JULIO CORTÁZAR, 12 DE FEBRERO DE 1984 | MARIANO ROLANDO ANDRADE

PARÍS, 12 DE FEBRERO DE 1984
 
Mañana de domingo, tan temprano que no se ve qué clase de día despunta. Bajo del tren en la Gare de Montparnasse y camino hacia la calle después de dejar atrás a tres hombres que pelean por una mujer y a dos mujeres que se besan bajo el cartel que anuncia las próximas partidas hacia el sur. Rue de L’Arrivée y rue de Rennes hasta Boulevard Saint-Germain. La torre otra vez a mis espaldas: ya son demasiadas marchas por las mismas calles.
La hora. Las letras doradas y las baldosas grises de Les Deux Magots. El viento corre por el boulevard: invierno en París, cielo golpeado, leve aclarar. Hay mesas y sillas atrapadas en los cafés que comienzan a abrir. Derrocho algunos minutos en el Old Navy. Casi no hay personas. París en invierno, París desierto.
Me esperan en el Hospital Saint-Louis, otra vez en el Hospital Saint-Louis. Me espera un hombre y ya lo conozco. Me espera en la misma cama donde lo vi la última vez, el día que aquella mujer estaba en sus brazos y la barba le brillaba de furia. ¿Es posible que me espere ahí, en el mismo lugar? Debe haber un error, tiene que haberlo.
La hora. El campanario de Saint-Germain-de-Près; ¿por qué tanto silencio? No hay iglesia más siniestra en París.
El viento corre por el boulevard. Un intenso olor a bollos escapa de las panaderías y una anciana cruza la calle sin levantar la cabeza, apurada, siempre apurada, como yo. Ahora el Petit Cluny y enfrente el jardín opaco –reluciente en abril- que permite que el invierno crezca empujado desde el río a través del Boulevard Saint-Michel.
La hora. El hombre sentado en la cama. Esta mujer de otra vida en una silla. Él me espera; ella vela. La hora. El mismo hospital. ¿No le bastó aquel dolor? ¿No lo golpeó lo suficiente?
Medio camino hecho: el Boul´mich me conduce a la place Saint-Michel y a su lado permanecen dormidos el Fenelón y el Rive Gauche. San Miguel mata al dragón con una destreza idéntica a la del otro santo. Duret no lo hizo mejor. Adiós San Miguel.
El aire del Sena en los pulmones -risas-, el Palais de Justice, la Sainte Chapelle. Sainte Chapelle: la puerta al cielo; mil escenas en rojo, oro, azul, verde, malva; el apocalipsis; la corona de espinas del Cristo. Palais de Justice: la Cour de mai, las torres alineadas frente al quai. Un hombre pasa delante de mí: no me ha visto; ya lo hará.
La hora. Domingo a la mañana en París y yo al Hospital Saint-Louis por este señor caprichoso y desafiante. La señora Aurora en la silla. Extraño hombre: se le muere el amor en los brazos y ahora es él el que muere en los brazos de un amor de otra vida.
El Pont au Change y otra bocanada de aire del Sena cuando l’Ile de la Cité queda atrás. El viento devastador, la ciudad y la gente que evita el invierno. Hacen bien, muy bien. La margen derecha: Boulevard de Sébastopol, Boulevard de Strasbourg, la iglesia Saint-Laurent. Cerca, cerca, muy cerca. Doblo en rue de Récollets, dejo atrás el Hospital militar de Villemin, cruzó el puentecito de madera sobre el canal Saint-Martin y estoy en rue Bichat. Cerca, cerca, muy cerca.
El techo gris, oscuro, del Hospital Saint-Louis. Atravesar la loge y de ahí al jardín semicircular. Los pabellones con rastros rojizos, los tejados altos. Saco el papel del bolsillo: 2 de noviembre de 1982, Carol Dunlop, fotógrafa, leucemia. Noviembre del 82. Algo más de un año y ahora el que me espera es él. Curioso, extraño. ¿Por qué elegir el mismo lugar? ¿Para qué?
Busco el hombre en cuestión y no lo encuentro. Es la mañana del domingo 12 de febrero de 1984, casi el mediodía. Estoy un poco confundido. Voy a confirmar mi presunción y comprendo que no está en el hospital y que jamás podría estar en el Saint-Louis después de lo que vio y sintió cuando lo conocí.
La hora.
¿Dónde buscarlo?
La rue Martel, el departamento de la rue Martel. Rue de Grange-aux-belles, el puente de hierro y el quai de Valmy –el recuerdo del patíbulo. De regreso por rue de Vinaigriers, cruzando Boulevard Magenta, bajando por Boulevard de Strasbourg hasta Château d’Eau y la rue de Petites Ecuries.
¿Por qué el error? ¿Un ardid? ¿Un complot? ¿Una burda tentativa de fuga? No, no; no él. Quizás la señora ésta. Él me espera con impaciencia; lleva un buen tiempo esperando.
Llego a la rue Martel y me detengo frente al edificio. Pienso que no puede estar ahí porque lleva enfermo varios meses, porque tiene 69 años y porque lleva más de diez días en un hospital. Pero debo subir y ver, verificar. Y cuando voy a hacerlo -la hora-, se revela el verdadero lugar: una cama del Hospital Saint-Lazare, en el décimo, cerca, muy cerca.
Rue Martel hacia el norte y a la derecha en rue de Paradis. Rue de Paradis al este y a la izquierda en rue du Faubourg Saint-Denis y el square Satragne. Los metros finales en la Cour de la Fermée de Saint-Lazare.
La hora. Es la hora. Y el hombre me espera. Está en la cama, la mujer a un lado. Lo veo delgado, excesivamente delgado y empequeñecido, como si la barba -sin furia ya, sin brillo-, le hubiese devorado el rostro. Es leucemia también, y un paro cardíaco.
Miro a la mujer que no llora ni se percata de mi presencia y vuelvo al hombre. Lo recordaba con otro aspecto, herido, indignado. En poco más de un año perdió todas las fuerzas. Es un hombre extraño: muere en los brazos de un antiguo amor y pide ser enterrado en Montparnasse junto al amor que murió en sus brazos.

Extraído de Mariano ROLANDO ANDRADE, La señora visita a algunos hombres, inédito.
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