PARA QUE EL SOL LEVANTE SU CASTIGO | STEPHANI RODRÍGUEZ


EL RELIEVE DEL TIEMPO

Sé que mi tierra está inclinada porque en la cima estoy yo
el resto transcurre.
Transcurre porque yo la dirijo,
la extremo,
pero no soy yo los cuerpos que revientan a sus costados
hay algo que resbala
mientras el rocío alcanza el fruto.

Algo que tampoco soy
pero que se desprende de mí
y crea la cuesta
que demarca un tiempo
en el centro de mi tierra.

En mi otra
donde el fruto
apenas nace de mi espalda
y la atraviesa
para liberarse.
Mi cuerpo—estoy segura,
responde a un tiempo esférico.
Mi cuerpo,
organismo —mejor— trabajador
de mi tierra,
creó ese tiempo
cavó ese tiempo
y le doy la vida
lo nazco
en la matriz
de mi imaginación
en la inclinación de mi cuesta.

Mi cuerpo—circundado
máquina del tiempo angular
y los pájaros.
Sí, los pájaros
intuyen el canto de mi cabeza
para que el sol levante su castigo
y vuelva a fijarse en mí
tierra,
que tan solo destila
un híbrido más celestial
que la riqueza de la absoluta pigmentación;

que desprende la magnitud del silencio templado
como si hombre aún estuviese
engendrándose
porque se oyen animales
ejerciendo una voz
hasta el descenso natural de las piedras
que dejan de rozarse con la virginidad del viento
para rememorar eso que me impide
avanzar de mi tierra,

esa esterilidad
del pensamiento.


INDÓMITO

Demasiada violencia
dicen o pienso
que escribo,

«un poco sutil» leo
pero no puedo detenerla,
si tu voz inquiere
imperiosamente
mi mente.

Yo me invento palabras
como puños que se abren
mientras mi interior se contrae.

Como tú, lo hago porque
pretendo no escucharte;
que no noten
cómo desplomas mi cuerpo.

Es así como siempre cierro
la puerta
para nuestra soledad.
Prefiero escucharte
en el espacio ciego
de la cueva de mi oreja,
tan necesario para tu articulación.

Ese animal mío
debe también insistir,
reproducirse
en tu mente.
Debe decir
aquellas certezas
que coinciden en
el ápice de tu lengua.

Me pregunto si
buscamos las imágenes
en las mismas palabras,
o será la interrupción
de tu mensaje impreciso
para los cálculos del tiempo,
esa raíz que permanece abrazándose
a la penumbra de mi mortalidad.


FRONDOSA OSCURIDAD

El árbol negro
no dará más frutos.
En la fuerza que centella su frondosidad
hay hojas que caen y empiezan a caminar,
predicen la muerte de las criaturas inferiores
pero los vacíos que deja son azules,
sus huesos adornan los cielos.

Apenas veo, apenas oigo.

El camino que puedo alcanzar
lo he perseguido antes con mis dedos
sobre los costados de las hormigas
que despiden el último esbozo de luz.

Tendremos que atender al movimiento de sus raíces,
quienes sabrán si volverá a nacer aquí,
si su edad se reproducirá
en el alimento más suave
de nuestro suelo.


Stephani Rodríguez (Táriba, Táchira, 1995). Traductora y poeta. Culminó sus estudios en Idiomas Modernos en la Universidad de Los Andes. Ha publicado en Revista Insilio vol. II, en la III antología de poesía joven Rafael Cadenas (Venezuela, 2018), así como en revistas digitales. Ganadora del primer certamen poético de la librería Rama Dorada. Asimismo, recibió mención honorífica en el en el I Certamen de Literatura Regional “Iniciantes del Camino”, en el III y V concurso nacional de poesía joven Rafael Cadenas (Venezuela, 2018, 2020). Ha traducido para la revista POESIA de la Universidad de Carabobo.


 

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