LA MANO HUNDIDA EN LOS ESPEJOS | JOSÉ NAPOLEÓN OROPEZA


LA MANO HUNDIDA EN LOS ESPEJOS

Sólo después de comprobar si alguien distinto a la pareja que pasaba parte de la noche acomodando los cartones con los cuales improvisaban una cama, a la entrada del Conjunto de Residencias Villa Elvia, no merodeaba por allí, se dispondría Gabriel a traspasar el umbral. Como si hubiese realizado algún acuerdo con ellos, lo cruzaría tan pronto los indigentes   levantasen los cartones y se alistaran a deambular por la ciudad en busca de desperdicios y restos de alimentos entre la basura.

Luego de permanecer en el umbral, a la espera de que ellos acomodaran o levantasen los cartones, Gabriel volvió a entrar a su apartamento situado en el segundo piso. Antes de irse a dormir, se asomaría otra vez. Desde la ventana de la sala-comedor, esperaba verlos entrando a la escena cargados de cartones y de platos plásticos en los cuales traían huesos de pollo y restos de ensalada.

Cuando los vio arribar cargando varios pedazos de cartón y algunas bolsas negras, se sintió aliviado al comprobar que nada malo les había ocurrido hasta esa hora. La pareja se habría retrasado, abriendo y revolviendo las bolsas de basura depositadas frente al Centro Comercial Las Amapolas, adonde muchas veces, los ha visto entrar aprisa, procurando ser los primeros en hurgar la basura, antes de que tres muchachos más jóvenes que ellos, corrieran calle abajo, arrastrando las mochilas recién colocadas en el conteiner por los obreros de la panadería.

“Ojalá esta noche hayan tenido suerte esos pobres diablos y no se acuesten con el estómago vacío”, pensó Gabriel mientras acomodaba la almohada en su cabeza, decidido a seguir durmiendo un rato más. Mientras halaba la sábana, creyó escuchar algunos ruidos en la calle. Semidormido, se levantó de nuevo, pero rehusó la idea de asomarse por tercera vez a la ventana.  La pareja no habría llegado aún. Seguramente andarían buscando otros cartones, o caminando hacia un Centro Comercial distinto, se dijo mientras cerró los ojos, al tiempo que arropaba sus pies, tratando de conciliar el sueño.

Mientras se dormía, pensó, por un instante, levantarse de la cama y, a escondidas de su esposa, extraer de la despensa algo de pan; luego de agregar unas rodajas de mortadela, las dejaría escondidas debajo de un paño de cocina. Se lo daría todo a la pareja   cuando antes de que amanecieran, levantasen los cartones, mientras él se encaminara hacia la parada de autobuses. Aunque no se encontraba casi nunca con nadie conocido en la calle —después de entregar la ración de pan y mortadela a la pareja de indigentes— avanzaba lentamente, pensando en la posibilidad de que ellos lo alcanzaran y, en cierta manera, le hiciesen compañía.

Sin embargo, muy a su pesar —debido a la creciente escasez de alimentos y la carestía de los pocos insumos que llegaban al supermercado— renunció a la idea de continuar dándoles comida, cuando ellos, creyendo que ese bondadoso gesto de Gabriel constituía una obligación para con ellos, empezaron a reclamarle la mesada del día y mudaron su “·cuarto” unos metros más allá de la entrada del Complejo, distante de la puerta a través de la cual saldría Gabriel.

Como todos los días, una vez traspasado el umbral, se asomó a la calle, todavía sin atreverse a salir. Luego de otear hacia el frente y a los lados, asegurándose de que no existía señal de peligro, y que los indigentes Ubilbia y Genaro, tampoco anduviesen por allí, se atrevió a tomar la calle totalmente sola a esa hora de la madrugada. Sólo había restos de bolsas, papeles, huesos de pollo esparcidos y un tobo roto que, empujado por el viento, producía un ruido sordo sobre el pavimento. Pero ni Ubilbia, ni Genaro andaban cerca.

Sin esperar por ellos, se dispuso a caminar a paso lento. Todavía es muy temprano, pensó. Aprovechando el frío mañanero, valdría la pena ir caminando hasta Almacenes Todo a Mil donde pasaría siete horas atendiendo a los clientes en una de las cajas, entregando facturas y el vuelto a alguna persona que —extrañamente en estos días en que la inmensa mayoría cancelaba con tarjetas de débito ante la ausencia de dinero en efectivo— cuadrando la caja antes de retirarse y, sin demoras, emprender el retorno a su casa. A la hora de salir de su trabajo, el transporte se volvía pesado: le costaba mucho lograr un asiento y   rechazaba la idea de ir colgado de las puertas de alguna camioneta. Sólo pasaban camiones repletos de gente, como si fuesen ganados o cochinos destinados a algún matadero.

Pensando que cuando hubiese pasado la hora pico le sería mucho más fácil conseguir un puesto en algún autobús, decidió tomar la vereda que lo conduciría, directamente, a la entrada de un Centro Comercial derruido, donde todas las tardes, a la misma hora, Ubilbia parecía aguardar su llegada.   Mientras caminaba, Gabriel se aferraba a la firme creencia de que ella sólo deseaba algún aplauso aprobatorio suyo, después de haber sido testigo de su lucha con una supuesta enemiga a la cual desafiaba con sus puños apretados, dando rápidas zancadas ante una vidriera.

Sin que Ubilbia pensara en cuáles serían las intenciones del hombre que seguía sus movimientos, aguardaba su llegada para reanudar su riña, o su diálogo, con los personajes inventados por ella, gesticulando ante el espejo, moviéndose ante el pedazo de vidrio en lo cual terminó convertido el ventanal de uno de los locales del Centro Comercial Río Grande.

Ubilbia, casi irreconocible, vestida con otros harapos de color y de distinta factura —no aquellas tiras que colgaban cuando dormía sobre los cartones frente al Complejo residencial y que se anudaban en las chancletas ya sin suela— parecía haberse desentendido de su compañero desde que decidió pasar noche y día ante el improvisado espejo de lo que fuese parte de la puerta de entrada al Centro Comercial. Ahora le bastaba la compañía de algunos personajes imaginados por ella frente a la vidriera.  Acaso acompañada por ellos, evocase alguna escena en la cual interpretaba a una imaginaria actriz de teatro.

Desde el instante en que, por vez primera, se situó frente a ese espejo, ambos —tanto ella como el supuesto director que la aplaudía en la calle— se olvidaron de seguir soñando a Genaro. Andaría sin él; no necesitaba seguir inventando ninguna compañía distinta a ella, la mujer que la miraba y seguía sus movimientos al fondo del cristal. Marcharía sola, de ahora en adelante: en ese instante, el hombre que la observaba la aplaudió, aprobando la decisión de aceptar la nueva vida soñada por ambos. Volvería a ser una actriz e improvisaría muchas historias para él, luciendo el atuendo de uno de los personajes que inventaba mientras extraía de un   saco que   llevaba con ella, vestidos, collares, argollas y plumas, al tiempo que tejía y destejía una tela imaginaria, soñando ser Penélope. O acaso así la imaginase el mismo Gabriel. Parado detrás de ella, armaba las historias a partir de las incoherencias y gestos de Ubilbia delante del espejo inventado por uno de los dos en la acera. En un solo instante, las ruinas se convertían en un palacio, en un cuarto decorado con tapices y flores, o en una calle solitaria y vacía.

A veces, la tela no la tejía para los viejos que la acosaban, sino para los trúhanes a los cuales engañaba con su mímica, aplazando el instante de mostrarles el retazo que anudaba y desanudaba durante las noches y —como si fuera Sherezada— suspendería el tejido al amanecer, proponiéndoles continuar al día siguiente, a la espera de que Gabriel saliese del almacén adonde laboraba todo el día.

¿Pero cuál de los dos acechaba al otro frente al espejo, ella o ese vagabundo que caminaba detrás y no la dejaba soñar con la próxima historia?: la verdadera historia ni dormía en ella, ni tampoco brotaba de ella. Esa historia que vivió la niña que también soñaba con Ubilbia pensando, acaso, que todavía Ubilbia era muy niña para ser actriz. En ese entonces, Ubilbia no se llamaba Ubilbia, sino Artemisia Gentileschi, según se afirmaba en el libreto escrito por Gabriel: una dulce muchacha violada por su padre. Insaciable o curioso, el padre, asimismo, invitó a dos sirvientes a repetir la escena ante él, después de dejarla sangrando, a la espera de otros dos hombres que vendrían por ella, tal como Gabriel lo imaginó.

Luego de dejar de ser niña, convertida en mujer por la fuerza, Artemisia trató de convencer a los miembros del jurado reunido al fondo del espejo, que habría sido violada por su padre y por los viejos que trataron de repetir la historia de Susana en el pasaje bíblico. Ubilbia echaba otra historia antes de ponerse a llorar, buscando, afanosa, al fondo del cristal, al padre violador que cerró con llave el cuarto y la tiró sobre el piso; la inmovilizó con una mano —contaba y repetía Artemisia— poniéndole un pañuelo en la boca para que no gritara. No conforme con ello, le colocó, entre sus muslos, una de sus rodillas luego de tratar de convertir en tiras el vestido y dejarla libre para que, harapienta y desgreñada, saliera afuera a inventar la historia de que fue violada alguna vez.

—Pero ¿qué has hecho tú para vengar a Artemisia y a las huérfanas violadas por un padre y por un par de viejos sádicos? —preguntaba Ubilbia, inquisidora y frenética, a la mujer vestida con harapos manchados de sangre, quien se agitaba al fondo del espejo, sosteniendo en su mano una enorme astilla de vidrio.

Como si estuviese aguardando por Gabriel en su camino, Ubilbia, sin hablarle, lo ignoraba. Sabía que aquel hombre se llamaba realmente Ambrosio y no Gabriel, como antes se llamó Jasón y Holoformes. Dándole la espalda, armada con la astilla de algún árbol caído, algunas veces de una piedra, de un pedazo de lata y otras de un espejo que extraía de su seno, empezó a vociferar, improvisando los parlamentos de alguna obra de teatro:

—¿Qué has hecho tú por Artemisia y por la misma Ubilbia, ah?

Ubilbia recordaba que Artemisia se hizo pintora y hubo de luchar para que la sociedad de su tiempo la reconociera como artista. Así como nadie le creyó la historia de su violación, a manos de su padre —quien era pintor y empleó en su taller, como ayudante, al hombre que se convertiría en el verdugo violador de su `propia hija, de común acuerdo entre su propio padre y su ayudante— nadie la creía autora de los primeros cuadros que pintó. La gente murmuraba que su padre sería el auténtico autor de aquellas obras que empezaban a convertirla en afamada artista.

Sin embargo, armada de valor, Artemisia pintó su más famoso cuadro: Judith degollando a Holoformes. Eso recordaba Ubilbia, eso contaba a ella misma ante el espejo, mientras con la astilla todavía en la mano, miraba —a través del pozo de agua— al hombre escondido detrás suyo, quien se mantenía anotando en una hoja algunas ideas que ella —presa de recelo o de temor— asumió como otra afrenta contra esas mujeres que ella creía ver al fondo del vitral, mientras vociferaba en alta voz:

—Pero ¿qué esperas ahora cuando la niña que fuiste ya murió?

Nunca tuvo hijos. No fue Medea, pero sí Penélope, quien, para siempre, se transformó en Judith. Olvidando si alguna vez fue una vagabunda que se llamó Ubilbia, se volvió hacia el curioso que la observaba peleando con ella misma ante el espejo. Furiosa, desquiciada como nunca antes, hundió la astilla en el pecho del hombre que retrocedió espantado, tratando de esconderse. La sangre salpicó algunos trozos del espejo, pero no la calle extrañamente pulcra aquel amanecer.

Tras esa alborada, terminó la obra. “Pero el sueño no ha concluido”, pensó Gabriel mientras se arrastraba en el suelo, tratando de sacarse el pedazo de espejo convertido en un puñal certero. Cuando despertó, Ubilbia o como se llamase la mujer que lo había herido, ya formaba parte de otro sueño.

Del libro inédito La rosa inacabada


JOSÉ NAPOLEÓN OROPEZA. Escritor venezolano, nacido en Puerto de Nutrias, Estado Barinas, el 13 de octubre de 1950. Egresado de la Universidad de Carabobo y de la Universidad de Londres, instituciones en las cuales cursó estudios de educación y Teoría y Práctica de la Literatura. Cultiva el cuento, el ensayo y la novela. Ganador en dos ocasiones del Premio de Cuentos del “Diario El Nacional”, del Premio de Novela “Guillermo Meneses” y del Premio Bienal de Literatura “Orlando Araujo”, entre otros reconocimientos. Es autor de veintisiete obras. Entre ellas, se encuentran La muerte se mueve con la tierra encima (Cuentos, 1972); Ningún espacio para muerte próxima (Cuentos, 1978); Los perfiles de agua (Ensayos 1978); Las redes de siempre (Novela, 1976); Las Puertas ocultas (Novela, 2011) y El habla secreta (2002), serie de cinco volúmenes en el cual estudia y analiza todo el espectro histórico y formal de la poesía venezolana de los Siglos XX y XXI.


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