SIMPATÍA POR LAS URRACAS | LUIS ENRIQUE BELMONTE


SIMPATÍA POR LAS URRACAS

Aparcadas sobre los campos rotulados, en las plazas semiabandonadas,
en la periferia de las autovías, las urracas me reciben,
graznando.

No han cambiado mucho desde los tiempos
en que Francisco de Goya las pintaba
a orillas del Manzanares, sólo que ahora
ya no son tan carroñeras como antes, pues han obtenido
salvoconductos que les permiten pasar
al gran parque temático
de los desechos humanos.

Sentado en el banco de una plaza mustia
y desalmada, reconoces a las urracas: observas detenidamente
sus movimientos coordinados
con el fin de obtener una rápida recompensa, hasta que se enteran
que sólo estás quemando un cigarro y no tienes
migas, ni chapas en los bolsillos.

Para seres tan omnívoros
el estío nunca será un desafío.

Como se la pasan todo el día registrando a ras del suelo, las urracas
se han vuelto compañeras de viaje ‒siempre atentas a las lombrices,
los insectos, los polluelos, las semillas, las burusas y otros restos que deja
la vida que pasa de prisa
por las periferias.

Resulta difícil saber dónde esconden su botín. A las urracas les fascina
todo lo que brilla a simple vista: vidrios, anillos, zarcillos, dijes,
pedazos de lata, centavos, metras; trozos rutilantes
que van acarreando con sus picos, mientras dan brinquitos decisivos
en dirección a sus guaridas.

Las urracas.

Dicen que en los tiempos
en que Francisco de Goya las pintaba, merodeando
los manteles de las meriendas, a orillas
del Manzanares, había quienes las entrenaban
para imitar la voz humana, pues las urracas son capaces
de diferenciar a una persona de otra.

Sé que a otros viajeros les han recibido lestrigones,
cíclopes, ewapenomas, duendes, encantos, gnomos, trasgos,
flechas envenenadas, minas antipersonales.

A mí me han recibido las urracas.

Su incesante cháchara ya me resulta familiar, porque me recuerda
a las urracas parlanchinas de mi aldea natal y su guerra fría
contra el monopolio del maíz.

Habría que decir también
que a las urracas les interesa hurgar
entre los estragos de la guerra: jirones de tela,
esquirlas, medallas, hebillas, cartuchos vacíos.

Cuando un animal muere, por ejemplo, un ciervo en el monte
o un gato en la autovía, las primeras en llegar a reconocer el cadáver
son las urracas ‒como peritos forenses‒; y tras corroborar
el beneficioso deceso, emiten, al unísono, estridentes graznidos
para que se vayan acercando
primero los cuervos, cuyos picos traspasarán
la piel del animal, hasta que vengan los alimoches
o los venerables buitres
y se encarguen de lo más importante de la faena,
antes que se impongan los perros, los zamuros
y las moscas, dejando al final del banquete
sólo algunos pellejos, cartílagos y huesos rotos
para el consuelo de las urracas.

Las urracas carecen de la astucia del zorro, del gato montés
y de los azores; y sus colas son azules
o verde metálico, dependiendo de cómo incida la luz solar
sobre el descampado.

A las urracas no les importan las plazas mayores,
ni los símbolos patrios; nunca defecan
sobre las estatuas ecuestres.

Astutas, pendencieras, copiosas, las urracas
ocupan un lugar importante
en el ranking del desprecio colectivo
a lo más lumpen de la fauna urbana.

Las urracas reconocen mi paso.

Me dan la bienvenida.

 


Luis Enrique Belmonte (CaracasVenezuela, 13 de julio de 1971) Es un poeta, narrador y ensayista venezolano. Médico psiquiatra y psicoterapeuta. Violinista. Ha obtenido galardones como el Premio Fernando Paz Castillo (1996, Venezuela), el Premio Adonais (1998, España) y la Medalla Internacional de Poesía Vicente Gerbasi (2014, Venezuela). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán, portugués, árabe y hangul. De: https://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Enrique_Belmonte

 

Leave a Comment

Categorías