KOALA FLASHBACK |ANDREA ROJAS VÁSQUEZ


Koala Flashback

Miras ese documental que te habla de koalas.

Un documental de animales que no beben agua nunca no se ve todos los días. Te detienes, distraída, alisando la curvatura de la espalda en el único sillón nuevo de tu casa. Y examinas esa criatura que se mira las manos, sostenidas, a la curvatura de la rama. Tú te mirarás las manos también. El koala se llevará a la boca una hoja de eucalipto. Tú no. Tú no te llevarás nada a la boca. Tú desearás una plantita de albahaca entre tus manos, y una rama, suave, como ese algodón de azúcar que si estuviese cerca, te acariciaría la lengua y se atoraría como una fractura verde en el espacio de tus dientes. Pero Keep Calm y mira, solo mira este documental; te repites. Porque sabes que buscas con tanta ansia en cada cosa, que, hasta la figura de una hoja meciéndose sobre tu cuerpo te obligará a pensar él. Pero ya es tarde. Ya está sucediendo. Lo piensas.

Tomas el teléfono. Quisieras escribirle, imaginas que le dirías: hola, cómo estás, cómo va todo. Él respondería un incipiente estoy muy bien, gracias. Y el silencio irrumpiría en ese espacio pixelado de la pantalla desde donde ahora miras su fotografía en luces negras que proyectan sombras.

Pensar en hablar en lugar de hablar es habitar desde la imposibilidad.

Le dirías: pienso en tí con vehemencia y espero que siempre estés bien. Pero nadie puede estar bien todo el tiempo y la palabra vehemencia contrae un compromiso insoportable, así, deshaces esa palabra y abandonas la idea de escribirle, porque, crees que cuando quieres acariciar la vida de alguien (con toda tu voluntad), es probable, que ese alguien (apenas conocido) extienda los brazos hacia tus hombros, y luego hacia tus caderas dibujadas pesadamente debajo de tu falda, y ordenes un detente, seguido de un acabo de recordar que tengo que hacer cosas, cosas oscuras y misteriosas. Y pienses: qué estupidez estoy haciendo aquí, con este hombre delgado, con lo gris de su cabeza, y las ganas de decirle: a ver, quítate esa camisa. Y descubrir en su flacura la superficie del tórax con hermosas canas, y allí, besarlo.

Besarlo, y en el primer contacto con su lengua recordar que almorzaste una cerveza y que, después de beber sorbos y sorbos de cerveza desde la mañana, abrazándote a él, tienes sed.

Los koalas, redonditos, abrazándose a los árboles no beben agua nunca; tú tienes sed, los koalas no.

Piensas en los koalas porque cuando muere su pareja, abandonan el tronco y se sostienen a su cuerpo hasta secarse abrazados a su muerte. Tú amas desde esa animalidad y tienes ganas de morir todo el tiempo, pero tienes sed; entonces, en base a estas especulaciones, no eres un koala.

Te gusta decir “en base a estas especulaciones” porque cuando eras niña viste a un abogado que lo decía en una película y siempre quisiste ser abogada.

Tal vez, necesites hundir la lengua en un árbol, y decirle al hombre con el pecho desnudo: te ayudo a vestir, vamos a buscar un bosque, aquí nada tiene sentido. Pero eso no sucederá. La madrugada dura y helada de la ciudad te crecerá en algún lugar del cuerpo hasta fagocitarte el sexo. Él preguntará: puedo quitarte esas medias negras. Responderás: puedes. Y sentirás la materialidad del atropellamiento acompañado del desconsuelo que trae el presentir las pérdidas. Sentirás tanto frío entonces, y no sabrás que hacer con ese frío, el vacío, ni la nueva fractura alimentada por el estremecimiento. Por eso no lo buscarás.

Pero si lo ves deambulando por la calle, lo abrazarás brevemente y acariciarás la idea de que casi pudiste amar su pequeño cuerpo, arqueándose sobre ti, como un koala que mueve la nariz en contacto con el aire.

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Andrea Rojas Vásquez (Ecuador, 1993). Estudió Producción Agroindustrial en Loja. Ha transitado en oficios como: vendedora de osos de peluche, galletas, yogurt y papas fritas; secretaria en planta faenadora de aves de corral, diseñadora de carteles, asistente de chef, jurado de oratoria, ayudante de cátedra, lectora de artículos, narrativa y editora de poesía. Hablar de sí misma en tercera persona y presentarse de forma excesivamente formal, son cosas que le causan un poco de espanto, y hasta donde puede, lo evita. Sus textos se encuentran en revistas digitales e impresas, eso dice. Dice además: gracias por leerme, lo valoro siempre. Quizá pronto emprenda un negocio, publique un libro, y plante un árbol.

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