LEOPOLDO LUGONES, 18 DE FEBRERO DE 1938 | MARIANO ROLANDO ANDRADE

 

PARANÁ DE LAS PALMAS, 18 DE FEBRERO DE 1938

                

                                     “Al juez que intervenga:
 
                                     No puedo terminar la Historia de Roca.  Basta.
                                     Pido que me sepulten en la tierra, sin caja y sin ningún signo ni nombre que me recuerde.
                                     Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público.
                                     Nada reprocho a nadie.  El único responsable soy yo de todos mis actos.
                                                                                                                                                                                     L.Lugones”

 

 

Esto está escrito en lápiz, igual que otras dos cartas –una a Juana, su esposa; la otra a Polo, su hijo-, que se encuentran sobre la mesa de luz, junto a una botella de whisky y un vaso que no ha sido usado. Sobre el escritorio, frente a la cama, se ve un artículo a medio terminar que debía ser entregado a La Nación. Por último, y como primer punto de esta recorrida,  en el suelo, caído junto a una de las paredes, se encuentra el anciano del rostro morado y la boca llena de cristales de cianuro de potasio.

        Lugones viste de negro y una gran medalla dorada sobresale de su chaleco. Está perfectamente afeitado, con un pequeño corte de navaja cerca del labio superior, y lleva unas horas en esa extraña posición, que adoptó entre las cinco y las siete de la tarde, una vez que bebió parte del whisky que le pidió al viejo Giudice junto a la dosis necesaria de cianuro para quedar fulminado.

        ¿Qué hizo antes? Paseó por la costa, se detuvo para ver el ocaso y permaneció inmóvil, como un elemento más del paisaje del Paraná de las Palmas. A esa altura, la del ocaso, ya había pasado por la recepción del recreo para pedirle a Giudice un whisky para la 19 y decirle que no lo molestara hasta el sábado al mediodía, orden esta última que no fue respetada, ya que el viejo entró al cuarto el mismo viernes a las nueve o diez de la noche.

        Lugones llegó al recreo “El Tropezón” en la lancha “La Egea” después de un par de horas de navegación por el Luján. Llevaba el sombrero negro, la mirada en las vueltas del río y el libro “Los que pasaban” de Groussac entre las manos. Antes, un colectivo lo había dejado en el puerto del Tigre, punto de partida hacia la isla y el viejo Giudice. Existen ciertas discusiones en torno al horario de este último viaje: algunos dicen que fue por la mañana y otros lo ubican al mediodía, mientras que unos pocos aseguran que fue a la tarde.  

        Diremos que antes de subirse al colectivo –quizás fue un tren- que lo llevó al Tigre, Lugones estuvo en el Consejo Nacional de Educación; que habló unas palabras con María Alicia Domínguez; y que mencionó algo acerca de una seria preocupación, una cita y la posibilidad de un duelo. La mujer no comprendió exactamente el sentido de las palabras, aunque más tarde dijo haber advertido que la mirada de Lugones ya no era la de la vida. Esta afirmación no debe sorprender, ya que en la mayoría de los casos el suicidio se prepara en el silencio del corazón, y quienes están cerca en ese momento vislumbran un peligro pero no logran intervenir a tiempo.

        Antes del encuentro con María Alicia Domínguez, un tiempo atrás, Lugones se convirtió al catolicismo y dejó atrás la doctrina secreta y la masonería, que había abrazado a los 25 años y en la que llegó al Consejo Supremo de su logia con el grado 33 para la República. Pese a la conversión, ya se había reservado el derecho a la muerte voluntaria: “Dueño de su vida, el hombre, lo es también de su muerte, porque en las situaciones sin salida, esta es, decían los antiguos, la última puerta de la libertad.  El suicidio estoico era un supremo derecho”.

        También antes del encuentro con María Alicia Domínguez, mucho más atrás en el tiempo, Lugones había adoptado la fatalidad y los símbolos como dioses y se preocupaba porque su nombre tenía dos fuertes signos capitales: Leo, espíritu, en Leopoldo, y Luna, material, en Lugones. Por supuesto, conocía el significado de la fecha de su nacimiento, un sábado 13 de junio, y se preguntaba: ¿de qué valen Saturno y su inclinación a las letras, el sondeo del más allá, el amor a las matemáticas y el espíritu rebelde? ¿Cuán influyentes son el simbolismo grave del trece y la intervención de lo desconocido? ¿Qué relación guardan el solsticio de invierno y una influencia terrestre más fuerte que la solar? Y por último: ¿es relevante que el doctor Papus en Francia observara la trágica señal de una muerte violenta?  

        “Decidí ponerme del lado de los astros”.

 

 

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