LA VILLE | ÉMILE VERHAEREN

LA VILLE
 
Tous les chemins vont vers la ville.
 
Du fond des brumes,
Avec tous ses étages en voyage
Jusques au ciel, vers de plus hauts étages,
Comme d’un rêve, elle s’exhume.
 
Là-bas,
Ce sont des ponts tressés en fer,
lancés, par bonds, à travers l’air ;
Ce sont des blocs et des colonnes
Que décorent Sphinx et Gorgones ;
Ce sont des tours sur des faubourgs,
Ce sont des millions de toits
Dressant au ciel leurs angles droits ;
C’est la ville tentaculaire,
Debout,
Au bout des plaines et des domaines.
 
Des clartés rouges
Qui bougent
Sur des poteaux et des grands mâts,
Même à midi, brûlent encor
Comme des œufs de pourpre et d’or,
Le haut soleil ne se voit pas:
Bouche de lumière, fermée
Par le charbon et la fumée.
 
Un fleuve de naphte et de poix
Bat les môles de pierre et les pontons de bois ;
Les sifflets crus des navires qui passent
Hurlent de peur dans le brouillard :
Un fanal vert est leur regard
Vers l’océan et les espaces.
 
Des quais sonnent aux chocs de lourds fourgons ;
Des tombereaux grincent comme des gonds ;
Des balances de fer font choir des cubes d’ombre
Et les glissent soudain en des sous-sols de feu ;
Des ponts s’ouvrant par le milieu,
Entre les mâts touffus dressent des gibets sombres
Et des lettres de cuivre inscrivent l’univers,
Immensément, par à travers
Les toits, les corniches et les murailles,
Face à face, comme en bataille.
 
Et tout là-bas, passent chevaux et roues,
Filent les trains, vole l’effort,
Jusqu’aux gares, dressant, telles des proues
Immobiles, de mille en mille, un fronton d’or.
Des rails ramifiés y descendent sous terre
Comme en des puits et des cratères
Pour reparaître au loin en réseaux clairs d’éclairs
Dans le vacarme et la poussière.
C’est la ville tentaculaire.
 
La rue — et ses remous comme des câbles
Noués autour des monuments —
Fuit et revient en longs enlacements;
Et ses foules inextricables,
Les mains folles, les pas fiévreux,
La haine aux yeux,
Happent des dents le temps qui les devance.
A l’aube, au soir, la nuit,
Dans la hâte, le tumulte, le bruit,
Elles jettent vers le hasard l’âpre semence
De leur labeur que l’heure emporte.
Et les comptoirs mornes et noirs
Et les bureaux louches et faux
Et les banques battent des portes

Aux coups de vent de la démence.

Le long du fleuve, une lumière ouatée,
Trouble et lourde, comme un haillon qui brûle,
De réverbère en réverbère se recule.
La vie, avec des flots d’alcool est fermentée.
Les bars ouvrent sur les trottoirs
Leurs tabernacles de miroirs
Où se mirent l’ivresse et la bataille ;
Une aveugle s’appuie à la muraille
Et vend de la lumière, en des boîtes d’un sou ;
La débauche et le vol s’accouplent en leur trou ;
La brume immense et rousse
Parfois jusqu’à la mer loin recule et se retrousse
Et c’est alors comme un grand cri jeté
Vers le soleil et sa clarté:
Places, bazars, gares, marchés,
Exaspèrent si fort leur vaste turbulence
Que les mourants cherchent en vain le moment de silence
Qu’il faut aux yeux pour se fermer.

 
Telle, le jour — pourtant, lorsque les soirs
Sculptent le firmament, de leurs marteaux d’ébène,
La ville au loin s’étale et domine la plaine
Comme un nocturne et colossal espoir ;
Elle surgit: désir, splendeur, hantise ;
Sa clarté se projette en lueurs jusqu’aux cieux,
Son gaz myriadaire en buissons d’or s’attise,
Ses rails sont des chemins audacieux
Vers le bonheur fallacieux
Que la fortune et la force accompagnent ;
Ses murs se dessinent pareils à une armée
Et ce qui vient d’elle encore de brume et de fumée
Arrive en appels clairs vers les campagnes.
 
C’est la ville tentaculaire,
La pieuvre ardente et l’ossuaire
Et la carcasse solennelle.
 
Et les chemins d’ici s’en vont à l’infini
Vers elle.
 
                                     *
LA CIUDAD
 
Todos los caminos van hacia la ciudad.
 
Del fondo de las brumas,
con todos sus pisos en viaje
hasta el cielo, hacia los más altos pisos,
como de un sueño, ella se exhuma.
 
Allí,
Son los puentes trenzados de hierro,
lanzados, a saltos, a través del aire.
Son los bloques y columnas
que decoran Esfinges y Gorgonas.
Son las torres sobre los suburbios,
son los millones de techos
que alzan al cielo sus ángulos rectos.
Es la ciudad tentacular,
de pie,
al final de las planicies y las fincas.
 
Las claridades rojas
que se mueven
sobre los postes y los grandes mástiles,
incluso a mediodía, arden aún
como huevos púrpura y oro.
El alto sol no se ve:
boca de luz, cerrada
por el carbón y el humo.
 
Un río de nafta y brea
golpea los rompeolas de piedra y los pontones de madera.
Los crudos silbidos de los navíos que pasan
aúllan de miedo en la niebla:
un fanal verde es su mirada
hacia el océano y las distancias.
 
Los muelles suenan con los choques de pesados furgones.
Los volquetes rechinan como bisagras.
Las plumas de hierro hacen caer cubos de sombra
y los deslizan de repente en sótanos de fuego.
Los puentes que se abren por la mitad,
entre los frondosos mástiles alzan sombrías horcas
y letras de cobre inscriben el universo,
inmensamente, a través de
los techos, las cornisas y las murallas,
cara a cara, como en batalla.
 
Y todo por allí pasan caballos y ruedas,
corren los trenes, vuela el esfuerzo,
hasta las estaciones, erigiendo, como proas
inmóviles, de miles en miles, un frontón de oro.
Los rieles ramificados descienden bajo tierra
como en pozos y cráteres
para reaparecer a lo lejos en redes claras de relámpagos
en el estruendo y la polvareda.
Es la ciudad tentacular.
 
La calle — y sus remolinos como cables
anudados alrededor de monumentos —
huye y regresa en largos enlazamientos.
Y sus inextricables multitudes,
las manos locas, los pasos febriles,
el odio en los ojos,
atrapan con los dientes el tiempo que se les adelanta.
Al alba, por la tarde, la noche,
en la prisa, el tumulto, el ruido,
arrojan hacia al azar la áspera simiente
de su duro trabajo que la hora se lleva.
Y las tiendas lúgubres y negras
y las oficinas turbias y falsas
y los bancos golpean las puertas
a las ráfagas de viento de la demencia.
 
A lo largo del río, una tenue luz,
borrosa y pesada, como un harapo que arde,
de farol en farol retrocede.
La vida, con los ríos de alcohol es fermentada.
Los bares abren sobre las aceras
sus tabernáculos de espejos
donde se contemplan la ebriedad y la batalla.
Una ciega se apoya en la muralla
y vende luz, en cajas de un centavo.
La perdición y el robo se aparean en su agujero.
La bruma inmensa y rojiza
a veces hasta el mar lejos retrocede y se recoge
y es entonces como un gran grito arrojado
hacia el sol y su claridad:
plazas, bazares, estaciones, mercados,
exacerban tan fuerte su vasta turbulencia
que los moribundos buscan en vano el momento de silencio
que necesitan los ojos para cerrarse.
 
Tal el día —sin embargo, cuando las tardes
esculpen el firmamento, con sus martillos de ébano,
la ciudad a lo lejos se extiende y domina la llanura
como una nocturna y colosal esperanza.
Ella surge: deseo, esplendor, obsesión.
Su claridad se proyecta en destellos hasta los cielos,
su incalculable gas en arbustos de oro se atiza,
sus rieles son caminos audaces
hacia la falaz felicidad
que la fortuna y la fuerza acompañan.
Sus muros se perfilan parecidos a un ejército
y lo que viene de ella aún de bruma y humo
llega en claros llamados hacia las campos.
 
Es la ciudad tentacular,
el pulpo ardiente y el osario
y la carcasa solemne.
 
Y los caminos de aquí se van al infinito
hacia ella.

 


Extraído de Émile VERHAEREN, Les Campagnes hallucinées, Edmond Deman, Bruselas, 1893. Traducción y presentación de Mariano Rolando Andrade.

 


 

Miembro del movimiento simbolista y considerado como uno de los padres del modernismo y el futurismo, Émile Verhaeren (1855-1916) fue uno de los grandes poetas belgas de fines del siglo XIX y principios del XX, y ejerció una notable influencia entre sus pares en Europa. Nació y vivió en un país que adoptó con fervor la revolución industrial, fue testigo privilegiado de los profundos cambios que eso produjo y a partir de 1890 se volcó a las cuestiones sociales. Los poemarios Les Campagnes hallucinées (Los campos alucinados, 1893) y Les Villes tentaculaires (Las ciudades tentaculares, 1895) forman parte de una trilogía que se completa con la obra de teatro Les Aubes (Las albas), de 1898. La temática y las imágenes de La ville y Les usines, se adelantan en treinta años al universo que Fritz Lang llevaría al cine en 1927 con Metrópolis y que otros poetas retomarían a lo largo del siglo XX. En estos versos libres, rebosantes de sonidos y formas geométricas, Verhaeren describe el esplendor del desarrollo tecnológico mecánico y su imparable fuerza y los opone al sufrimiento humano, el horror de la vida cotidiana de las clases obreras en los suburbios y las miserias del “progreso”. Les Campagnes hallucinées, libro en el que Verhaeren se ocupa además del traumático movimiento de emigración de los campesinos hacia las grandes ciudades, incluye siete poemas titulados “Chanson de Fou”, uno de los cuales presentamos aquí, intercalados como visiones fantásticas de la angustia y el horror que significa esa brutal “muerte” de la campaña abandonada.
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