BAUDELAIRE | RAFAEL MUÑOZ ZAYAS


BAUDELAIRE

Acababa de cumplir cinco años
y vivía en la última planta
del edificio San Gabriel
que era un edificio tan alto
que cuando el viento de levante
salía a nuestro encuentro
sentías que oscilaba
y si cerrabas los ojos podías creer
que viajabas en un barco,
o eras capaz de imaginar
un gigantesco bloque de hormigón
en el que cruzabas por el cielo,
ligero como un dirigible,

mas temías que se encendiera,
que nos devorase un fuego
nacido desde dentro,
pero por entonces «bodeler»
era tan sólo un sonido
que podía evocar cualquier cosa,

a veces lo escuchaba
agazapado desde mi cuarto,
repleto de soldaditos yanquis,
montados en sus caballos de plástico duro
y cada vez que sonaba «bodeler»
en el salón de nuestra casa
imaginaba a un jefe indio,
a un apache como Jerónimo o Cabeza de Águila
y pronto nombré «bodeler»
a un indio de larga cabellera:
era el más bárbaro, el más cruel,
el que contemplaba
con la mirada más fiera
el desfiladero
ése que se alzaba imponente
entre la cama y un enorme camello de plástico
en el que todavía se sienta Esther
lo días que quiere ser como aquel Jefe,
y corre libre a través de las mesas del salón.

En aquel año me enseñarían mis hermanas
a montar en bicicleta en el balcón de aquel piso:
me daba miedo caer hacia el precipicio
de trece plantas que miraba al mar,
al Antonio Martín donde íbamos
de vez en cuando los domingos a almorzar,
donde celebramos
la comunión de mi hermana pequeña
o alguna boda
o algún cumpleaños,

montábamos los tres en bicicleta
dando vueltas en círculo
sobre un imaginario Little Big Horn
formado por una mesa de hierro y cristal,
y nos seguíamos disciplinadamente
dando vueltas y vueltas como niños
que quieren perder el equilibrio
aunque el edificio pareciera moverse
y teníamos miedo de caer al vacío
mientras yo pensaba en los Reyes Magos
y en un fuerte de madera
donde resguardaría al ejército de la Unión,
con sus cañones de mentira y sus soldados con sable,

y algunas mañanas de sábado
me acercaba hasta el Palacio Miramar
que era una casa enorme abandonaba,
donde de noche sabíamos
que había luces y ojos que miraban
tras las ventanas con cristales rotos,

y a veces entraba a hurtadillas
y me daban miedo las sombras
y cuando crujían las tablas
y se movían las telas
que cerraban las ventanas

pensaba en «bodeler»
para darme fuerza:

apenas tenía cinco años
y hacía frío en aquel enero,
y una larga humedad me calaba los huesos,

era aún el tiempo
en el que asistía a misa los domingos
y me agarraba a la mano de mi padre
para cruzar la calle,
y el mundo era algo ordenado
lleno de reglas que no podían ser alteradas,

por eso era incapaz de pronunciar Baudelaire,
que entonces podía haber sido cualquier cosa,
ya lo sabéis,
—una mujer descabezada, el primer hombre en la luna,
una fórmula magistral, algo secreto, lo invencible,
una de las formas de lo innombrable—

Baudelaire no era entonces el amante de Sarah,
el chaval que odiaba a su padrastro,
el rey de las drogas en su barrio,
el desordenado,
el mal hijo,
el mal amigo,
el sifilítico,
el repudiado por todos,
el hombre que escribía poemas
para ser prohibidos,
el mantenido
el multado
el airado emperador desconocido

sin que él lo supiera,
fue el mejor de los apaches,
de los guerreros orgullosos
que asaltaron un fuerte de madera
un día 6 de enero de 1978
y le prendieron fuego
mientras yo gritaba alocado “bodeler”
con un penacho de plumas sobre mi cabeza
y mis hermanas lloraban
y mi madre y mi tía
arrojaban un cubo de agua
sobre la cantina en llamas
del fuerte de madera
y mi padre me prohibía
que jugara con fuego
y que viera más películas del Oeste:
nada de John Wayne,
prohibida Fort Apache,
y, sobre todo,
no más novelas de Mangas Coloradas
ni de hablar de Cochise antes de dormirte,
se acabaron para ti las guerras
los juegos de indios y vaqueros,

y es que no sabía entonces,
que había robado el fuego
por primera vez,
y que partir de entonces
los juegos se volverían
una cosa seria y estudiada,

que como el propio Baudelaire había cruzado
la frontera que marca el Río Bravo,
que algún día aspiraría a ser
el guerrero errante,
el hijastro ingrato del general
que sobre una llanura llena
de bisontes enfermos,
tendidos entre sus flores,
fumaría una pipa de la paz,
que me haría reír,
y que os enseñaría
que el mal es otra cosa,
queridas mías,

que el mal está ahí,
oculto tras esas rocas,
detrás de las sombras que esconden
lo que en este instante
acabamos de perder,

por más que sus señales de humo
crezcan por el cielo
y hayas sido tú
el primero en dar la orden
de que suenen,
hasta que esto termine,
los tambores,
los tambores de guerra
para un pueblo, el nuestro,
que se extingue,
del que dentro de unos años
ya nadie recordará,
del que seremos
como osamentas de elefantes
que fueron a morir solos,
expulsados de la manada,
a un osario desmedido,

seremos ríos de Marte,

tumbas sin nombre.

 


SOMOS FUEGO

Muchos de nosotros no encontramos
la virtud del término medio
preferimos que el fuego robado y su resplandor
guiaran nuestra mirada
que trazaran el correcto apotema
hasta el centro de esta figura
desigual y perfecta
que es nuestra vida

casi no nos dimos cuenta
:
son otras manos las que juegan con ella
otros dedos son los que doblan
y desdoblan sus pliegues
los que aquilatan sus ángulos
los que redondean sus aristas
rellenan sus simas y liman sus cumbres
y requiebran donde mayor resistencia encuentran
nuestra voluntad de papel
para que su forma se amolde
a lo que el mundo espera
en realidad
de nosotros

nosotros
que no llegamos a comprender
que somos el fuego robado
su resplandor
su rescoldo
lo que no dura
más
que este instante.

 


Rafael Muñoz Zayas, Panamá, 1972. Escritor. En 2019 publicó Los astronautas de verdad no regresan a casa, Editorial PreTextos. En 2020, junto al artista plástico José Medina Galeote, con el que conforma la personalidad artística Walter & Balboa, han realizado el libro objeto Aprendizaje, editado por http://dss.siberianabooks.com. Pilota en www.lacabinadecombate.com 

Leave a Comment

Categorías