MIS LIBROS│JORGE LUIS BORGES


Borges y los libros, Borges y la biblioteca, Borges y la lectura, son relaciones ya arquetípicas, y que definen todo un universo bibliófilo en la literatura contemporánea. También, estos vínculos borgeanos, son imágenes míticas para los amantes de los libros, bien sea la del Borges niño, maravillado en la biblioteca de su padre; o el Borges adulto, leyendo los libros y autores preferidos; o ese Borges de la vejez, ya ciego, recorriendo con sus dedos, los lomos de los libros entrañables, que no podría leer por sí mismo nunca más.
En esta selección de sus poemas memorables, sobre la pasión por los libros y las bibliotecas, una muestra preparada especialmente por el Día del Libro y del Idioma, encontrarán la historia personal del escritor argentino, representada, desde un texto extraordinario como su Poema de los dones, hasta la magia presente en la lectura, del poema El acto del libro. Podríamos decir, parafraseando al mismo poeta, en los versos magníficos de su poema El Golem, que en la palabra Borges están todos los libros, todas las bibliotecas.
José Luis Ochoa, Curador-Editor.


POEMA DE LOS DONES

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas,
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

De: EL HACEDOR


LECTORES

De aquel hidalgo de cetrina y seca
tez y de heroico afán se conjetura
que, en víspera perpetua de aventura,
no salió nunca de su biblioteca.
La crónica puntual que sus empeños
narra y sus tragicómicos desplantes
fue soñada por él, no por Cervantes,
y no es más que una crónica de sueños.
Tal es también mi suerte. Sé que hay algo
inmortal y esencial que he sepultado
en esa biblioteca del pasado
en que leí la historia del hidalgo.
Las lentas hojas vuelve un niño y grave
sueña con vagas cosas que no sabe.

De: EL OTRO, El MISMO


JUNIO, 1968

En la tarde de oro
o en una serenidad cuyo símbolo
podría ser la tarde de oro,
el hombre dispone los libros
en los anaqueles que aguardan
y siente el pergamino, el cuero, la tela
y el agrado que dan
la previsión de un hábito
y el establecimiento de un orden.
Stevenson y el otro escocés, Andrew Lang,
reanudarán aquí, de manera mágica,
la lenta discusión que interrumpieron
los mares y la muerte
y a Reyes no le desagradará ciertamente
la cercanía de Virgilio.
(Ordenar bibliotecas es ejercer,
de un modo silencioso y modesto,
el arte de la crítica.)
El hombre que está ciego,
sabe que ya no podrá descifrar
los hermosos volúmenes que maneja
y que no le ayudarán a escribir
el libro que lo justificará ante los otros,
pero la tarde que es acaso de oro
sonríe ante el curioso destino
y siente esa felicidad peculiar
de las viejas cosas queridas.


EL GUARDIÁN DE LOS LIBROS

Ahí están los jardines, los templos y la justificación de los templos,
la recta música y las rectas palabras,
los sesenta y cuatro hexagramas,
los ritos que son la única sabiduría
que otorga el Firmamento a los hombres,
el decoro de aquel emperador
cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
de suerte que los campos daban sus frutos
y los torrentes respetaban sus márgenes,
el unicornio herido que regresa para marcar el fin,
las secretas leyes eternas,
el concierto del orbe;
esas cosas o su memoria están en los libros
que custodio en la torre.

Los tártaros vinieron del Norte
en crinados potros pequeños;
aniquilaron los ejércitos
que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,
erigieron pirámides de fuego y cortaron gargantas,
mataron al perverso y al Justo,
mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,
usaron y olvidaron a las mujeres
y siguieron al Sur,
inocentes como animales de presa,
crueles como cuchillos.
En el alba dudosa
el padre de mi padre salvó los libros.
Aquí están en la torre donde yazgo,
recordando los días que fueron de otros,
los ajenos y antiguos.

En mis ojos no hay días. Los anaqueles
están muy altos y no los alcanzan mis años.
Leguas de polvo y sueño cercan la torre.
¿A qué engañarme?
La verdad es que nunca he sabido leer,
pero me consuelo pensando
que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo
para un hombre que ha sido
y que contempla lo que fue la ciudad
y ahora vuelve a ser el desierto.
¿Qué me impide soñar que alguna vez
descifré la sabiduría
y dibujé con aplicada mano los símbolos?
Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,
que acaso son los últimos,
porque nada sabemos del Imperio
y del Hijo del Cielo.
Ahí están en los altos anaqueles,
cercanos y lejanos a un tiempo,
secretos y visibles como los astros.
Ahí están los jardines, los templos.


UN LECTOR

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.

De: ELOGIO DE LA SOMBRA


MIS LIBROS

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.

De: LA ROSA PROFUNDA


OLAUS MAGNUS (1490-1558)

El libro es de Olaus Magnus el teólogo
que no abjuró de Roma cuando el Norte
profesó las doctrinas de John Wyclif,
de Hus y de Lutero. Desterrado
del Septentrión, buscaba por las tardes
de Italia algún alivio de sus males
y compuso la historia de su gente
pasando de las fechas a la fábula.
Una vez, una sola, la he tenido
en las manos. El tiempo no ha borrado
el dorso de cansado pergamino,
la escritura cursiva, los curiosos
grabados en acero, las columnas
de su docto latín. Hubo aquel roce.
Oh no leído y presentido libro,
tu hermosa condición de cosa eterna
entró una tarde en las perpetuas aguas
de Heráclito, que siguen arrastrándome.

De: LA MONEDA DE HIERRO


ALEJANDRÍA, 641 A.D.

Desde el primer Adán que vio la noche
y el día y la figura de su mano,
fabularon los hombres y fijaron
en piedra o en metal o en pergamino
cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.
Aquí está su labor: la Biblioteca.
Dicen que los volúmenes que abarca
dejan atrás la cifra de los astros
o de la arena del desierto. El hombre
que quisiera agotarla perdería
la razón y los ojos temerarios.
Aquí la gran memoria de los siglos
que fueron, las espadas y los héroes,
los lacónicos símbolos del álgebra,
el saber que sondea los planetas
que rigen el destino, las virtudes
de hierbas y marfiles talismánicos,
el verso en que perdura la caricia,
la ciencia que descifra el solitario
laberinto de Dios, la teología,
la alquimia que en el barro busca el oro
y las figuraciones del idólatra.
Declaran los infieles que si ardiera,
ardería la historia. Se equivocan.
Las vigilias humanas engendraron
los infinitos libros. Si de todos
no quedara uno solo, volverían
a engendrar cada hoja y cada línea,
cada trabajo y cada amor de Hércules,
cada lección de cada manuscrito.
En el siglo primero de la Hégira,
yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas
y que impone el Islam sobre la tierra,
ordeno a mis soldados que destruyan
por el fuego la larga Biblioteca,
que no perecerá. Loados sean
Dios que no duerme y Muhammad, Su Apóstol.


UN LIBRO

Apenas una cosa entre las cosas
pero también un arma. Fue forjada
en Inglaterra, en 1604,
y la cargaron con un sueño. Encierra
sonido y furia y noche y escarlata.
Mi palma la sopesa. Quién diría
que contiene el infierno: las barbadas
brujas que son las parcas, los puñales
que ejecutan las leyes de la sombra,
el aire delicado del castillo
que te verá morir, la delicada
mano capaz de ensangrentar los mares,
la espada y el clamor de la batalla.

Ese tumulto silencioso duerme
en el ámbito de unos libros
del tranquilo anaquel. Duerme y espera.

De: HISTORIA DE LA NOCHE


EL ACTO DEL LIBRO

Entre los libros de la biblioteca había uno, escrito en
lengua arábiga, que un soldado adquirió por unas monedas
en el Alcana de Toledo y que los orientalistas ignoran,
salvo en la versión castellana. Ese libro era mágico
y registraba de manera profética los hechos y palabras
de un hombre desde el día de su muerte, que ocurrió en 1614.
Nadie dará con aquel libro, que pereció en la famosa conflagración
que ordenaron un cura y un barbero, amigo personal
del soldado, como se lee en el sexto capítulo.
El hombre tuvo el libro en las manos y no lo leyó nunca, pero
cumplió minuciosamente el destino que había soñado
el árabe y seguirá cumpliéndolo siempre, porque su
aventura ya es parte de la larga memoria de los pueblos.
¿Acaso es más extraña esta fantasía que la predestinación del
Islam que postula un Dios, o que el libre albedrío, que
nos da la terrible potestad de elegir el infierno?

De: LA CIFRA


Los poemas seleccionados, fueron tomados de: OBRA POÉTICA, Jorge Luis Borges (Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1998)


JORGE LUIS BORGES (Buenos Aires, Argentina, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986)

Poeta, narrador, ensayista, traductor, profesor, crítico literario, conferencista, guionista de cine, bibliotecario, editor, antólogo argentino. Sus libros de poesía, Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925), Cuaderno de San Martín (1929), El hacedor (1960), El otro, el mismo (1964), Para las seis cuerdas (1965), Elogio de la sombra (1969), El oro de los tigres (1972), La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Historia de la noche (1977), La cifra (1981), Los conjurados (1985). En 1914, Borges viajó junto a su familia a Europa, primero a Ginebra, donde estuvieron hasta 1918, y luego a España, en 1919. En Madrid y en Sevilla, participó del movimiento literario Ultraísta, y publicó su primer poema en la revista Grecia, en diciembre de 1919. Borges y su familia regresaron a Buenos Aires en 1921, donde fue fundador de la revista mural Prisma, y luego de la revista ultraísta Proa, de 1922 a 1924. En 1924, colaboró activamente en la revista Martín Fierro. En 1931, participó del primer número de la mítica revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo. Consiguió en 1938, un empleo en la biblioteca municipal Miguel Cané, del barrio de Boedo. A mediados de los años 40, fundó y dirigió la revista Los Anales de Buenos Aires, que concluiría con 23 números en 1948. En 1949, se editó su célebre narración, El Aleph, libro de género fantástico. En 1946, Borges renunció a su empleo como bibliotecario, al ser designado “Inspector de mercados de aves de corral”, por el gobierno peronista recién instaurado. Borges tuvo que convertirse en conferencista itinerante por provincias argentinas y uruguayas, y más tarde se inició en la docencia como profesor de literatura inglesa. Tras ser derrocado el gobierno peronista, Borges fue designado en 1955, Director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó por 18 años. Ese mismo año se profundizó su ceguera, y tras varias operaciones en sus ojos, los médicos le prohibieron leer y escribir; esto no le impidió seguir su carrera de escritor y conferencista, y tampoco abandonó la lectura, ya que hacía que le leyesen en voz alta. Entre los numerosos reconocimientos recibidos, destacan, el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1944); el Premio de Literatura Formentor, otorgado por el Congreso Internacional de Editores, en Mallorca, España (1961); el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, en Buenos Aires (1962); la insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico, en Gran Bretaña (1965); el Doctorado Honoris Causa en Letras, por la Universidad de Oxford (1971); el Premio Cervantes, en España (1980). En el epílogo de su libro, Historia de la noche (1977), Borges escribió sobre su amor a los libros y a las bibliotecas, “…Como ciertas ciudades, como ciertas personas, una parte muy grata de mi destino fueron los libros. ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano”. (Cita tomada de: Obra poética, Jorge Luis Borges (Emecé Editores, Buenos Aires, 1998, página 564)


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