno se revelará.
“Las cosas son como son,
como siempre han sido, como
han de ser mañana… Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

Apenas dejaban sombra,
sonido, cuando pasaban.
Se borraban sus cabezas.
Tan sólo un inmenso frío
daba fe de ellos. Y aquella
dejadez que rodeaba
su fragilidad. Más solos
que ninguno. Más hambrientos
que ninguno… (Deseaba
que odiasen, porque los vivos
odian. Los vivos perdonan.
El hombre es fuego y es lluvia.
Lo hace el odio y el perdón.)
Indiferentes: “Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

Un grano de trigo. Una
oliva verde. (Guardad
el aliento de la tierra,
el parpadeo del sol
para ayer, para mañana,
para rescataros…) Quiero
que despierten del pasado
de frío, de los cerrojos
del futuro. Yo no sé
si los veo, los recuerdo,
los anticipo…

Hace pocos
kilómetros tuve aquí,
en mi mano, la madeja
de los días. La emoción
de los días. Como un padre
que olvidó hace tiempo el rostro
de los hijos muertos. Y ahora
los recuerda. Y ahora vuelve
a olvidarlos, unos pocos
kilómetros más allá.
Olvidados para siempre.

Cuántos años hace de esto.
O cuántos faltan para esto
que hace un momento viví
por los caminos…—ojú,
qué frío—de Andalucía.


MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO

Os enseñé muy pocas cosas.
(Se hacen proyectos…, se imagina…, se sueña…
La realidad es diferente.) Pocas cosas
os enseñé: a adorar el mar;
a sentir la alegría de ver vivir a un animal minúsculo;
a interpretar las palabras del viento;
a conocer los árboles, no por sus frutos:
por sus hojas y por su rumor;
a respetar a los que dejan
su soledad en unos versos, unos colores, unas notas
o tantas otras formas de locura admirable;
a los que se equivocan con el alma.
Os enseñé también a odiar
a la crueldad, a la avaricia,
a lo que es falso y feo, a las flores de plástico.

Febrero llueve sobre el cementerio.
Es una tarde de domingo. Gris
es todo. Hemos venido a enterrar a una criatura
tierna y absurda. Un ser que tal vez soñaría
con la inmortalidad. Trazaba rayas
sobre una plancha de metal, la mordía con ácidos…
Así evocaba a sus demonios, daba fe de su vida,
escribía sus sueños… (Humildemente
dejó pasar sus días. Sin fuego transcurrieron.)
Un pobre ser que ya descansa.

No dejó un hueco irremplazable
en el mundo. Quebró su muerte la perfección
universal.
Muy pocos lo advirtieron. Recordarán algunos
de tarde en tarde, y sin dolor, que ya no existe.
Los menos que la lloran la olvidarán también.
Al fin quedó enterrada su carne. Ha vuelto a
deshacerse.
Correrá con el agua subterránea que la acompaña,
se deshará con gozo inútil en las cosas
sin dar siquiera un poco de carmín,
de aroma o balanceo a alguna flor de estío,
una flor verdadera, no de plástico, fea,
como aquellas que odiábamos, hijos míos.

Aquí me dejan bajo tierra. Es una tarde de febrero.
Todo es negro cuando se van. Y mudo. Se ha
extinguido
esa música gris que antes sonaba.
También el tiempo se ha borrado, y su sufrimiento,
de mi cuerpo. Ya el sufrimiento y el tiempo
van deshaciendo poco a poco lo que fue,
y tuvo fe y desánimo, fantasía y amor.
¡Qué pequeño es ahora, a esta distancia
absoluta, el afán diario! ¡Qué pequeño lo grande,
lo grande aquello ¡Qué pequeñas las iras
ante los hombres y sus actos!
¡Qué pequeños los hombres, y qué necio
aquel errar buscando la verdad!
Como si hubiese una verdad tan sólo.
Como si una verdad fuera bastante
para darnos la vida.

Tarde se aprende lo sencillo.
Lo sabréis cuando un río de espanto se desboque
y arrastre vuestra luz, y la sepulte sin remedio.
Pensé algún día que quien vive sólo un instante, nunca
puede morir. Quizá quise decir que sólo aquel que
muere
un instante sabe lo nada que es vivir.
Mas nadie ha muerto nunca sino definitivamente.
Y entonces las palabras no tienen labios que las
formen.

Tarde se aprende lo sencillo.
Tarde se encuentra la hermosura. No aquella de los
ojos
mortales, la del mundo. No puedo hacer que lo
entendáis.
Necesario sería que ahora estuvieseis aquí abajo
y que vieseis a vuestros hijos llegar entre las tumbas,
bajo la lluvia, y dejar su perfume y su presencia
en las tibias, alegres, inmortales
—mãs hermosas en vuestras manos que las del
bosque—
flores de plástico.


CAE EL SOL

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.

Hablo con la humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa—seres, sueños, sucesos,
amor—,
don gratuito, porque nada merecí.

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos
—mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede llamarse a una cereza
(“hoy se caen solas las cerezas”,
me dijeron un día, y yo sé por qué fue),
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor—.

Se me ha olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)

Pero se me ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).

Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.

Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.

De: LIBRO DE LAS ALUCINACIONES (1964)


Poemas tomados de: ANTOLOGÍA; José Hierro (Visor, Madrid, 1980)


LA CASA

Esta casa no es la que era.
En esta casa había antes
lagartijas, jarras, erizos,
pintores, nubes, madreselvas,
olas plegadas, amapolas,
humo de hogueras…

Esta casa
no es la que era. Fue una caja
de guitarra. Nunca se habló
de fibromas, de porvenires,
de pasados, de lejanías.
Nunca pulsó nadie el bordón
del grave acento: “nos queremos,
te quiero, me quieres,nos quieren…”
No podíamos ser solemnes,
pues qué hubieran pensado entonces
el gato, con su traje verde,
el galápago, el ratón blanco,
el girasol acromegálico…

Esta casa no es la que era.
Ha empezado a andar, paso a paso.
Va abandonándonos sin prisa.
Si hubiera ardido en pompa, todos,
correríamos a salvarnos.
Pero así, nos da tiempo a todo:
a recoger cosas que ahora
advertimos que no existían;
a decirnos adiós, corteses;
a recorrer, indiferentes,
las paredes que tosen, donde
proyectó su sombra la adelfa,
sombra y ceniza de los días.

Esta casa estuvo primero
varada en una playa. Luego,
puso proa a azules más hondos.
Cantaba la tripulación.
Nada podían contra ella
las horas y los vendavales.
Pero ahora se disuelve, como
un terrón de azúcar en agua.
Qué pensará el gato feudal
al saber que no tiene alma;
y los ajos, qué pensarán
el domingo los ajos, qué
pensarán el barril de orujo,
el tomillo, el cantueso, cuando
se miren al espejo y vean
su cara cubierta de arrugas.
Qué pensarán cuando se sepan
olvidados de quienes fueron
la prueba de su juventud,
el signo de su eternidad,
el pararrayos de la muerte.

Esta casa no es la que era.
Compasivamente, en la noche,
sigue acunándonos.

De: AGENDA (Ediciones Prensa de la Ciudad, Madrid, 1991)


EZRA POUND

ACOTACIÓN PRIMERA

Desconectado de su lugar y de su tiempo,
extravagante americano nacido en Gran Bretaña,
a contratiempo, a contraluz, a contralugar.
Todo, hasta su lengua materna,
le vino estrecho. Por eso recurría
al griego clásico, al latín,
al provenzal antiguo, al italiano del Dante, al chino.
En Spoleto salmodiaba
con susurro ancianísimo, en italiano,
—una sutil manera de venganza—
algunos de sus Cantos Paisanos,
escritos en inglés, como es sabido.
Esto ocurrió años después
de su exaltación del fascismo
—Inglaterra mi natura, Italia mi ventura
USA mi sepultura—.
Porque fue en USA donde estuvo
al borde de la ejecución
—gas, horca, silla eléctrica, inyección letal
o cualquier otra forma de exterminio
civilizada y piadosa.
Antes había sido la jaula, la vergüenza,
la befa, el improperio. Finalmente,
el psiquiátrico.

ACOTACIÓN FINAL

Dorothy —ese es su nombre— ha cerrado la puerta.
Lleva en su mano la bandeja
con los restos de la comida.
Acto seguido, como hace
todos los días,
arroja al incinerador
vasos y platos de cartón, cubiertos de plástico.
Finalmente, como todos los días,
los papeles que escribe el loco
de la habitación 109.


VILLANCICO EN CENTRAL PARK

Mañanicas floridas
del frío invierno
recordad a mi niño
que duerme al hielo.
LOPE DE VEGA

Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.


ORACIÓN EN COLUMBIA UNIVERSITY

A Dionisio Cañas

Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,
y el chirrido de la chicharra,
y el lagarto de fastuoso traje verde,
y la brasa hipnotizadora
(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado
don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco).
Bendito sea Dios que inventó el agua,
el agua sobre todo.

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer
y el balido que lo poblaba.
Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.
El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,
hacia el contrapunto.
Suena el concierto en mi memoria.
O pueda que se trate
de una música diferente:
la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada
Federico García Lorca,
y luego aquí, rescatada,
en Columbia University.

Bendito sea Dios que inventó los prodigios
que contaba mi padre
perfumado de espliego y de tomillo.
Eran historias de ciudades mágicas
en las que el agua circulaba
por venas de metal, agua caliente y fría
(nos lo cantaba al borde del regato,
helado en el invierno, seco en estío:
“Venga, a lavarse, coño, guarros”.
Y obedecíamos).

Bendito sea Dios porque inventó la cabra
—la cabra que rifaba por los pueblos—
mucho antes que Pablo Picasso,
con barriga de cesto de mimbre
y tetas como guantes de bronce.
Maldito sea Dios porque inventó el estaño
parpadeante del olivo,
ramas y tronco de Laoconte,
y aquella sombra trágica de catafalco y oro:
un rayo congelado en la mano siniestra
y en la diestra un crepúsculo.
Maldito sea Dios porque inventó a mi padre
colgado de una rama del olivo
poco después de recogerse la aceituna.
No puedo perdonárselo.

Pero eso fue más tarde.
Antes fueron los niños.
Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,
vestidos como príncipes o pájaros.
Con voces de cristal, “Papá”, decían a su padre.
Bendito sea Dios por inventar una palabra
milagrosa, jamás oída,
y su padre correspondía
con vaharadas de ternura.

Maldito sea Dios, porque yo quise
arrezagarme en la ternura
pronunciado la mágica palabra
entonces descubierta. “¿Papá?” “Mariconadas,
si te la vuelvo a oír te llevas una hostia”.

Bendito sea Dios porque inventó los años,
1970, 1980, 1990…,
inventó el fuego, el oro viejo
de los arces de otoño,
y estos ríos profundos como penas,
largos como el olvido o el recuerdo,
hospitalarios, generosos,
por los que la ciudad va navegando
hasta la mar, que es el morir.

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.
Se daba nombre en ellos
a lo que antes no lo tenía.
Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas
masters, campus con risas y con marihuana,
laboratorios y celebraciones
con cantos en latín, gaudeamus igitur,
todo situado en niveles distintos del tiempo.

Bendito sea Dios que inventó la memoria
y que inventó el silencio de este lugar aséptico,
y las venas metálicas ocultas
en las que el agua espera
unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.
Ahora sé que mi padre está vengado.
Mi padre, descolgado del olivo
pronuncia con mis labios las palabras totémicas,
y se estremece este recinto sagrado.
“Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias”.
Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,
se desbordan las aguas que él soñaba
en la choza de adobe y paja,
cantan la gloria de la recuperación,
y mi padre navega por las aguas,
le provoco, gritándole desconsolado.
“¡Papá!”. “Mariconadas”, me contesta.
“¡Papá!”. Maricona… glu, glu,
ahogado, recuperado,
navegante por los canales de oro,
vivo ya para siempre.

De: CUADERNO DE NUEVA YORK (Ediciones Hiperión, Madrid, 2000)


JOSÉ HIERRO (Madrid, 03/04/1922 — 21/12/2002)
Poeta, editor, ilustrador, pintor, crítico de arte. Sus libros de poesía: Tierra sin nosotros (1947), Alegría (1947), Con las piedras, con el viento (1950), Quinta del 42 (1953), Estatuas yacentes (1955), Cuanto sé de mí (1957), Libro de las alucinaciones (1964), Agenda (1991), Cuaderno de Nueva York (1998). José “Pepe” Hierro, quien ha sido considerado como uno de los más importantes poetas de la generación de la posguerra en España, escribió una poesía de alto poder evocativo, y que ahondó en una zona de intimidad, testimonial, proyectada también a lo colectivo. Este es un espacio poético, erosionado por el tiempo, pero recuperado siempre en la voz memoriosa, sensible, vitalista, de Hierro. Él nació en Madrid, pero desde los dos años vivió en Santander, donde estudió en su infancia y primera juventud. Fue encarcelado en 1939, por motivos políticos, saliendo libre en 1944. En ese tiempo fundó la revista “Proel”, en Santander, junto a su amigo, José Luis Hidalgo. Luego residió en Valencia (1944-1946), regresando después a Santander. En tierras santanderinas realizó diversos trabajos, tales como, listero, tornero, conferenciante, redactor en revistas (1947-1951). En 1952 se instaló definitivamente en Madrid, junto a su esposa. Aquí, trabajó en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el Ateneo, en la Editora Nacional, en Radio Exterior y en la Radio Nacional de España, institución donde estuvo desde 1966 hasta 1987. Entre los reconocimientos más destacados que recibió, el Premio Adonais (1947), Nacional de Poesía (1953 y 1999), de la Crítica (1958 y 1965), Príncipe de Asturias de las Letras (1981), Nacional de las Letras Españolas (1990), Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1995), Doctor Honoris Causa, por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (1995), Cervantes (1998), elegido Miembro de la Real Academia Española de la Lengua (1999), Doctor Honoris Causa, por la Universidad de Turín (2002). El poeta Hierro, al reflexionar sobre el quehacer poético, dijo, “…La honestidad de mi poesía —no su valor— reside en el hecho de que he escrito siempre para mí. Pero ¡cuidado!, que escribir para uno no significa escribir para que los demás no le entiendan… El poeta tampoco puede escribir sólo para que le entiendan los demás: escribe para entenderse a sí mismo, que es la única manera de que puedan entenderlo los otros, ya que somos una porción de los otros… Pero antes hay que haber vivido entre los demás. De ellos procedemos y a ellos fatalmente hemos de volver a través de la poesía, que es lo más noble que el ser humano puede ofrecer a los demás…”(Reflexiones sobre mi poesía; Conferencia en la Escuela Universitaria del Profesorado de E. G. B. “Santa María” (Universidad Autónoma de Madrid, 16/12/1982). En: www.cvc.cervantes.es/literatura)


 

 

 

 

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