AJENAMENTE AZUL | LEO CASTILLO


CORSARIO, ESPEJO

La calle se precipita veloz
en mis entrañas.

Desfondado
de ruido y de luz
grávido quedo.

He saqueado de esta calle su noche
y la tristeza inconmensurable
que mi canto canta no lo soy
amigo, yo
yo soy tú
regurgitado abstracto y desnudo
sin la inútil artillería de tu ferocidad
horra de sentido.


AJENAMENTE AZUL

Tocar a una puerta impone cómos y cuándos
impone astucia para amordazar tácticamente la dignidad
una puerta es una cosa rotunda y maciza
que menosprecia las mondaduras en nuestras roídas rodillas.

Tocar una puerta como salir de caza
con la pólvora mojada de nuestra fe
baba canina resbalada nuestra mirada.

Toco a tu puerta que mezquina entreabre
climatizada la delgadísima brecha de tu desconfianza
accedo
soy engullido y sin digerir
me vomitas ya fermentado.

Toco en ti la certeza de estar con nadie
doy en la mitad de mi orfandad de la especie
retomo la acera mía
pateo una lata que resonante rueda
hasta la trampa de la alcantarilla.

Zampado el puño en el bolsillo sin fondo
silbo una canción que quiere decir:
“la tarde ajenamente azul.”


EL OTRO HUÉSPED

Sobrevino entonces
inmisericorde  la estación extraña
golpeando desde abajo
duro y parejo
hasta barrerme de la segura orilla
hacia adentro
contra las losas de un largo
obscuro y solitario pasillo pobremente iluminado.

A rastras y al fondo
como pude
peldaño tras peldaño
escalé una estrecha una empinada escalera
para acabar en esta azotea abisal
contigua a este solo cielo podado de rosas.

Aquí y ahora
espoleado sin tregua
por los perros de mi propia muerte
que me ladran duro allá abajo
intento el equilibrio
en el borde mismo de mi azotea abisal
embrutecido de incoar la nostalgia
de lo que no ha sido sino
secuencias desconcertantes de espejismos.

Aquí y ahora
son todos mis cuidados para el otro huésped
y su impaciencia criminal.

Con los ojos que me arden
me queman como brasa viva
lío mi áspero cigarrillo ideal
y acometo la grave tarea:
forjar con el delicado material
de las palabras evasivas
una invención de requiebros
y de reflejos que lo distraigan
que me preserven de la impaciencia criminal del suicida
que habita despabilado
a mi lado
esta misma lastimada
edificación resonante.


ARAM

Sin los dioses y sin los hombres
allí pasa negra tu sombra, Aram
con esos ojos tuyos entornados
que brillan singularmente heridos
por los reflejos del día espejeante.

Pero tu risa, Aram
no luce ya tu risa que al roce
de las horas volaba con la fresca mañana.

Tu legítima muerte pasa contigo
presidiendo todo gesto que intentas
con su sello de póstuma perfección.

Siempre venías, Aram
siempre ibas (ya no recordamos bien)
volviendo amigablemente la cabeza.

Aquí se te quería
se te cuidaba
y hasta se te habría podido advertir:
“no des un paso más, Aram
que se te acaba el mundo.”

Pero de nada hubiera valido igualmente.

Y así cruza ante todos tu sombra
que pasa y esparce, Aram
un aura de limbo
un paso adelante siempre.

Un paso siempre adelante.


JOHNNY

Desquiciadas ya
de sus cremalleras las horas
debidamente amortajado el rostro impuro del día
famélico y atormentado entre la sucia
tristeza de la calle
Johnny el demente
catapulta su prestigiosa ira hasta el encandilamiento
tuerce maniáticamente
el mismo callejón
en pos de ese centro perfecto y esquivo
que lo retiene y lo rechaza
y al que nunca acaba de llegar.


UNO QUE NO VIENE

Cada tanto
en ese alguien que nos sale
sonriente al paso
con oculto júbilo presentimos
al gemelo extraviado aquella tarde sin memoria.

Aderezamos generosamente la mesa
para obsequiar al enviado intuido
en las trazas del recién llegado.

¿No es este por ventura el esperado
el tan pacientemente aguardado para destapar
el íntimo vino de nuestra complicidad?

No. No lo es.

¿Quién, pues, este farsante
extraño comensal
sentado a nuestra mesa?

Una prolongación gesticulante
de nuestra larga espera que se prolonga.

Se prolonga.


SUGERENCIA

Cierto que no eres
sino esta masa sola
en el fondo agrio de las horas
con una pesada certeza
de no ser para nada
ni querer para nadie
atento al péndulo de ansiedad
que te escande el aliento.

Cierto que no eres
sino bestia dolida que se retira
indigestada de una cosa que amarga
en la estación inmóvil y sofocante.

Concedido.

Pero atiende amigo ahora
esta última sugerencia:
ponle algo de música
al golpeteo sordo de tanto pensar
atúrdete
sal y vendimia la luz del crepúsculo
embriágate mi amigo
festeja tu sepelio.


LEO CASTILLO. COSTA CARIBE DE COLOMBIA (1961).Libros publicados, El otro huésped (cuadernillo 1992); Convite (cuentos); Historia de un hombrecito que vendía palabras (1993); De la acera y sus aceros (poemas, 2007); Tu vuelo tornasolado (poemas, 2010); Los malditos amantes (poemas, 2011); Labor de taracea (novela, 2019.) Colaborador diarios El Heraldo y El Espectador; abundante material en revistas especializadas de diversos países impresas y en la Red.


 

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