ROBERTO ARLT, 26 DE JULIO DE 1942 | MARIANO ROLANDO ANDRADE

ROBERTO ARLT

Buenos Aires, 26 de julio de 1942

 

Roberto Godofredo Christophersen Arlt, hijo de Karl Arlt y Ekatherine Iopztraibizer, se acaba de despertar en la habitación que ocupa en la pensión de la calle Olazábal. Con los ojos apenas abiertos, su mente ya vuelve a estar alborotada por lo sucedido el día anterior en el laboratorio de Lanús, donde el invento parece cada vez más cerca de alcanzar el punto de perfección que busca. “Me falta un detalle, me falta un detalle”, piensa mientras reconstruye la imagen de la última muestra que obtuvo del autoclave y que indica, sin lugar a dudas, que el éxito está al alcance de la mano. “Naccarati tiene que ver la última prueba”, murmura justo cuando los ojos se abren por completo y observan la soledad en la que se encuentra el cuarto. Con el recuerdo de que es sábado, llega también a su mente la figura de su esposa, Elisabeth, que está trabajando pese a su embarazo de seis meses. Recuerda a su mujer y le duele el pecho, no sabe si por las penas recurrentes o por la afección cardíaca diagnosticada dos años atrás, problema que provoca que Roberto Arlt no fume más desde aquel entonces y beba café, sólo si éste es rebajado en forma considerable.

        De pie, frente al piano, Arlt retoma la imagen de la última prueba. El nuevo procedimiento industrial para producir una media de mujer cuyo punto no se corra en la malla tiene sus cinco fases casi culminadas y va camino a su comercialización a través de la empresa Arna, cuyos dueños son él mismo y Pascual Naccarati. Si bien la idea de recubrir la superficie interna de la malla con una película de goma sólida es idea de Arlt, la posibilidad de que la vulcanización de las medias se convierta en un éxito empresarial depende en gran parte de la capacidad de Naccarati para obtener fondos que sostengan los continuos experimentos en la fábrica de Lanús. Si el proyecto funciona, y se logra evitar la rotura del hilo de la malla, la empresa Arna provocará la quiebra de todos los fabricantes de medias de seda natural y dará origen a la media eterna, que debe salir a la venta, de acuerdo con las estimaciones de sus creadores, a mediados de agosto.

        Roberto Arlt toma su libreta y reconsidera fórmulas y soluciones. Se puede decir que ha logrado contrabalancear las temperaturas externas e internas de su producto, pero la goma aún tiene un brillo que no lo satisface y la superficie no exhibe la suavidad deseada. Para concretar este objetivo, el descubridor de la media vulcanizada consulta casi a diario a un técnico de una importante fábrica de caucho, que propone nuevas soluciones que acaben con esos dos puntos oscuros del proceso.  

        Devaneos como éste suelen costarle a uno de los socios de Arna horas, días y hasta meses enteros, tal es la compenetración. Sin embargo, pese a la exclusividad que requiere desarrollar un invento, Arlt tiene otras dos ocupaciones que no debe descuidar. Una de esas tareas es la de periodista en el diario El Mundo que ejercita desde la década del 20, y la otra es la de escritor, ofició que en los últimos tiempos lo empujó al teatro.

        Como no todo en el mundo son medias vulcanizadas, Roberto Godofredo Christophersen Arlt dedica lo que resta del sábado a las actividades relacionadas con sus otros menesteres, no tan importantes en ese momento, pero menesteres al fin. Por un lado, se acerca al Teatro del Pueblo, ubicado en la avenida Corrientes al 1500, y saluda a los actores antes del inicio de la obra. Toma algo, habla con Leónidas Barletta, y como siempre le ocurre en esos casos, se le hincha la vena de la frente, aprieta los labios y el mechón lacio cae y vuelve a caer provocando el gesto de la mano que acomoda el pelo hasta el hartazgo. Antes o después del teatro, Arlt se presenta en la sede que el Círculo de la Prensa de Buenos Aires tiene en la calle Rodríguez Peña 80 y vota en las elecciones para elegir las nuevas autoridades de la institución. En el salón del Círculo se encuentra con viejos amigos y colegas. “¡Cuidado con la tristeza!  Es un vicio”, se escucha decirle a César Tiempo mientras hablan de la guerra, la caída de Rostow, Hitler, Stalin. A su lado, Eduardo Mallea y Nicolás Olivari hablan de la asamblea y el resultado de las elecciones.

        Ya de medianoche, con las luces de Corrientes lejos y el silencio de barrio de Belgrano en el rostro, Roberto Arlt olvida el teatro y el periodismo y cree que el domingo puede ir hasta Lanús, a la fábrica, a ensayar una o dos pruebas nuevas. Esta idea queda en suspenso mientras saluda a su esposa y le explica sin grandes detalles lo que acaba de hacer. Con la ropa ya en la silla, Arlt se acomoda el mechón y recuerda que tiene una noticia interesante para Elisabeth. Entusiasmado, le dice que el Círculo agregó nuevos servicios médicos para sus afiliados en el importante Sanatorio Anchorena. La certeza de que se trata de un centro de atención para tener en cuenta se sustenta en la gran cantidad de líneas telefónicas que posee, síntoma evidente de su poderío.

        El glorioso impacto por venir de la empresa Arna en el mercado de las medias y el perfeccionamiento de la fórmula para mejorar la suavidad y trabajar sobre el brillo de la goma son los dos sueños que se entrecruzan en la cabeza de Arlt toda la noche. Cuando su esposa lo despierta, a las nueve, está tan alborotado como la mañana anterior. Piensa en llamar a Naccarati y dedicar lo que permita el día a experimentar en la fábrica. Supone que este mismo domingo puede terminar el desarrollo industrial de la media vulcanizada. Sin embargo, su pensamiento se ve cortado por las palabras de Elisabeth, que habla del embarazo y la criatura. Arlt queda obligado a reflexionar sobre el asunto e insiste en su deseo: prefiere una mujer y quiere que se llame Gema. Su esposa no está para nada de acuerdo con ese nombre, y le pide que piense otras variantes. Él se niega, insiste con Gema (Yema, dice en realidad) y la discusión se detiene cuando golpean la puerta y una señora deja el desayuno sobre la mesa. La mujer sale y Elisabeth se da vuelta, mira hacia la pared y pregunta la hora.  “No sé”, dice Arlt.

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