O DESGASTE E OUTROS POEMAS | LUIS MANUEL PIMENTEL

Luis Manuel Pimentel

Trad. Marcelo Reis de Mello


MAIS PERGUNTAS

Onde estivemos antes da pandemia
enquanto se tramavam as notas musicais
que viriam para mudar o fim?

Nessa cidade as gotas estiveram
emprestadas ao trânsito
quando íamos de um ponto a outro
com as flores flutuando sobre os jardins?

Voltou à aparente glória
ou à dissipação do ar
a luz que escapava pela entrada
da janela até chegar
aos doentes do hospital?

Por acaso os mercados vendem
o antídoto que torne possível
baixar uma revoada de pombas
ao escritório?

Melhor eu ir dormir
nesta noite azul
enquanto cai a humanidade.


VIDA DE DOIS, VIDA DE MUITOS

Perguntei como você se sentia com tantos mortos,
me disse que a rede médica está cansada
com ansiedade, estresse pós-traumático,
fadiga crônica, depressão,
e também que devemos seguir
porque o Covid-19
não sai dessa assim.

Fiquei imaginando a enfermeira
que se levanta cedo,
angustiada, pois exposta a
contrair a doença.
Beija seus filhos,
agora com mais amor, olha sua casa
como se fosse um cálice de ouro,
ao marido como o animal de paixão
que sempre foi,
repassa as vezes em que brigaram
por besteiras que já nem vem ao caso.
É hora de ir
no hospital a esperam.

O médico levanta da cama
com a ideia de que o mundo
já não tem o mesmo sentido de ontem:
o tempo muta,
o lucro passa para outra dimensão.

Uma tarde da sua janela
veio o fim do mundo:
dois cavalos cor de cobre
e pêlo longo
saíram de um pasto,
andavam pelas ruas vazias
galopando sem direção.

Vestiu o avental,
porque em meia hora
devia voltar ao hospital,
dava voltas no apartamento
à procura da resposta do iniciado.

Também não tinha medo, a vida
mostrou que os nervos
só poderiam ser de aço,
a pandemia marcava sua memória
como uma realidade crua,
uma construção que criava
ao escutar pelo estetoscópio
os pulmões do avô
que não aguentou mais
e morreu
antes que terminassse o turno.


O DESGASTE

Ligou o aparelho de som
escutou tudo o que tinha
no USB da Billos Caracas Boy,
lembrou o infortúnio de um homem
a quem deixaram primeiro sem os botões da camisa
depois os das calças
e com muita razão esta parte lhe parte
a alma, porque sempre costurou
e sustentou seus filhos com sua máquina, de repente
ouviu-se outra estrofe da canção

Gosto do uísque
gosto do tabaco
e das boas mulheres

dancei na sua frente
fazendo umas macaquices com a cabeça
que saíram engraçadas e rimos na divindade
de dividir para além de mãe e filho
um tipo de feitiço ancestral,
e então colocou os boleros.

Sentou-se para picar os temperos do almoço
com a dedicação de sempre,
mas no que envelhece dóem-lhe as cadeiras
porque os ossos se desgastaram de tanta máquina,
de tanta vida dedicada a nós:

Lua que se quebra
sobre a sombra de minha solidão
aonde vai,
me diz se esta noite você vai embora
como ela se foi,
com quem está.

cantou baixinho,
sempre me comoveu seu tom
entre o nostálgico e o sublime,

agora rala a cenoura
sentada na cadeira de couro
onde sempre sempre se sentiu confortável,
aí emenda com um tango:

caminito que o tempo apagou
que juntos um dia nos viu passar
veio pela última vez
veio pra contar meu mal

De repente num reflexo me diz em voz alta:

– eu não entendo como essa gente de antes
escrevia canções tão bonitas

E ao mesmo tempo cantarola outra canção que começa.

Sinto que esta manhã tem algo de especial,
me comove que aos 74 anos
fique sozinha
pelas noites;
há dias eu a sinto cravada no peito
como as agulhas de acupuntura
que lhe aplica minha irmã
ao redor de uma bola
que nasce no peito direto,
é preciso reduzí-la
enganá-la
prendê-la, para que não cresça
e então soa:

“Angústia de não ter aqui
tormento de não ter teu amor
angústia de não te beijar mais
saudade de escutar tua voz,
nunca poderei esquecer
nossas noites junto ao mar
contigo se foi toda ilusão
a angústia tomou meu coração”

Enquanto ela cantava veio junto
a imagem do meu pai,
não tanto pela obviedade da sentença
que ela talvez nem sinta,
mas como num passe de mágica
surgiu representada
a essência de um homem
que tornou possível
este encontro.



MÁS PREGUNTAS

¿Dónde estuvimos antes de la pandemia
mientras se cosían las notas musicales
que vendrían a cambiarnos el fin?

¿Estuvieron las gotas en esta ciudad
prestas al tránsito
cuando íbamos de un punto a otro
con las flores flotando sobre los jardines?

¿Volvieron a la aparente gloria
o al desvanecer del aire
la luz que se colaba por la entrada
de la ventana hasta llegar
a los enfermos del hospital?

¿Acaso en el mercado venden
el antídoto para hacer posible
bajar una bandada de golondrinas
al escritorio?

Mejor me voy a dormir
en esta noche azul,
mientras cae la humanidad.


VIDA DE DOS, VIDA DE MUCHOS

Te pregunté cómo te sentías con tantos muertos,
me dijiste que la red médica está cansada
hay ansiedad, estrés pos traumático,
fatiga crónica, depresión,
y también debemos seguir
porque el Covid-19
no se saldrá con la suya.

Me quedé imaginando a la enfermera
que se levanta temprano,
angustiada, porque está expuesta a
contraer la enfermedad.
Ella besa a sus hijos,
ahora con más amor, mira su casa
como si fuera una taza de oro,
a su esposo como el animal de pasión
que siempre fue,
repasa las veces que pelearon
por tonterías que ya ni vienen al caso.
Es hora de irse
en el hospital la esperan.

El médico se levanta de su cama
con la idea de que el mundo
ya no tiene el mismo sentido que ayer:
el tiempo muta,
el lucro pasa a otra dimensión.

Una tarde desde su ventana
vio el fin del mundo:
dos caballos de color cobre
y pelaje largo
salieron de un potrero,
andaban por las calles solas
galopando sin dirección.

Se puso la bata,
porque en media hora
debía volver al hospital,
daba vueltas en el apartamento
buscando la respuesta del iniciado.

Tampoco tenía miedo, si la vida
le enseñó que los nervios
debían ser de acero,
la pandemia se quedaba en su memoria
como una cruda realidad,
una construcción que creaba
al escuchar por el estetoscopio
los pulmones del abuelo
que no resistió más,
y murió
antes de que terminara el turno.


EL DESGASTE

Prendió el equipo de sonido,
primero escuchó todo lo que tenía
en el pendrive de la Billos Caracas Boy,
recordó el infortunio de un hombre
al que lo dejaron sin los botones de la camisa,
después de los pantalones,
y con mucha razón esa parte le parte
el alma, porque siempre ha cocido
y levantó a sus hijos con la máquina,

de pronto,
se escuchó otra estrofa de la canción:

Me gusta el whiskey
me gusta el tabaco
y las buenas mujeres

la bailé frente a ella
haciendo unas morisquetas con la cabeza
que nos causó gracia y reímos en la divinidad
del compartir más allá de madre e hijo,
fue como en un hechizo ancestral,
después puso los boleros.

Se sentó a picar los aliños para el almuerzo
con la aplicación de siempre,
pero mientras más envejece le duelen las caderas
porque los huesos se les desgatan,
de tanta vida entregada para nosotros:

Luna que se quiebra
sobre la tiniebla de mi soledad
a dónde vas,
dime si esta noche tú te vas de ronda
como ella se fue,
con quién estás

la cantó bajito,
siempre me ha conmovido su tono,
va entre lo nostálgico y lo sublime,

ahora ralla la zanahoria
sentada en la silla de cuero
donde siempre se ha sentido cómoda,
prosigue con un tango:

caminito que el tiempo ha borrado
que juntos un día nos viste pasar
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.

De pronto en una reflexión me dice en voz alta:
—yo no entiendo cómo la gente de antes
escribía esas canciones tan bonitas.

Y al mismo tiempo tararea la otra canción que viene.

Siento que esta mañana tiene algo especial,
me da sentimiento que a sus 74 años
se quede sola
por las noches;
desde hace días la tengo clavada en el pecho
como las agujas de acupuntura
que le pone mi hermana
alrededor de una pelota
que tiene en el seno derecho,
hay que reducirlo,
atraparlo,
encarcelarlo, para que no crezca,
y entonces suena:

Angustia de no tener aquí
tormento de no tener tu amor
angustia de no besarte más
nostalgia de no escuchar tu voz,
nunca podré olvidar
nuestras noches junto al mar
contigo se fue toda ilusión
la angustia llenó mi corazón

Mientras la cantaba se me cruzó
la imagen de mi papá,
no tanto por lo obvio de la sentencia
que tal vez ella ya ni la sienta,
sino como en un acto de magia
apareció representado
la esencia de un hombre
que hizo posible
este encuentro.


LUIS MANUEL PIMENTEL. Barquisimeto – Venezuela, 1979. Poeta, narrador. Con el libro Esquina de la mesa hechizada (2011), resultó ganador de la I Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga en Venezuela. En poesía ha publicado los libros Figuras Cromañonas (2007), Canción de cuna para Ananda (2016). Su obra aparece en más de 11 antologías literarias. Vicepresidente de la ONG Poetas Sin Fronteras Internacional. Actualmente vive en Puebla – México, es Editor de la Revisa Filigramma, Director Editorial de Ablucionistas, y Director General de la Revista de semiótica El Signo inVisible.

MARCELO REIS DE MELLO. Curitiba – Brasil, 1984. Poeta, crítico, tradutor e professor de literatura. Orientador efetivo da área de literatura da Coart / Uerj, é doutor em Literatura Comparada pela Universidade Federal Fluminense. Autor dos livros José mergulha para sempre na piscina azul (Garupa, 2020), Elefantes dentro de um sussurro (Cozinha Experimental, 2017),  entre outros. Traduziu ao português livros de Miguel de Unamuno, Luis Felipe Fabre, Daniel Link, Arturo Carrera, etc. Curador da coluna de tradução da revista A Palavra Solta e curador convidado do projeto internacional de poesia Ablucionistas.

 

 

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