MI ANIMAL DE COSTUMBRE │ JUAN SÁNCHEZ PELÁEZ


                 PROFUNDIDAD DEL AMOR

Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias de un futuro paraíso
perdido. El rumbo incierto de mi esperanza estaba signado en las colinas
musicales de mi país natal. Lo que yo perseguía era la corza frágil, el lebrel efímero,
la belleza de la piedra que se convierte en ángel.

Ya no desfallezco ante el mar ahogado de los besos.
Al encuentro de las ciudades:
Por guía los tobillos de una imaginada arquitectura
Por alimento la furia del hijo pródigo
Por antepasados, los parques que sueñan en la nieve, los árboles que
incitan a la más grande melancolía, las puertas de oxígeno que
estremece la bruma cálida del sur, la mujer fatal cuya espalda se inclina
dulcemente en las riberas sombrías.

Yo amo la perla mágica que se esconde en los ojos de los silenciosos,
el puñal amargo de los taciturnos.
Mi corazón se hizo barca de la noche y custodia de los oprimidos.
Mi frente es la arcilla trágica, el cirio mortal de los caídos,
la campana de las tardes de otoño, el velamen dirigido hacia el puerto
menos venturoso o al más desposeído por las ráfagas de la tormenta.
Yo me veo cara al sol, frente a las bahías mediterráneas, voz que fluye
de un césped de pájaros.
Mis cartas de amor no eran cartas de amor sino vísceras de soledad.

Mis cartas de amor fueron secuestradas por los halcones
ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia.
Mis cartas de amor son ofrendas de un paraíso de cortesanas.

¿Qué pasará más tarde, por no decir mañana? murmura el viejo
decrépito. Quizás la muerte silbe, ante sus ojos encantados,
la más bella balada de amor.

De Elena y los elementos

 


                                                                                   XVIII

Mi animal de costumbre me observa y me vigila.
Mueve su larga cola. Viene hasta mí
A una hora imprecisa.

Me devora todos los días, a cada segundo.

Cuando voy a la oficina, me pregunta:
“¿Por qué trabajas
Justamente
Aquí?”

Y yo le respondo, muy bajo, casi al oído:
Por nada, por nada.
Y como soy supersticioso, toco madera
De repente,
Para que desaparezca.

Estoy ilógicamente desamparado:
De las rodillas para arriba
A lo largo de esta primavera que se inicia
Mi animal de costumbre me roba el sol
Y la claridad fugaz de los transeúntes.

Yo nunca he sido fiel a la luna ni a la lluvia ni a los guijarros de la playa.

Mi animal de costumbre me toma por las muñecas, me seca las lágrimas.

A una hora imprecisa
Baja del cielo.

A una hora imprecisa
Sorbe el humo de mi pobre sopa.

A una hora imprecisa
En que expío mi sed
Pasa con jarras de vino.

A una hora imprecisa
Me matará, recogerá mis huesos
Y ya mis huesos metidos en un gran saco, hará de mí
Un pequeño barco,
Una diminuta burbuja sobre la playa.

Entonces sí
Seré fiel
A la luna
La lluvia
El sol
Y los guijarros de la playa.

Entonces
Persistirá un extraño rumor
En torno al árbol y la víctima;

Persistirá…

Barriendo para siempre
Las rosas,
Las hojas dúctiles
Y el viento.

De Animal de costumbre

 


                 FILIACIÓN OSCURA

No es el acto secular de extraer candela frotando una piedra.
No.

Para comenzar una historia verídica es necesario atraer en sucesiva
ordenación de ideas las ánimas, el purgatorio y el infierno.

Después el anhelo humano corre el señalado albur.
Después, uno sabe lo que ha de venir o lo ignora.

Después, si la historia es triste acaece la nostalgia.
Hablamos del cine mudo.

No hay antes ni después; ni acto secular ni historia verídica.

Una piedra con un nombre o ninguno. Eso es todo.

Uno sabe lo que sigue. Si finge es sereno. Si duda, caviloso.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.

Hay vivos que deletrean, hay vivos que hablan tuteándose
y hay muertos que nos tutean,
pero uno no sabe nada.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.

De Filiación oscura

 


                                                        

                                                                                              I

Un caballo redondo entra a
mi casa luego de dar muchas vueltas
en la pradera

un caballo pardote y borracho con
muchas manchas en la sombra
y con qué vozarrón, Dios mío.

Yo le dije: no vas a lamer mi mano,
estrella errante de las ánimas.

Y eso bastó. No lo vi más. Él
se había ido. Porque al
caballo no se le pueden nombrar
las ánimas ni siquiera lo que dura
un breve, vertiginoso relámpago.

De Aire sobre el aire


                                                                                     VII

                                                                                                                                                                               a Malena

Yo no soy hombre ni mujer
yo sólo tengo resplandor propio
cuando no pierdo el curso del río
cuando no pierdo su verdadero sol
y puedo alejarme libre, girar, bogar,
navegar dentro de lo absoluto y el
mar blanco

entonces sí soy
el hombre rojo lleno de sangre

y sí soy la mujer: una flor límpida, un
lirio grande

y también soy el alma

y clarean los valles hondos
en nuestro mudo abrazo eterno,
amor frío

-y qué mas
qué más por ahora
piragua azul
piragüita.

De Aire sobre el aire

 


JUAN SÁNCHEZ PELÁEZ (Altagracia de Orituco, 1922 – Caracas, 2003) . Poeta y traductor venezolano. Sus libros de poesía, Elena y los elementos (1951), Animal de costumbre (1959), Filiación oscura (1966), Un día sea (antología, 1969), Lo huidizo y permanente (1969), Rasgos comunes (1975), Por cuál causa o nostalgia (1981), Aire sobre el aire (1989), Poesía, 1951-1988 (1993), Obra poética (2004),  Me miran a la cara (2014), Antología poética (2018). En 1996, la Editorial Pequeña Venecia, en Caracas, publicó Poemas, una selección y traducción de la poesía de Mark Strand, hecha por él. En su juventud, vivió en Chile, donde se vinculó con el grupo Surrealista, Mandrágora; suceso este que marcó el rumbo de su poética. Fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Colombia (1952-1955). También vivió varios años en París (1956-1957, 1959-1963). De 1969 a 1970, participó en el International Writing Program, de la Universidad de Iowa. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1976, y le fue conferido el Doctorado Honoris Causa, por la Universidad de Los Andes, en 2001. Tras la aparición de su libro, Elena y los elementos, en 1951, ha sido considerado como iniciador de la poesía contemporánea venezolana.

Leave a Comment

Categorías