MDXX/VI/XXX | ÓSCAR PERDOMO GAMBOA

MDXX/VI/XXX | ÓSCAR PERDOMO GAMBOA

Tomado del libro Ella, mi sueño y el mar

 

MDXX/VI/XXX

 

“Y los nahualli saltaron de las sombras, de las copas de los árboles, de las estrellas jóvenes y de la arena del desierto. Jaguares fuertes y poderosos, pues eran encarnación de Tezcatlipoca, los nahualli batallaron contra los gigantes primigenios por tres veces cincuenta y dos años. Cada día la guerra era más cruenta, caían titanes de un lado y felinos del otro, hasta que finalmente, los nahualli destruyeron ese mundo. Y por eso, el primer sol se llamó Nahui-Ocelotl”.

Mientras Oscar hablaba, movía las manos como ocelotes al vuelo. Mostraba sus colmillos simulando la sonrisa del jaguar y a veces imitaba sus rugidos con silvestre facilidad. María Paula lo miraba cual giganta, abrazando sus rodillas, asustada por los titanes inhumanos. Imaginaba la temible furia del dios y la hecatombe que consumía al primer sol. Pero en el fondo estaba contenta porque sabía que Oscar le regalaría un final feliz.

Las burbujas besaban el cuerpo de la princesa. La laguna la recibía en el reino de Mictlantecuhtli, con el abrazo inconmensurable de las olas. Las aves que tanto quería se reunieron para despedirla. Un traje de sedas, de cañas y quetzales, la acompañó en su último navegar. Las aguas mágicas de la laguna de Texcoco se tiñeron de lágrimas humanas.

María Paula era una de las princesas de Tenochtitlán. Esbelta como Coyolxauhqui, diosa de la luna, desde niña fue inducida al arte del tejido y el canto. Sentía especial atracción por las garzas que merodeaban la laguna de su ciudad. Todos los animales silvestres eran para ella pequeños universos vivientes. Los dibujaba en sus telas, bordando aventuras de otros mundos. Luego los olvidaba para reír con ellos entre los templos de piedra de la ciudad azteca. En uno de los jardines flotantes, mientras jugaba con una serpiente roja, lo oyó por primera vez.

Oscar llegó con la herencia de los Mayas. Podía hablar náhuatl, tzotzil, yucateco y otras lenguas. Pero lo que impresionó a Moctezuma fue que conocía de memoria el que luego sería llamado Popol Vuh, en quiché original. El emperador lo encomendó a la traducción de códices antiguos y la redacción de crónicas sobre su reinado. Oscar era el único que no lo saludaba con la zalema obligada: “Señor, mi señor, mi gran señor”. En cambio, se atrevía a mirarlo de frente y a bromear con esa desfachatez que sólo se permiten los poetas.

Primero escuchó la voz. No la que se repetiría en el caracol de su oído por tanto tiempo, sino la de una frustrada flauta de caña. María Paula giró su rostro de mármol, sus ojos de jade, hacia esa melodía que trataba de existir entre el desorden de la plaza. Liberó la pequeña sierpe en el agua y caminó curiosa, entre elotes y tomates, hasta que vio el corrillo de niños sentado alrededor de una cabeza de piedra gigantesca. En ella, usando como pedestal al ídolo, reptaba la serpiente emplumada. No era real, claro. Era sólo Oscar contando la historia. Tenía sus cabellos liados por una cinta de seda y una túnica zapote que chillaba su origen maya. María Paula se quedó mirándolo como si lo conociese de toda una vida, lo que no dejaba de ser cierto. Todas sus dudas se disiparon cuando el joven cantor la vio iluminada dentro del sol del mercado y ella consiguió lo que Moctezuma nunca pudo: callarlo.

El oro chisporreteaba por todos lados, líquido y peligroso, sin perder su resplandor. Oscar no pudo evitar recordar los ojos de María Paula y ese descuido le costó la cicatriz. Un golpe mal dado salpicó de metal hirviente la túnica de Oscar y le escaldó parte del pecho, a la altura del corazón. El alarido asustó a toda la herrería. Duró dos días para curarse, y al tercero ya trabajaba de nuevo en el intento de orfebrería. No le quedó muy bonita, pero considerando sus nulas habilidades manuales, pudo tenerse por obra maestra.

Los ojos de María Paula brillaban de amarillo. En realidad no era ella, sino su reflejo en el collar dorado que Oscar le había hecho. Se veía tosco y de acabado sencillo, pero para ella simbolizaba el amor que valía más que todo el oro del imperio azteca. María Paula se sostuvo el cabello mientras él le acomodaba la gargantilla. Entonces vio la cicatriz bajo su túnica. Él trató de inventarle excusas y leyendas en las que se enfrentaba a ocelotes gigantescos, pero la joven adivinó el accidente. El collar se hizo más valioso, labrado con devoción por manos torpes. Mágica, como las historias que adoraba, puso su mano en el pecho de Oscar, sobre la cicatriz y el corazón, y cualquier dolor se olvidó para siempre.

Normalmente las mujeres no trabajaban en los jardines de palacio, pero la inusitada habilidad de María Paula y la influencia de Oscar hicieron que Moctezuma le encomendara los criaderos de aves. Allí, rodeada de águilas, garzas y papagayos, de gorjeos y chillidos, María Paula se sentía feliz. Al caer la noche, podía distinguir perfectamente un canto especial entre las voces de los pájaros. Una música de caña, distorsionada por la falta de talento, pero amplificada por el enorme cariño que transmitía. Oscar siempre la sorprendía escondido junto a un árbol, tras una roca o mirándola sumergido desde las aguas del estanque. Un día se cayó de una rama y fue a dar al agua en un chapuzón que ahuyentó aves y peces. María Paula, entre la preocupación y la carcajada, se lanzó al estanque para rescatarlo, intento inútil, pues la profundidad no excedía la altura de un niño. Así que ambos se encontraron mojados, con las piernas raspadas por las piedras, riéndose en un abrazo de plumas y hojas.

Y entonces llegaron ellos, los teules. Las noticias corrían entre las insurrecciones y los abusos de Moctezuma. Hombres altos y blancos, con pelos en la cara, vestidos con ropajes extraños, montando unos monstruos jamás vistos. Moctezuma revisó los códices que Oscar le llevaba una y otra vez. Sus consejeros lo confundieron y asustaron. A pesar de que Oscar insistía en lo contrario, el emperador de México se convenció de que la profecía se hacía realidad y que Quetzalcóalt regresaba del destierro impuesto por su hermano Tezcatlipoca de una tierra más allá del mar y del sol. Oscar volvió a casa  preocupado, pero no por ello dejó de narrar a María Paula los mitos que derribaban imperios.

“Quetzalcóalt surgió entonces de entre los cielos. Primero como una brisa tímida que anuncia su visita. Luego su fuerza de dios se fue acrecentando hasta que se convirtió en un gran huracán que arrasó con todo el mundo, y a los sobrevivientes los transformó en monos. Y es por eso que el segundo sol se llamó Nahui-Ehécatl”.

Malinche, lo llamaron. Pero Oscar pudo pronunciar su nombre a la perfección: Hernán Cortés. Lo hizo una única vez, cuando llevaron al invasor al palacio de Moctezuma. Le sostuvo la mirada, sin admiración ni miedo. Escupió el nombre en un idioma que había conocido y olvidado y que conocería de nuevo más adelante. Luego se negó a repetirlo, conjurando inconscientemente los males venideros. Los aztecas pensaron que eran teules, seres sobrenaturales, pero Oscar sabía que eran hombres como cualquier otro, sólo que llenos de ambición y egoísmo. La historia los consideraría héroes, cuando no pasaban de ser una pandilla de asesinos y ladrones.

Fueron a comprarla los dos. Oscar pensó construirla, pero ya tenía demasiadas malas experiencias con su inhabilidad manual. María Paula quería que fuera verde, como sus ojos. Oscar la prefería negra, como su cabello. Al final, salieron montados en una graciosa canoa roja, pequeña y ligera. Demoraron varios minutos antes de aprender a maniobrarla y, como en tantas otras ocasiones, Oscar terminó mojado por su ineptitud. Pronto se convirtió en el vehículo de sus aventuras. En ella recorrían los universos extraños a los que Oscar la conducía. La música de la laguna amenizaba esos cuentos maravillosos, historias escritas en otros mundos, en otros tiempos, que mediante la magia de los aztecas llegaban a los pómulos de Oscar y a las vigilias de María Paula.

El príncipe Cuauthémoc entró a la sala donde se guardaban los pergaminos. Oscar lo vio desde sus papeles de escriba y sus plumas filosas. Entre tanto libro, no necesitaron palabras para transmitirse el desprecio por los invasores. El noble le habló. Necesitaba el poder de su voz, sus conocimientos de las leyendas y sus interpretaciones. Moctezuma estaba preso, consumido por la superstición y los llevaría fácilmente a la esclavitud. Cuauthémoc era el poder guerrero capaz de organizar la rebelión, pero le urgía un bastión intelectual y Oscar era el indicado. El joven poeta no quería. Había sido criado entre códices, no entre lanzas. Le enseñaron a leer y no a luchar. Odiaba a los supuestos teules tanto como el príncipe, pero no se arriesgaba a iniciar una batalla. Pensaba en María Paula y en la horrible posibilidad de no verla de nuevo, feliz entre las aves, las aguas y los cuentos.

“Entonces un diluvio de fuego asoló la tierra. Era Tláloc, dios de la lluvia y señor del rayo, de largos dientes y ojos enormes. Durante seis veces cincuenta y dos años cayó del cielo la tormenta de fuego que acabó con los habitantes de la tierra, que eran todos niños, y los sobrevivientes se transformaron en pájaros. Y es por eso que el tercer sol se llamó Nahui-Quiahuitl”.

María Paula y Oscar miraban el horizonte. Desde lo alto de la pirámide de Quetzalcóalt veían el sol marchitarse en un prisma de colores indescriptible, sólo comparable al de los ojos de ella. Contemplaban los visos en las aguas calmadas de la laguna jugando como niños en un arenal. Las ciudades dormitaban en las islas aledañas. A sus pies, Tenochtitlán bostezaba de calles de piedra, de canales y puentes. La gente se iba a sus casas entre sombras, arreboles y canoas. Y en la cima del mundo, los dos jóvenes compartían su felicidad en silencio, con los rostros pintados por los últimos rayos del sol.

Ya el palacio de Moctezuma padecía la ausencia de gobierno. Murmullos y secretos rondaban los corredores entre los pasos de los que aún trabajaban por la gloria del imperio azteca. Oscar, entre ellos, dio la vuelta en una esquina del palacio y se encontró cara a cara con uno de los teules. No era Cortés, ausente de la ciudad, sino uno de sus capitanes. Oscar lo reconoció, Pedro de Alvarado, pero jamás se dignó pronunciar su nombre. En cambio, sostuvo su mirada con desprecio. Alvarado se sintió extraño ante él, como si tuviera un conocimiento superior al de los demás nativos. Oscar no le presentó respetos, sino que siguió de largo con un negro sentimiento en el pecho.

“Mañana es la fiesta de Tóxcatl”, dijo María Paula contenta. Estaba preocupada, como todos, por la llegada de los teules y la prisión de Moctezuma, pero la fiesta era una buena oportunidad para distraerse y aligerar los problemas de la gente. Además, Oscar tendría uno de los papeles principales en la celebración. Ya lo imaginaba de pie sobre la pirámide, como parado sobre un enorme pedestal que aumentara su nobleza, recordando la voluntad de Texcatlipoca, el señor del espejo que humea. Presentía la admiración de los escuchas y tal vez una seña coqueta de alguna chica. Eso no la preocupaba, pues sabía que la voz que narraba cuentos milenarios sólo le pertenecía a ella, ahora y siempre.

“Hoy es la fiesta de Tóxcatl”, dijo Cuauthémoc con voz fría. Oscar escuchaba pensativo. El príncipe tenía razón, era la mejor oportunidad para sublevar la ciudad y retomar el control. Pero no podía hacerlo solo, necesitaba que las palabras del escriba, desde lo alto del Templo Mayor, encendieran los corazones y alimentaran el valor. Oscar aparentaba cavilar la propuesta, pero en realidad pensaba en la dulce mujer que lo esperaba junto a la pirámide. Vestiría una túnica tejida por ella misma, con colibríes bordados en preciosos colores y una pluma de quetzal en el cabello. En el pecho, aunque desluciera con su tocado, llevaría un collar labrado burdamente que podría contar su propia fábula. Ella le tomaría la mano, se burlaría en silencio de su vestimenta ceremonial y le daría un beso antes de verlo subir los ciento catorce escalones. Cuauthémoc no sabía nada de eso, sólo esperaba la respuesta de Oscar. Entonces sonaron los gritos.

El patio del Templo Mayor estaba siendo profanado. Pedro de Alvarado, cegado por los rumores de rebeldía, ordenó disparar contra los méxicas. A traición, los soldados bajaron a la plaza, apuntaron los arcabuces a la multitud e iniciaron una masacre infame. Gritos de pólvora recorrieron la ciudad. Cuauthémoc temió lo peor. Tal vez Alvarado había descubierto la rebelión, en cuyo caso él y su amigo eran los principales sospechosos. Oscar se levantó lívido y corrió al templo. El príncipe lo detuvo y lo tumbó en el suelo. No podía ir, era un suicidio. Oscar no oía más que los gemidos de los moribundos y temía reconocer la voz amada. La fuerza de Cuauthémoc lo arrastró hasta un rincón donde lo tuvo inmovilizado hasta que los teules se refugiaron de nuevo entre los suyos. Sólo entonces aflojó un poco y sintió el golpe de Oscar en la cara. El muchacho corrió sobre el suelo de mármol del palacio. Sangre dibujaba huellas de botas. El temor se hizo realidad cuando llegó a la enorme carnicería del patio. Decenas de personas envueltas en un aura de muerte. A los pies del templo resplandecía una diosa caída.

“Entonces cayó sobre la tierra un horrible diluvio que duró tres veces cincuenta y dos años. Tras todo este tiempo, sólo sobrevivieron un hombre y una mujer que se refugiaron bajo un enorme ahuehuete cuyas ramas los protegieron. Sin embargo, el poderoso Tezcatlipoca les cortó las cabezas. Y es por eso que el cuarto sol se llamó Nahui-Atl”.

Cuauthémoc puso la mano en el hombro de Oscar. Por primera vez lo sintió frío y templado, como el acero de los invasores. En sus brazos, blanca cual espuma, yacía María Paula llovida de lágrimas. Sólo el collar dorado conservaba algo de vida. Las innumerables palabras de todos los idiomas que Oscar conocía fueron insuficientes para formar una frase de dolor o de adiós. Era silencioso el llanto, silenciosa la rabia, silencioso el pecho cicatrizado que recibía un rostro sin vida. Silencioso fue el pacto de venganza y silenciosa fue el águila que cruzó el cielo en un último homenaje a la mujer más hermosa del imperio azteca.

Las manos torpes e incapaces, que se habían golpeado forjando un collar, vestían ahora el cuerpo de la princesa. Blanca por naturaleza, palidecía en la aurora de la muerte. Oscar vendó su torso, lo perfumó sin saber muy bien qué esencias combinaban mejor. La cubrió de quetzales y cañas. La recostó en la canoa que tantas veces los había llevado por las olas inconsútiles y le confió el último viaje, el único al que no podía acompañarla. Incapaz de pronunciar palabra alguna de despedida, Oscar tomó la flauta de caña, la que la llamó por primera vez, y tocó una melodía de congoja. Luego, puso la flauta entre las manos de María Paula y besó sus labios fríos. Entre los cantos lastimeros de las aves, la canoa rota se hundió en el estanque del jardín al que tantas alegrías le debían. A falta de los ojos de jade y oro, lo último que brilló en el agua fue la gargantilla en la que aún se reflejaba el amor de ambos.

Cortés vapuleó a Pedro de Alvarado. No le importaban las vidas de los indios, sino la pérdida de control sobre la ciudad. Tenochtitlán estaba a punto de sublevarse. Muerto Moctezuma, dos caudillos inflamaban la muchedumbre. Uno era el peligroso príncipe Cuauthémoc, guerrero temible. El otro era sólo uno de los escribas, uno altanero que jamás bajaba la mirada ante ellos, pero cuyas palabras tenían gran poder entre los nativos. El conquistador decidió que debían huir esa misma noche.

La luna se tiñó de rojo. Cuauthémoc había mandado derribar los puentes para evitar la huída de los enemigos pero éstos, protegidos por los caballos y la pólvora, ganaban terreno aunque perdían soldados y dejaban las riquezas robadas. La multitud gritaba al unísono, pero una voz resaltaba entre todas. Una voz áspera, fantasmagórica, muy distinta de la que conjuraba mitos en otras noches. Oscar, poseído por el dolor y la locura, alimentaba el odio de los aztecas con frases que no hacían parte de ninguna leyenda. Aseguraba que los españoles vendrían con cientos de barcos enormes como palacios, miles de soldados forrados en acero, cañones y arcabuces, caballos y perros de caza. Dijo que secarían la laguna, derribarían las estatuas, quemarían Tenochtitlán y torturarían a los sobrevivientes. Sólo Pedro de Alvarado cayó en la cuenta de que no les dijo “teules”, sino “españoles”.

Y ese instante, cuando todos los sobrevivientes habían cruzado el único puente que los separaba de la fuga, Alvarado vio una sombra saltar de la multitud. Temerario a las flechas y piedras que llovían de todos lados, Oscar pareció volar hasta el asesino de María Paula. Su rostro, antes dulce y tranquilo, se desfiguraba en una mueca monstruosa, y sus cabellos parecían alas de murciélago. Oscar tumbó a Alvarado y se aferró a su cuello dispuesto a vengar a su amada.

Entonces el pecho chispearía de nuevo. No de oro, sino de plomo, como una alquimia perversa. Oscar tuvo de nuevo el calor en la cicatriz sobre su corazón. Sintió la mano de María Paula curando su piel escaldada. Vio sus ojos plenos de amor y ventura. Pero no eran ellos, era el arma de Alvarado, el fuego enemigo. Luego vino el negro. La mano que ya no estaba. El vacío.

“Y algún día, este mundo también desaparecerá. Un terremoto devastará la tierra y llegarán los tzitzimime, los monstruos del oeste, horribles esqueletos que matarán a toda la gente. Quetzalcóalt y Xólotl crearán una nueva humanidad con los huesos y la sangre de los muertos. Y es por eso que el quinto sol se llama Nahui-Ollin”.

Y ya todo era silencio. El mundo se desintegró y dejó de ser. Oscar se fundía en la inexistencia cuando sintió de nuevo la vida en sus labios. El beso con que se despidió de María Paula volvía para decirle que ella estaba viva, en otra era, en otro espacio, esperando a que le cantara de nuevo. Entonces, cuando su cuerpo no era más que estorbo para la persecución, Oscar sonrió desde su alma inmortal y creó una historia para contarle al oído cuando la reconociera de nuevo.


ÓSCAR PERDOMO GAMBOA. Nacido en Ibagué, Colombia. Periodista y Magíster en Literatura. Doctor en Humanidades. Vinculado a la docencia en varias universidades de Cali. Ganó con su primera novela Hacia La Aurora el Premio Jorge Isaacs en 1998, texto reeditado en 2005 y 2015. Su segundo libro, publicado en el 2008 y reeditado en 2012, es Ella, mi sueño y el Mar, colección de cuentos románticos con le que obtuvo su maestría en Literatura Colombiana y Latinoamericana de la Universidad del Valle. En 2009 salió a la luz la novela infantil y juvenil De Cómo perdió sus Vidas el Gato, libro que ha sido estudiado en decenas de colegios de Bogotá, Ibagué y Cali. Junto con el escritor Hernando Urriago Benítez lanzó Escrito en la Grama, Antología de Relatos Colombianos sobre Fútbol, que recopila las mejores ficciones de autores colombianos sobre éste deporte. También ha publicado la surreal novela MD™ y el libro de cuentos Fútbol de Carnaval. También ha incursionado en el ensayo con su libro Lecturas sobre la Afrocolombianidad en 2016.En 2016 su novela “Allá en la Guajira Arriba” ganó la convocatoria Estímulos Cali 2016.

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