PARA SOSTENER SU MIRADA NACIDA EN OTRO TIEMPO | RAFAEL-JOSÉ DÍAZ


EL CASTILLO DE ARENA

Cuando coloqué la toalla
muy cerca del principio de la orilla,
donde la arena mojada se junta
con la que quema, sobre todo
en días tórridos como estos del final del verano,
miré hacia el mar y fui borrando
con el pensamiento a cada uno de los bañistas,
retiré las lanchas que conducen
a los turistas a los deportes
acuáticos —que nunca he practicado—
y reduje con la imaginación
las músicas que se mezclaban
formando una algazara que impedía
oír el ruido de las olas al romper.
Una vez recompuesta así la playa
a mi favor,
y alejadas también como intrusiones molestas
las toallas más cercanas
—unas pocas, a lo lejos,
no me importunaban demasiado—,
conduje la mirada
hacia una construcción de arena
abandonada a unos metros delante de mí.
Se trataba de un castillo de dos torres
—asimétricas—
hecho sin mucha destreza
e incluso, parecía, con prisa, o en cualquier caso
ya algo desmantelado
por los embates del agua,
algunas horas atrás;
un castillo que me recordaba
a los que yo construía
solo o con mi hermana,
solo o con los amigos de la playa
cuando era un niño en aquella misma playa,
un castillo que yo mismo
podría haber construido
unas horas antes, antes de marcharme
a comer con la familia
para regresar cuarenta años después
—se dice pronto—
y encontrármelo desfigurado,
irreconocible, como una fortaleza
que hubiera sido abandonada
ante el ataque inminente
de ejércitos rivales.
Los agujeros que conectaban
unas partes con otras,
túneles o fosos por donde el agua
había discurrido para sorpresa de los constructores,
los ojos del castillo, que permitían
ver al otro lado los ojos de mi hermana,
los ojos de mis amigos de la playa,
empezaban a desmoronarse, pues la arena
no era ya la sólida argamasa
que se unía a sí misma para formar paredes,
almenas, torres, puentes levadizos,
sino un material endeble,
que frente al mar o frente al tiempo
no tenía ninguna consistencia.
Abstraído, miraba aquellos restos preguntándome
qué niño o niña los habría construido,
qué habría visto a través de las entrañas
de aquel castillo ahora abandonado,
tenebroso
bajo la tórrida luz de finales de agosto,
cómo sería su destino,
si alguna vez tendría la oportunidad
de volver a encontrarse con un castillo idéntico
al construido por él o por ella en la infancia
para saber que soñamos
al creer que vivimos
y que sólo vivimos de verdad
cuando soñamos.


LA MIRADA DE LOS MUERTOS
En esta ciudad
el mediodía abrasador
oculta en su redoma la sensación de la mirada de los muertos,
la idea de que nos ven pasar desde sus áticos
o desde los bancos del parque donde se sentaban
a la sombra, con el periódico de la mañana estrujado
como si no lo leyeran y les sirviera tan sólo
para entretener las horas a medida que el tiempo las iba desgranando:
la mirada de los muertos no es la mirada de los vivos,
pues aquellos nos miran con la insistencia impúdica
de los amantes despechados de otra época,
como si haber muerto se pareciera
a saber extinto un amor
que respiraba vivo en cada poro,
o bien su mirada se parece
a la de los peces abisales
que hemos visto alguna vez en la televisión,
una mirada dormida pero penetrante,
que succiona todo lo que la rodea
porque vive de ello
y fundirse con ello es su única oportunidad para existir,
parecida a la de esos seres fantasmales
es la mirada de los muertos en el mediodía abrasador de la ciudad,
cuando pasamos frente a las clínicas donde murieron
o bajo los pisos alquilados donde vivían en compañía de una hermana soltera,
y no hay nada que podamos hacer
para dejar de ser observados
porque en ese momento
nuestro cuerpo coruscante,
involuntario portador de una luz sobrecargada de energía,
es el único apoyo que ellos tienen,
los muertos,
para sostener su mirada nacida en otro tiempo,
quizá décadas, quizá siglos atrás,
aunque sea ahora cuando la sentimos,
como una presencia física
similar al revoloteo de unas palomas asustadas por el tráfico
o al brillo súbito de un árbol escondido en una esquina del parque,
una presencia que es ausencia
y nos devuelve, como en un espejo,
el revés desnudo de nuestros propios cuerpos
bajo el mediodía
de una luz calcinada.


NAVIDAD EN FAMILIA

Dormir rodeado por las fotos de mis abuelos muertos,
fotos de gran tamaño
en que aparecen paseando por un parque
o en idílico abrazo frente a un solar que acaban de comprar
y donde más tarde construirán la casa
donde yo duermo ahora rodeado por esas fotos ampliadas
en la cama del cuarto de invitados,
primero con la sensación de un peso excesivo sobre mi cabeza,
pero luego con la certeza benévola
de que mi cuerpo cae en los brazos de mis abuelos
como si volviera a nacer,
y que ellos lo depositan suavemente
en un lugar muy hondo que se desplaza hacia el pasado,
como el río subterráneo que cruza el inframundo,
y las caras de mis abuelos vuelven a aparecer por la mañana
a la hora del almuerzo,
pues otras fotos, en el comedor, los retratan de nuevo,
ahora en su juventud, y acompañan silenciosas
nuestra comida pascual, nuestros abuelos,
ese misterio que hace que nuestros padres
recobren la edad que tenían en los primeros almuerzos navideños que recuerdo,
cuando los abuelos no eran fotografías
colocadas en estantes junto a caballos de cerámica
y colmillos de elefante traídos de El Aaiún,
silenciosos pero inquisitivos, pues al final de la comida
surgen conversaciones que los evocan,
escenas ocurridas en esa misma casa
o en casas que ya no existen
hasta que, en la sobremesa,
después de los cafés, mi madre saca los álbumes
que guarda en un rincón de la estantería
y, por tercera vez, nuestros abuelos
surgen de entre la nieve y la niebla de las fotografías antiguas
para proponernos sus misterios: dónde se tomó esa foto,
quién es esa señora sentada junto al tío Esteban a los pies de un gran pino,
cuál era la matrícula del Citroën descapotable aparcado al borde del mar
—mi madre la recuerda—
y los abuelos se multiplican
con mis padres tomados de sus brazos
o con nosotros en cunas que fueron nuestras primeras camas,
como si sus miradas a través de las paredes del tiempo
tuvieran como única función servir de colcha mullida
con que abrigarnos en estas noches de invierno de la vida,
de este lado del tiempo que llamamos vida
y que, mientras me duermo, se transforma
en otro lado sin nombre donde son ellos los que están vivos
y nosotros dormidos, acaso soñando, o quizá muertos,
en un sueño o una fotografía enmarcada
colocada entre estatuillas de superhéroes
y altavoces de última generación
por los que suena una música
que nadie escucha en ninguna Navidad.


RAFAEL-JOSÉ DÍAZ (Tenerife, 1971) es profesor de secundaria, escritor, traductor y crítico. Es autor de siete libros de poemas, el último de los cuales, Un sudario, se publicó en Pre-Textos en 2015. Ha publicado también colecciones de relatos, una novela y varias entregas de su diario. Ha traducido a autores como Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Pierre Klossowski, Philippe Jaccottet, Maurice Chappaz o Anne Perrier. Mantiene desde hace diez años el blog ‘Travesías’.


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