HOMENAJE TARDÍO A MI ÁNGEL DE LA GUARDA │ JUAN LISCANO


               CANTO DEL HOMBRE REDIVIVO                                                                                                                                                                                                                                            a Antonio Arráiz

Dadme el misterio dijo en la aurora el hombre redivivo.
Dadme la sombra del mundo caída del otro lado.
Dadme una perla roja para adornar la frente de mi esposa
y un arco de oro con jubilosas flechas
para herir el lívido corazón del cancerbero.

Entre las ruinas sube una paloma azul
y los claveles cubren las osamentas de los guerreros.

He aquí un pez, un ave y una espiga cortada.
He aquí un ancla, una flecha y un cuchillo de piedra.
He aquí la blanca túnica y el cinturón de mi amada
y la manta roja con que cubro mi cuerpo.

He aquí una hoja caída y un grano de arena,
un cacharro de tierra y un cuerno de toro.
He aquí mi caballo y las riendas de cuero
y heme aquí, bajo el sol, sobre mi caballo soleado.

Por la tierra alta que mojan las estrellas
está mi hermano de cuerpo duro y mansa frente.
Por la tierra llana que incendian los crepúsculos
está mi hermano de tristes ojos y pecho ardiente,
y por el mar, están los barcos, las sirenas y los vientos.

Yo amo a mis hermanos de hermoso cuerpo dulce.
Amo sus ojos, sus cabelleras, sus labios silenciosos.

Y amo los tambores que encienden sus arterias
en la sombra de las noches consagradas.

Amo a mis hermanos y a sus hijos de frágiles miembros,
y a las mujeres de vientre suave con quienes comparten el lecho.

Al mediodía, cuando contemplo el sol irradiante y azul,
encuentro las miradas de mis hermanos ausentes.

Como una piragua de delgadas velas, una tarde
llegó por el río mi amada,
luna mágica y estrella de carne. La trajo la brisa
por el río de verdes ramas.

He regado el surco de tierra que florece de noche.
He encendido el fuego impenetrable y he sembrado el árbol.

En el seno de la estrella de la tarde he amado a mi mujer.
Cansados están mis ojos, pero tengo el corazón alegre.

De CONTIENDA


              AMÉRICA

Dije, maíz. Generaciones de indios fueron rescatados del olvido.

Dije, palma. Largas elaboraciones de tejidos, milenios de substancias
fibrosas ataron el pasado con el presente.

Dije, arcilla. Se mostraron las tinajas de hinchado vientre de mujer
encinta, los platos y cazuelas como discos solares arrojados
hacia el porvenir.

Dije, río. Fluyeron las aguas del diluvio. Fueron ahogadas las razas.
Sobre las primeras tierras emergidas y chorreantes, cruzó
un pájaro.

Dije, selva. Torrencial follaje, explosiones de verdor, vahos zumban-
tes, tibieza de matriz. El silencio sin rostro y con cuerpo de
hormigas voraces, aullaba entre pieles de sierpes como vainas
caídas de los árboles.

Dije, llanura. Giraron embudos de vientos negros. Se quebró una luz
de cristal o de leño seco. Un espejismo de mercurio relucía
en el horizonte.

Dije, luna. Brotaron fuentes e hilillos de leche, se abultaron hume-
dades, proliferaron hongos, mohos, légamos y se escucharon
grandes caídas de agua.

Dije, mujer. Un tallo de venas rotas echó una flor.

Dije, hombre. Se alzaron escudos y macanas, brillaron filos y puntas
de hueso, flotaron los plumajes, pero en alguna parte del com-
bate se abrió una mano como delta.

Dije, sol. Truena el verano, un ave deslumbrante e invisible pasa y
sólo se mira su sombra. Muestra el cielo una faz roja y rugiente.

Dije entonces, Dios, comiéndome las palabras, con la lengua voltea-
da hacia adentro y con los ojos vaciados.

El amor era un tigre en acecho.

La muerte se acercaba lentamente bajo una nave de árboles estre-
llados.

De NUEVO MUNDO ORINOCO


               EL REINO DE TU CUERPO

Mi cuerpo en tu cuerpo.
Sol en el Trópico de Cáncer.
Días del invierno abrasado
de los candentes alisios y las lunas del trueno.
Entre jardines colgantes reluce la lluvia:
anillos, cristales y relámpagos.
Mi cuerpo en tu cuerpo abre sus plumajes
agita sus alas, canta, vuela
llama las aguas fértiles
pájaro del verano, pájaro heraldo.
Mi cuerpo en tu cuerpo se arraiga
pone sus huevos, echa semillas, se soterra,
sangra su amarga miel, su dulcedumbre que huele a humus.
Mi cuerpo en tu cuerpo de aguas madres
sol en Acuario, luna de Cáncer
cangrejo azul entre tus ríos nobles
crecidos bajo las tormentas equinocciales.

Han vuelto los tiempos del Diluvio.
En el llano inundado miro las islas de soledad
tierras recién salidas de las aguas
sobre las que aún no se ha posado la paloma de Noé.
Estamos solos en medio de la lluvia
en medio de los vuelos, en medio de la fuga de los días,
solos y dobles, habitados el uno por el otro
reflejados uno en otro
cuerpo exacto que junta la imagen con su objeto
y atraviesa, cantando, los espejos del tiempo.
Estamos solos en medio del invierno tórrido
aquí en el Trópico, aquí entre nieves
en todas partes, en ninguna parte
caídos uno en otro, entrando uno en otro
mientras nos rodean el círculo de las tempestades
las voces de la muchedumbre
el resplandor de las ciudades
las inocentes parejas del Arca
la noche pródiga, los soles rumorosos.

El zodíaco gira sobre nosotros
mezclando los meses y los signos.
Cáncer navega en Acuario
Julio es un río en el que tú te bañas
Agosto sacude su melena de llamas
y te envuelve en un rugiente clima de estío
Septiembre derrama un vino crepuscular
Octubre suelta su jauría de monteros
Noviembre tiene el gusto de tus labios
tu olor a enredadera y a tierra recién mojada
Diciembre sale de tu cabellera
sale de tus ojos, sale de tu risa
lleno de balcones soleados donde besarnos
y abre un abanico de caminos verdes
para que nos fuguemos hacia Enero
hacia sus montes de hielo o de sequía
hacia su sol de montaña pascual
hacia el Año Nuevo de rostro doble
Enero de dos filos, Enero de dos cuerpos
arco de escarcha o de lumbre
que hemos cruzado tomados de la mano
pasándonos el alma de boca en boca
zozobrados en nosotros mismos
como peces en celo, frenéticos peces que desovan
en los mares nupciales de Febrero
hasta varar su furia de espumas y de dientes
en los puertos de Marzo, playas del equinoccio
donde la Primavera y nuestra despedida
confundieron en una misma promesa de renuevos
sus nombres, sus memorias, sus pasos, sus adioses.

De CÁRMENES


               PAREJA SIN HISTORIA

Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.

Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las parejas siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron                                                                                                                                                                                                                      donde están.

Aroma piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempres” y sus “nuncas” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.

Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.

Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia                                                                                                                                                                                                                       pareja constelada.

Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avizor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo! ¡Cuánto triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.

Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arena y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser presencia espuma diluvio sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasoles
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan el júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!

De CÁRMENES


               HOMENAJE TARDÍO A MI ÁNGEL DE LA GUARDA                                                                                                                                                                                                  a Nélida y a Alejandro

En mil novecientos cuarentiuno
los muertos de la guerra de España
habían muerto para siempre;
otra matanza mayor y obligatoria
restaba a los mortales su muerte natural;
desfilaban con fanfarrias y banderas
los oficiantes de un crepúsculo de dioses,
despiadado sacrificio ritual
para ganar un milenio de poder.
El veintidós de junio                                                                                                                                                                                                                      los cruzados de la Ragnarök
invadían a la Unión Soviética;
yo había escrito días antes
“Canto al toro fugitivo”,
retozón de la llanura
fugado por los huecos de la sangre.

Contaba veintiséis años;
me alumbraba el fulgor
de los pómulos de Marlene Dietrich;
sus piernas sostenían a Occidente;
su voz ronca me paseaba, medio ebrio,
por tabernas de humo y griterío,
encuentros fatales en cabarets,
trenes expresos, palacios imperiales.

En mil novecientos cuarentiuno
sabía muy poco, sentía mucho,
aprendía los orígenes, amaba la naturaleza,
sobre todo los ríos y los helechos gigantes
de las selvas nubladas.
La mortecina despertó mi hermandad.
Prójimos eran los fúnebres hongales,
las cifras, las osamentas, las cenizas…
Empecé a escribir
en la soledad del alto de la casa
abierto a todos los vientos
Recuerdo del Adán caído.

Descubrí el orden del Septenio,
el Andrógino y su imagen rota,
los regresos al Terciario, al Cuaternario,
los himnos para la Noche grávida,
el Sol paterno, el Pastor, la Hilandera,
el diálogo imposible
entre Adán tentando a Lucifer,
las cuatro estaciones imaginarias
de la Muerte.

La noche me encendía, tan dual,
antigua e inmediata como tropezón,
arcaica y llena de inminencias,
vientre cuando no era araña.
Los ritos de la sombra me atrajeron
porque entonces me sentía brillar.

“Estoy hecho de noches…
en mí, trombas nocturnas, mareas como pulpos,
eclipses como huevo que se llena de sangre”.

Tenía veintiséis años,
existente de todos los dualismos,
caer afuera y levantarme adentro.
Me arriesgaba, rebelde, hijo de viudez,
para descubrir la ambición solar.
Entre fantasmas, trampas, acechanzas,
me protegió, sin yo saberlo,
mi Ángel de la Guarda,
el Niño de Praga de mi infancia
convocado por mi madre
cuando la oración nocturna.

En mil novecientos cuarentidós
concluí Recuerdo, triunfaba la Muerte voladora.
En los campos de Rusia
triunfó el invierno secular,
los guerreros de la Ragnarök
se congelaron.                                                                                                                                                                                                                       Están en el recinto
visitado por Dante
y donde el Dueño
con medio cuerpo sumergido en el hielo,
mueve sus tres rostros,
los seis ojos llorosos,
las enormes alas de murciélago
y los sanguinolentos labios babosos.

Ya había cumplido veintiséis años;
la guerra, Leviatán, mordía
al mundo para tragárselo;
publiqué Contienda,
ésta no ha cesado.                                                                                                                                                                                                                      Envejecí
una y otra vez, y más. Miro el sol,
cae la tarde, entra la noche,
la luna platea los helechos arbóreos
en las selvas nubladas.                                                                                                                                                                                                                      Sigo viviendo
porque el Ángel de la Guarda
conjuró peligros y extravíos,
persiste en protegerme, está allí,
lo sueño ahora
y tiene el rostro                                                                                                                                                                                                                       de Beatriz adolescente.

De RESURGENCIAS


JUAN LISCANO (Caracas, 1915 – Ib, 2001)
Poeta, ensayista, crítico de arte y literatura, articulista, periodista, folclorista, etnomusicólogo y editor venezolano. Su obra poética, Ocho poemas (1939), Contienda (1942), Del alba al alba (1943), Del mar (Quito, 1948), Humano destino (Buenos Aires, 1949), Tierra muerta de sed (París, 1954), Nuevo Mundo Orinoco (París, 1959), Rito de sombra (París, 1961), Cármenes (Buenos Aires, 1966), Nombrar contra el tiempo (1968), Edad oscura (1969), Los nuevos días (1972), Animalancia (1976), Rayo que al alcanzarme (1978), El viaje (1978), Fundaciones (1981), Myesis (1982), Vencimientos (1986), Domicilios (1986), El origen sigue siendo (1991), Resurgencias (1995), En Aries (1996), Vaivén (1999), Sola evidencia (2001). Funda con Guillermo Meneses, la revista Cubagua, en 1938. En 1943, funda y dirige el Papel Literario del diario El Nacional. A mediados de los 40, inaugura las editoriales Cruz del Sur y Suma, y también la revista Suma. Formó parte de los grupos literarios Presente y Suma. En 1946, crea y dirige el Instituto de Investigaciones Folklóricas. En 1964, funda y dirige, con Luis García Morales y Guillermo Sucre, la revista Zona Franca, que se mantendrá hasta 1984. Entre 1974 y 1975, preside las comisiones para la creación del Consejo Nacional de la Cultura. Dirige la Editorial Monte Ávila, de 1979 a 1983. En 1985 inicia las publicaciones de la Editorial Mandorla. Recibió el Premio Municipal de Poesía en 1943 y el Premio Nacional de Literatura en 1950. En 1991 es nombrado miembro de las Academias de la Lengua de Argentina y Venezuela. En palabras del escritor Rafael Arráiz Lucca, las características de su poesía, “En Liscano confluyen temas y formas que moldean una obra de suma originalidad. La inclinación espiritual, la indagación del origen, el americanismo…así como toda su exploración del erotismo como experiencia arquetipal y cósmica, son aspectos fundamentales…”

Leave a Comment

Categorías