LOS MUERTOS NO VUELVEN / JAVIER GUEDEZ


Los muertos no vuelven

El camino verdadero pasa por una cuerda,
Que no está extendida en alto sino sobre el suelo.
Parece preparada más para tropezar
Que para seguir su rumbo.

F. Kafka

Los muertos saben muchas cosas y no guardan ninguna fe por eso, ni rezan porque todo lo bueno se quede con ellos. Tienden a hendir la penumbra de los sueños con una flama cegadora. Yo lo había presentido, de alguna manera estaban tratando de decirme algo.

Era la primera vez que yo quería encontrarme face to face con un muerto para aplacar el deseo fatuo de las necesidades. El consejo me lo dio mi mamá cuando la visitamos la última vez en Barquisimeto. El viaje había sido intenso, más por el trajín desencadenado que por la distancia. Un caucho cortado, once cambios de pañales, un vomito atravesado en la curva roja de Santo Domingo, siete paradas a la orilla de la carretera por indigestión repentina. Siete horas para surtir combustible, una tranca en Guanare, dos alcabalas para revisión exhaustiva de serial y documentos del vehículo y una vaca atropellada en medio del sol más brillante de occidente. Finalmente llegamos a la casa de mis padres montados en una grúa Chevrolet de las viejas, a causa de la muerte de la pila de la bomba de la gasolina, a las cinco de la mañana.

Fue una evidencia lastimosa para mi mamá saber de cerca todo lo relacionado con nuestra situación económica, presentada ante ella como un símbolo de amor muy golpeado. Se notaba el deterioro y los descocidos cada vez que teníamos la iniciativa de movernos en cualquier dirección. Los niños no lucían su mejor coloración corporal, la ropa se les presentaba percudida, los pantalones ya podían ser considerados brinca pozos, además de mostrar siempre algún roto que dejaba pasar el aire. Las costillas marcadas en las camisas para no decir que estaban muy por debajo del percentil de peso correspondiente a su edad. Con déficit de atención de lunes a lunes, sin disciplina ni buenos hábitos de estudio.

Nosotros para acompañar la desdicha presentábamos voluminosas bolsas de sangre tibia debajo de los ojos luminosos, producto de la ansiedad de los últimos meses, que sin ninguna vanidad propagandística habían sido los más difíciles. El salario nos alcanzaba incluyendo el bono de alimentación, las horas extras más las nocturnas y fines de semana, para un pollo entero sin piel, dos kilos de cebolla morada y un cartón de huevos. Nosotros como verán somos un line up de cuatro jugadores, y a veces cinco, porque tengo un bateador emergente de mi primer matrimonio. La mañana siguiente, mi mamá no soportó más reconocer nuestra dolorosa adversidad sometiéndonos al abandono, por esa razón se me acercó al oído y pronunció cada una de las letras, mientras dábamos los primeros sorbos de café.

—Hijo, anda al cementerio viejo, allí están enterrados tus abuelos maternos, Rómulo y Obdulia. En aquel entonces ellos usaban buenas prendas, puro oro dieciocho quilates y plata italiana. Siempre quisieron ser enterrados así porque tu abuelo tenía una fijación con una revista que leía siempre sobre el imperio egipcio y la vida de los faraones. Se la sabía de memoria. Cuando le dimos sepultura llevaban todas esas joyas puestas como aparecían en las fotos de la revista. Ya nos parecía exagerado lo de vendar los cuerpos. Recuerdo un rosario con un crucifijo muy bello, esclavas, cadenitas, anillos. Todavía deben conservarse debajo de la tierra. Es lo último que puedo hacer por ti hijo mío, no quiero verte más pasando esta roncha horrible. No te reconozco.

— ¿Qué quieres que haga, mamá? —le pregunté.

—Sé que suena muy duro hijo, pero es nuestra última esperanza. Ya no podemos ayudarte más. Exhúmalos y conserva su herencia. Eso sí, nunca los profanes.

—Gracias mamá—le contesté con mucho dolor.

Nos despedimos con un abrazo más largo de lo habitual como si supiéramos que algo cambiaría para siempre. Quería quedarme ahí en su cálida profundidad, en el estacionamiento de penas de sus hombros, donde siempre huele a un perfume en spray, pero no podíamos perder más tiempo, el plan estaba señalado. Terminamos de arreglar el carro con el mecánico de la familia y nos fuimos con un aire nuevo, detenido e imperturbable. Tocamos la corneta varias veces, sacamos las manos por la ventana y dijimos adiós a todos.

Mientras manejaba en dirección al cementerio viejo, franquearon algunos recuerdos como aves de paso tomando un gusano de la memoria para continuar el vuelo y dar de comer a sus crías. Conducir tiene ese privilegio sobre la mente. Los niños y Janis se encontraban viendo por la ventana sin hablar, pegados al vidrio, dejando que todo quedara atrás como los testículos de un perro.

Nunca logré conocer en vida a mi abuela Obdulia, todo lo que recuerdo me lo dijeron las fotos amarillentas del álbum blanco atesorado por mi madre en su mesa de noche: una india mayor, pequeña y robusta, no más grande que un cactus de San Pedro en un matero, virgen y mártir de los moros, con la piel apretada y quemada, una parte por la memoria genética, y otra por el trabajo forzado en la tierra desertificada donde vivió gran parte de su vida. Casi nunca quiso hablar, solo hacía resonar los dientes de vez en cuando.

De Rómulo si tengo pequeños flashback interrumpidos llegando como coletazos de una vaguada. Yo me encargaba siempre de encender todos sus cigarros belmont desde niño y a quitárselos de los dedos cuando se consumían solos porque se quedaba dormido en mi cuarto. No se quemaba, estaba hecho para no tener que soportarlo. Aprendí a fumar desde entonces, tenía apenas 9 años. Antes de caer en enfermedad lo recuerdo siempre levantando el polvo del piso de tierra de su casa en Churuguara, un pueblo remoto lleno de asesinos a donde no me llevaron casi nunca para no contaminarme de la sed de venganza de los más jóvenes, cuyas costumbres ya pasaban por las armas de fuego porque el enemigo siempre rondaba, adoptando el rostro de panaderos, sastres o mendigos. Al recibirnos siempre nos mostraba un arma muy larga parecida a una escopeta, era su única compañía después de la muerte de mi abuela. La visita no duraba más de una hora, luego nos corría a todos y la vida nos apartaba nuevamente.

Yo sé que eran buenos, indios y negros desde la raíz los padres de mi madre. El día de la muerte del abuelo en mi habitación, fue cuando comprobé el tiempo exacto que transcurre para que los muertos pierdan todo el calor de su cuerpo, pude presenciar el momento justo donde comienzan a desprenderse de los anclajes del alma, como si al fin saliera de la cárcel, alcanzando la única libertad. Lo contemplé durante un rato sin ningún signo vital a la vista antes de avisarle a la familia, no quería verlo alejarse tan pronto, aun teníamos formas de decirnos las últimas cosas. Me fumé uno de sus cigarros y marché luego a clases, pero me retiré rápidamente del examen de foto interpretación y sensores remotos, para irme a tomar cerveza en El Chivo 44, porque la incomodidad que trae el duelo me quitaba los reflejos más básicos, y por nada del mundo lograría hacer estereoscopía con las imágenes satelitales del Valle del Turbio.

Seguí manejando, me sudaban las manos y el estómago relinchaba como una bestia suelta y sin dueño. Todavía no estaba seguro de lo que iba a hacer ni hasta donde era capaz de llegar, el rostro de mis hijos y Janis embutidos por el vidrio venían aclarando mi decisión. Tomé un desvío hacia los lados de Baradida y llegué a la casa de César, un amigo terapeuta de la ayahuasca y de los jugos verdes. Le pedí prestado algunas herramientas, con un pico, un machete y una pala me bastaría. Fue un encuentro rápido, donde no pude explicar mucho. Nos abrazamos y le ofrecí la novedad para otro día, lo llamaría por teléfono. Arranqué.

Busqué en google:
Oro: Elemento químico, símbolo Au, número atómico 79. No era precisamente lo que estaba buscando para hacerme de la confianza, yo tenía el deseo de saber la cotización del oro. En cuanto pagaban el gramo aquí o en Colombia. Seguí adelante.

Llevaba conmigo a bordo la impaciencia y el temor como dos hermanos corpulentos dispuestos a hacerme preso en una camisa de fuerza, encaminándome hacia un pasillo oscuro. Estaban maltratando mis brazos lo suficiente, comenzaban a ponerme fuera de control. Me solté como pude y encendí el google maps en el teléfono. Mi mamá me dio las coordenadas exactas de la parcela donde los enterraron. Al llegar, me estacioné frente al puesto de la venta de flores, saludé con las buenas tardes, pero las chicas sin sostenes y con franelillas blancas ajustadas, quienes estaban en ese momento armando unas coronas fúnebres muy coloridas, no me devolvieron el saludo. Tampoco una anciana con bata de dormir y lentes oscuros que acariciaba un gato sucio. Esa era la antesala de la muerte, así es como uno comienza a morirse.

Salté la cerca, no entré por la puerta principal. Me llevé las herramientas conmigo y pedí a la familia paciencia. No tardaría demasiado.

— ¿A dónde va papá? —preguntó Koán, el más pequeño.

—Ya viene. —Le dijo la mamá.

Debía hacerme de otros recursos, la lógica no funciona bien en los cementerios. Podía estar seguro de que cada vez estaba más cerca de la bendición eterna, por eso me decía a mí mismo con ánimo: Vamos mimismo, tú puedes, mimismo todo saldrá bien, es tu clímax, tu crisis estelar está a punto de sublimarse, ahora viene tú proclama mimismo, tu mundo especial. No puedo dejar esperando tanto tiempo a los niños y a Janis en el carro, les prometí que los llevaría al parque del este a montar bicicleta. Esta operación debe ser rápida aunque no lo aparente, pediré ayuda si es necesario y ofreceré una buena comisión.

Para ver repetirse las horas de gracia, compartiremos el botín con los elegidos. Voy a rescatar estas joyas de la corona que forman parte de mí merecida herencia. El alma es muy liviana, más liviana que el aire y el gas metano por eso vuela, no presiento ninguna de ellas aquí, no tendrían nada por hacer. Era una muerte de muy bajo presupuesto, donde los muertos no parecían hablarle a nadie.

Todo el camino era de tierra, aunque ya el monte había comenzado a tragarse los mausoleos, apenas podían notarse algunas cruces a lo alto. La extensión de la parcela no terminaba en el límite de los ojos, a pesar de la claridad del día, el gris se había apoderado por completo de todo el cementerio y no mostraba indicios de querer irse. Fui haciéndome brecha con la ayuda del machete y aproveché de espiar algunos nombres en las lapidas más cercanas a mi paso, ninguno me era familiar. Limpié una de ellas y fui recostándome desde sus lados visibles y me dejé hacer preso de las ilusiones.

Con eso vamos a resolver la operación del prepucio de Koán para que no le duela cuando orine, y rectificar el motor del Fiat, voy a cambiarle también los amortiguadores y le pondré faros de neblina para subir a la montaña de noche. Con eso será suficiente para comprar un buen mercado de proteínas, sobre todo chuletas de cerdo, costillitas, lomito y churrascos de solomo para planificar parrilla todas las semanas. Haremos un viaje al mar: Mochima, Los cayos, Playa Parguito, Cata, Choroní, La Ciénaga, Cuyagua, Cepe, Araya, El cabo San Román, Los Roques, El Golfo de Cariaco, iremos a varias y nos zambulliremos mostrando la raya de las nalgas como delfines. Tomaremos mucha cerveza y pediré tres raciones de ostras, nos llevaremos en una cava de regreso varios frascos de mayonesa con mariscos de todos los colores: vuelve a la vida, rompe colchón, siete potencias, mata suegras, el que te pone los ojos azules, afrodisiacos bestiales que nos durarán lo que nos quede de matrimonio. Cambiaremos los lentes de Janis, sustituiré todos los zapatos viejos, quizás algunas prendas de ropa interior hagan falta, no aguanto una media más con un hueco en el dedo gordo porque no se zurcir nada en la vida.

Cambiar el techo de la casa que se pudrió porque no lo sellamos, comer en un restaurante chino un plato de pachenchou, un guantonmei, unos tallarines de tres carnes en plato caliente o unas lechugas rellenas. Pagar las deudas del colegio, arreglar la planta eléctrica, una botella de vino por día, quizás más. Reponer todos los préstamos, comprar libros, buenos libros de Akutagawa, no importa el precio, buscar un reuter nuevo para el wifi, pagar 5 años de Netflix, ver todas las series, las malas también. Complacer a mi mamá para que haga un viaje con todo incluido a Singapur como fue su sueño toda la vida, invertir en un buen negocio, un mini market, un bodegón, eso es lo que vamos a hacer.

En el transcurso el monte iba descendiendo, librando el espacio de ponzoñas, matorrales y cujíes como si se abriera paso de pronto a un pequeño oasis. A continuación la tierra estaba agrietada y seca, había huellas y estiércol de cabras y roedores por todas partes donde me movía. Encontré en el piso una placa suelta, le quité el polvo que traía encima y leí. Justamente estaba escrita con el nombre de mi abuelo: Rómulo Sánchez (1928-1997). Debe estar cerca afirmé. Mimismo, llegó la hora, recojan los vidrios, estamos llegando. Di dos pasos hacia adelante y me encontré en el sitio, fue como si hubiera estado ahí antes, quizás en el vientre de mi madre durante el entierro de mi abuela Obdulia. El asistente artificial de google maps dio una cordial bienvenida y me felicitó con su voz mal hablada por haber llegado al destino seleccionado, siguiendo la ruta más cómoda y rápida a pie.

Sentí una bruma estallada ante mis ojos rompiendo toda la esperanza, mis padres me engendraron para este juego arriesgado y hermoso, me legaron valor y coraje, no quiero que la sombra de la desdicha se incline para siempre a mi lado. Perdí de pronto el centro de gravedad, me vi obligado a abrir los brazos para no perder el equilibrio. Los ataúdes de mis abuelos habían sido profanados por alguien más, hacía algunas horas atrás aparentemente. ¿Cómo no pude pensar en eso antes? ¿Por qué me hice expectativas con algo así? Mi primera reacción fue terminar de abrir las urnas, el olor todavía era desagradable, como de sueños fermentados, los huesos permanecían fuera de lugar, esparcidos como pistas silenciosas sobre la tierra. Rastree desesperado para ver si aún permanecía algún vestigio de las joyas prometidas, un collarcito o un anillo por lo menos en algún dedo de calavera. Rasgué por todas partes como un perro, sin importar el daño que me hacía en las manos. Se habían encargado de pasar la aspiradora con una precisión absoluta. Levanté la tapa de uno de los ataúdes y la golpee con un puño certero, la rabia y la impotencia son hermanas huérfanas que cuando golpean se desmayan por un rato, eran un dúo fatal consumiendo sin piedad mis únicos ahorros. Había ataúdes profanados con cadáveres recientes a los lados. Se veían todavía los rostros picados aleatoriamente por algún animal. Me senté en el mausoleo de enfrente donde se encontraba la tumba intacta, quizás la única, del famoso concertista Alirio Díaz. Me santigüé sobre la frente e inicié una meditación que aprendí en el Tíbet cuando niño, repetí unos mudras tranquilizantes, especiales para emergencias y me fui calmando.

Las ratas habían comenzado a hacer su trabajo con los cuerpos que aún conservaban algo de carne blanda. Me levanté para mirar y seguir caminando hacia lo profundo de aquel depósito de muertos, víctimas de la falta de gestión pública. Debía hacerlo con cuidado, me percaté que todo alrededor estaba colmado de huesos regados y de la ropa consumida de los cadáveres. Busqué de inmediato en google algún artículo sobre profanadores de tumbas en Venezuela y encontré que posiblemente se trataba de la gente de la religión del palo, porque ellos se nutren de cráneos y fémures para cocinarlos en un caldero como parte de un ritual, junto a doce tipos de árboles y tierra de cementerio. Aproveché de quitarme la religión de encima, el país, los aliados y aprendí a estar en silencio como me enseñó mi instructora de sexo tántrico.

De regreso a la entrada, tomé otros caminos y observé como algunos familiares estaban en la misma situación, aunque muchos no lograron controlar los nervios y se lanzaron a llorar y a gritar el nombre del muerto en el piso. Uno de ellos al parecer había fallecido recientemente, por eso intentaban reconocer las partes sueltas para volverlo a armar. Buscaban insistentes la cabeza, porque desde la cabeza uno puede imaginarse mejor el resto. Ya se estaba agotando el día, el crepúsculo era un regalo post mortem, lo pude ver por algunos minutos sin distraerme. Corrí de vuelta al carro para dejar las herramientas, y en el trayecto varias manos curtidas y llenas de un lodo oscuro brotaron desde las profundidades del subsuelo y me tomaron de los tobillos con fuerza. Una de las manos llevaba un reloj Casio de calculadora, las otras eran manos de mujer, tenían las uñas enroscadas y muy mal pintadas. Como pude forcejee pero fue inútil, me tumbaron al piso. Rasgaron mi ropa, intentaron meterme las manos en los bolsillos, me quitaron algunos billetes y una estampita de San Judas Tadeo que cargaba en la billetera. Pude salvar el teléfono porque lo tenía en la mano. Déjenme quieto nojoda, les grité y comencé a patear como un niño malcriado y rabioso para intentar soltarme de cualquier manera, porque yo nunca había peleado con alguien que ya estuviera muerto. Los bichos solo salían de la tierra con la mitad del cuerpo, me hirieron varias veces, yo golpee todo lo que daban mis brazos, pero tenían en sus actos los secretos de la muerte, por eso resistían. Me iban a matar sino me las arreglaba, lo más cerca que había estado de algo así, fue en el video de Thriller hace muchos años. En cada movimiento dejaban ver su rostro dentro de la tierra con sus ojos flamantes y amarillos. Tomé varias piedras del piso, señalé al más cizañero de todos y le conecté una al centro de la frente. El rostro se le hundió, escupió un líquido viscoso color mostaza, me llegó al bolsillo de la camisa y a la mitad del cachete. Luego vi cómo enseguida le brotó una costra verdosa tapando el boquete.

Cuando logré desmarcarme busqué una de las maletas en el carro, la desocupé y me la llevé de vuelta al lugar. Les hice señas a los niños, ya me faltaba poco. Fui a traerme los huesos olvidados de mis antepasados, con quienes nunca tuve la oportunidad de dormirme en sus cantos ni hablar sobre casi nada. Lo único seguro era atreverme a cometer un verdadero desastre, pero no le di poder a esa sensación de equivoco. Intenté contar 206 huesos como me habían enseñado con un pendón sobre anatomía que mi papá compró una vez en un semáforo en la avenida Lara, algo me pagarían por eso. Me conformé.

No dejaba de estar perdido, nunca podría haberme acostumbrado a la eternidad, seguía teniendo un pie en la penuria y una mano en el hambre, eso era todo, no hay nada extraordinario en morir, cualquier puede hacerlo. El que muere es aquel que vino a buscar la muerte, ya se han borrado todos los nombres y las caras, ya no sabía cómo iba a liberarme del cautiverio material. El tiempo en ese lugar no obedecía a espadas ni naves de ningún orden, así que me retiré como lo hace un feligrés cuando escucha las siete campanadas.

Al salir, las mujeres y la anciana ya no estaban. El local permanecía cerrado, solo el gato pudo levantarse y comenzar a caminar cauteloso cuando me vio a la cara.

Ahora mucho más pesada, metí la maleta en el carro.

— ¿Resolviste?, ¿todo bien? —Me preguntó Janis.

—Sí, con esto resolvemos—le contesté.

Apreté los dientes. Encendí el motor, dejé la marca de los cauchos en el asfalto y nos pusimos en el camino.

—Papi ¿vamos al parque? —Me preguntó Liana al oído— La miré por el retrovisor y respondí naturalmente.
—A eso fue que vinimos. ¿No?


Javier Guédez (Venezuela 1.980). Narrador, poeta. Licenciado en ciencias ambientales, fundador y director creativo de La Kuentonáutica. Actualmente forma parte del Staff de la revista Orsai (Argentina-España 2020) donde publica relatos de ficción y crónicas. Ha sido galardonado por sus cuentos: Puyero (2010), Komegato (2002) y la montaña amarilla (2004). Premio Nacional del Libro de Venezuela (2014). El cuento La eternidad de Paula de su autoría fue llevado al cine y resultó selección oficial del Festival de Cannes Francia 2018 y ha sido reconocido como el mejor cortometraje en el Festival de cine y TV de Reino de León España, entre otros méritos internacionales. El material poético y narrativo se encuentra publicado en portales como: Poesía, Cinco.8, Letralia, #poesíaencasa, Paradoja Ediciones, Orsai, Digopalabra. Tiene publicado en literatura para niños y niñas: Sinchi y Kai (2017) Retorno de Alas (2010) Pazíficos y la mutante (2012). Contacto: IG @lakuentonautica
+584121543240

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