LA MUJER MINÚSCULA SIENTE MIEDO | EMILIA CONEJO


LA MUJER MINÚSCULA SIENTE MIEDO.

No sabe qué es ni cómo llamarlo. De qué puerta blindada escapa cada noche ese pulpo impertinente que todo lo agarra, con su rastro de murciélago y su olor a selva antes de la pubertad.

La mujer en ciernes nació con una brocha y los tonos de la noche para pintar el desasosiego. Y pintó, y el movimiento de la mano le llega de nuevo en sueños, pero en sus pesadillas no recuerda el color del racimo de temores.

Solo unos brazos de lana y la luz tenue de las bellezas consiguen que arrecie el estruendo. Durante unos latidos.

Yo recojo tu miedo cuando lo lances en banda, dicen los brazos. Yo te recojo cuando te lances.

 

De MINUSCULARIDADES (Godall, 2015)


 

De tanto habitar la casa en el aire hay quien olvida habitar la tierra. Y esa tierra que es casa de roca y leño y huele a pergamino, que cruje sus caderas de campo sin podar, pregunta por la cochambre que se acumula en las hortensias, y calla perpleja cuando irrumpen ejércitos y arrojan sin miramientos sus despojos en el salón. Mientras, florece un jardín en el aire, pero en él no huele a higuera. Es vacío y perfecto.


A pesar de este compartirse mal, de esta torpeza de góndola en autovía, no dejar nunca de buscar al otro.


Debería estar prohibido interponerse entre un cachorro y la línea del horizonte.
No sirvo para nada, susurra. Y este sentir raspada el alma es el equivalente a lamer una gallina en público. Igual de obsceno.
Hay palabras que deberían prohibírsele al alma por debajo de una altura. Establecer un gálibo para los pesos del espíritu.

De DE ACÁ (Godall, 2019)


INÉDITO

Alguien plantó el reloj de una iglesia en el corazón de un comedor social.
Y hay una tierra baldía entre la fronda, o un corazón de fronda injertado en Yerma.
El vino del que beben los hombres enhebra los bancos de atunes que les atraviesan la garganta. Y cada grito es el saludo apenas perceptible del portero amable de un bloque de pisos, del conserje cojo de un colegio, del capitán de un atunero varado en un manantial.

Hay una tierra en barbecho justo al lado de la locura. Conserva las marcas del paso de los peces.

El reloj plantado en el corazón de los comedores sociales es hijo único de los suburbios. Contempla el paso de los hombres como el tonto de la colina de los Beatles, que era a la inteligencia lo que una charca de renacuajos es a la ilusión. Alguien ha puesto hoy un disco de Brahms en el reloj de la iglesia. Plantado sin previo aviso en el corazón de los comedores sociales.


EMILIA CONEJO (Madrid, 1975) es licenciada en filología inglesa por la Universidad Complutense de Madrid y máster en literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. Ha vivido en Irlanda y en Alemania, y en la actualidad vive en Madrid. Colabora con varias revistas de crítica literaria y cultural y sus poemas han aparecido en las antologías En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis (Bartleby, 2014) y Voces del extremo (Amargord, 2014). Hasta la fecha ha publicado dos poemarios: Minuscularidades (Godall, 2015) y De acá (Godall, 2019).

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