LA ÚNICA PATRIA ES EL AFECTO │ RAFAEL ARRÁIZ LUCCA


IX

Alguna vez te oí decir
que la única patria es el afecto,
el lago Atitlán celebraba
el mejor de sus días,
los volcanes cumplían el pacto
de estar hermosos como un león dormido.
Recuerdo a aquella amiga
que conoce todas las miserias
y sigue ganando terreno en la ternura,
recuerdo a la muerte caminando por la calle
con fusiles, machetes y banderas,
recuerdo que bailamos
sin atender a la tristeza,
recuerdo cuando nos dimos el cuerpo
despreciando el horror
que no sabíamos cuando tocaba la puerta.
Desde esta casa que no nos pertenece,
desde estos montes que nos tapan el mar
quiero oírte decir de nuevo:
la única patria es el afecto.

De Terrenos

 


Autorretrato de un líder

Vengo de una tierra donde la ciudad
es un ejercicio especulativo.
Llegué joven a estas calles
con la ingenuidad mítica del mundo en un baúl.
La comprensión me dio la fiesta de querer
un país justo y tolerante,
para alcanzar el paraíso
desacaté la ortodoxia,
le di mi cuerpo a la causa de la patria digna
y obtuve, junto a otros,
el poder.
Lo ejerzo con pasión transformadora,
el universo cambia bajo mi sombra fértil:
no acepto disidencias.
Soy la paz unánime del orden.

De Almacén

 


Eugenia

Además de tener dispuesto para el momento de tu aparición
el viejo moisés que usó la abuela,
el dibujo de un perrito en la pared,
una despensa de ungüento
para hacerte las cosas menos ásperas
y escarpines de muchos colores
para que vayas reconociendo la pluralidad,
se me ocurre que, si hubieses podido,
me habrías exigido un pequeño manual,
algunas instrucciones que indicasen
las precauciones necesarias.
Por lo pronto, es apropiado
que vayas sola e irresponsable
por el imperio de tu mundo;
con el tiempo irás sabiendo
que la impunidad no existe,
que sólo hablan los hechos,
que, si te creíste segura,
estabas totalmente equivocada.
Para cuando aquellos que te trajeron
estén ansiosos de conocer tus habilidades,
para cuando termines por comprender
que los muchos aviones que pasan, pasan
si no te calificas para subir sus escaleras,
para cuando sepas que el asunto eres tú
frente a la molicie de las cosas
estarás –con toda razón- aterrada,
entonces, podrán presentarse muchas rutas:
que optes por una certeza universal
y enfrentes el mundo con la verticalidad de los imbéciles,
que te hagas de una coherencia unívoca
hasta terminar indemne,
pero sin entender los acontecimientos que se dan
por los cuatro puntos cardinales
o, también, que no quieras saber nada de nada
y te dé por coleccionar arañas, manchas en el techo
e inveteradas rutinas que te mantengan absorta,
aunque para nada así parezca.
Tantas avenidas puedes tomar.

Yo, pocas cosas puedo decirte
salvo que la alegría ayuda como pocas
a seguir en la cubierta del barco, respirando;
que si alguna de las virtudes es indispensable,
la tolerancia es la primera:
ella te regalará la lucidez
y algo que todos dicen buscar sin descanso:
la paciente y esquiva justicia,
siempre hábil para escaparse
como los peces babosos de los ríos.

Guadalupe te dirá
de las infinitas bondades que prodiga la observación;
ella podrá abrirte las ventanas de la sensualidad:
no dejes de entregarte a las pasiones que despierta,
no te niegues al tacto y al olor
que los cuerpos y las cosas despiden
para que nazcan los diálogos,
así, tus inclinaciones hallarán
los interlocutores propicios
y cualesquiera que ellos sean,
disponte al intercambio, porque allí,
en el sitio de recibir y entregar,
están las claves pasionales del mundo.

Ya que el regreso al sitio de donde saliste es imposible,
hazte algunas casas parecidas:
la casa larga del afecto
es una vieja certeza en esta tierra;
la casa donde se apuesta porque las cosas no sean así,
sino algo parecido a tu primera inocencia,
es incómoda y hermosa como las grandes montañas;
en fin, Eugenia,
hay casas que vale la pena construir.

Si crees encontrar en mis palabras alguna claridad,
no te engañes; hablo desde la confusión.
En esta eventualidad
probablemente viva un secreto:
la vieja clave de no dejarse llevar
por el juicio final;
deja a los mediocres el ínfimo acierto
de creerse dueños de la veracidad
y busca la trastienda,
ama la duda y, más que a ella,
ama a quienes la ejercen con nobleza:
no creas en las respuestas primeras
si no vienen del rayo de la intuición
de quienes comparten tu precariedad,
afinca tus pasos en las calles largas
y, cuando te venza la fatiga,
convérsales a tus compañeros de ruta, para encontrar
el eco de tu cansancio y la fuerza,
la terquedad de la ternura.

Arráncale el sentido al lugar común:
estamos solos en el mundo
porque, más allá de escucharlo mil veces,
es tan cierto como la fragilidad de estas letras
y tan preciso como que la capital del paraíso
es la fiesta de tus primeros años.

De Almacén

 


Juntos

Nada puede explicar que dos personas insistan
en matar el olvido todas las mañanas,
como dos eucaliptos rozándose
por el viento de las noches.

Saber que estás allí
desatendiendo los reclamos
de otras pasiones posibles,
esculpiendo el barro
de la casa frágil
donde viven los afectos.

Pensar que el corazón
puede obviar los infinitos estorbos
que los días colocan
como trampas para cazar onzas
en la selva de los años.

Insistir sin tener otro motivo
que ver tus manos
llevando una taza de café
hasta tus labios.

Ver cómo los hijos reproducen
nuestras opacas costumbres
o mirar cómo publican
unos gestos inéditos del alma.

Correr loa años y sentir
que las cosas no han podido ser
más luminosas
que tus ojos mirando las tortugas.

Seguir pasando
por sobre los restos de las puertas
que tantas veces dejamos cerradas,
seguir, seguir
hasta que la geografía de nuestros cuerpos
sea otra
y no haya corrido el agua
sin ser vista.

Sepan nuestros hijos
que de las alfombras de esta casa
nacieron sus instintos
y la gloria de volar sobre los mares.

De Almacén

 


Las cosas

Las cosas son
lo que de ellas persiste
en la memoria.

Las cosas también son
lo que de ellas queda
cuando la memoria falla.

Las cosas incluso son
lo que de ellas queda,
colgado en la pared,
cuando ya no existen.

Las cosas nada son
hasta tanto alguien
no las mire de reojo.

De Litoral


RAFAEL ARRÁIZ LUCCA (Caracas, 1959)
Poeta, ensayista, historiador, biógrafo y editor venezolano. Ha publicado en poesía, Balizaje (1983), Terrenos (1985), Almacén (1988, 1991), Litoral (1991), Pesadumbre en Bridgetown (1992), El abandono y la vigilia (México, 1992), Batallas (1995), Poemas ingleses (1997), Reverón, 25 poemas (1997), Plexo solar (2002), Obra poética, 1983-2004 (2004), Un bonzo sobre la nieve (Bogotá, 2011), Pesadumbre en Bridgetown, seguido de Plexo solar (Madrid, 2014). Es abogado (1983), Magister en Historia de Venezuela (2006) y Doctor en Historia (2010), por la UCAB. Ha sido profesor de la Universidad Metropolitana (Caracas) y de la Universidad del Rosario (Bogotá); también, Investigador en el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), Visiting Fellow en la Universidad de Warwick (1996), Titular de la Cátedra Andrés Bello, del Saint Antony’s College de la Universidad de Oxford (1999-2000), Decano-Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri, de la Universidad Metropolitana (2006-2010). Fue Presidente de la Fundación para la Cultura Urbana (2000-2010). Desde el 2005, es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. En los años 80, formó parte del grupo literario, Guaire. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos, Premio de Poesía Fundarte (1987), Premio Municipal de Poesía de Caracas (1993), Premio Monseñor Pellín, al mejor articulista de opinión (1999), Premio Henrique Otero Vizcarrondo del diario El Nacional, al mejor artículo de opinión (2001), y la Orden de Isabel, La Católica, en grado de Comendador, por el Gobierno de España, condecoración para extranjeros, destacados por su obra.

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