PARA AHUYENTAR ESA BANDADA DE SUEÑOS ROTOS | JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS


VOCES DE GEPPETTO

Llevas por memoria un bosque entre las manos. Con los ojos cerrados dices: cedro rojo, negro chanul o pino amarillo; basta que tus dedos se posen sobre la madera para nombrarla. No conoces, no puedes conocer otro lenguaje sino el silente idioma de los árboles donde las raíces son historias sin escribir y las hojas plegarias de aves que cantan en mayo.

Entre el guayacán y el ébano realizas la más humilde de las tareas: convertir la madera en utensilio. Cada uno lleva en las manos su destino y tú heredaste de Geppetto y de José la tarea de tallar la Copa de la Alianza. Tú, que das forma al candelabro medieval, a la silla celta o a la mesa francesa no olvidas guardar leña para los fogones del tercer mundo.

Hoy escribo para ti Nelson, para tu oficio de carpintero con el cual llenas los rincones de nuestra soledad a cambio del pan de cada día. Cada uno lleva en las manos su destino, ahora lo sabemos, ahora cuando la memoria nos olvida como a una vieja melodía que en la distancia toca un violinista bajo el viento de enero.

Del libro Historias alrededor de un fogón


 RADIOGRAFÍA DE LA AUSENCIA

«Cuánto más grandes los hombres
más solos se quedan»
DE UNA CANCIÓN POPULAR.

Viejo en tu ausencia el bueno de Dios se ha vuelto amigo. En los bares donde no entras a beber, la silla que debes ocupar se llena con tu vacío; al que ofrezco una cerveza que no bebe nunca. Entonces pido un cigarrillo que dejo encendido hasta que por completo se lo fuma tu fantasma.

Ahora que recorro restaurantes, avenidas y duermo mal en hoteles de todas las ciudades, ahora que cualquier mujer de esquina me ofrece algo más que su sexo tibio y sus senos de candil, ahora que el corazón está hecho añicos necesito de tu mano y tus palabras.

Papá, en las noches de embriaguez me hace falta tu voz ordenándome dormir. Dime quién sabe de tu pasión por el fútbol y por las novelas de vaqueros. A quién hace vibrar tu historia del carbonerito. Quién conoce tu secreto sobre el vuelo del albatros.

Hoy que la vida vuelve a sonreír quiero saber qué neblinas respiras. Cuáles gotas de sudor mojan tu sombra. Dónde apagas el último cigarrillo. Quiero saber si todavía hueles la lluvia.

Es duro crecer sin ti, sin tu silbido en las mañanas cuando la cuchilla atraviesa tu rostro y el ruido de tus zapatos me despierta. Aquí las calles de mayo siguen solas, nadie cura mis heridas de juegos perdidos, nadie remienda mis ojos al final de un amor.

Camino solo, papá, y la noche me seduce de nuevo. Mañana te habré olvidado otra vez.

Del libro Los amigos Arden en las manos


FANTASMA DEL VIENTO

Bajo la sombra tutelar de la nostalgia
veo una mano, un cuerpo arqueado, otra sombra.
Me reconozco en medio de la sala
y pienso entonces en días más felices.
Me descubro siendo el mismo hombre
que nunca ha volado y jamás cruzará el mar.
Sé que soy un aprendiz de la luz y el movimiento,
apenas un hombre de provincia
que no puede hablar de altos edificios,
de luces de ciudad,
y elegantes prostíbulos con olor a menta.
Sé muy bien que las autopistas
y los vendedores de marihuana me son ajenos
y el ruido ensordecedor de la guerra me es propio
porque mis huesos hacen parte de este país de ausentes.
No conozco las montañas
ni puedo distinguir los nombres de los árboles.
Soy de pueblo,
apenas salgo al traspatio de la casa
a ver en las cuerdas de la ropa
                                                 una gota sujetarse a la vida.
Mi viaje más largo ha sido a la Plaza de los Negros
donde gentes pobres venden cuerpos y maíz.
Conozco, a ojo cerrado, los callejones de la Plaza de Mercado
sé a qué huelen pisos y paredes
y puedo entrar de espaldas en la vieja biblioteca.
Soy un hombre encerrado en sus palabras.
Prisionero justo de mis miedos.
Emperador del polvo, del silencio, del ayuno.
Tomo aguardiente en cantinas
donde mi padre sentiría vergüenza
y juego el juego ruin de los reproches.
He dejado el alma en un camastro
y he besado a la belleza en los tobillos.
Soy un hombre simple
que amenaza al odio con palabras,
que sale cada día a quitar las vendas a los muertos,
a curar heridas en los brazos de mis hijos,
a limpiar cuchillos que manchan las calles
de este triste barrio de provincia.
Estoy aquí.
bajo el dintel de mi puerta —sin cerrojo—
sin más amuletos que estos versos,
ofendiendo los recuerdos,
escuchando un coro de ángeles que desconozco.
Estoy aquí —Fantasma del viento—
observando en los alambres del patio.
                                     una gota temblar mientras se sujeta a la vida.

Del libro Los huéspedes secretos


CONJURO

Contra las aves
que destrozan los cielos de abril,
escribo tu nombre.
Para ahuyentar esa bandada de sueños rotos
que oscurecen los días mejores,
pronuncio tu nombre.
Como antídoto para espantar los pájaros de la angustia
que se despiertan en mis adentros,
canto tu nombre.
Al elevar una plegaria para bendecir tu cuerpo,
amado bajo la fiebre de mayo,
subrayo tu nombre.
Para escribir, con la tibia luz de julio,
la palabra amor,
deletreo tu nombre.
Frente al furioso rio de los días
que desdibuja el futuro
enuncio tu nombre.
Cada letra, cada sílaba
es un conjuro contra la peste del olvido,
por eso hoy libero tu nombre.


JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS. Manizales. Colombia. Es promotor de lectura y escritura creativa. Ha publicado los libros de poesía: Palabras de la Tribu (2001). Los Amigos Arden en las Manos (2010). Noticias del tercer Mundo (2010). Los huéspedes secretos. (2014) y Correo de la noche (2018). Sus poemas hacen parte antologías en Uruguay, México, Rumania, España, Estados Unidos, Grecia y Colombia. Ha obtenido los Premios Nacionales de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” Casa de Poesía Silva y el VI Premio de Poesía Carlos Héctor Trejos. En 2015 fue finalista el Premio Nacional de Poesía que convoca el Ministerio de Cultura de Colombia con su libro Los Huéspedes secretos.


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